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T e escucho decirme al oído que el whisky es para los melancólicos y el vodka para los que no quieren sentir nada, y por eso yo estoy con el primero. Si no nos haces el honor, a mí y a mi tristeza, de aparecer por esta fiesta, entonces qué menos que arruinar un poco la barra libre.
Al menos dos editores y un encargado de marketing me reconocen mientras estoy consiguiendo mi copa.
Primero, lo sé por sus miradas; segundo, por la manera en la que se giran a sus acompañantes, les susurran algo y estos clavan los ojos en mí.
Es el estudiante de Margo Clarke, dirán, ella siempre decía que a partir de cierta edad hay que tener un aprendiz.
Oh, ¿pero tenía algún curso de escritura?
No, nada oficial. ¿Y entonces? Bueno, quién sabe de dónde lo sacó.
Pero el chico no ha publicado nunca nada, ¿no?
Con la recomendación de Margo Clarke hubiera llegado lejos, alguna puerta se le hubiera abierto.
Oh, sí, yo al menos hubiera leído su manuscrito. Siempre nos llamó la atención.
Pero no, maestra, quizá estoy siendo inocente, un niño ingenuo.
A lo mejor susurran más las palabras porque son afiladas y hay que manejarlas con cuidado, Margo, ya sabes, no era feliz en su matrimonio, a lo mejor se buscó un chico joven, quién puede culparla, qué afortunada.
Tenía todo el perfil de sugar mommy , ¿a que no habría tantos problemas si fuera un hombre con una chica mucho más joven, cuántos casos conocemos así?
¿Lo tendrían hablado ella y su marido? ¿Y qué hace el chico hoy aquí?
Ah, que escribe. Tal vez se tiraba a Margo para ver si le abría alguna puerta. ¿Sería el único, o habría más?
No es que quiera perder los recuerdos que tengo de ti.
Es que me los quiero beber. Y eso hago. Encuentro un lugar en uno de los laterales donde puedo contemplar bien el espectáculo, y lo primero que me bebo es la portada que aparece en las pantallas, tu rostro que no sé cuánto habrá cambiado, el que todavía pueda reproducir tu voz en mi cabeza con la mayor exactitud.
Me bebo el hecho de que no soy capaz de encontrar las palabras, tú siempre me decías, los personajes sí que son del escritor, pero las palabras las tomas prestadas, ¿y a dónde han ido las mías, por qué las ha arrastrado el viento a la otra punta del mundo?
Me bebo el hecho de que soy yo el que escoge una y otra vez no entrar en una librería como si fuera un templo en el que alguien me quisiera sacrificar; el hecho de que no abro ningún libro ya, ni siquiera los tuyos, por el miedo de que una mano salga de entre las páginas para asfixiarme.
Eso me cuesta tragármelo, entra como una bocanada de aire lleno de polvo.
Me bebo todas las veces que decepciono a mi única amiga, y puede que a mis padres, si es que fueran capaces de pensar en mí lo suficiente como para decepcionarse.
Me bebo las cuotas de autónomo que debería estar pagando pero no lo hago, la miseria de dinero que gano haciendo chapuzas en ordenadores ajenos y todas las veces que me la he pegado con la moto por ir demasiado rápido.
Me bebo los golpes que di a mis compañeros cuando estaba en el instituto, los recuerdos de juventud que envenené y las vidas que torcí, la primera de ellas, la mía propia. Y eso, como siempre, me sienta mal.
Me bebo el echarte de menos, maestra, pese a todo, con todas mis fuerzas, lo que mejor se me da ahora mismo es echarte de menos, no sé cómo hemos llegado a este punto, no sé cómo es posible que lo último que te dijera fueran un montón de insultos entre gritos.
Me bebo las cosas que he callado, a todos, a la policía, a tu familia, a todos los que te adoraban, a todos los que han sostenido La piel del centinela entre sus manos; las páginas de ese libro, eso es lo que más deseo beberme, pero no puedo, porque ya no me pertenece.
Me bebo el que no estés aquí, mis esperanzas destruidas, el no entender.
Me bebo los celos que siento hacia tu marido y que no puedo explicarme.
Me bebo el odiar a todas las personas que me rodean y a la vez desear gustarles, como tú les gustabas.
Pero sé que gustar es un término demasiado suave para lo que tú provocabas en la gente.
Y me intento beber todo lo que he vivido y todo lo que he escrito, sin saber cuál es más importante de los dos, pero no funciona.
Recuerdo todas las fiestas a las que iba de adolescente y tan solo fingía beber, porque quería ser más listo que todos, quería planear por encima de la situación.
Más tarde, me di cuenta de que eso es una tontería, el control era un espejismo y el creerme más listo que los demás solo había hecho que el golpe posterior contra el suelo fuera más fuerte.
Tenías razón, maestra, hay situaciones en las que el vodka sabe bien.
