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S iempre tuviste cara de perdonavidas.
Esas son las primeras palabras sinceras que alguien me ha dirigido desde que he entrado en este lugar. Una intervención tan apasionante necesita una réplica a la altura.
Y tú siempre has cantado en este tipo de eventos. No sé, como un jabalí en una tienda de porcelana.
No lo siento ni un poco, maestra. Siempre quise llamar jabalí a tu marido.
Es por ese cuello gordo y rojo, ¿me entiendes?
Pues claro que me entiendes, tú tuviste que soportarlo mucho más tiempo que yo.
Cuando lleva traje es especialmente llamativo.
Y todo el pelo que le recorre la nuca, ¿es eso, te gustaban los hombres peludos?
Hay preguntas que soy incapaz de responder y el inicio de vuestra relación es una de ellas.
Veamos. Este perdonavidas ha dudado hace un rato si ponerse un jersey de su padre, pero al final he recordado que no puedo esconder lo que soy, y he aparecido con mi ropa y mi moto.
La fiesta de los cinco años de La piel del centinela es en Juan Bravo, por supuesto, en el barrio de las embajadas, a pocas calles de donde tú misma vivías.
A mi moto le ha costado subir la cuesta de esta calle, que parece un símbolo demasiado claro del ascenso social.
La música y la luz blanca, tenue pero terriblemente fría, delataban el local.
Los hombres de chaqueta, pero sin corbata; más de una mujer en mono y zapatos planos, queriendo hacer de la comodidad algo bohemio.
Y todo el mundo es asquerosamente guapo.
Eso me lo dijiste tú: tres cuartos de las personas que trabajan en una editorial son guapos, te pongas como te pongas. Tenías razón.
Me gustaría decir que el ambiente es pretencioso, pero es mentira.
Creo que el disfrute es sincero, que soy yo el que no encaja aquí.
Te gustaban las piezas de tus distintos juegos separadas por alguna razón, maestra, y he venido a romper esas normas tuyas.
Te fuiste. No puedes esperar que tus hilos sigan moviéndonos cuando ni siquiera nos estás mirando.
¿O sí nos estás mirando?
¿O sí estás aquí?
¿Puede enseñarme la invitación, por favor?
Lo he hecho. Solo por la cara de adelante, donde no hay texto añadido. El chico que controla el acceso, que juraría que es el becario de comunicación o algo así, me mira con gesto de extrañeza.
Perdona, es que no te localizo (se le ha ido el usted, puedo entenderlo, a nuestra generación nos cuesta mantenerlo). No trabajas en la editorial, ¿verdad? ¿Me dices tu nombre y te encuentro en la lista?
Alejandro Hernández Ventura. No, no estoy invitado por mi trabajo. Yo era amigo personal de Margo Clarke.
A lo mejor esa es la mayor mentira que me toca soltar en toda la noche. Amigo. Voy a tener que buscar a un cura para que absuelva de esta.
Es verdad, aquí te tengo. Disculpa. Espero que disfrutes de la fiesta.
Y yo espero que no te tengan toda la noche en la puerta.
El listón debe de estar bastante bajo por la mirada de agradecimiento que me echa.
Pero lo he conseguido. Estoy en una fiesta editorial, y esta vez no es contigo diciendo al de la puerta que soy tu acompañante, sabiendo perfectamente que no se puede llevar acompañante pero también que nadie se atreverá a detenerte.
¿Cuántas veces vivimos esas escenas, Margo?
¿Éramos siquiera tan especiales como nos creíamos?
No, por supuesto que no. Las cosas que el uno le decía al otro nunca resultaban ser ciertas.
Los problemas vienen en cuanto consigo entrar y veo las miradas, y, a pesar de que han pasado los años, reconozco los rostros, porque los vi una y otra vez en esos eventos a los que acudía.
Solo que ahora no tengo la protección de tu voz absoluta, de ti diciendo: « E s mi aprendiz» con una risa que prometía asesinar a quien osara llevarle la contraria.
Ahí está Erica Ferrer, que orquestaba las campañas de prensa y comunicación como si se trataran de una cacería; y también veo a Unai Rodríguez, el gran jefe editorial, por cuya mesa pasaron los manuscritos de al menos cuatro premios Nobel y que ahora es un pez demasiado gordo como para que se plantee siquiera tocar textos.
Todos ellos eran las llamadas de teléfonos que dejabas o no que nos interrumpieran según el humor que tuvieras; todos miraban, a veces con preocupación, a veces con curiosidad, al universitario con pinta de querer crear problemas que se había convertido en una más de tus sombras.
Pero ya no tengo las manos manchadas de tinta, ya no me escoltan las palabras, ya no te miro como si buscara en ti una verdad que no se pudiera consumir.
En definitiva, ya no puedo defenderme diciendo que yo solamente escribo.
Y por eso tomo la primera copa de la noche, sin tener ni idea de qué están sirviendo, y me pregunto qué demonios hago aquí.
Tu rostro aparece de vez en cuando por las pantallas. La portada del libro está convertida en un photocall . Hay murales con algunas de sus frases. No puedo huir.
Es así como me ha encontrado tu marido.
Desde luego, perdonavidas no es tan mal calificativo si sabes cómo tomártelo.
¿Qué estás haciendo aquí?
Me doy el lujo de agitar la invitación delante de sus narices.
Fui convidado, le respondo. «Javier Monteverde Salazar le invita al evento por el quinto aniversario…» blablablabla. No sabía que me tuvieras tanto cariño. Quizá tú y yo empezamos con mal pie, ¿no? Deberíamos haber ido al fútbol juntos. ¿O qué hacen los hombres como tú para hermanarse?
Cinco años y todavía puedo ver por qué le divertías tanto a mi mujer.
Ha usado la palabra divertir, y eso quema, y no sé si él lo sabe.
Ten cuidado, Javier. Ahora no puedes meterte con tu esposa. Es la élite de la literatura, y una persona desaparecida, puede que muerta. Sería de mal gusto.
Miradas de odio. Por mucho que nos despreciemos, el uno sabe demasiado del otro, y viceversa, y estamos demasiado enredados y es demasiado incómodo todo.
Lo que es de mal gusto es que hayas venido, sentencia despacio.
Díselo al que me haya invitado. De hecho, si sabes quién es, mándalo a hablar conmigo.
Él se va y yo me quedo. Siempre es la misma historia, Margo.
Y entonces, solo entonces, me permito admitirme a mí mismo que llevo desde que recibí la invitación con el sueño que creía enterrado de que quizá hoy, sí, hoy mismo, por fin, la guerra terminaría, quizá hoy te vería.
Quizá todo era una broma, o lo que es lo mismo, una estrategia de marketing montada, y tú aparecerías justo cinco años más tarde, convertida en leyenda de manera artificial.
Pero no has vuelto, porque eso es imposible si Javier Monteverde Salazar también se encuentra aquí.
No harías algo tan importante a pocos pasos de tu marido.
Lo único que jamás permitiste fue que su rudeza manchara tu literatura. Eso lo recuerdo demasiado bien.
Y bebo a la salud de ello.