La idea de volver Veintiocho
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Veintiocho

—Confirmado, el tío Fausto viene a comer —le dije.

Bill no dijo nada. Ni levantó la vista. Se limitó a asentir, como si le hubiera hablado del tiempo.

Aparcamos el coche justo frente a la entrada principal.

El musgo trepaba por el morio de mampostería y el pasto estaba surcado por las roderas del tractor.

Bill bajó despacio, con un gesto casi ceremonioso.

Se quedó un momento de pie, mirando hacia la Casona.

El viento agitaba suavemente los robles del jardín.

— This looks fucking amazing.

Lo dijo con una sonrisa torcida, como si le costara admitirlo.

—Ven —le dije—. Te la enseño.

Entramos por el portón con el recercado de sillería, restaurado hacía apenas unos meses. Las jambas originales se habían conservado y limpiado, aunque hubo que rehacer una de las dovelas del arco con piedra nueva.

—El revoco está por encima de la piedra en los hastiales —le señalé—. Es muy típico de aquí.

Al pasar al interior, la transición era abrupta: el zaguán daba paso a una luz cálida que lo inundaba todo gracias al ventanal que daba al jardín interior, antiguo corral reconvertido en patio. Subimos las escaleras hasta llegar a nuestro cuarto. Él se detuvo al ver la solana.

—La has cerrado —dijo—. Has convertido la solana en una galería, como las de Comillas o las de Santillana. Nice .

—Era la única manera de poder usarla todo el año.

Se acercó al ventanal y apoyó la mano contra el marco de roble.

Luego bajamos al salón. Me adelanté unos pasos y fui directo a la chimenea. Me agaché para encenderla, bastó con lanzar una cerilla al centro —donde había colocado retama seca— y prendió enseguida, con ese crepitar rápido que parece morder el aire frío.

—Anda que no he echado tardes en esa chimenea —dijo Bill desde atrás.

Me giré a mirarle. La chimenea era uno de los pocos elementos de la casa que nunca tocamos.

Piedra de sillería caliza, ligeramente combada en los ángulos.

El dintel tenía una talla casi borrada, con una cruz y dos incisiones.

Me habían dicho que databa de finales del siglo XVI , de la época en que mis antepasados construyeron la casa.

El hueco era más profundo que alto, y siempre pensé que estaba mal proporcionado, pero el tiro era perfecto: nunca ahumaba.

Nos sentamos. Bill se acomodó en una de las butacas junto al fuego. Se quedó mirándola un instante antes de hablar.

—¿Estas son las de tu madre?

Asentí.

Eran dos butacas francesas del siglo XIX , de respaldo de medallón y tapizadas en un terciopelo color granate que resistía milagrosamente el paso de los años. El barniz estaba cuarteado en los brazos. A mamá le gustaban mucho y cuando murió las traje aquí. Me recordaban a ella.

Al sentarme, no sé por qué, se me vino a la cabeza la conversación que tuvieron Memphis y ella en esas mismas butacas mientras yo me escondía en la cocina de casa de mamá, espiando lo que decían.

No debía haberla escuchado, y sin embargo, menos mal que lo hice, porque me abrió los ojos.

Memphis había llegado pensando que no habría nadie en la casa, quería recoger sus cosas y desaparecer, pero se encontró con mamá:

—¿Memphis? —La voz venía desde el pasillo—. ¿Qué haces aquí?

Memphis no respondió de inmediato. Tenía los ojos fijos en un punto cualquiera del salón. Mamá se detuvo en el umbral. Luego avanzó hacia ella.

—¿Memphis, estás bien? —preguntó.

Memphis hizo un amago de sonrisa.

—Estoy bien —respondió, aunque no lo parecía en absoluto.

—No lo estás. —Se sentó en la misma butaca donde estaba Bill ahora sentado, a su lado—. ¿Qué te pasa, mujer? ¿Te puedo ayudar?

Hubo un silencio. Memphis bajó la mirada.

—Solo necesitaba sentarme un momento —dijo por fin.

Recuerdo que escuchar la voz de Memphis después de la discusión que habíamos tenido por la mañana, cuando me confesó que me había sido infiel con Brad Rogers, y que lo mejor era que lo dejáramos, fue como una punzada.

—Memphis, ¿de verdad estás bien?

Mamá mantuvo una pequeña distancia mientras se sentaba. No hubo contacto entre ellas, reinaba cierta tensión, típico de dos mujeres que todavía desconfían. Yo espiaba la escena desde la cocina por la rendija de la puerta, con el bocata de chorizo aún sin estrenar.

—Me vuelvo a Nueva York, Maruca.

—¿Por trabajo? —Mamá sabía la respuesta de antemano.

—No.

—¿Has discutido con Adrián?

—Sí… He venido a recoger unas cosas, no esperaba encontrarte a estas horas.

—Tranquila… ¿Quieres que lo hablemos?

En la cara de Memphis se notaba que no quería hablar de aquello, y mucho menos con mi madre. Era evidente. Pero, aun así, como si necesitara desahogarse, se lanzó.

