La impostora 5
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D emasiado tarde, me doy cuenta de que he fallado al escoger el lugar en el que ir a comprar un estupendamente aburrido manual de informática.

Los Arctic Monkeys suenan en mis cascos, seis años desde que se lanzó AM y sigue sin cansarme.

Quería una librería impersonal, una de esas grandes cadenas que no consiguen hacerte sentir como si estuvieras en casa pensando en cuánto te gustan los libros, pasaba cerca de la esquina de Goya y Alcalá, allí hay una Casa del Libro, blanco y en botella.

Pero no es una Casa del Libro más: resulta que allí vivió Federico García Lorca y que hasta la placa que hay en el edificio que lo recuerda puede mirarte con cierto reproche en sus relieves.

Podría dar media vuelta y gracias hacia El Corte Inglés de al lado, pero eso significaría reconocer la derrota contra una placa conmemorativa.

Y, después de todo, Federico siempre estuvo del bando de los perdedores, como yo; cada uno tiene que asumir su propia naturaleza.

De acuerdo, entro. Mesas de novedades. Mesas de agendas.

Cajas a un lado. Es mediodía, pero aun así hay gente y las pirámides de libros son más grandes que nunca; se nota que empieza la campaña de Navidad.

Las personas que hay son extrañas, están un poco fuera de su elemento, son esas que creen que entrar en una librería es como entrar en cualquier otro espacio comercial, y nada que ver, señora, no me haga reír.

Usted y su abrigo caro están a punto de pedir el último premio estratégicamente colocado para que se lo regale a esa cuñada que no lee un libro en todo el año, pero que se alegrará de que la regalen uno, porque eso significa que la gente piensa que es más culta de lo que realmente es.

¿Qué quién soy yo para meterme con usted?

Buena pregunta. No, en realidad es una pregunta horrible.

Tiene toda la razón del mundo, señora. Solo soy un niñato hecho a medias.

Sé que hay una pila blanca en uno de los lugares más destacados.

Podría distinguir ese libro incluso en la más desordenada de las estanterías, estando solo visible el canto, estando entre un millón más de historias.

Creo que no lo veo, sino que lo oigo. Todos los libros me hablan, pero ese es de los pocos que me gritan.

Bajo al sótano. Es casi imposible que me pierda en una librería de Madrid, porque creo que las he visitado todas.

Ella solía decirme que, si quería escribir bien, tenía que comprender todo lo que rodeaba a un libro, que ser escritor es algo más que poner una palabra detrás de la otra esperando a que alguien las pueda leer.

Me he recorrido todas las sedes de estas cadenas, las librerías más alternativas, las cafeterías librería, las auténticas librerías de barrio (oh, Vallecas, menos mal que sigues ahí) las de viejo, las que solo tienen las novedades más comerciales, las que solo tienen libros rarísimos.

Cada una tiene una personalidad: las hay que se rebelan y las hay conservadoras, las hay más tímidas y las hay directamente inquietantes (incluso con muñecas de porcelana sin ojos en el escaparate, en Madrid tenemos hasta lo que no queremos ni hartos de vino).

Reconozco que tampoco tendría que soltar este rollo solo para indicar que sé que los libros de informática están en la planta de abajo.

Me hablo demasiado a mí mismo para lo insoportable que me resulto a veces, pero es una verborrea recurrente.

Localizado. Este es el manual. Esta estantería es inofensiva. Podría quedarme a mirar si hay algo más que necesito, pero eso sería tentar a la suerte. Estoy en territorio enemigo, a fin de cuentas.

Por qué tienes que hacerlo todo tan difícil, Álex.

Cuando subo las escaleras, sé que voy a caer.

Por un momento salgo de mí mismo y soy capaz de elevarme y veo esa parte de mí que piensa que ya han pasado cinco años, no pasa nada, príncipe, los cinco años han servido para construir a tu alrededor una capa de vacío que nada ni nadie puede traspasar, la atmósfera no te toca, los colores no pueden viajar hasta ti.

Pero está la otra, la que sabe que podrán pasar cincuenta años y…

Ando más despacio, pero me acerco. Me concentro, pero no sé qué me está gritando.

Hace mucho que dejamos de hablar el mismo lenguaje.

Antes no, antes Margo podía decirme cualquiera de sus frases en francés, que aunque yo no la entendía sabía que quería decirme.

O a lo mejor no es ella la que me está gritando.

La pila de La piel del centinela es demasiado perfecta.

O la han puesto hoy o uno de los libreros se encarga de colocarla regularmente.

Probablemente sea uno de esos que te idolatran, Margo.

Es la nueva edición, la del aniversario.

