La impostora 6
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A veces olvido cómo suena mi propia voz.

Es ridículo, porque hablamos de un personaje que lleva conmigo toda mi vida.

Y lo único que tenemos los personajes es nuestra voz, pero, si desaparece la que pensamos que fue la razón por la que fuimos creados, ¿qué nos queda entonces?

A veces me siento en cafeterías que no tienen personalidad, o intento comprar mi propia comida en el supermercado, y entonces la voz se diluye en el estanque oscuro que es el día.

O a veces hablo con alguien y entonces ya no importa, porque en ese momento lo único que cuenta es la mirada del otro, siempre la mirada.

Tú lo decías, maestra. Lo importante no era el encanto de Jay Gatsby.

Lo importante era la adoración sin ningún tipo de sentido de Nick. Eso era lo que construía la novela.

Y, sin embargo, no se puede vivir siempre en la literatura, ¿verdad?

Delante tengo a la única persona que sabe cómo recordármelo.

Tengo una amiga. Una sola está bien, si resulta que es de las buenas.

Y Virginia vale por siete, o mejor dicho, vale por siete mares, ocho planetas y varios puñados de nubes.

Virginia viste siempre de uniforme del trabajo, es adicta al euromillón, tiene sus dos trabajos pintados por todo el rostro, y una vez intentó dejar la cafeína y casi quema esta ciudad en el proceso.

A sus treinta y pico años, la vida le pasa por encima, y ni siquiera protesta por ello.

Es la única persona a la que he llegado a admirar sin esperar nada a cambio.

Teleoperadora de mañana, acomodadora en el Teatro Real de tarde.

Y sí, olvido mi voz y puede que hasta las huellas que deja la culpa a mi paso cada vez que la veo.

Dime que no soy la única persona con la que has hablado esta semana, me está diciendo.

Bueno, saludo a los vecinos. También le rasco las orejas a los perros que se me acercan. Oh, y el jueves fui a comprar algo. Todas esas cosas implican comunicación. Y trabajo, Virgi. Cuando me toca entregar ordenadores, al menos, tengo que saludar.

Ella siempre deja que su café se enfríe del todo antes de tomarlo.

Yo no estoy contento si no me quemo la lengua con él.

Ella pide algo dulce para acompañar y yo no, aunque los dos sabemos que acabaré robando de su plato.

Ella siempre quiere en el interior del local y yo siempre pido la terraza, hábito de antiguo fumador.

Hoy he ganado yo. O me han dejado ganar.

De cualquier manera, tú tampoco tienes amigos. Solo compañeros de trabajo.

Somos ya tan amigos que nuestro deporte favorito es tirarnos a la cara las verdades que más nos duelen y reírnos de ellas.

Casi siempre tienen que ver con la soledad en el medio de este bosque de cemento y vallas de obra.

Arenal hoy es una calle especialmente insoportable, pero da igual, nos encontramos siempre aquí.

La mole del Teatro Real, la casa de la ópera, nos vigila a lo lejos.

Virgi tiene que estar allí a tiempo. Dos horas libres es el único lujo del que dispone hoy, y yo he gastado una parte llegando a nuestra cita para café treinta y cinco minutos tarde.

Tengo que pagar el alquiler. Un niño de familia rica como tú no lo entendería.

Claro que no puedo entenderlo. Quizá esto de no encontrar mi voz tenga que ver con quemarme la lengua una y otra vez cada vez que vengo a ver a mi amiga.

Con que se me salga el cariño hacia ella por cortes que ni siquiera sabía que tenía.

Yo solo respondo ante dioses ancianos, dioses que ya no importan, que han perdido sus poderes, sus oraciones, y que están enterrados a muchos metros bajo tierra, en un lugar en el que sus gritos de desesperación ya no se oyen.

Pero Virgi sí entiende de lavar los pies, cortar pan, comenzar las frases con un disculpe y colgar la ropa en la taquilla.

Virgi son esas manos que impiden que el viento me lleve lejos, muy lejos, allá donde tu recuerdo y tu silencio quieren arrastrarme.

Y a veces no sé si la quiero o la odio por eso.

¿Cómo es que jamás nos hemos acostado?

Le pregunto lo mismo cada poco tiempo. Fachada, maestra. Todo es pura fachada.

