Veintisiete
«[Mefistofeles]. Soy el espíritu que siempre niega».
GOETHE
Esta mañana he recibido una llamada de Adrián, no hablábamos desde hacía unos días. Su voz sonaba rara, como si no supiera bien por dónde empezar. Luego me ha dicho que si quería almorzar en la Casona… Así, sin más. Yo me he quedado callado un segundo, sin saber si lo había oído bien.
—¿Pero no está tu padre por ahí? —le he preguntado.
Y él, como si ya supiera que me sorprendería, me ha respondido:
—Sí, está. Es Bill quien quiere que vengas.
Ahí me he quedado frío. Luego me ha preguntado que si podía dejar al Susín con alguien.
—¿Con quién le voy a dejar? —le he dicho.
—Bueno, entonces tráetelo también —me ha contestado.
Pero he notado que no quería verle por allí, con lo que le he dicho que no, que ese condenado de su tío bien se merece pasar unas cuantas horas solo, que se las apañe, que le limpie el culo el aire, o el santo que más le guste. Un respiro también me lo merezco yo.
Me hace gracia cuando la vida da esos giros que no ves venir.
Qué ironía, he pensado: Bill, el mismo que no me podía ni ver —y con razón—, ahora quiere invitarme a su mesa y compartir un chato de vino.
Uno hace planes, traza líneas, se promete no volver por ciertas camberas …
Pero después pasa esto: que el destino, o lo que sea que mueve los hilos de esta obra absurda y maravillosa que es la vida, te escribe una escena nueva.
Y tú, que pensabas que el cuento estaba terminado, descubres que hay un capítulo más.
Quizá porque aquí, en este rincón que muchos llaman realidad, pero que yo siempre he sentido un poco mágico, las cosas no acaban como deberían, sino como quieren.
En el pueblo dicen que me he vuelto loco, que ya no digo más que cosas sin sentido, que soy un viejo senil, de esos que se quedan mirando el fuego y murean nombres de hace cuarenta años.
Dicen que hablo de fuerzas ocultas y de destinos escritos en alguna parte, por alguna mano lejana que no vemos, pero que mueve los hilos como si fuéramos marionetas.
Y yo me río, porque si algo he aprendido en esta vida es que lo más ridículo es creer que el mundo es lo que vemos, lo que tocamos, lo que se puede pesar en un fiel o medir con carros .
Eso es solo la pelleja . La realidad, la verdadera realidad, es otra cosa muy distinta: es un juego que no entendemos, un mapa que nunca nos enseñan, un guion que solo algunos alcanzamos a ver cuando ya es demasiado tarde.
Porque ¿qué es la vida sino una fábula? Una historia que se repite una y otra vez con distintos nombres, con distintos rostros, pero siempre con la misma trama…
Miren, yo, que ya he caminado bastante, me he dado cuenta de que los personajes que han pasado por mi vida no son solo personas, sino figuras de un cuento que nunca acabamos de entender del todo, o peor, que no queremos entender.
Será por eso por lo que, desde hace un tiempo, me ha dado por tirar del hilo —como quien quiere desenredar un uvillu — y he ido recordando, desde este rincón del presente, todo lo que fui: aquel crío que leía a escondidas los libros que le pasaba Tío Toño, el Moñigo; el joven quesero que se enamoró de la Maruca; el mismo que se desvió cuando no debía, y que luego, a fuerza de tropezones, logró volver al lugar donde su corazón siempre estuvo.
Aunque haya quien se ría, yo siempre tuve claro que había que creer en esos seres que se esconden en los montes y en los ríos, en esos mitos que se han contado desde que los primeros hombres pintaron bisontes en las cuevas.
No puedo decir que los haya visto como se ven las vacas en el prau , pero los he sentido cerca.
Por ejemplo, al ojáncanu en la cueva del Llobu no hay que imaginárselo: está pintado, difuminado por los siglos pero visible aún, como una sombra que se ha quedado pegada a la piedra, aunque conmigo cobró vida y habló cuando lo necesité.
Al trenti tampoco lo vi, lo soñé, pero solo el trenti podía haberme revuelto los pensamientos como lo hizo; o aquel día en la niebla, cuando los lobos me salieron al paso, fue el sonido de una flauta el que me guio, y solo supe después que era el musgoso , ese ser sin voz pero con el don de llevarte con su melodía de vuelta cuando ya te dabas por perdido.
Pero esos seres no son solo personajucos de cuento que andan sueltos por los montes…
No. Yo tengo mis sospechas de que, a veces, se nos meten dentro.
Que toman forma en la gente que nos rodea y que uno no los ve venir hasta que ya es tarde.
Por ejemplo, por mucho tiempo creí que Maruca era una anjana .