Tiene una entrevista inédita, algún texto que ese señor que todavía se hace llamar tu marido encontraría en tus cajones y vendería a precio de oro.

Al menos no han cambiado la portada, aunque tiene una faja.

Una puta faja. Una vez te dije que deberíamos hacer una hoguera con todas las fajas de los libros que comprábamos juntos.

Tú dijiste que era mucho más revolucionario reciclarlas, aunque menos poético.

Tengo que dejar de hablar a Margo en segunda persona, como si fuera a doblar cualquier esquina y encontrármela allí.

Pero es que no sé si ocurrirá.

Nadie lo sabe.

«Cinco años más tarde de la desaparición de su autora, La piel del centinela se consolida como una de las novelas más importantes de la década».

Con un poco de suerte, en el décimo aniversario pondrán «del siglo» y alguien sabrá qué te ocurrió.

Qué te sigue ocurriendo. Dónde coño estás, Margo, si es que estás en un solo lugar, porque yo tengo la sensación de que te me metes dentro cada vez que respiro el aire de este octubre envenenado.

¿No se supone que el tiempo lo cura todo?

¿La incertidumbre no induce a la resignación?

Mentiras todas. Somos escritores, nos aferramos a las mentiras y queremos que estas nos catapulten a la eternidad, los animales más egocéntricos que existen.

En eso me convertiste, en alguien que sabías que era imposible que te olvidara pasara lo que pasara.

Hay una foto tuya en el stand de la librería.

Hace cinco años que solo veo a Margo Clarke en fotos.

Las oficiales, todas en blanco y negro. Las que tengo en mi móvil, que decidí proteger con una contraseña porque todavía creo que la policía algún día descubrirá todo lo que callé.

Siempre sonríes y tu felicidad nunca parece absoluta, pero creo que hubieras prohibido cualquier foto en la que pudieras parecer radiante.

Han escogido bien la fotografía. Estás tumbada sobre una cama hecha con un montón de tus propias novelas. Tu cara me dice que, como se me ocurra apropiarme de un gramo de tu belleza, me saltarás al cuello.

No puedes quitármelo todo sin darme algo a cambio, maestra .

¿Estás seguro, mi querido aprendiz?

Creo que de lo que yo esté o no seguro dejó de importar hace tiempo.

Estoy hablando en voz alta. Lo sé porque una de las trabajadoras me está mirando extraño, así como la mujer de la que antes me había burlado mentalmente.

Karma, Álex, karma. Es mucho mejor ser una señora que no sabe demasiado de libros que un tipo que le habla a la foto de una mujer desaparecida.

Quizá podría decir que es una performance.

Margo se reiría. Le hubiera encantado formar parte de aquello.

Me mira, tumbada desde su cama de historias.

No puedo darte nada.

Entonces, déjame ir, maestra. ¿Por qué no me dejas ir? ¿Crees que tú eres la única capaz de desaparecer?

¿Quieres irte?

Creo que alguna vez me lo preguntó en persona. Si me quería ir. De su casa, de los museos, de las calles que recorríamos, de las últimas filas del teatro que siempre pedíamos, de las clases, de las llamadas eternas. Me lo preguntaba pero nunca me daba la oportunidad, no realmente, y lo sabía.

Disculpe…

Es la librera.

¿Necesita algo?

Siento unas ganas incontrolables de estallar en carcajadas, pero no lo hago porque suficiente trabajo tiene el samur social como para encima encargarse de mí. ¿Necesito algo?

Le dejo el libro de informática. Le doy las gracias.

Ella me mira sin comprender. No hay nada que comprender.

Haber entrado en una librería por primera vez en meses y comprarme aquello sería un insulto a la persona que consigue mirarme desde todos los lados en los que no está.

Cuanto más tiempo paso aquí, más noto que algo me llama.

Los títulos de los libros me están rodeando como una red a un banco de peces.

Puedo nadar todo lo rápido que quiera, pero la trampa ya está puesta.

Nunca debí poner un pie en este sitio. Hace que recuerde demasiado bien cuánto echo de menos escribir.

Solo hay un camino de huida.

Hacia abajo. Hasta que deje de ver la luz. Hasta que se acabe el oxígeno. Hacia abajo, Margo, a ese fondo en el que sé que no estarás, porque siempre fue mi territorio.

Gracias por la ayuda, digo antes de darme media vuelta y enfilar la salida. Hasta pronto.

¿Hasta pronto? Pero si no piensas volver, mon prince. No tienes valor.

Creí que había encontrado el faro, pero no resucité, maestra; tú le dices a esta ciudad que despierte y yo intento huir para siempre.