La impostora 3
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M i padre me llevó en coche a la comisaría del barrio de Salamanca con esos pantalones de chándal gris que solo se ponía en auténticas emergencias, cuando tenía que salir corriendo de casa y no tenía tiempo para escoger pantalones con cinturón y zapatos a juego.

Madrid aquella noche se nos echaba encima, otra vez aquella ciudad de escarcha de un tiempo anterior a conocer a Margo, de un tiempo peor.

Quise decirle a mi padre que entraba yo solo en la comisaría, pero no podía hacerle eso.

Después de todo lo que pasó en mi instituto, le hubiera dado algo.

Así que me escoltó dentro, el rostro serio; la piel, gris.

No sé si estaba pensando en las horas de sueño, sin duda necesarias para rendir bien el próximo día en el trabajo, en lo que se estaba comiendo, o en qué tenía que ver su hijo con la desaparición de una autora casi bestseller .

Porque él no sabía nada. En su cabeza, hasta aquella noche no hubo ninguna relación entre Margo Clarke y yo.

Supongo que para él yo dejaba de existir en cuanto salía por la puerta.

Dudo mucho que se imaginara que lo que tecleaba en horas muertas desde el sofá, con cualquier programa de mierda puesto en la tele, eran novelas.

Tenía miedo de que los policías pudieran conocer mi historial y ya entré en tensión, preparándome para la lluvia de acusaciones veladas, pero no. Las preguntas fueron decepcionantemente comunes.

¿Cuál fue la última vez que vio a Margo Clarke?

¿Cuál era su relación?

¿Desde hace cuánto que la conoce?

Me daba clases de escritura, agente. ¿Qué otro tipo de relación podría tener yo con Margo?

¿Cómo se llevaban Margo y su marido?

No quiere que entre en eso, agente.

No, claro que no contesté eso. Dije que Margo Clarke no solía hablar de su vida privada conmigo.

¿Tenía Margo algún enemigo o algún lector o admirador que se comportara de manera extraña?

¿Recuerda usted que hiciera algo que le llamara la atención o le pareciera extraño últimamente?

¿De qué humor estaba la última vez que la vio?

Para responder a aquello hubiera necesitado toda una disertación acerca de por qué era bastante difícil averiguar de qué humor estaba Margo Clarke en cada uno de nuestros encuentros.

Siendo sinceros, no respondí gran cosa. Sospecho que el agente que me hacía preguntas no supo encajarme muy bien en el contexto de la vida de Margo, o quizá pensó que yo no era tan cercano a ella como en un principio su marido había asegurado.

Puede que su percepción hubiera cambiado de saber que Margo nunca aceptaba dar clases de escritura, solo a mí; pero él debió de pensar que yo era un estudiante más, puede que una de sus excentricidades.

Quizá hubiera buscado información suya en internet y le hubieran salido todas aquellas noticias que muy poco tenían que ver con su literatura.

Margo sin duda hubiera pensado que era una pena que su desaparición estuviera en manos de personas tan comunes, que qué desperdicio de trama, que qué hacía yo respondiendo con tanta compostura.

Pero yo no estaba asustado por ella, porque ella no me había dado aquel derecho.

Preocuparme hubiera sido ponerme al nivel de alguien que podía hacer algo por Margo.

Yo no era ese alguien. No me dejó serlo.

Yo era el universitario problemático con una crisis vital al que ella había rescatado, no al contrario.

¿Dónde podría haber ido sin avisar a nadie?

¿Qué crees que le ha ocurrido?

Que la novela que ha escrito es mala, y se acaba de dar cuenta, y le ha dado vergüenza, y ha decidido desaparecer en un momento de dramatismo artístico.

En realidad, tiene su ironía que respondiera aquello.

Meter la pata de un modo en el que haces tanto el ridículo empieza a ser marca de la casa.

Pero por aquel entonces estaba convencido.

No se me ocurría otra explicación al por qué Margo hubiera podido desaparecer, aparentemente de forma voluntaria, justo antes de su gran lanzamiento.

No pienses, Álex. Estás mejor sin pensar.

Guarda, ¿qué de la noche? Guarda, ¿qué de la noche?

El día viene y después la noche y por fin crecí, maestra.

Creo que hubo un momento, el de después del instituto, siempre el después, en el que pensé que mi tiempo se pararía, pero tú me lo dijiste, me dijiste que perderse también era avanzar.

Me fastidia mucho esa imagen de que soy un joven perdido, otro más, porque entonces tengo que pensar que tú me recogiste como una casa de acogida recoge a perros de la calle.

Yo no era un joven perdido, o al menos no más de lo que lo es cualquiera en el desaliento que es este país; porque esto no es un país, es un desaliento, un agujero, una gigantesca trinchera en la que la gente de mi generación sigue dando vueltas.

Y tú no me sacaste de ella, pero tampoco te vi hundida hasta las rodillas, maestra.

Supongo que, en el fondo, te daba igual.

Mi tiempo ha seguido corriendo. Me doy la vuelta y casi espero verlo aquí, dedo acusador, ojos entornados, burlándose de mí como si hubiera hecho el ridículo más absoluto.

Tú me imitabas en los momentos en los que sabías que a lo mejor hacerlo me sacaba de mis casillas, y tiene gracia, con todas las puntas de hierro que me guardo dentro, a ti nunca te estallé.

¿Sabes cuántas caras he partido a lo largo de mi vida, Margo?

¿Sabes por qué recuerdo mi adolescencia como una tormenta roja constante?

Sí, claro que lo sabes, porque te lo conté todo, incluso lo que nunca llegué a decirte pero que aun así supiste ver, y, en cuanto tú desapareciste, mis secretos desaparecieron contigo.

Pensé que me había acostumbrado a este no estar tan tuyo, maestra, pero claro que no, tú no podías irte de una manera en la que dejaras de importar.

No podías darnos paz. Solías echarme en cara que todo lo que escribía tenía que ver con la culpa, pero no veo ningún esfuerzo para aligerar la situación, Margo.

A tu lado costaba respirar. Siempre. Pero es que la alternativa era mucho peor.

Guarda, ¿qué de la noche? Guarda, ¿qué de la noche? Tus frases, Margo, esas que a ti te perseguían ahora van detrás de mí, porque la palabra escrita no puede permanecer sin dueño. A ti te obsesionaban frases que a mí me parecían absurdas…

Yo escribía acerca de darle sentido al viento después de una tormenta.

Tú escribías acerca de reírte de todos ellos desde la hoguera.

Y, en cuanto desapareciste, escribí tu nombre en la palma de mis manos y desde entonces ninguna de mis historias tiene sentido.

Tú y yo adorábamos escribir a mano, como los artesanos, sentir el bolígrafo deslizándose sobre el papel, creando.

Recuerdo cuando tu marido quiso complacerte una vez y te regaló una pluma, y en aquel momento decidiste usar los bolígrafos más baratos y desgastados que podías encontrar.

No te pega, maestra, te dije. Pareces ese estudiante que siempre pide bolígrafos en clase porque se olvida de llevar los suyos. Tienes que dejar de pretender.

Ella me sonreía con una amabilidad que me deslumbraba.

No creo que la Bolena siguiera usando las joyas que le regaló el rey en la prisión.