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L a soledad de mi casa me consolaba. No había abierto aún las ventanas para ventilarla, y el aire estaba viciado de una manera que era acogedora.
Me había hecho el que, probablemente, fuera el café más aguado y asqueroso de la historia, pero que a mí me sentaba bien, de alguna manera u otra.
Encendí la tele. Puse los desayunos. Tú te reías de mí porque era incapaz de escribir sin algo de ruido de fondo; cuando estaba en la biblioteca o en mi habitación, tenía que ponerme música o la radio, mientras que era capaz de escribir en las cafeterías más ruidosas o en un vagón de tren lleno de niños o conversando contigo.
Tampoco es tan de extrañar. Creo que, de alguna manera, el hecho de que una parte de mi cabeza recogiera ruidos externos impedía que creara el interno, que empezara a hablarme a mí mismo, o que me centrara demasiado en lo que escribo.
Yo tengo que escribir como quien mira de reojo, sin centrarme por completo en ello, o a lo mejor corro el riesgo de sentirme absolutamente desolado.
La presentadora acababa de cortarse el pelo.
La luz de aquel programa me ponía siempre muy nervioso, como todas las luces que son blancas y no tienen ni un punto de calidez en ellos.
Fui a buscar un libro entre la pila que tenía en una de las mesas.
Dijo tu nombre. Tu fotografía de autora, esa en blanco y negro en la que imitas una de las poses de Lauren Bacall, yo solo supe quién era por ti, barbilla alzada, sonrisa demasiado burlona como para ser una escritora del montón, apareció en la pantalla.
Llevaba una semana intentando no pensar en ello.
Ignoraba las noticias en los periódicos y en la web que cada vez eran más abundantes y que hablaban sobre su desaparición.
Sobre el lanzamiento de la novela. Las setenta y dos horas habían pasado hacía mucho tiempo, y yo no quería mirar ya los relojes.
No pensaba. No sabía. No quería saber. Seguías allí, maestra, y por alguna razón el resto intentaba convencerme de que no estabas, cuando era una verdad tan absoluta como que la gravedad tiraba de mí hacia el suelo.
Y la novela.
Ir por Madrid no queriendo escuchar el título era como intentar evitar que un gato negro se te cruzara de noche.
Aquella mañana se me acabó lo que nunca creí tener: el tiempo.
Mis pulmones se volvieron granito mientras miraba la pantalla.
Ni siquiera me senté. Me quedé allí mirando tus ojos afilados, tu pelo peinado como con ondas de los años veinte, tu sonrisa que no enseñaba los dientes, ese rostro con el que sé que luchabas contra el envejecimiento a pesar de jactarte de tu edad.
Pensé que, si te hablaba en aquel momento, tú me responderías.
Pensé que estabas escondida en cualquier rincón de la habitación, y saldrías y podríamos reírnos los dos juntos.
Professeur.
Claro está que no respondiste. Las palabras en la punta de la lengua, una vez más.
Hay algo en tu mirada que me las solía frenar.
Allí me quedé, extrañamente encogido sobre mí mismo, mientras escuchaba a la presentadora comentar con los tertulianos políticos que vete tú a saber si habían leído alguna vez un libro tuyo, qué hubiera podido pasarte.
¿Dónde estuviste la última vez que se te vio?
¿Cómo de afectada está tu familia? Fue la primera vez que vi a tus hijas que no fuera en una fotografía, Margo; me asusté mucho cuando Laura, la pequeña de las dos, habló, porque en mi cabeza solo era una imagen más que se parecía a ti, aunque donde tú tenías aristas ella era toda melancolía.
Luego salió un vídeo de tu marido pidiendo por favor cualquier información que ayudara a saber qué te había pasado.
¿Tenía yo esa información? Yo sabía cosas que él desconocía, pero en un mundo en el que nos intentamos convencer de que todo depende de la perspectiva con la que lo miras eso no parecía tan grave.
Y otra vez tu foto. Y otra vez los tertulianos.
No debemos olvidar que, dijo la presentadora, casualidad desafortunada, al día siguiente a su desaparición, la última novela de Margo Clarke, titulada La piel del centinela, salió en las librerías y una semana después la editorial la empezó a definir como «la novela de la década».
«El culmen de la carrera literaria de esta británica afincada en España».
«La mejor historia de una escritora excepcional».
Sin duda, estamos ante un nuevo debate acerca de si, en el fenómeno en el que va camino de convertirse La piel del centinela, pesan más los motivos extraliterarios…
¿Desde cuándo aquello importaba, Margo? Tú hubieras soltado tres tacos y te hubieras reído de ellos.
