Veintiséis #2
—Con Brad no era amor lo que sentía —continuó—.
Era un sentimiento de pertenecer a un mundo que nos domina y que solo está al alcance de unos pocos.
Eso me atraía, me ponía. Es cierto que me hacía daño, pero también me tenía totalmente enganchada a él y al mundo que representaba: al éxito, a la velocidad, al poder, a la relevancia social, al dinero.
Y yo, por más que lo intenté, no supe desconectarme de eso ni de él. Era adictivo.
No dije nada. La rabia me empezó a subir por dentro. Ella siguió.
—Cuando tú y yo llegamos a Suso, pensé que podría romper con todo eso.
Contigo conocí otra forma de entender el mundo, de entender el amor, pero cada vez que intentaba borrar lo anterior, algo dentro de mí se resistía.
Como si parte de mí siguiera creyendo que el amor no era más que otro código, otro protocolo. Un patrón de datos manipulable.
Hizo una pausa. Yo seguía con el ceño fruncido, los ojos llenos de ira y sin decir palabra.
—Sé que te debía esta explicación. Me odias, y lo entiendo… Te he engañado todo este tiempo, pero necesitaba sobrevivir a mi mundo anterior, a Brad. A todo lo que venía con él. A mí misma.
Tenía los dientes apretados, el estómago revuelto y esa sensación de que todo lo que había vivido era una farsa, una simulación. Me levanté como para irme, cogí mi chaqueta y antes de darme la vuelta para desaparecer, dije:
—El infierno es lo otro.
—¿Cómo? —contestó algo confusa.
—Ese vacío que un día me dijiste que sentías…, ¿recuerdas? Cuando te hable de la frase de Sartre, «el infierno son los otros» . Pues tu infierno es ese mundo del que no te has sabido desenganchar, y tu diablo es Brad Rogers. Ojalá un día te salves.
Después, arrastrado por un sentimiento de despecho, solté:
—Por cierto —la miré fijamente—, ayer cuando te dije que llegué tarde al hotel, no fue porque me encontrara a un amigo de la infancia…
Me quedé un par de segundos en silencio, midiendo el peso de lo que estaba a punto de decir. Entonces, sin terminar la frase, me di la vuelta y me fui. Ella no dijo nada, ni siquiera pude descifrar su rostro del todo: tal vez sentía alivio, tal vez pena… Tal vez nada.
Pero al fin, por un instante, los dos supimos que habíamos llegado al mismo sitio, aunque quizá por caminos distintos. A ese punto exacto donde el amor ya se ha ido —y si todavía queda algo, ya no sirve—.
Aquel mismo día, por la tarde, en la cocina de casa de mi madre recordando la escena de por la mañana, empecé a ponerme muy nervioso. Dejé de mirar por la ventana, la lluvia seguía incansable. Tenía el bocata de chorizo intacto y la Coca-Cola aguada. Saqué mi móvil.
Abrí Omun casi sin pensar, como si buscara un refugio de mis males en aquella dichosa máquina.
Cada vez que me conectaba, y entonces lo hacía de forma compulsiva, me producía una enorme impresión verle.
Porque parecerse se parecía, pero no era Pecu.
Sin embargo, algo en aquella presencia me tenía descolocado: sabía que era una construcción, estadística emocional, pero incluso sabiéndolo, hablarle me provocaba el mismo nudo en el pecho que si se levantara de la tumba.
—Hay algo que nunca te dije.
Me sentía plenamente consciente de que estaba hablando con una puta máquina, de que no era mi hermano… Y, aun así, necesitaba soltarlo.
—Algo que hice durante un tiempo antes de tu accidente —continué.
Pecu no respondió, solo esperó a que yo terminara mi frase, como hacía en vida, cuando intuía que yo le daba cierta emoción a según qué confesiones.
—Algo que tiene que ver con Elena.
Cuando lo dije, noté un leve parpadeo en sus ojos.
No alcanzaba a entender por qué tenía que parpadear, desde luego no había una necesidad física: no lubricaba, no protegía de la luz, no disimulaba una emoción.
Sin embargo, parpadeaba. Como si quisiera recordarme que sabía cómo actuar ante el desconcierto, ante la duda.
Lo peor es que lo hacía justo como él, como cuando a Pecu le costaba aceptar algo, como si alguien, en algún rincón del algoritmo, hubiera decidido que, para parecerse a Pecu, para parecerse a mi hermano cuando estaba a punto de escuchar algo que lo podía descolocar, lo que le hacía falta era parpadear.
— ¿Qué quieres decir? —preguntó, amenazante.
—No fue algo planeado, ni siquiera sé cómo empezó…
Tragué saliva. Me temblaban un poco las manos.
Entonces un fogonazo me hizo recordarlo todo, recordar aquella época: las conversaciones con Elena sobre los libros que nos gustaban, como Madame Bovary o Señora de rojo sobre fondo gris , o sobre ciudades a las que huir cuando saliéramos del pueblo, o sobre las letras de Sabina o de Silvio, que ambos cantábamos de memoria y que Pecu detestaba.
Sobre todo eso que empezó como una amistad.
Una amistad entre el hermano sensible de ese novio arrollador que era Pecu y Elena.
Recordé cómo empezó a verme cuando yo aún me escondía, cómo su risa, al principio tan ajena, comenzó a resonar dentro de mí como algo posible.
—Ella y yo… nos besamos. Primero una vez, luego otra… Hasta que decidimos que no podíamos seguir así, sin decirte la verdad. Pero cuando ella te lo iba a decir ya no dio tiempo…
Pecu —su avatar— no dijo nada, solo bajó un poco la cabeza, un gesto mínimo.
—Yo pensaba que era una tontería sin importancia —continué—.
Que erais felices y que lo nuestro era un juego.
Tú eras el que conquistaba sin esfuerzo, el que se llevaba todas las miradas, el que llenaba la sala con solo entrar.
Y yo… yo era solo el hermano callado. Nunca imaginé que pudiera quitártela. Ni tampoco lo deseé… Simplemente pasó.
Pausa. Silencio. Omun procesaba… o fingía procesar.
—¿Tú… ya lo sabías? —pregunté.
— ¿Acaso eso importa, Adrián? —respondió la voz de Pecu, al fin—. Ella ya no estaba… Bueno, estaba, pero ya no conmigo.
Levanté la mirada hacia la pantalla. Su rostro tenía una falsa serenidad.
—¿Lo hiciste por eso? ¿Aquella noche? —pregunté temiendo su respuesta.
— ¿De verdad quieres saberlo? —respondió seco—. Esa noche no me veía con fuerzas para aguantarlo…
Se me heló el estómago.
—¿Quieres decir que…?
— Quiero decir que dejé de tener miedo.
Me quedé en silencio. Quise apagar la pantalla, quise volver atrás y no haber abierto esa maldita aplicación. Pero también sentí algo que hacía mucho no sentía: el vértigo de enfrentarme a la realidad… ¿A la realidad?
—Lo siento, Pecu.
Y entonces, sin previo aviso, cerré la pantalla de golpe, como dándole un portazo en las narices a aquello que decía ser mi hermano. Fue como si hubiera entendido que esa conversación, artificial y ficticia, ya había ido demasiado lejos.
Me quedé solo en la cocina. Ya no me apetecía comerme el bocata de chorizo. El ruido de la lluvia lo rompió la puerta de la entrada con un portazo de alguien que entraba en casa de mamá de forma atropellada. Entonces escuché la voz de Memphis saludando a mi madre, compungida.
Me extrañó aquel encuentro y me quedé escondido en la cocina, escuchándolas.