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La impostora

La impostora

Por Alba Quintas Garciandia

© inepub.com

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L a noche en la que ella desapareció no fue especial.

No hubo ningún tipo de aviso, de presentimiento, de banda sonora.

Mi rincón del sofá seguía tan mullido como siempre, había desaparecido el mundo más allá de mi pantalla, ni siquiera me acuerdo de qué estaría viendo mi madre en la televisión.

Sí recuerdo pensar en la tranquilidad de la noche, una tranquilidad irreal que solo experimentamos los que vivimos en un barrio demasiado acomodado como para sufrir los ruidos de la capital.

Madrid se calla en nuestras calles, solo en las nuestras, como si pensara que, si no nos molesta, algún día nuestro dinero podrá mejorarla.

Pero la gente como mi familia y mis vecinos quemaría los billetes mucho antes que dejar que otros se beneficiaran de ellos.

Un universitario en un sofá escribiendo algo sin saber por qué; una madre que más bien parece su hermana; un hombre que para nada parece su padre leyendo unas memorias de un político en su sillón; una casa moderna y demasiado vacía.

Mis piernas cruzadas encima de la mesa auxiliar eran un insulto para cualquier decorador de interiores.

Mi chándal no combinaba con los muebles de teca.

Un teléfono que suena.

¿Sí?

No levanté la mirada cuando mi padre lo cogió.

Tampoco cuando puso cara de incredulidad.

Mi madre si debió de hacerlo, puede que quitarle el volumen al televisor, ese gesto mínimo de cuando ocurre algo importante.

Yo seguí tecleando. Seguí y seguí hasta que escuché las palabras que necesitaba para salir de lo que escribía.

Mire, aquello del acoso sucedió hace mucho tiempo y la familia del otro chico se mostró satisfecha con el acuerdo al que llegaron nuestros abogados, no entiendo por qué…

Ordenador cerrado, pies en el suelo, aire que se congela. Desprecié la voz de mi padre y la mirada de preocupación de mi madre. Quise responder el teléfono, pero no me pude mover.

¿Cómo dice?

Alguien al otro lado estaba diciendo algo que mi padre no esperaba oír, y eso no ocurre muy a menudo.

Se quitó las gafas de ver de cerca y miró a mi madre como pidiéndole consejo, como hace cada vez que tiene una duda de las que de verdad son importantes, a pesar de que ella no podía saber qué ocurría.

Pero yo necesitaba que me mirara a mí, que me dijera qué coño estaba pasando. Me planté delante de él.

Le paso con él.

¿Alejandro?

Fue tan extraño. Nadie me llama Alejandro. Pero la voz que sonaba desde el otro lado del aparato era demasiado desconocida, parecía la de los locutores que dan las peores noticias, y también hubiera sido extraño si me hubiera llamado Álex.

¿Qué ocurre?

Le llamo de la comisaría de la calle del Príncipe de Asturias.

Hace una hora el marido de Margo Shaw ha denunciado la desaparición de su esposa.

Como sabe, las setenta y dos horas posteriores a la desaparición de una persona son muy importantes y trabajamos a contrarreloj.

¿Le importaría acudir a comisaría y contestar a nuestras preguntas? Tenemos razones para creer que usted…

¿Margo ha desaparecido?

¿Realmente pude hablar? En mis recuerdos, mi lengua estaba hecha de esparto aquella noche.

En algún momento de la mañana, abandonó su casa y su marido no sabe nada de ella.

Se dejó el teléfono, pero se llevó la documentación y de su cuenta bancaria extrajo una gran cantidad de dinero en efectivo.

Nosotros creemos que se trata de una desaparición voluntaria vistos estos hechos, pero, como su esposo ha denunciado, nos vemos en la obligación de…

No puede ser.

¿Disculpe?

No puede ser, vuelvo a repetir. Usted no lo entiende. Hoy no se iría, sobre todo hoy. La vi ayer. Estaba emocionada con todo lo que venía, tenía los planes hechos, la gira arreglada con la editorial. Es imposible que…

Pare un momento. ¿De qué está hablando?

¿No lo entiende? Mi padre levantó la cabeza, alarmado, para impedir que siguiera gritando a un policía, pero yo en aquel momento solo era consciente de la maraña de recuerdos y pensamientos que amenazaban con descontrolarse.

¿No lo entiende? Hoy salió su nueva novela.

Ella jamás se hubiera ido en el lanzamiento de una novela. Usted no conoce a Margo Clarke.

¿Y usted sí? Su marido nos ha dado su nombre entre aquellos a los cuales debíamos llamar sí o sí.

¿A Margo? ¿Conocía yo a Margo Clarke?

Es verdad que me dejo la vida en las palabras desde hace ya algún tiempo y es verdad que hasta la fecha no ha servido para nada, sino para aclararme de que vivo rodeado de oscuridad, siempre oscuridad, que en cuanto creo que una antorcha se ha cruzado en mi camino algo llega y la apaga, que en cuanto las flores crecen entre las tumbas del cementerio son pisoteadas.

Pero no, no debería escribir con metáforas tan manidas o si no ella se enfadaría.

Lo siento, maestra. Desde que tú te fuiste, he perdido algo de práctica.

Escribir no es ni la mitad de divertido sin tu mirada burlona recorriendo mis líneas por detrás del hombro, sin todas las veces que me dijiste que para escribir de verdad tenía que desaprenderlo todo.

Dejarse ver. Trabajar las sombras, siempre las sombras.

Aceptar a la bestia. Tengo tantos símbolos acerca de lo que significa escribir, contar, crear, que ya me pierdo en el laberinto de mis propias imágenes.

No sé si es mi droga o mi salvación, no sé si alguna vez lo deseé realmente, si hay razones, si creo.

Ella se enfadaría mucho si la comparara con una antorcha, probablemente no hay comparación en el mundo que pudiera satisfacerla, probablemente hubiera querido ser única y quizá lo consiguiera.

Yo solo fui la falsificación, lo que quedó, ese patio de butacas vacío y lleno de residuos después de un buen espectáculo.

Los trabajadores recogerán la basura sin saber que la función ha sido única y que nunca podrá volver a repetirse, que el arte murió con los aplausos finales.

Mi nombre es Álex. Yo fui el que se dejó la vida en las palabras sin que estas le dieran nunca nada a cambio.