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Esta solía ser mi ciudad, maestra; yo era Madrid de mi alma y de la tuya, y tú solías reírte de que hubiera un nosotros entre una ciudad y alguien como yo.
Pero, desde que te fuiste, Madrid ya no parece Madrid, Madrid mata todas las estrellas, Madrid ya no existe demasiado porque he dejado de escribir sobre ella y ya no sé si veo las cosas sobre las que no escribo.
A veces parece que, como yo, la ciudad no ha dormido en muchos días, a veces ando sobre trozos de plomo, a veces soy Miaja con órdenes de defensa a toda costa.
O quizá solo quiera ver algo de romanticismo entre coches y más coches, siempre coches, porque a esta ciudad no la habitan las personas, la habitan los coches; entre la contaminación que dicen que nos está matando por dentro, grúas que salen de los edificios antiguos del barrio de Salamanca, túneles de metro que ya no son refugios antiaéreos, Lavapiés con corralas de pisos turísticos a precios de oro, repartidores de comida que se juegan el tipo con sus bicicletas entre el tráfico, turistas con ese aire de candidez que los de aquí despreciamos.
Queda poco de los gatos de Gloria Fuertes, desde la cuna a Madrid y de Madrid al cielo, Villa y Corte ya no se sabe de qué.
Yo me juego el tipo también. En mi moto, cazadora, guantes, comparto carril con taxistas de bocina fácil y autobuseros de jornadas laborales demasiado largas.
Todavía no es Navidad, pero ya empieza todo a colapsarse, esas arterias a punto de sufrir infartos.
Coches aparcados salen de sus plazas, evitar furgonetas en carga y descarga.
Por la mañana es fácil moverse entre este y oeste de la ciudad, pero no intentes ir del sur al norte, contra el aire de la sierra, o el vacío de los atascos te atrapará.
Los semáforos de Goya son los mejores porque están perfectamente coordinados si bajas la calle hacia Colón.
Intento no mirar la puerta de la Biblioteca Nacional, porque estoy seguro de que Cervantes y Lope desde sus pedestales me están fulminando con la mirada.
No deben de quedar casi vecinos en Chamberí, en las aceras por la mañana solo se ven trajes y maletines.
Un conductor me insulta por conducir temerariamente, como un subnormal en sus propias palabras, pero no pasa nada, he perfeccionado mi habilidad de hacer una peineta mientras con la otra mano sigo conduciendo tan tranquilo.
La testosterona necesita estas escapatorias, ya se sabe.
Entrego el primer portátil que he arreglado en uno de esos pisos de Fernando el Católico que intentan aparentar que no son de ricos pero sí lo son.
Primera mirada de sorpresa por mi juventud, segunda al borde del tatuaje que me asoma por debajo del cuello de la cazadora.
Da igual, nadie hace preguntas sobre si es bueno el informático.
Más moto. Cruzo de un lado a otro la ciudad.
Malasaña con su falsa suciedad que no es más que atrezo, Ferraz atascada, el viaducto de Bailén con sus paneles de plástico para evitar suicidios.
Estoy a punto de perderme entre las callejuelas de Usera porque es imposible guiarse por allí.
Paro en una panadería colombiana escondida en Almendrales: son los dónuts más sedantes que conozco.
Mi moto aguanta mucho mejor que yo estas calles.
A mí cada vez que cruzo el Manzanares se me va un poco de vida, ya se sabe, mamita mía, pero qué más da, necesito el dinero.
No me he pasado las noches arreglando portátiles ajenos en mi habitación para ahora no repartirlos y cobrar.
Esta es una manera tan buena como cualquier otra de contribuir a ese porcentaje de economía sumergida del que todo el mundo se queja en este país.
Ya de vuelta al Barrio de Salamanca entrego el último de los encargos en uno de esos chalets escondidos de Fuente del Berro.
Lo recoge una adolescente de hombros huesudos, media melena negra, tono de voz bajo, seguro que siente que molesta todo el rato.
El dinero en su palma es extraño, como si no estuviera acostumbrada a manejar billetes grandes.
Su portátil solo tenía apuntes y cosas relacionadas con los estudios, lo recuerdo bien.
Menos mal que no fuiste al instituto conmigo, pienso.
Pero no se lo digo. No puedo decirle eso.
Ella se ha quedado algo cohibida al verme. Podría intentar sonreír, pero a lo mejor solo lo hago todo más incómodo.
Suerte con tus exámenes, le digo.
Abraza su ordenador contra ella con ambos brazos. No cierra la puerta mientras cruzo la acera y vuelvo a arrancar. Espero que no se haya quedado con ganas de decirme algo.
Subo Doctor Esquerdo, la calle menos amable de Madrid.
Bajo Alcalá, paso Ventas y Victoria Kent no me saluda.
Un piso gigantesco vacío me espera. Mis padres están en un viaje por trabajo.
Un piso gigantesco al que me resisto a llamar casa, porque me atrae demasiado la idea de no tener casa, aunque probablemente esta lo sea, o lo tendrá que ser por el momento.
Cuando entro, cierro la puerta con llave a mis espaldas. Me tiró al sofá sin descalzarme. Cuento el dinero que he conseguido hoy. Mañana lo ingresaré. Mañana.
Sigo oyendo gritos en mi cabeza, maestra.
Hay varios ejemplares del libro en esta casa, se supone que encerrados, rehenes por los que nunca me pagaste un rescate, porque tú las deudas no las nombrabas y así te asegurabas de que no existían.
Puedo fingir que no entiendo lo que me dicen, pero llevo los cinco años de tu desaparición fingiendo, comiéndome la derrota.
Es lo bueno de ser joven en Madrid. Nunca sabes si habrá mañana, porque un muro te separa del futuro. Y es reconfortante.