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L os libros que me firmaste aquel primer día están todavía en esta habitación, voyeurs de todas mis noches de insomnio y todas esas veces que he intentado escribir algo y he caído derrotado.
Una y otra vez. Alguien contra el pelotón de fusilamiento que no sabe cómo se puede volver a levantar, si ha oído claramente el disparo.
No sé cómo soy capaz de contarme a mí mismo el pasado de una manera tan desordenada, maestra, y quizá esa sea la mejor prueba de que no es más que una mentira.
Por mucho que tú y yo, una y otra vez, nos planteáramos si la ficción era más real que nuestras propias vidas, pero eso solo hablaba de nuestro deseo, de lo que estaba roto dentro de nosotros y que nunca quisimos arreglar, porque tú y yo no teníamos la paciencia ni la fuerza necesarias para arreglar nada, ¿no es así?
Nos creíamos fuego y solo admirábamos ese arder momentáneo, pero qué ocurre con lo que deja a su paso, por qué nunca mirábamos a nuestros pies, por qué siempre teníamos la mirada clavaba el uno en el otro, siempre el uno en el otro y en las letras, cuando no entendíamos nada.
Es como si Virginia y tú os hubierais puesto de acuerdo, aunque sé demasiado bien que, si llegarais a respirar el mismo aire, os detestaríais sin ni siquiera dirigiros la palabra.
Deberías contar lo que ocurrió con La piel del centinela , me ha dicho ya varias veces, y no sé, maestra, qué ocurrió de verdad, si nos conocimos siquiera tú y yo, si he sido una invención tuya o tú la has sido mía.
Pero eso no explicaría tu desaparición, porque desde luego, si fuiste una invención, mi cerebro no renunciaría a ella tan fácilmente. Y esta tarjeta no estaría aquí.
Si continúas lamentándote
no vas
a escribir,
tacho el lamentándote un momento. Tú y yo no entendemos de culpa, Margo.
No me arrepentí de nada hasta que un chico de diecisiete años me clavó un cuchillo con el rostro partido por el miedo; y tú jamás has mirado a tu marido con algo que no sea desprecio.
A mí no me hables de lamentos. A mí no me hables, de hecho.
De dónde crees que has sacado el derecho para venir hoy hasta mi casa, cuando jamás la pisaste mientras éramos alumno y maestra; por qué crees que, cinco años más tarde, voy a seguir pensando en ti, vas a seguir importándome.
Porque me conoces mejor que a tus líneas en el manuscrito.
Porque la vida es un oponente al que no sé derrotar, pero tú me prometiste una manera. Y todavía la necesito.
Quizá estoy borracho. Quizá empecé a beber cuando vi la invitación; quizá ahora estoy tirado en el suelo, donde se toman las decisiones verdaderamente importantes.
Una vez me preguntaste si rezaba y te dije que claro que no, y me dijiste que daba igual, que algún día probara a ponerme de rodillas y rezara a aquello en lo que fuera que creía.
Pero no puedo rezarle a la literatura, ¿no?
Y, si a mí me preguntas en algo en lo que creo sin tener pruebas ni razones para ello, sería en la literatura.
Por estúpido que suene. Sí, he bebido, aunque no creo estar borracho.
En algún momento, le mando un mensaje a Virginia, con la foto de las dos caras de la invitación. Ella se merece la verdad sin mitades.
Y su respuesta es la cosa más literaria que he leído nunca.
qué coño
Río como un loco, porque esa tilde me parece desternillante y porque es la única capaz de desarmar el lío que hizo de mí Margo Clarke. Y aparto lo que fuera que estaba bebiendo para leer su próximo mensaje.
qué vas a hacer?
No te lo vas a creer
Pero nunca rechazo una invitación a una fiesta
Me espero alguna burla de respuesta, pero Virgi, ante todo, es una buena persona, siempre lo ha sido. Y eso es lo único que me hace dudar de nuestra amistad.
quieres que te acompañe?
No
Y sin embargo.
Quiero que me llames cuando acabe para que te lo pueda contar
Nunca le he dicho que la necesito. Puede que no haga falta. Pero la necesito.
aunque me suene el móvil en el medio de la ópera
Detén a la soprano de turno para que puedas responder a la llamada si hace falta
todos esos habrán visto Carmen más veces que euros me quedan a mí a final de mes
Pero menos de las que te preocupas por mí
te saco un par de años en esto de la vida, álex
Y por último:
te llamaré