Veinticinco
«[Mefistofeles]. Es una ley del diablo y los fantasmas. Allá por donde logramos entrar hemos de marcharnos. Para lo primero tenemos libertad, de lo segundo somos esclavos».
GOETHE
Siempre he pensado que la obsesión, en su primer brote, no es un mal.
Al contrario: es una inquietud, un pellizco que te empuja aunque duela un poco, que te obliga a moverte, a mirar más de cerca lo que antes pasabas por alto.
Nace de la insatisfacción, sí, pero también nace del sincio , de un acercarse a lo que arde sin saber que va a quemar, pero queriendo comprender por qué quema.
Y eso, bien llevado, te hace tirar palante .
Ese primer pensamiento es como una cueva que se abre entre las bardas , que aunque tenga esa entrada cuyo aliento es frío y húmedo, y aunque no se sepa lo que hay dentro, ni si conviene entrar, tampoco se puede pasar por alto. Algo en ella te llama.
El problema es que, a veces, uno no sabe parar, y lo que al principio parece un piscatu pronto se convierte en un zarpazo, lo que era ambición se vuelve esclavo.
Ya no tiras tú de la cuerda…, es la cuerda la que te arrastra.
No hay búsqueda ni esperanza, solo dar vueltas sobre lo mismo, como una mula en el molino, cansándose sin avanzar, como si solo quedara una cosa —una sola—, y encima esa cosa no es ni tuya.
Y ahí, amigo, ya no hay placer ni sentido. Solo desgaste.
Miren a mi cuñado, al Susín. Está ahí sentado como un niño-viejo que no se puede valer por sí mismo, con los pantalones manchados a cada rato, esperando que pase el día como quien ya no espera que pase nada de nada.
A veces pienso en lo que fue, en lo que quiso ser, en las obsesiones que le fueron devorando.
Porque eso fue lo que le pasó al Susín: que acabó siendo víctima de sus obsesiones, y estas no eran de las que te hacen mejor, más tenaz, sino de las que te comen por dentro, como si estuvieran alimentadas por el mismo Mefisto.
Primero se obsesionó con vivir la vida de su padre —o al menos la que él imaginaba que había vivido su padre—.
Quería el respeto, el apellido, el estatus…
, pero no se dio cuenta de que su padre no llegó a tener nada de eso, que los nuevos tiempos se habían llevado por delante los pocos privilegios que alguna vez tuvo, y en lugar de entenderlo y adaptarse, se emperró en que el mundo le debía algo.
Cuando se agotó de buscar la posición, se obsesionó por vivir bien, por el dinero.
Recuerdo cómo empujaba a su hermana, a mi Maruca, para que se casara con alguien «de su altura», por eso estaba tan contento cuando llegó Bill a su vida.
Parecía como si ella fuera una ficha de ajedrez que podía colocar donde más le convenía para ser él quien acabara beneficiándose, como si la fortuna ajena fuera a arreglar sus propias miserias.
Pero no solo tuvo ínfulas de estatus o de dinero, también las tuvo de donjuán.
Desde joven tuvo metida otra obsesión entre ceja y ceja: Toña, la Lobera.
Y es curioso, porque Toña no tenía nada de lo que él decía buscar, pero, por alguna razón oscura, lo volvía loco.
No sé si fue por guapa, por libre, o simplemente porque ella no le hacía ni caso, pese a que él estaba convencido de que cualquier mujer con dos dedos de frente debía volverse loca por un aristócrata —venido a menos— como él.
Lo más curioso es que hubo un momento en que casi lo consigue. La Lobera, que siempre le había dado largas, de pronto empezó a mirarle distinto, a dejarse ver con él, a reírle las gracias. Pero yo supe enseguida que aquello no venía de ningún encanto de Susín…
Déjenme que lo explique:
Al final, todos somos víctimas de nuestras propias obsesiones —no solo el Susín—.
Yo, por ejemplo, siempre estuve obsesionado con la Maruca.
Por entonces ella seguía casada con Bill y yo no era más que su amante, su distracción, el que la entretenía cuando se hartaba de tanta pose en la capital.
Llevábamos tiempo viéndonos a escondidas, con más preguntas que certezas, aunque yo me aferraba a cada encuentro como una vaca al silo.
Gracias a esa obsesión —a ese fuego que no se apaga— conseguí acercarme.
Piqué piedra día tras día, sin rendirme, me dejé ver, fui paciente, cabezón y, con el tiempo, además de sus piernas, me volvió a abrir su corazón.
Ahí la obsesión fue compañera, no castigo; me sostuvo cuando el sentido común ya me pedía que aflojara.
Y no aflojé. Porque a veces para que algo florezca hay que regarlo con terquedad.
