La impostora 2
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Y o solía reírme de vivir en una urbanización con pista de pádel incluida escondida entre los árboles eternamente verdes de Arturo Soria, pero Margo superaba cualquier ínfula que mis padres hubieran podido darse con su piso.

La puerta de madera era maciza, el barniz nuevo ocultando los más de cien años que sin duda tenía aquel edificio que más parecía un palacete en el medio de las manzanas perfectas del barrio de Salamanca.

Las molduras blancas, los azulejos azules y amarillos que ella me solía contar que eran originales, las rejas que abrazaban un ascensor que no tenía ni puerta automática.

Hacía frío al atravesar el portal, como si entraras en una iglesia.

El ascensor siempre rechinaba demasiado y tardaba demasiado y Margo y yo ya nos estábamos riendo demasiado antes de que llegara.

¿Por qué no iban a ser buenos días, mon prince ?

Las musas, maestra. Las musas me han abandonado.

Fingí un desmayo contra la pared del ascensor, y Margo se reía sin ningún tipo de autocontrol.

La suya era una risa que no esperabas en una mujer que medía tanto los gestos, que sobreactuaba siempre, que tenía la cantidad justa de brazaletes adornándole las muñecas, la ropa como si hubiera sido hecha solo para ella, los mechones del cabello acariciándole una piel que reflejaba exactamente su edad, ni más ni menos.

Pero luego me tomó el brazo y su tacto me hizo recordar, como siempre lo hacía, quién era Margo Clarke.

Y a la vez pulsó el botón de emergencia para detener el ascensor. Yo fingí que no me había pillado desprevenido y ella fingió que no se había dado cuenta.

¿Así que las musas se alejan de ti, Orfeo?

Lo digo en serio, maestra. No puedo escribir. ¡Es imposible!

No vamos a salir de aquí hasta que escribas algo que merezca la pena. Así no me volverás a hablar de musas.

Me daban vergüenza mis cuadernos. Eran cuadernos normales, de papelería, tapas de colores lisos, páginas en blanco, escritos a bolígrafo normal.

Muchas cosas me anclaban a mi época de instituto, y Margo lo sabía, pero aquellos cuadernos eran un símbolo de la mediocridad y la inmadurez más insoportables, la que no quería que mi maestra viera por nada del mundo.

En el ascensor, mi cuaderno de tapas azules de Oxford parecía un mal chiste, pero a la vez, había escrito en ellos desde que empecé y ya no podía parar.

Margo nunca me dijo nada al respecto. Margo siempre miraba cómo escribía por encima del hombro.

Estaba acostumbrado a hacerlo así, poner las palabras en papel a la vez que ella las leía.

Nunca le pregunté si las veía antes de que yo apareciera.

Se jactaba de ver el futuro, pero quizá eso solo se aplicaba al mundo real.

En aquella ocasión escribí apoyado en la pared del ascensor sintiendo la barbilla de Margo a pocos centímetros de mi hombro. No llegaba a apoyarse en mí.

Otra vez. Puedes hacerlo mejor.

Me falla el contexto del acto en sí de escribir, maestra. Ni siquiera tengo un vaso de whisky cerca.

¿Qué pensaría Hemingway?

Me echaría del gremio de artistas sin duda. La vergüenza de la literatura.

Arranqué lo que acababa de escribir y le pasé la hoja de papel a mi maestra, que comenzó a hacer una flor de papiroflexia con ella.

Volví a garabatear, el codo en un ángulo extraño, mi letra un montón de trazos sin lógica, el espacio del ascensor que parecía hacerse más y más pequeño a cada segundo que transcurría, mi sorpresa al darme cuenta de que, a pesar de guardar silencio, no era capaz de oír la respiración de Margo.

Me volví a concentrar. Sí, ahí estaba, pero casi no hacía ruido.

Era como si el aire también tomara distancia con ella.

Cuando menos lo esperaba, se alejó de mí y volvió a pulsar el botón de arranque del ascensor. Al girarme, vi la aprobación en sus ojos. No pude evitar abrazar el cuaderno, todavía abierto, hasta que llegamos a la puerta del ático.

Ella me tendió la flor de papel que había hecho.

Luego sacó sus llaves del bolso. Eran llaves modernas, demasiado brillantes, y el llavero era una réplica de una escultura moderna que nunca supe identificar, pero que me fascinaba.

Margo solo me dijo una vez que nadie pone algo que realmente le importa.

Pero, conociendo a aquella mujer como yo la conozco, quizá que me dijera eso significaba justamente lo contrario.

Vas a dialogar hasta que te sangren los dedos.

No solo los dedos. Margo Clarke me desangró en vida y no le importó.