Porque sería la manera más rápida para que nos detestáramos, Álex. Además, estoy segura de que nos quedaríamos a medias los dos.

Ella siempre me llama por mi nombre. Tú casi nunca lo hacías. Ella siempre responde a mis preguntas y aprovecha para reírse. Tú solo reías cuando podías insultarme con el acero de tus carcajadas.

Estás aquí. Estás aquí, en algún lugar, en las calles del centro, en el café caro, en el globo que un niño ha dejado escapar, en Virgi y yo siendo amigos como si la amistad fuera la cosa más revolucionaria del presente.

Estás aquí, tienes que estar aquí, maestra, tengo que poder encontrarte.

Tienes que estar en algo más que las palabras.

Nosotros compartimos algo más que unas frases que sonaban bien o sonaban a declaración de guerra, ¿verdad?

Y entonces Virgi, con esa magia que ni ella sabe que tiene, te convoca.

Saca un libro de su mochila. Mi amiga es una de esas personas que hace su día a día con una mochila negra, siempre demasiado grande, siempre demasiado pesada, a la espalda.

Sé que lee, pero siempre imaginé que los suyos serían libros de bolsillo, de los que pesan poco y cuyas tapas se abren como alas de pájaro cuando están muy gastados. Pero hoy no es el caso.

Es Sangre en el agua . Lo reconozco, maestra, claro que sí, porque fue uno de tus primeros libros que leí.

Y más que recordar las palabras, las oigo, porque ese libro era un golpe de martillo tras otro: el de los pensamientos de la mujer protagonista, pensamientos que tú transcribías con un detalle y a veces un caos que quitaba el aliento, hasta que tomaba la decisión de asesinar a su hermano mellizo.

Era un libro gris, como muchos de los tuyos, sobre personajes en esos niveles bajos que jamás habías pisado pero que aun así conocías, como si entendieras que las respuestas a las preguntas más vitales estuvieran allí mucho más cerca.

No se podía entender el para qué vivir desde tu ático del barrio de Salamanca, ¿verdad?

¿Dejaste que entrara en tu vida por eso?

Menudo chasco te debiste de llevar. No hay nada de necesidad en mí, de escasez.

Yo tengo unos padres que financian mi desesperación de generación perdida a tiempo completo.

Eres muy poco sutil, le digo a Virgi. Y ella se encoje de hombros.

Las mentiras y los rodeos nunca sirven contigo. Eres demasiado listo.

Tiene razón. Por eso le hago la única pregunta que merece la pena:

¿Qué te parece el libro?

Tiene una etiqueta de ropa como marcapáginas.

Yo doblo las esquinas. Tú solías memorizar el número de capítulo en el que te habías quedado, porque los libros eran demasiado sagrados como para manipularlos, aunque fuera mínimamente.

Recuerdo que ni siquiera me dejabas comer o beber cerca de ti si estabas leyendo. Por si acaso.

También recuerdo que en una ocasión te dije que Sangre en el agua me había recordado a Mi nombre era Eileen , de Otessa Moshfegh, y entonces tú me retiraste la palabra durante varias horas.

Nunca más volví a intentar compararte con otra autora contemporánea, por mucho que a mí me pareciera un halago.

Virgi se encoge de hombros.

Es como si leyera a alguien con quien no querría hablar ni loca, pero que me asomaría a cotillear lo que hace si pasara por mi calle.

¿Hablas de la protagonista o de la autora?

Mi amiga, por supuesto, se está burlando de mí incluso antes de responder a mi pregunta. Pero sus burlas son de esas que me hacen sentir en casa.

Pensaba que tú defendías que no hay tanta diferencia entre ambas.

Y, probablemente, no las hay.

No le digo lo que realmente importa, claro.

No le digo que ella sí que habla con la persona y no con el personaje, igual que jamás le he contado lo que realmente me ocurrió en el último año de instituto ni por qué hubo un intervalo de diez meses en el que dejé de responder a sus mensajes y sus llamadas porque Margo ya había acabado con todo el mundo que me rodeaba.

No le cuento que no puedo tocar ese libro porque entonces de él saldrán más cuchillos de los que puedo soportar, no le hablo de que la rabia también está sentada en esta terraza, en esta mesa, jamás le hablo de las cosas realmente importantes y, sin embargo, ella las sabe todas.