Pero con Toña, la Lobera, la cosa fue distinta.
Lo que hubo entre nosotros fue antes de que la Maruca y yo volviéramos a vernos en clandestinidad, en una época en la que yo andaba todavía triste por nuestra ruptura abrupta.
Desde el principio me dejó claro que no quería ataduras, solo tralarí tralarí , y así fue al menos al principio: nos veíamos en la Braña de los Tejos como dos animales de sangre caliente, sin hablar del futuro, sin promesas.
Pero después… Bueno, digamos que después empezó a cambiar.
Puede que lo llevara dentro desde el principio, o puede que le brotara al ver que la Maruca volvía a cruzarse en mi camino, que volvía esa mujer que me tenía el alma tomada.
No lo sé. Solo sé que cuando sintió que me perdía de verdad, algo se le torció por dentro, como si la idea de no tenerme le revolviera el orgullo, o el corazón, o las dos cosas.
Y ahí fue cuando se volvió peligrosa: ya no quería quererme, quería atraparme, porque el deseo, cuando no se desecha a tiempo, empieza a parecerse al amor; pero no es amor, y eso emponzoña.
Lo que empezó siendo libertad se volvió necesidad, y cuando ya no quise seguir, ella no supo aceptar que yo ya no estaba.
Me buscaba en todas partes, no porque me deseara ni porque me amara, sino porque no soportaba no tenerme.
La primera vez que me di cuenta fue una noche cualquiera al salir del bar.
¿Cuántas noches no me había esperado para llevarme a la cama como si fuera una fulana cualquiera?
Era de madrugada y se me acercó con ese andar suyo, mirándome fijamente, como quien lanza un anzuelo al río.
Buscó mi boca con la suya y me quité. Ella se enfadó.
—Ya no subes a la Braña de los Tejos, ¿eh, Quesero? —preguntó provocadora.
Me quedé en silencio sin mirarla.
—No me digas que te has colgado por otra… —prosiguió, despechada.
—Toña, lo nuestro se acabó. No tenía sentido y tú lo sabes mejor que yo.
—De eso nada, Quesero. Tú me usaste para conseguir a tu Maruca, aunque ahora ella te trata como a un trapo usado… Como me tratabas tú a mí.
Me reí por no llorar —pues tenía razón—.
Ya en casa me quedé rumiando; no era solo lo que me había dicho…
, era lo que vino después. Toña empezó a dejarse ver con el Susín: que si venía con él al bar, que si se subía en su coche, que si le reía las gracias como si fueran de verdad graciosas…
Y yo, que la conocía bien, supe que aquello era despecho.
El remate fue el día que se cruzaron con Maruca en el mercado, que como siempre se enteraba la última de casi todo.
Iba de la mano de Susín, y aunque Maruca no le dijo nada, cuando la vi me soltó que estaba preocupada por su hermano porque sabía —como sabía todo el mundo— lo que quería la Lobera: enredar.
Si podía, le haría daño —cosa que, en realidad, yo pensaba que tenía bien merecido, pero no dije nada—.
Y así fue. Poco después, como si ya hubiera sembrado lo que venía a sembrar, Toña desapareció del pueblo y le rompió el corazón. Ahí fue cuando llegó el segundo zarpazo en la obsesión de la Lobera por mí…
Bill trabajaba en Madrid de lunes a viernes y volvía los fines de semana.
Allí tenía sus clientes y sus reuniones de alto copete.
La Maruca, en cambio, se quedaba en el pueblo con los críos , sobre todo en verano, cuando decía que lo que más necesitaban era «respirar verde», como si el monti fuera un remedio que no venden en la botica.
Por aquel entonces el Uco-uco aún mamaba de la teta y Pecu estaría empezando a dar sus primeros pasos…
Y en eso estábamos cuando Toña se esfumó.
Por un lado, a mí me dio cierto gusto ver a Susín hecho polvo, pero por otro, algo malo presagiaba.
Nadie sabía de ella; algunos dijeron que se había ido a ver a una tía suya a Torrelavega, otros que se había largado a buscar suerte en Bilbao…
Pero la realidad —yo lo supe más tarde— fue otra muy distinta: se fue a Madrid.
Y no por casualidad, sino sabiendo perfectamente a quién se quería encontrar.
No fue fácil imaginarlo al principio, pero la moza se había vuelto completamente loca: apareció en uno de esos bares finos donde Bill solía llevar a sus clientes.
No sé cómo averiguó el sitio ni la hora, pero todo apunta a que llevaba días siguiéndolo por la ciudad, como quien acecha una presa.
Y allí que se presentó: vestida como una mujer de ciudad, con pinta de señora bien, como una de esas que saben sentarse tiesas y elegir el vino sin mirar la carta.
