La impostora 7
26%

7

C asi nunca escribías de noche, maestra, supongo que porque no soportabas que fueran tus propios fantasmas los que te susurraran palabras imposibles al oído.

Siempre se te dio mal escucharlos. En cambio, a mí me gusta, o me gustaba, escribir en la oscuridad, cuando sabía que casi nadie podía observarme.

Tú me quitaste esa costumbre. Tú querías ver todo mi proceso, no solo el resultado final, como si la historia más interesante estuviera pintada por todo mi rostro.

Mis padres son de esos que todavía acumulan cartas del banco en el buzón de casa, y recogerlas es una especie de condena propia.

Nunca las tiro, por mucho ellos me han pedido que lo haga.

Las fotos y los recuerdos de otras partes del mundo me rodean, desde las paredes, desde los muebles, recordatorio de que ellos añoran cualquier lugar del mundo menos su propia casa.

La fecha de su próximo retorno está marcada en el calendario de la nevera. Ni siquiera sé por qué colgaron uno.

Han pasado cinco años, maestra, y Virginia me ha puesto la verdad delante de mis narices una vez más. El tiempo corre para todos menos para mí, porque tú me has encerrado en un lugar donde nunca se avanza.

Máscaras de culturas africanas, conchas de playas australianas, matrioskas que son auténticamente rusas, camisetas de la NBA firmadas, joyas de plata mexicana. Un museo a sus mayores logros, sus huidas.

Es un poco tarde para sentirse un niño abandonado, ¿no?

Otros tiempos, otras costumbres, mon prince.

Lo de príncipe era un insulto más. Nunca me convencerás de lo contrario.

Entre el montón de las cartas de mis padres hay un sobre que no es del banco.

No me he dado cuenta al principio. Debería prestar más atención a las cosas que hago, no dar por sentado que conozco todo lo que puede pasar en mi día a día, que esto es un libro que he leído demasiadas veces y que ya no tiene la capacidad de sorprenderme.

Igual que debería dejar de pensar todo en términos literarios, pero qué más da, maestra, tú me enseñaste una obsesión por la escritura en la que no cabía su lado más luminoso, en la que siempre trabajamos en terrenos de fango y oscuridad.

No, no debería dar por sentado que lo sé todo y que las sorpresas ya no van a encontrarme, porque un día tuve a Margo Clarke en mi vida, y eso quiere decir que el universo dejó de girar siguiendo unas leyes y pasó a rendirse al capricho de una reina errática.

A esta casa no llegan sobres a mi nombre, y menos con la dirección mecanografiada y sin remitente.

Incluso Hacienda, si viniera a reclamarme todos los impuestos que le debo, querría hacerse notar.

El anonimato y la falta de personalidad me grita.

O quizá sea que la conversación con Virgi me ha limado un poco la resistencia a escuchar a mi intuición.

Voy a mi habitación bailándolo entre los dedos.

Tengo el cuarto más grande de toda la casa porque mis padres no pudieron discutir el razonamiento, con una porción de reproche, que les hice de que era el único que realmente vivía a tiempo completo allí.

Que prefiera esto al piso de mi mejor amiga es algo que no me puedo argumentar a mí mismo.

La única luz que hay proviene de las torres de ordenador transparentes, las pantallas encendidas y los resplandores de los pisos vecinos.

Debería cenar. Debería cenar, pero como muchas otras no ches he perdido el hambre.

Así que me desplomo en el sofá viejo que hay pegado a una de las paredes, justo debajo de una réplica de un Rothko que odio y que tú me regalaste.

¿Por qué alguien iba a valorar esto?, te pregunté.

Porque puede ser lo que tú quieras, incrédulo. Esa es su grandeza. Y para nosotros, los artistas, las posibilidades se multiplican. Piensa una distinta cada vez que lo mires.

La pretenciosidad, maestra, ese enemigo del que tú nunca intentabas huir.

El sobre es duro. Dentro hay una cartulina o algo parecido. Alejandro Hernández Ventura. Quién coño me escribe.

Lo abro y frente a mí hay algo que bien podría ser una invitación a una boda o a un funeral.

XXX Grupo editorial y Javier Monteverde Salazar tienen el placer de invitarle al evento del 5º aniversario de la publicación de

LA PIEL DEL CENTINELA

Hay una fecha. Hay una dirección. Hay un mail en el que confirmar mi asistencia. Hay un logo de una editorial.

Y hay una frase, también mecanografiada, por detrás.

«Siempre dije que, si continuabas lamentándote, no ibas a escribir nada bueno, mon pas si petit prince».

No. Te lo prohibí. En cuanto me di cuenta de que no volverías a contestar el teléfono ni me esperarías perdida por calles que solo significaban algo para ti. En cuanto entendí que todo aquello había terminado.

No puedes aparecer de noche en mi habitación cinco años más tarde, Margo.

Y, a la vez, entiendo que esta es la única manera en la que podrías volver.