11
T u despacho, Margo, aunque odiabas llamarlo así.
Por supuesto que te habías quedado con la mejor habitación de toda la casa para tu biblioteca y tu rincón de escritura, pero, como bien me dijiste, a fin de cuentas, aquel piso lo habías pagado tú.
O tu familia, qué importaba. Nunca supe cuánta de tu riqueza venía de los libros y cuánta era heredada; siempre intentabas separar tu literatura del dinero, te gustaba fingir que ni siquiera te pagaban por escribir, que solo pensar en esos términos era vulgar.
Esa forma de ser también se respiraba en tu despacho, tu taller, tu habitación propia, como quieras llamarlo.
En una esquina del edificio. Las ventanas a veces demasiado grandes para el sol despiadado de Madrid, las cortinas blancas, la alfombra blanca, los muebles blancos.
Aquella habitación, como tu literatura, estaba llena de luz.
En las tardes de invierno, cuando las calles ya se habían vuelto oscuras y el frío nos impedía estar recorriendo la ciudad, nos solíamos encerrar ahí.
Tú insistías para que escribiera en tu mesa y yo nunca quería, así que acababa garabateando desde uno de los divanes mientras te veía leer, teclear en el ordenador o simplemente pensar desde mi posición.
Eso es una de las cosas que más recuerdo de ti.
Te sentabas en tu escritorio, pero no hacías nada, simplemente pensabas.
En algún momento, me dijiste que eso era parte de la labor de un artista.
Que esperar a que las ideas te alcanzaran en un mundo con tanta fealdad (y usaste esa palabra: fealdad, y sé que hablabas más de lo estético que de lo moral, aunque en ti muchas veces ambas cosas se confundían) era una ofensa a nuestro oficio.
Sé que rezabas en esos momentos. A veces me entraban ganas de reír, pero temía que no quisieras volver a verme si osaba siquiera a hacer media broma con tus creencias, así que callaba.
Pero sí que me hacía gracia, maestra. Fuiste la primera persona abiertamente creyente que conocí.
Me hablabas de esa cita de Gide que dice que el arte es una colaboración entre Dios y el artista, y que cuanto menos haga el artista mejor.
Y, sin embargo, nunca te oí hablar de ello en las entrevistas.
Nunca te oí decir que pedías permiso a tu dios para escribir cada vez que tenías una idea para una nueva novela.
¿Lo sabes, esto? ¿O es algo nuevo? ¿Es nuevo porque lo cuento desde mis ojos?
¿Te gusta escuchar lo que otras personas ven de ti, o en verdad te decepciona?
Ojalá hubiéramos podido compartir dioses.
—¿Cuáles son los límites a la hora de escribir sobre las vivencias, propias, maestra?
Eso hizo que levantaras la vista, que tuviera toda tu atención.
La mejor recompensa. Nunca estaba muy claro cuáles eran las preguntas que te hacía para impresionarte y cuáles realmente necesitaban una respuesta.
Creo que esta era de las segundas. Creo que lo sigue siendo, porque muchas preguntas deben ser formuladas y contestadas una y otra vez.
—La respuesta fácil sería que ninguno —tu voz en el medio de una tarde de invierno, tu voz que se alzaba sobre las mantas, los radiadores encendidos, aquellos tipos que salían de trabajar cuando ya era de noche—.
Ningún tipo de escritura o género literario tiene más límite que la capacidad de su autor de contar lo que desea.
O sea, lo que llamaríamos la técnica, e incluso eso puedes tomarlo con pinzas.
Creo que tienes que reformular la pregunta.
Y lo hice. Te obedecí. Como siempre hacía.
—Escribir de cosas que me han ocurrido, ¿es egocéntrico, o es un acto de valentía?
No sé en qué pensaba. ¿En Chazelle, a lo mejor? Por aquella época estaba obsesionado con Whiplash y en lo que había que llevar dentro para escribir y rodar aquel guion.
Conseguí que sonrieras, aunque tu sonrisa nunca era completa. Te levantaste y te sentaste en uno de los brazos de ese diván asquerosamente suave y caro que yo estaba afeando con mis calcetines.
—¿Autoficción o biografía?