Obviamente el americano no la reconocería ni en cien años, primero porque no había echado cuenta de ella en el pueblo , pero también porque, aunque se la hubieran presentado, no parecía la misma.
Se tomó una copa en la barra y cuando vio que la cena acababa, se acercó a los clientes de Bill y les dio conversación como si llevara años en ese mundo.
Al parecer cayó bien, muy bien, Bill incluso pensó que era la amante de alguno de ellos, o una señorita de compañía —que es más elegante que referirse a ella como una puta de lujo—.
Pero cuando se quedaron solos se dio cuenta de que no, de que venía a por él, y algo se le removió dentro.
Ella se insinuó, le preguntó por su vida, le dijo que lo veía muy solo y que ella podía darle cariño.
—A veces los hombres también tienen derecho a salirse del carril, como hacen las esposas —le soltó.
— Mi no entender… ¿Del carril? —le preguntó Bill .
—Sí. A veces las mujeres también son infieles. —Se rio e hizo una señal poniéndose unos cuernos con la mano en la cabeza—. ¿No te lo ha dicho la tuya, acaso?
—¿Conoces a Maruca?
—Quizá, pero ella no me interesa —respondió—. Tú sí.
Pero Bill no picó, o eso dijo.
Desde entonces la cosa se torció, porque Toña, al ver que en Madrid no había logrado ni un gesto de Bill, volvió al pueblo más rabiosa que una avispa.
Tenía la rabia de quien se sabe ignorado, de quien ha jugado su última carta y ha perdido, pero con una idea fija en la cabeza: si no podía tenerme a mí, si no podía liarse con Bill para hacer daño, entonces que nadie tuviera paz.
Ni la Maruca, ni el americano, ni el Susín, ni por supuesto, yo.
Y entonces sucedió.
Una mañana, por sorpresa —un miércoles de esos que siempre estaba en Madrid trabajando—, Bill apareció en el pueblo sin avisar y con los ojos rojos. Dijo que había recibido una nota: «¿Sabes lo que hace tu mujer cuando tú no estás? Pregúntale por el Quesero».
Nada más, con eso bastó. Porque en un mundo como el de Bill, donde todo debía encajar, donde todo debía estar ordenado, esa frase fue como un clavo torcido metido en una tabla recién lijada.
Esa misma tarde Bill habló con Maruca; nadie sabe qué se dijeron, pero a la mañana siguiente ella no salió de casa y, cuando lo hizo, ya no era la misma: más seca, más ausente, como si la hubieran cambiado.
Yo supe entonces que la nota de Toña había alcanzado su objetivo: no demostrar nada, sino hacer dudar.
Y la duda, cuando entra en casa, es más difícil de sacar que la humedad.
Porque no hace falta que algo sea verdad para que duela: basta con que parezca posible.
Y eso, la posibilidad, es el venenu más lento y eficaz que existe.
Con el tiempo entendí que Bill sabía mucho más de lo que decía.
No en ese momento, no cuando todo estalló, pero después, con los años y mirando hacia atrás, uno ve con más nitidez cosas que entonces no supo leer.
Porque a veces las decisiones que tomamos no tienen que ver con nosotros, ni con la razón, ni tan siquiera con el orgullo.
Tienen que ver con los que están a nuestro alrededor, con los que todavía no entienden del todo pero ya sienten.
Y fue entonces cuando Bill se dio cuenta de que Maruca no lo amaba como él la amaba a ella —cuando entendió que su casa estaba levantada sobre una verdad a medias—, y aun así, eligió no romperla.
Eligió quedarse. No por ella, ni por él, sino por el Pecu y el Uco-uco.
Porque esos dos críos eran suyos, o al menos lo eran en lo que de verdad importa: en el día a día, en los besos, en la fiebre y en el colegio.
E incluso sabiendo, o sospechando, que tal vez uno de ellos no llevaba su sangre, decidió velar por ambos como si la llevaran entera, y para velar por ellos pensó que había que actuar con normalidad.
Como si no mirar el problema pudiera detenerlo, como si callar fuera una forma de amar.
Pero ahí estaba la duda: ¿qué hacer? ¿Era mejor guardar silencio, simular una realidad por el bien de los críos?
¿O era más honesto soltar la verdad y confiar en que con el tiempo, aunque duela, se acomode sola?
¿Era mejor la cruda realidad aunque no la entendieran?
¿O se les iba dejando caer a pedacitos, como quien suelta pan en el camino?
No tenía la respuesta. Nunca la tuve. Tal vez nadie la tenía. Porque hay verdades que se clavan si se dicen y se pudren si se esconden. Y uno, con los años, aprende a convivir con la herida…, pero no siempre con la culpa.