—Este no es mi lugar…

—Claro que lo es, si tú quieres… Cuéntame qué ha pasado.

—Es lo mejor para los dos. Yo… me equivoqué. Me equivoqué por no saber resistirme y por no haber sido honesta con Adrián. Ahora le he hecho daño.

—¿Me permites una reflexión de vieja mientras te secas esas lágrimas?

—Claro —respondió Memphis, como quien acepta algo que teme.

Mamá respiró hondo antes de hablar.

—Con los años una aprende que la realidad no es única, o, al menos, que se deja moldear más de lo que creemos.

Hay quien la trabaja como barro y quien la acepta como piedra.

—Memphis permaneció en silencio—. Mira a Fausto.

Nunca supo vivir sin sus cuentos. Necesita que el mundo tenga magia, sombras, fuerzas invisibles…

Necesita creer que hay algo que ordena el caos.

—Se detuvo un segundo—. Cuando murió Pecu…

, él iba en ese coche. Estuvo meses entre la vida y la muerte, y desde entonces vive con la certeza de que debería haber sido al revés, que le correspondía a él irse para salvar a su hijo.

¿Te imaginas lo que hace una culpa así con la cabeza de un hombre?

—Memphis le sostuvo la mirada—. Pecu iba borracho porque se acababa de enterar de que Fausto era su padre, y no fuimos ni él ni yo quien se lo dijimos.

Imagínate… La verdad rara vez espera el momento oportuno.

—Mamá respiró hondo—. Fausto no tuvo más remedio que rehacerse una versión del mundo en la que pudiera seguir andando.

Algunos lo llaman fantasía; yo lo llamo sobrevivir.

—El silencio se espesó entre ambas—. Adrián es distinto…

—continuó—. Adrián siempre quiso lo contrario: limpiar el mundo de supersticiones, dejar solo lo que pudiera demostrarse.

Datos, libros, argumentos bien atados… Creía que si entendía lo suficiente, nada lo sorprendería.

Por eso se fue. Aquí había demasiados agujeros en el caprichoso camino a una realidad que pudiera soportar.

—Memphis entrelazó los dedos, como si aquella descripción no le resultara ajena—.

Pero volver… —dijo mamá, casi para sí—. Volver es duro.

Aquí perdió a su hermano. Aquí se le quebró algo que no hay dios que recomponga.

—Hizo una pausa breve, y entonces la miró de frente—.

¿A que no te contó lo que pasó antes del accidente? …

—Qué va, no sé nada, cuando sale el tema es muy difícil hablar con él.

Memphis parecía incomoda con la conversación.

—Fue cruel. ¿Tú sabías que Adrián y Elena, la novia de Pecu, estuvieron liados?

Vi el ceño de Memphis fruncirse, no sabría decir si sorprendida o enfadada. No solo no se lo había dicho, sino que en ese instante podría incluso parecer que se lo había ocultado de mala fe. Mamá siguió:

—¿Está mal? Muy mal. ¿Grave? Claro que no, cosas de chiquillos.

No quiso hacerle daño, pero pasó: lo que al principio fue un tonteo, al final se convirtió en una cosa seria; le gustó la chica de verdad.

Y cuando decidieron decírselo, Pecu tuvo el accidente.

Imagínate: Adrián se culpa por ello, tanto que nunca lo superó.

¿Y en realidad por qué? Si probablemente ni el pobre Pecu llegó a saber que estaban liados…

Hizo una pausa, desnudando con la mirada a Memphis, como si supiera más de lo que ella imaginaba.

—Por eso habla tanto con tu máquina, ¿o te crees que no lo he notado?

Adrián se quedó con todo lo que no pudo decirle pudriéndose por dentro, y ahora intenta buscar una forma de hablarle.

Pero no la hay. Tiene que entender que su hermano ya no está y que eso no es culpa de nadie.

Fue un accidente. Y punto. Esa es la realidad para él, la realidad más dura.

—No sé, Maruca, en cierto modo me siento un poco culpable…

—dijo Memphis—. Yo creé ese dichoso algoritmo sin saber el daño que puede hacer si no se usa bien.

Incluso animé a Adrián a compartir cosas que tuviera guardadas dentro…

Lo que le responde el avatar de Pecu obviamente no es real.

Es una predicción, una aproximación matemática.

—¿Una predicción? Explícame eso, que soy vieja y no entiendo de estas cosas.

—Sí —continuó Memphis—. Omun no sabe nada, solo anticipa lo que tú esperas escuchar, lo que tus preguntas sugieren.

No inventa respuestas: calcula probabilidades, las filtra por tu tono, por cómo eliges tus palabras, por tu historia…

¿Y qué hace Adrián con eso? Lo que haría cualquier persona con semejante agujero en el corazón: lo toma como la realidad.

¿Por qué? Porque necesita encontrar un sentido.

Pero lo que hace ese algoritmo no es revelar nada oculto, sino mostrar un espejo sesgado, un reflejo cargado de culpa, de miedos, de todo lo que no se atrevió a decir a tiempo.