Creo que a ti te gustaba más el hecho de tener una copa entre los dedos y poder posar con ella que bebértela.
Van saliendo al pequeño estrado. Primero, el director editorial del área de ficción adulta, hago un llamamiento a todos los presentes, los que trabajamos con Margo Clarke y fuimos amigos suyos, a no dejar que el recuerdo más humano de esta escritora excepcional se pierda.
Su último libro fue su gran regalo al mundo.
Tu marido, por supuesto, también dice unas palabras que avergüenzan a la industria cultural de este país, mi esposa siempre los valoró mucho a todos ustedes, gracias por seguir cuidando su obra como hubiera deseado.
Y luego otra autora, que vende incluso más que tú y a la que puedo escuchar haciendo una parada en mis ansias de borracho, porque sus libros son buenos, incluso tú lo reconocías, talentosa y encima vende bien, lo que hay que aguantar.
Y ella te devuelve hoy el cumplido: sigue siendo una de las autoras a las que más admiro, y agradezco profundamente haberla conocido, aunque como lectora no puedo sino desear que haya más novelas escritas por ella.
Toda su literatura fue a la vez mi refugio y mi modelo a seguir, y les aseguro que es difícil encontrar mayor devota de Margo Clarke que yo.
Aplaudo cuando la oigo, tal vez con demasiado escándalo, qué sé ya a estas alturas.
A ti te hubiera gustado escuchar a esta mujer.
Te hubiera gustado su respeto por el oficio, por el trabajo ajeno, el sentimiento de hermandad sincero que transmitía entre escritoras y que tú no sentías, pero que deseabas sentir.
Entonces el escenario se queda vacío, las luces bajan y las pantallas cobran protagonismo.
Comienzan a proyectar esas entrevistas que conozco demasiado bien, que me vi una y otra vez: para aceptar una entrevista, no te importaba la ideología del medio, ni el formato, pero sí que el periodista fuera capaz de hacer preguntas interesantes.
Por qué iría a hablar con alguien que claramente lleva años sin abrir un libro, mon prince , no lo hago en la vida real, no lo voy a hacer en la televisión.
Tu falda de seda negra y tus manos apoyadas con dejadez en un sillón de un plató lo inundan todo.
No puedo beberme el dolor que me producen estas imágenes, porque echaría las tripas, la lengua y puede que hasta los ojos arrancados.
Por eso salgo. No es una huida, maestra; solo es una retirada temporal.
Busqué todas las veces que se mencionaba a un centinela en la Biblia, que esa palabra era utilizada.
Nadie conocía a Margo Clarke como yo lo hago; nadie sabía que era una de aquellas imágenes que perseguía una y otra vez, y yo sabía que era demasiado importante que me la hubiera entregado, tenía que entenderlo, tenía que tasarlo con exactitud.
Te había encontrado gracias a Harper Lee, la ancianita Harper Lee, cuando se anunció que se publicaba la segunda parte de Matar a un ruiseñor y que se llamaba Ve y pon un centinela .
Si ella había querido o no publicar la novela, se lo dejabas a otros, eso me lo aseguraste con un par de veces, aunque con voz maliciosa citabas todas las entrevistas en las que ella se había negado a seguir escribiendo más libros, y cómo habían «descubierto» el manuscrito justo cuando ella estaba lo suficientemente enferma como para no poder protestar mucho.
Tú me hablabas de cómo en la novela el centinela era la conciencia, pero una explicación tan fácil no podía satisfacerte, para ti las metáforas o encerraban todo un universo o no eran válidas.
Y yo tuve que recorrer el camino que tú habías hecho años antes, primero el diccionario: «centinela» del italiano sentinella , y este derivado de sentire ‘oír’, ‘sentir’.
Significado 1: vigilancia (servicio ordenado y dispuesto).
Significado 2: Soldado que vela guardando el puesto que se le encarga.
Significado 3: Persona que está observando algo.
Pero por qué alguien como Margo Clarke estaría obsesionada con una palabra como esa, y luego la Biblia, de dónde había salido el título de la novela: Pues así me ha hablado el Señor: «Ve y pon un centinela para que comunique lo que vea ».
Pero por qué un dios omnipotente como el tuyo necesitaría un guardia cuya orden es no moverse de su sitio, no puedo explicármelo, nada tiene sentido.
Y el otro versículo del Isaías: Sobre tus muros, Jerusalén, he puesto centinelas; ni de día ni de noche callarán jamás.
La teatralidad del cristianismo sigue siendo una cosa difícil de igualar hoy en día.
Quizá te he fallado, Margo, tanto a ti como a tu dios, estéis donde estéis. Yo escogí callar. Una y otra vez. Se ha vuelto tan fuerte la costumbre que ni siquiera me planteo ya si hay otra opción.
Y no puedo culparos por ello.
Para un príncipe fuera de su reino y un centinela sin murallas que guardar.