Veintiséis
Llegué al Casal del Castro y lo encontré desayunando, impecable como siempre.
Se había dado su carrera y se había pegado un baño en el mar —en noviembre—.
Ahora estaba allí, perfectamente duchado y afeitado, con el pelo peinado hacia atrás y con ese olor a colonia francesa.
Lo vi desplegar el Financial Times como si estuviera en el lounge de un hotel de Mayfair y no en Comillas.
Parecía preparado para un día importante —y probablemente lo era—.
Nos montamos en el coche sin decir nada.
Él se ajustó el cinturón y se recostó levemente.
Salimos del Casal y cogimos la carretera hacia Cabezón, dejando atrás el Cantábrico.
Al principio no dijimos nada, solo se escuchaba el ruido de la calefacción a tope y el motor de gasoil de aquella pick-up de segunda mano que me compré cuando supe que me quedaba.
El silencio no era incómodo, fue él quien lo rompió.
—I’m so over this rain… —dijo sin mirarme. Le dejé seguir—. Cuando vivíamos aquí la odiaba, siempre llovía. En cambio, ¿sabes lo que más echo de menos de todo esto?
—¿Qué?
—Las mañanas. Mi rutina de por las mañanas en Suso: mis paseos, mis baños, respirar este aire, contemplar este verde…
No era un comentario muy de Bill, pero no dije nada. Seguía con la mirada en la carretera. Él continuó y su voz cambió ligeramente de tono. Más baja ahora.
—Me fui antes de lo que debía —añadió—. Vosotros erais muy pequeños. Y yo… no aguanté.
Joder, pensé, ¿qué se había fumado? Aquello me dejó fuera de juego. Guardé silencio unos segundos, luego pregunté.
—¿A qué viene eso ahora?
Pensó bien lo que quería decir.
—Adrián: yo supe desde el principio lo de Fausto con tu madre —sentenció.
Me giré hacia él.
—Papá… —dije «papá» muy conscientemente—. ¿Qué me quieres decir?
Evitó contestarme a la pregunta, como inmerso en un soliloquio.
—No lo sabía todo, claro… No tenía ni quería detalles…, pero sabía lo suficiente. Aun así, me callé…
Nunca había hablado de esto conmigo. Ni de esto ni de nada, la verdad, así que le tiré de la lengua:
—¿Por qué?
—Al principio pensé que era mejor así —dijo sin vacilar, encogiéndose de hombros—.
Por vosotros. Eráis muy críos, no ibais a entender nada.
Pensé : If I just suck it up for a few years…
Igual llegaríais a una edad en la que pudiera explicaros las cosas…
Para que no crecierais odiando a nadie: ni a vuestra madre, ni a Fausto, ni a mí.
—Hizo una pausa breve y añadió, con una sonrisa torcida—: Spoiler alert : me salió regular.
Me quedé callado. Seguíamos avanzando por la carretera secundaria. Pasamos junto a un prado lleno de vacas frisonas como las de Tío Fausto. El cielo se había encapotado. En el interior del coche la confesión de mi padre parecía haberlo impregnado todo.
—Pero pronto me di cuenta de que no iba a aguantar, de que no era capaz —dijo, con una sonrisa forzada—. La razón era sencilla: estaba enamorado de tu madre. Sí, más de lo que un tipo decente debería estar por alguien que te hace polvo.
Se encogió de hombros, como si hablara de algo inevitable. Luego siguió.
—Si no hubiera sido así, todo habría sido más llevadero.
Habría hecho lo que hacen muchos: fingir, sonreír en las fotos, cenar en silencio, esperar a que los hijos crezcan y te lo agradezcan con terapia…
Pero no. El amor —esa gran estafa romántica— me quitó hasta eso.
Me arrastró hasta Nueva York y me dejó sin vosotros.
Miró al suelo, luego a mí.
—Y al irme, no estuve para explicaros nada.
Hizo una pausa.
—Después, cuando pasó lo de Pecu… —Se tapó la cara con las manos—. Como si me importara que no fuera mi sangre… ¡Era mi hijo!
Hizo un gesto con la mano para frotarse los ojos. Respiró hondo. Luego cambió de tema sin dejar de sorprenderme.
—¿Por qué no invitas a Fausto a almorzar? Sé que te sonará raro, pero me encantaría verle…
Me quedé helado. No supe qué decir. El silencio nos envolvió.
Tras aquella confesión a destiempo de Bill, me vino a la mente otra que Memphis y yo nos hicimos a tiempo.
Fue tres años atrás. Estaba en la cocina de mi casa —bueno, la de casa de mamá—.
Afuera llovía, una lluvia fina, machacona.
Me hice un bocata con una barra de pan a la que alguien le había quitado el pico.
Descolgué de la fresquera el chorizo picante que hacía Tío Fausto, corté unas lonchas, abrí el pan y las junté.
También puse unos hielos en un vaso y me abrí una Coca-Cola.
Aquella liturgia me recordó mi juventud…
Me quedé mirando por la ventana, pensando, tratando de tranquilizarme.
Estaba muy nervioso, me temblaba la mano y se derramó la Coca-Cola sobre la encimera al servirla.
