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H ace fresco fuera, lo suficiente como para que el efecto del alcohol sea un poco más soportable.
He ido a parar a un patio interior, jardín y losas de piedra en el suelo incluidas.
A veces creo que donde quiera que estés sigues ordenando lo que ocurre alrededor de tu nombre y tus novelas, porque no puede ser casualidad que este lugar sea tan de tu gusto.
Los sonidos de la fiesta, si es que puedo llamarla así, llegan amortizados, y puedo volver a oír las voces familiares de mis fantasmas.
Es reconfortante. No sé qué haría sin ellas; de hecho, no tengo muy claro quién soy sin ellas.
Tienen muchos más años que estos cinco de tu desaparición maestra.
No te creas tan importante. Han pasado otras cosas en mi vida que me han marcado y que nada tienen que ver contigo.
Me siento en el único banco que hay aquí. Por desgracia, la soledad dura poco.
¿Te molesto?
Sí, quiero decirle. Sí, claro que molestas.
Cualquiera entiende que uno sale de una fiesta como esa a respirar un poco, joder.
Si quisiera estar con gente estaría ahí dentro, con una sonrisa divertida que en mi caso suele parecer una mueca de hiena, y soltando alguna anécdota sobre Margo Clarke que captaría la atención de los presentes durante al menos varios minutos.
Pero estoy aquí. No quiero hablar con nadie.
No, claro que no.
Me hago a un lado para hacer sitio. Bebe agua, pero tiene las mejillas rojas: ha bebido demasiado y ahora intenta que se le pase más rápido.
Viste un mono de rayas y zapatos planos, el pelo es rojizo y hay algunas ojeras debajo de los ojos.
¿De mi edad, un poco más joven, o solo es una de esas chicas con cara eternamente aniñada?
Si a mí me preguntan, debe de ser una maldición eso de llevar siempre contigo referencias lejanas a la infancia.
¿Trabajas en la editorial?
No había que ser muy listo.
Soy una de las asistentes del departamento comercial. Ni siquiera se suponía que debía venir, pero mi jefa ha cogido una baja de última hora… perdón, no es tan interesante. Carmen, encantada.
Hace poco que trabaja en el sector. Quizá hasta esté en el período de prueba de su contrato.
Le digo mi nombre. No la razón por la que estoy invitado. No lo pregunta, lo cual es una suerte. Me pasa su botella de agua.
¿Y qué haces aquí solo?
Encogerme de hombros es un gesto involuntario que debería quitarme, o me voy a quedar sin cuello.
Esquivo miradas indiscretas.
Me está mirando de arriba abajo, y se echa a reír. Sin más. Creo que se la suda lo que piense de ella ahora mismo, y por eso me empieza a caer bien.
No sé a qué te refieres, pero déjame decirte una cosa: en el mundo editorial las mujeres ganamos por goleada, y entre la minoría de hombres tienes que contar con los gays. ¿Tipo guapo y que parece hetero? Claro que te van a mirar.
Oh.
¿Oh?
Esa no me la esperaba.
Solo soy un poco más directa cuando estoy borracha.
Y se gira un poco hacia mí para poder ver mejor mi rostro, y la creo. Debe de ser bonito ser alguien sin secretos más pesados que tú mismo.
¿Sabes? Amo los libros, con todas mis fuerzas.
Eso es lo que me hace levantarme de la cama todos los días.
Pero no me gusta el… (hace un gesto vago con la mano, no llega a dibujar nada en el aire) …
el mundillo este. Vender implica una sonrisa en la cara y hacer como si todo lo tuyo fuera bueno y no tener amigos, solo clientes.
¿A ti también debería intentar convencerte de que lo que sea que están publicando nuestros editores será un éxito sin igual?
¿Tengo que venderte unos cuantos de tapa dura?
No podría ser un buen cliente ni aunque quisiera.
¿En qué eslabón de la cadena estás tú? ¿Corriges libros? ¿Ideas campañas? ¿O eres uno de los pocos periodistas culturales que quedan?
Podría decírselo, ¿no? Tampoco es una confesión tan difícil de hacer. No me estoy sacando un cuchillo sin saber que eso puede desangrarme. No tengo que ser un héroe épico para pronunciar algunas palabras.
Nada de eso. Pero, si en la editorial necesitan a alguien en el servicio técnico de informática, avísame (no, no me avises, no quiero trabajar tan cerca de los libros, creo que me moriría en tan solo una mañana, puedes tomar aire, puedes decirlo, estúpido).
Fui alumno de Margo Clarke. De escritura. Por eso estoy aquí.
Carmen se queda callada, y, aunque al principio me pone nervioso, tardo tan solo unos instantes en ver que no es ese tipo de silencio. No me mira como si tuviera a un animal extraño al lado.
Lo siento.
¿Por qué?
Por su desaparición. Debió de ser duro para ti. Ahora entiendo que estés aquí solo.
Y es extraño, Margo. Han tenido que pasar cinco años para que alguien me dé el pésame por tu pérdida.