Virgi trabaja en la ópera, en ese lugar donde las historias de amor siempre terminan con una garganta rebanada o una gran venganza.

Cada vez que me cuela en alguna butaca vacía, me río de que mi amiga esté rodeada de historias que son demasiado intensas para ella y que sin duda le resbalan.

Virgi hace grande lo pequeño, y pequeño lo más grande.

Con ella La Bohème queda convertida a unos pocos insectos.

Y como la persona que es me habla:

No sé qué es lo que estás haciendo respecto a ella, dice mientras señala al nombre, a tu nombre, maestra, en la portada. Lo que está claro es que no está funcionando.

No estoy haciendo nada.

Pues ya sabes.

¿Qué quieres? Ella lleva desaparecida cinco años.

Podrías empezar por desvelar lo que ocurrió con la novela. No con esta ( Sangre en el agua , oh, mon prince, los hombres tenéis demasiado miedo a la sangre), sino con la última.

Me duele, porque ella habla con demasiada facilidad de algo por lo que yo me consumo durante horas y horas cuando me atrevo siquiera a pensarlo.

No puedo, Virgi. Creo que ni siquiera me creerían.

Donde otros me juzgarían, ella me mira con comprensión, aunque niega con la cabeza, como si fuera el mayor de los idiotas que conoce. Y lo soy. Y hace que me sienta orgulloso de ocupar ese puesto.

No deberíamos estar aquí, Álex. Tú deberías haber aceptado mi propuesta de ocupar el cuarto que me sobra en casa, veríamos cómo pagar juntos el alquiler, jamás discutiríamos por qué peli ver por la noche y siempre porque eres incapaz de fregar un plato de ducha.

Mi balda de la nevera tendría Nutella, y la tuya cualquier porquería precocinada, y nos quejaríamos de vivir como estudiantes con nuestra edad, pero a quién le importa, si tengo un mal día en el trabajo o llego más agotada de lo normal, podría contar contigo.

Y te vería escribir en tu cuarto, y te diría que a ver cuándo me jubilas, y aplaudiría el día en el que por fin me presentaras a una pareja y tú odiarías a mi prometido. No deberíamos estar aquí.

Tienes razón. Esta cafetería es un asco, no sé por qué siempre venimos a ella.

Porque es la única de toda la calle Arenal que me puedo permitir.

Y, como no sé otra manera de comunicarme, agarro el libro, aguanto su intento de envenenarme, lo abro por una página y comienzo a leer.

Siempre decías que lo primero que destapa a un mal escritor es leer un párrafo suyo en voz alta:

«No recordaba cuándo se había comenzado a sentir así justo antes de entrar a casa, el único lugar de toda la tierra al que no querría regresar.

Una pequeña bestia se sentaba sobre su pecho mientras el día se oscurecía.

No puedo irme, se repetía una y otra vez, no puedo irme, no sé hacer nada más allá de esta puerta, no sé quién soy sin la cadena que me ata a este lugar.

La puerta vieja, los techos altos, los suelos que crujían en verano.

No puedo irme, se repetía mientras recorría sus habitaciones con los pies descalzos y el sol entrando desde las ventanas.

No podía irse porque el precio era demasiado alto, y, además, tenía un hermano».

Odiabas esas estúpidas frases acerca de que los escritores jamás moríamos mientras alguien nos leyera, de la misma manera en la que odiabas cualquier tópico que pudiera calificarse de cursi.

Pero ¿y si tienen algo de razón, maestra?

¿Y si solo por leerte puedo volver a traerte a estas calles que nos hemos cansado de recorrer?

¿Y si estés dónde estés puedes e scuchar, y si vas a aparecer por aquí para impedir que mi voz se haga con palabras que son solo tuyas?

Aunque tendría su gracia que Margo Clarke me echara en cara eso.

Tienes que reconocerme que es buena, le digo a Virgi, y ella no protesta porque siga usando el tiempo presente para hablar de ti.

Sí, responde. Pero me gustó más leerte a ti.

Y no sé si mi mejor y única amiga me está impulsando hacia las nubes o echando tierra sobre mi tumba. Conociéndola, probablemente va a dejar que yo lo decida.