Esa misma mañana, mientras desayunaba con Memphis en el hotel —aún con el cuerpo temblando por lo que había pasado con Elena en el coche la noche anterior—, terminamos discutiendo.
Bueno, no es que discutiéramos, es que se cayó el cielo.
Había tanta mierda guardada entre nosotros, tantos secretos sobre aquella fatídica noche —en la que Memphis no durmió en casa en Nueva York—, que cuando recibió el mensaje de Elena diciendo que no iba a continuar como arquitecta, que no podía seguir, todo explotó. Se nos fue de las manos.
Me lo leyó en voz alta, confusa:
—«Doy por finalizada mi implicación como arquitecta de la obra. Gracias por la oportunidad. Elena».
Se me quedó mirando.
—¿Tú sabes algo de esto?
Sentí cómo se me encogía el estómago. Porque sí, sabía perfectamente de qué iba aquello, sabía lo que había pasado la noche anterior, y en vez de respirar, tranquilizarme y contestar con naturalidad, incluso de inventarme algo para quitarle importancia, me puse a la defensiva.
Me escudé en una especie de perplejidad, dije que no tenía ni idea, que qué manías más raras tenía Elena, que ya le había notado yo algo…
Pero todo muy forzado, haciendo aspavientos y levantando la voz.
Memphis frunció el ceño.
—¿Por qué te estás poniendo tan nervioso? Solo te he preguntado si sabes por qué no quiere hacernos la obra esta tía. Así, tan de repente.
—¿Y cómo pretendes que lo sepa?
—¿Quizá porque ayer estuviste con ella?
—¿Eh? No sé…, no pasó nada raro… La verdad es que no noté nada especial. Fuimos a revisar lo que tocaba y tan normal. ¿Qué insinúas?
—Adrián. ¿Por qué te pones a la defensiva? Simplemente te lo pregunto porque tú la conoces mejor…
Ahí se rompió algo, o quizá algo que ya estaba roto decidió salir.
De repente me vi a mí mismo sacando trapos sucios que hasta entonces me había cuidado mucho de no sacar: le dije que, en realidad, yo no quería contratar a Elena, que se lo había dicho desde el principio, pero que, como casi siempre, ella había acabado haciendo lo que le daba la gana; y encima tenía el descaro de preguntarme por qué dimitía, como si yo tuviera que saberlo, como si el mundo entero tuviera que darle una explicación por las cosas que ya le había anticipado.
Seguí, no podía parar. Con el calentón me vine arriba: le solté que estaba harto de su forma de controlarlo todo, de esa seguridad suya que no dejaba margen a nadie más, de que siempre debiese tener la razón, como si el mundo estuviera diseñado para adaptarse a sus necesidades, a sus tiempos, a sus emociones, y que si uno no entraba en su esquema, simplemente lo arrasaba con esa mezcla de brillantez y condescendencia.
Le dije que estaba cansado de vivir en su agenda, que ya ni siquiera sabía si me apetecía cenar o dormir o leer, porque todo lo que hacíamos estaba pautado, todo encajaba perfectamente en su orden mental, todo era parte de su maquinaria perfecta.
Que últimamente, cuando hablaba con ella, sentía que hablaba con una versión afinada de sí misma, como si tuviera que estar siempre dando una entrevista, como si nuestra relación fuera una extensión cuidadosamente editada de su perfil profesional.
—Te crees mucho más de lo que eres —sentencié.
Ella se quedó callada un segundo, completamente descolocada. Después intentó responder con voz cálida, conciliadora, intentando que me calmara. Dijo que no entendía de dónde salía todo eso, que solo quería saber qué pasaba con la obra.
—No entiendo por qué te pones así… —dijo como si fuera un malentendido.
Me tocó la mano, pero la retiré. No podía callarme más.
Había algo dentro de mí que llevaba semanas —meses, quizá— cociéndose, buscando una forma de salir.
Afloraron todos los celos que creí tener controlados; le dije que nunca estuvo realmente enamorada de mí, que lo nuestro había sido una escapatoria, que me había usado para huir de Brad Rogers, pero que, en el fondo, jamás me vio como su igual.
—¡Nunca me dijiste qué pasó aquella noche! —le espeté, sin poder evitarlo.
—¿Qué noche?
—La noche que te pillé cenando con él. Aquella que no viniste a dormir a casa.
Hubo un silencio. No bajó la cabeza, no pareció intimidada. Simplemente respiró profundamente y asintió. Yo me quedé expectante.
—¿De verdad quieres saberlo? —dijo sin dramatismos.
Me clavó esos ojos verdes que ahora parecían de hielo.
—Pues sí. Aquella noche no dormí sola.
Tragué saliva. Continuó, ahora en tono de reproche.
—Hala, ya tienes lo que querías… ¿Estarás contento, no? —Pareció más alterada—. ¿Ves lo que has conseguido? Igual todo lo que estábamos construyendo se va al garete por esta estúpida confesión que no venía a cuento.
No contesté, rojo de ira. Ella siguió, aunque su tono cambió radicalmente.
—Joder, perdóname, Adrián…
Me miró entonces con una calma casi insoportable, como quien sabe que va a ser juzgada y no piensa defenderse.