A nadie, ni siquiera a mí, se nos ha ocurrido pensar en esto como en un duelo.
¿Es eso lo que es? ¿Tengo que llorarte y asumir que nunca más te volveré a ver, tengo que hacer lo mismo que si hubiera visto una tumba con tu nombre?
¿Tengo que pensar que lo único que queda de ti son los recuerdos y las palabras?
Es poco, es muy poco legado, maestra, tu herencia deberían haber sido palacios y bibliotecas enteras, debería haber una estatua tuya en el medio de un bosque para que pudiera ir a recordarte. Conocerte me volvió avaricioso.
No me imagino la literatura sin ella. Escribir. Escribir no tiene ningún sentido, y no lo digo en modo «ah, es que estoy desmotivado», no. Es un «si me acerco otra vez a esto, la herida ya será mortal».
Lo entiende, maestra, creo que un poco puede entenderlo.
Yo nunca llegué a conocerla, claro, pero en la editorial muchos se acuerdan de ella.
Creo que no todos para bien, aunque ya no se atreven a decirlo en voz alta.
Pero en algún momento tuvo que cambiar de editor porque se peleó con el antiguo, tardaba en responder a los correos, se negaba a hacer los eventos de promoción que no le apetecían, esas cosas.
Esa es Margo, sí.
Con lo que nadie se mete es con su escritura.
Era una grande, siempre lo será, pasarán los años y sus libros seguirán hablando a los lectores.
Eso hoy en día no es tan fácil de conseguir, muchos viven el momento, vienen con fecha de caducidad.
No creo que fuera grosera nunca con nadie.
Creo que tenía las ideas claras. A mí siempre me ha sonado todo a que era una gran artista.
Y quiero escucharla más, maestra, quiero que se pase la noche diciendo cosas buenas sobre Margo Clarke, porque, si no podemos hacer que aparezcas aquí mismo, en este patio interior, en este jardín ridículo, sí que podemos hacerte un monumento con las palabras.
Pero ni siquiera puedo cumplir eso, no puedo hacer que esto dure para siempre.
La verdad es que adoro la novela. El resto eran buenas, pero es que La piel del centinela… No sé cómo expresarlo, ¿no es un poco nuestro libro? ¿El de nuestra generación, quiero decir?
Y sé lo que espera. Una conversación sobre por qué los dos nos hemos encontrado entre esas páginas, sobre cómo nos cambió la vida, porque, por mucho que cada uno lo intente disimular a su manera, sí que creemos que hay libros que nos pueden cambiar la vida.
Y también sé que eso es lo único de lo que no puedo hablar, nunca podré, las respuestas andan perdidas en mi interior y no han encontrado el camino hacia afuera.
Necesito una salida.
Necesito beberme todo lo que sigo siendo incapaz de decir, ahogarlo y prenderle fuego en el alcohol inflamable. Necesito un idioma que no tenga palabras.
La cama de su habitación de hotel no estaba hecha, y ella no había colgado la ropa en el armario.
En verdad, ni siquiera estoy seguro de que quiera follar con ella.
Pero llevo mucho tiempo sin siquiera intentarlo, y algo en mi cabeza empieza a señalar con luz roja ese dato, y yo qué sé, todas esas mierdas de desperdiciar la juventud, recoger las rosas mientras aún son bellas, carpe diem y la madre que lo parió a todo.
Me metí otro vaso justo antes de salir para la habitación que la editorial le ha pagado a Carmen, el alcohol no ha sido la mejor opción para que se me ponga dura o quizá me estoy excusando, ya se sabe, ese momento de pánico en el que no te responde y tú te estás cagando en todo y al final lo hace, pero no es suficiente y sabes que esto va a ser una chapuza, una auténtica chapuza.
Hace años me hubiera reído en la cara de la chica y mis disculpas hubieran sido otra falta de educación, pero he cambiado un poco, me gustan las cosas bien hechas.
Así que lo intento. Lo vuelvo a intentar.
Al final es ella la que me mira con cierta amabilidad que no me merezco, porque yo sabía que esto iba a ocurrir desde que estábamos en el local, y me dice que no pasa nada, que ni me preocupe, que podemos estar tranquilos en la cama.
¿Tranquilos? Ella estará comiéndose las ganas como puede y yo estoy intentando que mi cabeza desaparezca un rato para que mi cuerpo pueda mandar por una vez en su vida, pero no puede ser, lo que tengo arriba me pesa demasiado.
Caballeroso es el último adjetivo con el que me definiría, pero Carmen sí que me gusta más que la mayoría de las personas que he conocido estos últimos años, así que meto la mano entre sus piernas y la beso hasta que consigo que termine.
Espero que no lo haya fingido. Oh, dios, realmente espero que no lo haya fingido.
Creo que no. Cuando vuelve a mirarme parece satisfecha.
Su boca era suave. Ha pasado demasiado tiempo desde esa suavidad. ¿Esa es la meta de todos los que buscan compañía? Ni magia ni ardor, solo suavidad. Sé que debería ser suficiente. Sé que lo es, el problema soy yo, claro que soy yo.