O escribo bien o hago mierda, lo cual no es siquiera escribir, y el resto a quién le importa.
A ti y a mí las grandes reflexiones sobre el arte nos la sudaban un poco.
O hacías las cosas bien o las hacías mal.
El resto era un juego en el que siempre podíamos hacer trampas, aunque deja que te diga, maestra, que desaparecer el día antes del lanzamiento de tu novela sin decirme nada es demasiado.
Proyectaron la portada. Me encantaba porque no se andaba con florituras: título por toda la página en negro, fondo blanco, tu nombre bien en grande.
Tu editor sabía lo que te gustaba, o probablemente tú te habías encargado de dejárselo bien claro.
Tapa blanda, porque la dura con sobrecubierta siempre te había parecido muy poco elegante.
Esto lo sabía yo, no los que estaban en la televisión.
Aunque me fascinaba que con solo ver tu foto no pudieran averiguar quién era Margo Clarke, y dijeran todas las tonterías que estaba escuchando.
Era una mujer exitosa que vivía felizmente con su familia.
Su marido parece realmente afectado.
No tenía razones para desaparecer por su propia iniciativa, sin duda ha debido de ocurrirle algo.
Era una escritora tardía.
Sus primeras novelas tuvieron un éxito moderado.
Margo Clarke era receptora de la mejor tradición de autoficción femenina de los últimos tiempos.
Así uno detrás de otro, maestra. Voluta a voluta, construían un humo insustancial de palabras sin sentido que nada tenían que ver contigo.
Te alejaban de la Margo que yo había conocido, la que había debutado en España con el retrato de la mujer joven que quiso escapar de la Inglaterra profunda lo antes que pudo.
¿Autoficción? No; tú escribías acerca de las vidas que querías vivir, no de aquellas que realmente habías vivido.
Por eso yo siempre pensé que jamás escribirías sobre mí; no podías escribir sobre un fallo en tu sistema, a fin de cuentas, seguro que las palabras huían de ti entonces.
Era yo el que escribía de culpa, de grises, de llagas.
La piel es una máscara. Yo soy una antorcha. Tú eres una Medea.
Y entonces oí tu voz, Margo, caminos en el desierto, ríos en la soledad.
De entre todas las entrevistas, todas tus presentaciones, todos los actos, escogieron sacar el discurso que diste cuando se te concedió el premio Elena Fortún a escritora del año por Mi más alto refugio.
Un año más tarde de que se publicara aquella novela y pronunciaras aquel discurso, un niñato se enteraría de que dabas una conferencia en aquella universidad que ya estaba empezando a querer abandonar, y se quedaría en la última fila de una de las aulas magnas para escucharte, pero aun así tú te fijarías… en mí.
Habías aparecido y en el televisor salía una imagen tuya de antes de conocerme. Acusé que me golpearan con mi propia trivialidad. Habías existido antes de mí, seguirías existiendo sin mí, era poco más que una mala hierba en la vida de Margo Clarke.
«Quemar lo corona de laurel. Llevar la contraria.
Acercarse al arcoíris. Orinar en la mecha del cañón.
Ser la loca del desván. Salir del infierno caminando.
Probar géneros y formas de contar como quien prueba amantes que nunca llegan a satisfacerle del todo en la cama.
Hacer que se lo tengan que pensar, que tengan que darle vueltas a tu novela, que no sepan por dónde encasillarte.
A la creación artística sincera no se le puede poner precio, no hay sacrificio demasiado grande si es por mantener la escritura como un espacio de libertad absoluta.
Vas a incomodar a la gente. Van a quererte callar y a ti te va a doler.
Pero para contar una historia que importe, que realmente pueda llegar a esas asombrosas y a veces incomprensibles personas que son los lectores, las palabras han tenido que dolernos muchas veces».
Me tumbé sobre el sofá, ya sí, derrotado una vez más por tu ausencia, por todo lo que me habías hecho, un todo cuyo tamaño todavía no llegaba a comprender.
Tu voz dejó de sonar en algún momento, no sé cuándo, pero daba igual, porque yo me sabía aquel discurso de memoria y me lo repetí una y otra vez entre dientes.
No estoy aquí. Parece que estoy aquí, Margo, pero no es verdad.
El futuro vino antes de lo que esperaba.
Me dejaste un algo que ni siquiera era mi vida, y quieres que lo tome y me calle.
Intento respirar una última vez antes de irme del todo, pero nunca sé cómo.
No estoy aquí. Llevo mucho tiempo sin estar aquí.