8
C inco años desde su desaparición, pero son más desde que conocí a Margo Clarke.
Fue un día deslumbrante, aquel. De los que le queman las alas a Ícaro. De los que hacen creer que todo es posible a personas que jamás tuvimos derecho a demasiado.
El aula magna de la facultad de Filología estaba a reventar aquella mañana, el sol penetraba por las ventanas, el verde vibrante de los árboles del campus parecía alcanzarnos a todos.
Recuerdo que cuando entré ya estaban todos los asientos ocupados, y me tuve que quedar de pie, pero casi lo agradecí.
Aquella sala estaba llena de los estudiantes de letras, privilegiados que probablemente se quejaban de tener que hacer exámenes de diez páginas de longitud sin entender que a lo mejor eso era el paraíso.
Yo no pertenecía a ese lugar, me había infiltrado en tierra prometida, y vibraba con una emoción en la que ya no me puedo reconocer y que añoro.
Margo entró hablando con los profesores que habían organizado el encuentro, y que sin duda llevaban ya un buen rato intentando impresionarla sin ningún éxito.
Ella se dejaba querer, pero también dedicaba de vez en cuando alguna sonrisa cómplice a los grupos de estudiantes mientras desfilaba hacia el estrado.
El proyector no estaba encendido, lo cual siempre es un alivio en una charla en una universidad.
Y la mujer a la que estaba observando no tenía ningún miedo a su público.
Ni siquiera llevaba unas hojas con la charla preparada.
—La universidad a la que yo acudí era muy diferente a esta.
Desde luego, nuestra ropa era mucho más aburrida —comenzaron las primeras risas.
Entre el público había chicas con el pelo rapado, chicos con camisas estampadas, artistas deseosos de mostrar que lo eran con su vestuario.
La escritora había estudiado en una universidad para ricos en el Reino Unido, y todos los presentes ya lo sabíamos—.
Debería venir más a menudo por aquí. Así compruebo que no he perdido el toque con los chicos más jóvenes.
En las presentaciones en librerías solo hay viejos aburridos.
Mentira, por supuesto que mentira. En las suyas siempre había varios grupos de jóvenes muriendo por conocer a su diosa. ¿Un poco falto de gusto, ese doble sentido con el que empezó la charla? A ninguno nos importó. Ella hacía que todo fuera disculpable.
—¿Por dónde comenzamos? Todos sabemos que el único sitio aceptable por el que empezar a escribir una novela es su final.
Por aquel entonces, Margo Clarke tenía cuarenta y dos años, aunque probablemente le daba pánico escuchar aquella cifra.
Su vestido ese día era blanco y su mirada era de aristas hacia arriba, siempre afilada.
Había un millón de razones más por las que embelesaba a su público, y nunca sabré cuántas de ellas eran premeditadas y cuántas eran cosas que a ella le salían naturales, con las que había venido al mundo.
Yo llevaba varios libros suyos en la mano.
Llevaba Mi más alto refugio, donde por fin había leído sobre el único tipo de fe que podría venir a visitarme.
Llevaba Sangre en el agua, que me había enfrentado con las miserias que todos llevamos dentro .
Llevaba todos esos libros que ya no son libros para mí, sino otros más de los rasgos de Margo Clarke, a los que he vuelto una y otra vez cuando quería comprenderla.
Pero echo de menos ese momento en el que no conocía a la autora y solo importaban sus historias.
Ese privilegio que perdí en el aula magna de mi universidad.
—¿De verdad se puede vivir de la escritura? —preguntó alguien del público, y probablemente puse los ojos en blanco porque de entre todas las cosas que alguien podía preguntarle a Margo Clarke, esa era una de las más aburridas. Y como tal debió de entenderla ella.
—Solo si se viene de una familia tan asquerosamente rica como la mía.
No lo pude evitar. Me eché a reír. Quizá porque comprendía demasiado bien la burla y la amargura que podía haber detrás de una respuesta como aquella.
Y no sé qué hubo en esa risa, no sé cómo lo pudo saber ni si alguien en el resto de la sala también lo percibió… pero Margo la escuchó y clavó sus ojos en mí.
Yo tenía demasiadas ganas de compartir un secreto con ella.
Ella tenía demasiadas ganas de que yo no volviera a mirar a nadie nunca más.
Acabó la conferencia. Es verdad que los libros para firmar se dividían en dos grandes grupos: aquellos que estaban impolutos y aquellos que habían sido leídos una y otra vez.
En mi caso los había devorado en el último mes, desde el momento en el que había visto la media sonrisa de Margo desde uno de los tablones de la universidad.
Debe ser uno de los pocos lugares del mundo donde los tablones de corcho con noticias siguen funcionando a la perfección.
Yo mismo había puesto anuncios ofreciendo mis servicios como informático.