¿Cómo no hacerlo? Si nunca estuvo a mi alcance.
Ella era de las que parecen un milagro, uno tan irreal que volvía nuestra relación una de esas historias imposibles que escuchas en las radionovelas.
¿A santo de qué iba a estar la hija de todo un marqués con un pobre campesino?
Ciencia ficción. Porque Maruca siempre había sido eso para mí: algo lejano.
Estaba ahí, pero siempre inalcanzable, como una trucha vieja en el Nansa a la que no es capaz de engañar el pescador con su mosca.
Y yo, acérrimu y soñador como siempre fui, la puse en el altar de lo que se anhela pero no se toca.
Pensé que venía a probarme y luego a irse, como hacen las anjanas en los cuentos de por aquí.
Pero no fue así, con los años he entendido que me equivoqué.
Maruca no era una bruja buena, era algo mucho más raro todavía: era una mujer que, pudiendo elegir cualquier camino, cualquier hombre, me eligió a mí.
No por caprichu ni por lástima…, sino por amor.
Por amor del de verdad, del que no se explica ni se mide.
Pero no fue solo Maruca a quien vestí de personaje mitológico como si fuera una anjana nacida entre las jelechas .
A veces, al cruzar una cambera , se me venía a la cabeza otro nombre, casi igual y sin embargo tan distinto: el de una ijana .
Anjana e ijana …, tan parecidos al oído, pero cada una nacida de una naturaleza contraria.
Como ellas dos, pensé: Maruca y Toña. Una, la paz; la otra, el torbellino.
No sé por qué, pero hay senderos que huelen a deseo, a juegos de juventud y a besos a escondidas, y esos senderos me recuerdan a Toña, la Lobera.
Porque si alguna vez hubo una mujer con alma de ijana , fue ella: traviesa y ligera de cascos, de esas que pueden andar medio en cueros por el monti pegándose atracones de miel, revolviendo los corazones, robando novios a las novias de bien.
Burlonas, sí, como las risas nerviosas que se le escapan a los jóvenes antes de llevarse a la moza al pajar.
Yo siempre pensé que Toña, la Lobera, era una de esas mujeres que se cuelan en la cabeza sin pedir permiso, que no se atan, pero que tampoco se olvidan.
Que están por el gusto de jugar, y que si te encariñas, es tu problema.
Lo peor es que al principio parecen calor, deseo, consuelo…
Pero luego te chupan la sangre como si sorbieran sopa con cuchara de pucheru .
No te arrancan la vida, te la vacían, como una cabarra que te pica sin que la sientas.
Y cuando quieres reaccionar, ya es tarde.
Ahora bien, ya a estas alturas no se escandalizarán si les hablo del Susín.
Lo suyo no era como lo de Toña, que al fin y al cabo venía porque tenía el corazón enredado.
Lo suyo era otra cosa: un odio viejo, como una raíz torcida que revienta una roca desde dentro.
Nunca me perdonó que la Maruca andara enamorada de mí, ni que su padre muriera en el monti cuando los lobos nos cercaron…
Y mucho menos me perdonó que su hermana abandonara a Bill por mí, pues no podía aspirar a un cuñado mejor que el americano: educado, ambicioso…
, de esos que levantan un apellido antiguo a golpe de talonario.
Cuando nació Pecu, el primero en darse cuenta de que no podía ser hijo de Bill fue él, Susín, y no lo llevó bien.
No por el niño, que nunca le importó, sino por el qué dirán, por el apellido, por el qué pensarían de su hermana.
Se tragó la verdad, sí, pero solo para sostener la mentira.
Fue él quien convenció a Maruca de seguir con el americano como si nada, de mantener el teatro.
Pero toda esa discreción se fue pudriendo en su interior y acabó por explotar años después, cuando Pecu ya rozaba la mayoría de edad.
Era el momento en que Maruca y yo nos decidimos a contarle la verdad, pues pensábamos que ya podría encajarlo mejor, siempre y cuando se lo supiéramos contar despacio y con mucho cariño.
Pero el Susín, que sabía cuándo sería nuestra confesión, se nos adelantó de mala fe; no para aliviarle la carga ni para ayudarlo a entender nada, sino para hacernos daño a costa del muchacho.
Lo hizo con veneno y a conciencia. No fue un desliz ni una conversación mal medida.
Escogió el momento y la forma más cruel posible.
Y así fue como le arrebató de golpe la inocencia al único que no tenía culpa de nada.
Aquella historia fue así: días antes del accidente, Pecu ya estaba raro, nervioso, como con algo atravesado en el pecho.
Me vino a buscar, claro, como hacía siempre que algo le rascaba por dentro.
Me dijo que Elena —la chica con la que andaba— se había vuelto fría, que ya no le miraba igual.