Se paró un segundo, como pensando. Después, se lanzó:

—Maruca…

Memphis respiró hondo, como quien reúne valor para la verdadera confesión.

—Metí la pata. Arrastraba una historia del pasado que no cerré bien, alguien que volvió a aparecer… y le acabé haciendo daño a Adrián.

Mamá cerró los ojos un segundo, aceptando aquello sin sobresalto.

—Bueno… —dijo—. Ahora entiendo muchas cosas.

No había rabia en su voz. Solo una especie de tristeza resignada, la de quien ve repetirse un patrón que reconoce en sí mismo.

En aquel momento, escondido tras la puerta de la cocina, escuchar a Memphis decirlo en voz alta —decírselo precisamente a mi madre— me dejó clavado en el sitio. No entendía por qué lo hacía. ¿Qué buscaba?, ¿consuelo?, ¿una salida digna?…

Sin embargo, lo que más me desconcertó fue la serenidad con la que mamá lo recibió.

No preguntó, no se sobresaltó, no hizo ese gesto de llevarse la mano al pecho que habría hecho cualquier otra madre: solo escuchó, como si ya hubiera intuido todo desde antes.

Y ahí, escondido detrás de la puerta, comprendí que quizás ella había leído señales que yo me empeñé en no ver.

Las madres tienen ese extraño sexto sentido, algo que no se enseña ni se explica, algo que simplemente está.

Es una forma de entender las cosas sin necesidad de que sean contadas, de leer entre líneas.

Fue ella quien me salvó de ahogarme en los celos hacia mi hermano cuando todo parecía girar en torno a él.

Me decía que la vida no empezaba igual para todos.

Con ella nunca hablé de aquello otro, del secreto que guardé como si me fuera la vida en ello, el de Elena.

Era la novia de mi hermano, y eso la convertía en algo prohibido.

Pero ella, sin preguntarme, intuyó que había algo entre nosotros, no sé cómo.

Así lo demostró cuando murió Pecu, pues con el alma rota, fue ella quien se recompuso antes que nadie a pesar de ser la que más razones tenía para estar devastada.

Lo hizo por mí, porque sabía que yo era de los que se cierran hacia dentro, de los que se callan para que no se note, de los que intentan llevar su mierda apretando los dientes.

Sabía que fingiría estar bien, pero que por dentro el dolor me haría nudos, me iría comiendo poco a poco.

El silencio pesó un instante entre ellas.

—Mira, hija —continuó mamá con calma, sin reproche—.

Yo no voy a juzgarte, no soy quién… Yo también fui infiel…

, ¿lo sabías? También me engañé pensando que podía arreglarlo sin romper nada, y al final solo hice más daño.

A mí, a Bill y al propio Fausto. Todo por no cortar a tiempo, por no dar la cara cuando debía.

La mirada de Memphis no era de sorpresa.

—Si tú y Adrián ya no encajáis —prosiguió—, si lo que tenéis se ha torcido hasta ese punto…, entonces lo más honesto es parar a tiempo, antes de que os haga más daño. Nadie os va a culpar por eso.

—Hay otra cosa, Maruca. Algo que todavía no he contado a nadie…

—¿Qué?

—Estoy embarazada.

Palidecí. ¿Embarazada? ¡Embarazada! Y yo ahí escondido detrás de una puerta escuchando cómo se lo decía a mi madre, como si no fuera yo quien debiera saberlo primero.

Se me hinchó el pecho por la felicidad, pero después, de pronto, se me deshinchó por completo.

¿Por qué me lo había ocultado? ¿Quizá no quería que yo fuera el padre?

O quizá —y esta idea me golpeó— ese hijo ni siquiera fuese mío, sino de Brad Rogers.

—¿Adrián lo sabe?

—No me atrevo a contárselo.

—Memphis, se lo tienes que contar. Adrián es el padre de ese niño.

Memphis bajó la mirada como si algo pesara sobre su nuca. No dijo nada. Tragó saliva sin levantar los ojos.

—Memphis, mírame: ¿ese bebé es de Adrián? —Mamá preguntó aquello con mucha delicadeza, con respeto incluso.

—No lo sé… —susurró. Luego se echó a llorar.

—Tranquila, mujer… Tienes muchas cosas que ordenar en tu cabeza.

Su confesión me cayó encima como un balde de agua helada.

En un solo segundo tenía delante todos los pedazos de una nueva realidad para mí: me había sido infiel, estaba embarazada, no sabía si ese hijo era mío, y yo mismo llevaba días preguntándome si no sentía algo por otra mujer.

¿Qué hacer con todo eso que me había venido de golpe?

Sentí que no podía seguir escondido detrás de la puerta como un crío. Aunque no tuviera respuestas, tenía que dar la cara. Avancé hacia el salón, dispuesto a decir algo —cualquier cosa—, cuando escuché la voz firme de mi madre.

—Memphis —dijo—, solamente hay una realidad absoluta: la que tú llevas en el vientre.