Era de los últimos para la fila. Años más tarde sabría distinguir cuándo la voz de Margo comenzaba a ser un manojo de malas hierbas en cuanto se empezaba a cansar en un evento social, pero por aquel entonces realmente creí que estaba encantada de estar allí, con nosotros.
Fui uno de los últimos en ponerme a la cola, porque la verdad, a mí lo de tener o no un libro firmado por su autor nunca me ha importado mucho.
Lo que realmente quería era escucharla. Pero, ahora que la charla había terminado, me resistía a salir de aquella sala, como si fuera a romper el milagro.
Como si afuera me esperara algo insoportable. Y tal vez fuera así.
Alumno a alumno despachado, fui acercándome a Margo.
Pude verla de cerca. Sé que muchos lo tienen en la cabeza por sus fotos y sus entrevistas, y que todos hablarían de lo mismo que yo.
Esa belleza clásica, propia de los templos antiguos y paisajes incomprensibles, que todos sabíamos, menos ella, que ni siquiera el paso del tiempo podría arrebatarle.
No era una belleza que pudieras asociar con nada erótico, y estoy seguro de que era consciente de ello. Tal vez le pesara.
Otra clase más que iba a perderme sin remordimientos, y sus libros entre mis manos y el barullo desapareciendo de la sala a medida que más y más estudiantes se iban, y el hambre del mediodía mezclándose con el miedo.
—Tú escribes, ¿no es así?
Tal vez el miedo sí que puede olerse. Y medirse.
Mi mayor terror sigue siendo que los ojos castaños de Margo Clarke se vuelvan toxina.
Ahora entiendo que todos los que escribimos sabemos reconocer a un hermano en la condena desde cualquier distancia. Pero entonces me descolocó. Ella me lo había preguntado como si fuera lo más irrelevante del mundo. Y tal vez lo fuera, pero no así, no para nosotros dos.
—Sí —alcancé a balbucear—. O lo intento. Desde hace un par de años.
—Y yo que pensaba que todos los estudiantes de letras se habían metido a sus carreras con la esperanza de escribir algún día. Pero a ti te ha debido de llegar más tarde.
—Ya, tal vez. Pero soy de informática. Me he colado en la charla.
Eso sí pareció interesarle.
—¿Y por qué un informático que tendrá la vida resuelta nada más salir de este lugar iba a meterse en la literatura? Si a mí me preguntas, sal de ahí. La nuestra es una casa encantada.
—Le destruí la vida a un compañero en nuestro último año de instituto. Luego un compañero suyo quiso arreglarlo apuñalándome. Escribir es el efecto secundario que me dejaron las heridas.
No sé por qué lo solté así, con un tono que era una copia barata de la eterna burla de Margo Clarke. Pero quería estar a su nivel. Quería hablar su lengua y jugar en sus partidas. Y probablemente mi pasado era lo único que tenía para impresionarla. Para contarle algo que a ella no le aburriera.
Y tenía razón, aunque lo disimuló bien, como siempre.
En mis recuerdos, me mira durante más tiempo del que puedo soportar, un poco fiera, un poco impasible.
En mi cabeza sus ojos me dicen cosas que, no importa lo mucho que viva, jamás podré entender.
Pero al menos ella supo a la primera que le decía la verdad.
Me firmó los libros sin volver hablarme, parte de su cabello ocultando su rostro, su mano con esa forma de sostener el bolígrafo demasiado ligera, demasiado débil.
Para un príncipe fuera de su reino y un centinela sin murallas que guardar.
Tuya por momentos, Margo.
Y al lado, un número de móvil.
—No sé si puedo enseñarte algo. De hecho, no sé si puedo enseñarle algo a nadie —ahí mentía, ahora lo sé, entonces tan solo lo intuí—, pero si quieres algo parecido a clases de escritura, llámame.
Los auténticos maestros jamás dan clase. No lo necesitan. Uno simplemente se pone a su lado y reza porque la enfermedad que tienen sea contagiosa.
Podría mentir y decir que nunca pensé que Margo Clarke tal vez solo intentaba tirarse a un estudiante.
Pero también es verdad que para personas como nosotros nunca es solo sexo.
Que nadie se equivoque, no quiero decir que siempre sea acerca de la otra persona, porque para nada.
Probablemente ella y yo no tenemos mucha idea de gestos de amor o generosidad.
Pero sí pienso que a veces es acerca de ponernos el espejo delante nuestro, o un gesto de autodesprecio, o una concesión al monstruo que sí que llevamos dentro, o un único momento de libertad cediendo el control, yo qué sé.
Cada uno con sus aguas subterráneas. Supongo que lo que quiero explicar es que no me hubiera importado ser parte de las de Margo.