No sabía qué pasaba, pero lo intuía: pensaba que estaba con otro, aunque no sabía con quién, y eso lo desfondaba, aunque por fuera intentara disimularlo.
No lo decía en alto, pero llevaba el gesto torcido, como una quima que creció contra el viento.
Pensaba que yo, por viejo, por haber querido mucho y haberla cagado más, tendría algo que enseñarle sobre el amor.
¿Y qué iba a hacer yo? Tiré por lo fácil, por lo que hacen los que no tienen respuestas: le dije que había que afrontar las cosas, que la verdad, aunque duela, es mejor que el engaño; que lo peor es el silencio; que uno tiene que ser honesto con uno mismo y con los demás. Palabras grandes, sí. Grandes y vacías.
Al día siguiente me recogió en su coche porque habíamos quedado para ver qué tal le había ido. Íbamos por la carretera de vuelta, esa que serpentea entre Bielva y Puentenansa. El coche estaba en silencio y yo notaba que algo le bullía por dentro. Entonces pregunté.
—¿Cómo te fue con Elena?
—Al final no hablé con ella —contestó, molesto.
—Vaya…
—Me llamó Tío Susín y nos echamos unas cervezas.
—Ah, mira… ¿Igual mejor conduzco yo entonces, no?
No contestó. Fijó la mirada en la carretera, aunque en sus ojos había cierto macazón , como cuando uno mira pero no enfoca, perdido por el ruido que le carcomía por dentro.
—¿Quién soy, Tío Fausto?
La pregunta me pilló fuera de juego. Me giré, sin saber por dónde iba.
—¿Cómo dices?
—Eso… ¿Que quién soy?
—¿Qué clase de pregunta es esa? Pues eres Pecu…
—No, no lo soy. Me llamáis Pecu, pero ese no soy yo. —Su voz temblaba.
—Chico, no te entiendo.
—Tío Susín me lo contó…
Me agarré un poco más fuerte al asiento.
—¿Qué te dijo tu tío?
Entonces le noté palidecer. Se derrumbó clavando sus ojos en los míos.
—¡Que soy hijo tuyo! —gritó—. Que no soy hijo de Bill… ¡Sino tuyo!
—Pecu…
—¡No me llames así! No tienes derecho. Me has mentido…
Mirándome a la cara me has dado lecciones toda mi vida sobre la honestidad, sobre la verdad, sobre lo que hay que hacer para ser un hombre de bien…
Te he querido como si fueras un padre. ¡A ti!
¡Que en realidad lo eras y te lo has callado todo este tiempo! No eres ejemplo de nada.
No sabía qué decir. Le veía conducir y rezaba para que la curva no nos tragara…
—Yo habría sido un hijo orgulloso. ¿Sabes? —Tenía rabia en la garganta—. Pero me dejaste crecer creyendo otra cosa. ¡Creyendo una mentira! ¿Por qué? ¿Por qué nunca me lo dijiste? ¿Por qué me has dejado vivir así?
Entonces empezó a agitarse en el asiento, a gesticular, a subir el tono. Pegó un volantazo.
—No sé quién soy… —murmuró—. No sé quién soy…
—repitió, como quien prueba si la frase se aguanta o se desmorona—.
El cabrón de Tío Susín… —Se encendió—. Me lo soltó como quien se quita una espina.
Me lo dijo sin mirarme siquiera, como quien escupe algo que lleva tiempo rumiando y ya solo lo quiere dejar atrás haciendo todo el daño que pueda—.
No sé quién soy… Y mamá… —Giró la cabeza por primera vez y me miró de frente—.
Mamá y tú… Vosotros. Lo sabíais desde siempre, me mirabais cada día sabiendo que yo no era quien creía ser, y ni una palabra, ni una señal.
Me dejasteis crecer como si eso no fuera a estallar nunca.
Me construisteis con una mentira y ahora queréis que, tras haberla descubierto, siga siendo yo… Pero no, ya no sé quién soy.
—¡Pecu, cálmate! ¡Estás conduciendo! —le grité, intentando que frenara.
Y entonces se abalanzó sobre mí. Un manotazo primero, luego otro.
—¡¡No vuelvas a llamarme Pecu!!
Gritaba, lloraba, se retorcía como si quisiera salirse del cuerpo.
Yo intenté agarrar el volante para que no nos estrelláramos, pero ya era tarde porque en esa curva ya no había arcén, solo maleza y vacío.
La rueda pisó el quitamiedos de hormigón y el coche se giró de golpe, desviándose como una vaca hacia el barrancu , y en un segundo todo lo demás se volvió aire.
Y ya no hubo nada más, era imposible sobrevivir.
Yo lo conseguí porque me parió una cueva.
Pero Pecu no…