—Odias la palabra autoficción —le recordé.
—Solo cuando la usan para hablar de mis novelas. Sé que puede ser útil.
—Entonces sí. Autoficción, por supuesto. ¿Quién escribiría una biografía sobre sí mismo hoy en día?
No respondiste. A veces dejabas que el silencio cayera sobre ambos unos instantes, como si supieras perfectamente que dejarme escuchar mis pensamientos solo haría que el incendio mudo que ya existía se extendiera más y más.
Como si quisieras acercarte un poco a las llamas, aunque las frenabas en el momento preciso, a un paso de ti, siempre a un paso de distancia.
Señalaste con el dedo los folios en los que había estado escribiendo hasta aquel momento y yo asentí con la cabeza.
El brazo en el que te habías sentado te dejaba un poco por encima de mí, y lo peor era que disfrutaba de aquello.
Cada vez que caminaba a tu lado, y tú me llegabas a la altura de los hombros, me sentía un poco culpable. Un poco fuera de lugar.
—En la vida hay dolor, y hay violencia, y hay desesperanza, y una de nuestras elecciones es si lo representamos o no.
Hacer autoficción es escoger hablar de todo ello, lo cual claro que es, ¿cómo lo has llamado?
, un acto de valor. —Todos aquellos momentos en los que me tomabas en serio, Margo, me hacían sentir como si pudiera hacer que el mar se partiera en dos—.
Pero podríamos matizar muchas cosas. Tiene que ser en un punto de tu vida concreto, cuando ya hay una distancia que te permita contarlo.
No voy a decir que sin dolor, porque eso es difícil, pero sí sin castigo hacia ti mismo.
En la cuestión formal, la tercera persona te garantiza cierta ayuda, efectividad, separación.
En cambio, puede que la primera, o que darle tu nombre al personaje, te obligue sí o sí a contar la verdad.
—Como en un interrogatorio.
—En un interrogatorio te acabas justificando. Si lo haces en la ficción, estás perdido.
Debería haber pensado muchas cosas en aquel momento, Margo. Sobre todo, lo que decías acerca de no convertir la escritura en un castigo, de encontrar la distancia para poder hacerlo sin que las palabras quemen, de pedir ayuda. ¿Había preocupación detrás de esas palabras?
—Yo te he contado lo que me pasó.
Tus dedos encontraron los míos. Tenías las manos frías, con algunas manchas en la piel. Medías demasiado bien los momentos en los que tocarme, maestra. Esa victoria siempre era tuya.
—Y yo te he dicho muchas veces que recordar nuestro pasado, nuestra memoria, es la primera obra de ficción que todos manejamos, mon prince.
Me parece bien que la uses para escribir.
Pero no la destruyas ni le hagas una restauración de esas que se cargan los monumentos históricos. Sé que me entiendes.
—¿Por qué no te gusta que digan que escribes autoficción?
—Porque no lo hago, ¿de qué hablaría ahora? ¿De escribir? No hay nada peor que un autor haciendo un libro en el que el personaje principal es un escritor. Nunca somos tan interesantes.
—Pues del resto. De abandonar tu país natal. Tu marido, tus hijas.
Me arrepentí al instante, porque en tu carcajada hubo más acero de lo que quería escuchar.
—Por dios, Alejandro. No quiero poner a dormir a ningún lector.
Esa era otra de las cosas que jamás contabas en entrevistas, aunque, si alguien fuera listo, se daría cuenta de que nunca pusiste a tu marido en los agradecimientos de tus novelas.
A tus hijas sí las mencionabas alguna vez, en una suerte de premio de consolación, apenas dos nombres aislados tras los cuales no explicabas cuál había sido su papel en tu literatura.
Yo sí aparecí. Una vez, una única vez. Un terremoto del cual no se calcula la escala.
No sé si preferiría no haber visto mi nombre entre tus frases.
Tu mano aún no se había separado de la mía.
Tus ojos brillaban desde arriba, aunque compararlos con estrellas hubiera sido hacer la peor de las asociaciones.
Las únicas estrellas que me gustan son las supernovas que están a punto de morirse; como Antares, siempre Antares, el corazón rojo del escorpión que se opone a Orión.