Que me usara para rellenar cualquiera que fuera su vacío protagonista esa semana, porque la realidad es que los agujeros y las hambres de mi maestra eran infinitos.
Pero un único polvo después de hablar conmigo, una única tarde, era una trama demasiado sencilla para su gusto. Un tópico, el de mujer insatisfecha con su vida y su matrimonio que se acuesta con un jovencito, que ella no toleraría. Demasiado predecible. Demasiado fácil.
Una vez me lo dijiste, maestra. No soporto a los que buscan la juventud perdida en otras personas, mon prince. Y fui tan tonto, una vez más, de creerte.
¿Diga?
¿Margo?
Sí, soy yo. ¿Quién llama?
Sí. Sí, perdona. Verás, ayer me diste tu número de teléfono. En la charla que hiciste en la universidad, ¿te acuerdas? Yo soy el chico…
Me acuerdo de quién eres.
Sí, bueno. Me dijiste que, si me interesaba que me dieras clases de escritura, te llamara.
Y me has llamado.
Eso es. Te he llamado.
Perdona. Ni siquiera me acuerdo de cuál era tu nombre.
No, claro, es normal. Éramos muchos y a casi todos nos firmaste algún libro. Me llamo Alejandro. Bueno, Álex. Prefiero Álex.
Álex que quiere ser escritor.
No, qué va. O sea, no quiero ser nada ahora mismo. No sé si me explico. Yo quiero escribir.
Esa es la respuesta más inteligente que me han dado desde hace mucho tiempo. ¿Por qué pareces tan nervioso? No recuerdo que lo estuvieras ayer.
Tienes razón. No lo sé. A lo mejor es cierto que a la gente de mi edad le da miedo esto de llamar por teléfono.
Menuda estupidez.
¿Verdad que sí? Pero oye, lo de escribir…
Me gusta cómo dices ese verbo. La gente normal lo usa siempre acompañado de algo.
Escribir una lista, un correo, un artículo o un mensaje.
Nosotros somos los únicos que lo usamos sin ningún complemento, que hablamos de escribir a secas y a pesar de todo siempre sabemos a qué nos estamos refiriendo.
Como si hubiera una única escritura auténtica, y fuera casi un crimen tener que usar la misma palabra para otros actos cotidianos. Dime, Álex, ¿tú qué has escrito?
Nada que merezca la pena.
¿Estás trabajando en algo?
No, la verdad es que no.
¿Y aun así me llamas? ¿Qué puedes ofrecer? ¿Cómo de especial es tu deseo?
¿Deseo?
De escribir. No dejes que las hormonas te distraigan.
Sí, sí que lo puedo ofrecer. El deseo de escribir. Ese sí que lo tengo.
Sería irresponsable dejar que se apague. ¿Escuchas los gritos de fondo? Mi hija mayor lleva demasiado tiempo en la ducha y la menor le está gritando. ¿Crees que es posible escribir así?
Bueno, supongo que será más fácil distraerse.
No. Respuesta equivocada. Solo me sirve el sí rotundo. Claro que se puede escribir, en cualquier parte, en cualquier lugar, si uno tiene razones para ello. Tú tendrás tus razones. No quiero saberlas. Pero más te vale engordarlas.
Sí. Engordar las razones. Lo entiendo.
¿Te estás arrepintiendo de haber llamado?
No, para nada. De verdad.
Todavía.
En realidad, no creo que me arrepienta.
No intentes retarme, Alejandro. Huy, aunque has dicho que no te gusta la forma completa de tu nombre. Ya encontraré cómo llamarte. Demos clase mañana. ¿Tienes que estar en la universidad, o puedo contar contigo?
No, no. La universidad no me importa. Nunca tendrás que preocuparte por eso.
¿Voy a ser una mala influencia?
Bueno, al final del día, una clase habré dado.
Cierto. Aunque espero que más entretenida que lo que fuera que te tocaba estudiar. A las diez. Y ven desayunado, por favor. El hambre casi nunca casa bien con la literatura, por mucho que en el siglo xix intentaran unirlos.
Claro. Desayunaré. ¿A dónde tengo que ir? ¿A tu despacho?
¿Despacho? ¿Estás intentando insultarme?
Lo máximo que aceptaría tener sería un taller, pero no trabajo tanto para ser considerada artesana.
No, no, nada de mesas y papeles de momento.
Vayamos al Prado. Si pensara que el espíritu que te posee es el de los cuentos y las leyendas antiguos, te mandaría al Reina Sofía, porque nada trabaja más la fantasía que los cuadros surrealistas; pero creo que tú buscas ese espejo del mundo que es la novela.
Si no, no me querrías a mí de maestra. Has alimentado un poco mi vanidad, espero que estés dispuesto a aguantármelo.
Oh, creo que ya empiezas a gustarme. Sí, en el Prado. ¡Será magnífico!