Nunca te lo llegué a decir, pero hubiera sido una conversación que te hubiera gustado.
Las estrellas como personajes, no siempre luminosos, no siempre redentores, ni siquiera inmortales como nos ha dado a entender la poesía.
Los rizos cubriendo una parte de tu mejilla. Tu respiración, que no podía percibirla. Estar tan cerca de ti dolía. Era mi hígado regenerándose una y otra vez, la ladera por la que empujar la piedra.
—¿Y qué es lo que sí has usado de tu vida para escribir?
Creo que por aquel entonces todavía no había entrado tanto en tu juego.
Los dobles sentidos, las expresiones en francés y la burla continua como si acabáramos de ganar una partida que no nos importaba no habían entrado en mi forma de hablar contigo.
Creo que todavía te preguntaba exactamente lo que quería saber, y eso me dejaba demasiado desprotegido.
—Quién sabe. En verdad, creo que muchas cosas —la sonrisa desde el techo—. Las escenas de sexo, por ejemplo.
Contuve una risa de nervios que no podía permitirme en tu presencia.
—Tú no haces escenas de sexo. Haces media escena de sexo. No es lo mismo.
—El final siempre es decepcionante, ¿no te parece?
—No tiene por qué.
—No me jodas, querido aprendiz. No me creo que tú, precisamente tú, no conozcas el vacío después de un orgasmo con alguien al lado que no está a la altura.
Y, en caso de estarlo, el antes es mejor.
Es mucho mejor. —La mano en la barbilla, obligándome a mirarte de frente—.
Tienes decepción en los ojos, y nunca me has cancelado una clase, así que no tienes a nadie con quien te apetezca más acostarte de lo que te apetece estar aquí.
Callé. Pero callar era conceder. O quizá era que estábamos demasiado cerca.
Ni siquiera era la primera vez. Y sabía cómo terminaba.
La burla, Margo, siempre la burla, siempre la trampa. El levantarte con ligereza mientras entendía que lo que fuera que tuvieras entre las costillas también se estaba riendo de mí, de todas esas cuerdas entre nosotros que atabas y desatabas a placer.
—¿Y si tu marido te escuchara hablar así?
A mí me enfadaba más de lo que quería reconocer que existiera siquiera un marido. Por eso lo sacaba en la conversación cada vez que podía, arma surcando el aire entre los dos. Y tú la esquivabas sin mirarla. Tu atención valía demasiado.
—Si piensas que solo me acuesto con mi marido…
Te echaste a reír otra vez, lejos de mí. Y entonces abriste la puerta, y como un idiota escuché la llamada: «¡Javier! Tal vez podrías traernos algo de beber por aquí», y supe que en varios minutos él aparecería, cargando una ofensa que me lanzaba una y otra vez sin siquiera dirigirme la palabra.
Y las preguntas rotas de antemano volverían por la noche.
Era verdad. En tus novelas, las escenas de sexo siempre se quedaban a medias, la insatisfacción perpetua del lector. Esa era una de las cosas en las que me había fijado, porque quería saber, claro que quería saber.
Las sombras crecían siempre en esas habitaciones tuyas.
Cerradas, asfixiantes, con algo de prisión.
Alguien dominaba y alguien se dejaba hacer, una coreografía que no siempre funcionaba, porque tú eso lo entendías, no tenía por qué ser perfecto, por qué encajar.
Pero en tu ficción el personaje femenino siempre daba las órdenes, las demandas eran los sonidos de la serpiente cascabel, eran el flautista de Hamelín dispuesto a llevarse a alguien más.
Y pensaba en que nunca te había visto perder ese trono simbólico en ninguna situación, y pensaba si era tu mayor deseo o tu mayor condena.
Pensaba mucho en qué deseabas de verdad y en si alguna vez te habías atrevido a expresarlo en voz alta.
Porque yo lo hice, maestra, cuando te dije que quería dar clases de escritura contigo. Pero tú no.
Quizá necesitabas una habitación a oscuras, las paredes gruesas y recubiertas de palabras, las cortinas echadas y que no salieran los secretos agitando las alas, para decir lo que realmente querías.