Veinticuatro #2
—Lo siento. De verdad que a mí todo esto también me ha pillado de sopetón, fue Memphis quien un día, nada más llegar, me lo dio hecho. Mira, lo que pasó, pasó, Elena. Pecu nunca llegó a saber nada… No le hicimos daño. No seas tan dura contigo misma.
Se la notaba avergonzada al afirmar con la cabeza dándome la razón. Luego trató de cambiar de tema mientras se secaba unas rebeldes lágrimas que se le escaparon de los ojos al pestañear.
—¿Y tú con Memphis, qué?
—Bien, muy bien.
—Qué cañón…
Me reí como quien quiere quitarle importancia a algo que secretamente sabe que incomoda al de enfrente. Ella siguió halagándola, quizá sabiendo —o fingiendo no saber— que yo no pensaba detenerla.
—Creo que hacéis una pareja maravillosa, me alegro mucho por ti.
—Bueno —intervine un poco desinhibido por el orujo—. No es oro todo lo que reluce.
No desaprovechó la oportunidad de indagar tras aquel jugoso comentario.
—¿Todo bien?
—Sí, muy bien, pero también hemos tenido lo nuestro.
—Imagino que pasa en todas las parejas. —La miré de soslayo—. En fin, aunque hayan pasado los años sigues pudiendo confiar en mí.
Algo me empujó a decírselo.
—Bueno… Eh… Después de casarnos tuvimos una crisis gorda, ¿sabes? Y aunque luego lo arreglamos, lo cierto es que no sé qué pasó en realidad, si me puso los cuernos o no. Mi mujer sigue siendo un interrogante para mí.
Ahora la mirada era la de alguien que no estaba sorprendido. Después de aquella confesión, que en realidad creo que me hacía a mí mismo, lo vi claro: lo peor no era la traición, sino darme cuenta de que me sentía cómodo reconociéndola en Elena y en mí mismo.
Entonces, el que decidió cambiar de tema fui yo.
Me puse a hablar de mi vida en Nueva York, de mi universidad, de todo aquello que pusiera distancia entre Elena y yo…
Entre el orujo y la deriva de la conversación hacia temas menos profundos, me di cuenta de golpe de que estaba borracho.
Mi lengua, antes ágil, comenzó a trabarse, y mi risa se hizo más ruidosa, más descontrolada.
Ordené otro orujo y este casi me lo bebí de un trago.
Elena mantenía su copa de vino casi intacta mientras yo ya iba por el tercer chupito, sonriendo como un bobo a cada palabra suya, a cada gesto.
—Tienes que probarlo, ¿de verdad no quieres uno? —insistí alzando mi vaso.
—No, gracias, Adrián —respondió amable.
Nunca imaginé que pudiera hacer algo como lo que hice a continuación; ni en mis peores borracheras, ni en un ataque de locura.
Era cierto que llevaba ya varios orujos encima y que la conversación que habíamos tenido al principio me removió más de lo que quería admitir.
Tocamos cosas que creía haber dejado atrás o, peor, que pensé que ella había dejado atrás, y aunque hacía años de todo aquello, el peso seguía ahí, agazapado.
La memoria tiene un efecto poderoso. Me fijé en su sonrisa mientras hablaba —grande y con esas paletas un poco separadas—, en cómo me seguía mirando a pesar de los años, en lo que fuimos a escondidas de Pecu…
, y mi cabeza, ebria y nublada, pensó que aquello podía ser una invitación.
Claramente no entendí las señales, o simplemente no quise entenderlas: en un momento dado, cuando la música empezó a sonar distante y las luces del bar se volvieron algo borrosas, me incliné hacia ella, torpe y desequilibrado.
Entonces busqué sus labios.
Lo hice con esa absurda confianza que solo otorgan el alcohol, la inseguridad y el dichoso pasado.
Y claro, antes de besarla sentí un golpe seco en la cara. La bofetada sonó más fuerte dentro de mí que fuera. En tan solo un instante todo se movió de su sitio.
—Pero ¡qué haces! —exclamó ella muy enfadada, con las mejillas encendidas, no sabía si por la vergüenza o por la ira.
Se levantó de la mesa posando su copa de vino intacta y me miró por última vez antes de girarse y salir del bar sin decir una palabra. Yo me quedé ahí, solo, con el sabor amargo del orujo en la boca. Sentí una punzada de ridículo, de culpa.
Entonces, sin pensarlo, di un golpe seco en la mesa.
—¡Elena, espera! —grité, levantándome. Ella ya salía por la puerta con el paso firme.
Se detuvo. La vi pararse en seco cuando grité su nombre de nuevo, como si ya no tuviera ningún derecho a pronunciarlo.
—Perdón —dije, y me supo a poco.
Qué palabra tan pobre, pensé, pero la dije porque era lo único que tenía, porque por una vez, era verdad.
Me acerqué y le hablé. No tenía nada que ver con aquel intento de beso al que me habían empujado el orujo y el pasado —el nuestro—, sino por haberme ido hace años.
Por haber desaparecido como un cobarde, por haberla dejado allí, sola, sin una explicación.
Por todo lo que no tuve valor de decir entonces. Por todo lo que nos habíamos prometido.
Entonces, sucedió.
Me miró con rabia y con ternura, con los años de distancia clavados como astillas.
Me besó.
No era un beso de pasión, era un beso de necesidad. Como si besarme fuera su única manera de recordar quién era ella cuando estaba conmigo. Después, no dijo nada, simplemente me cogió de la mano y me llevó al coche. Cerramos la puerta.
Fue ella quien se subió encima, como queriendo sentirme debajo, ver si yo seguía siendo el mismo, si mi cuerpo aún respondía a su cuerpo.
Me desabrochó la camisa despacio, mirándome, con la respiración alterada.
Me acarició el torso como si buscara mi corazón.
Se quitó la camisa sin dejar de mirarme y se levantó la falda hasta la cadera.
No había nadie en el pueblo a esas horas, no se veía nada, solo el vaho de nuestras respiraciones empañando los cristales.
Y entonces se dejó ir, sus labios bajaron por mi clavícula, sus manos —frías— recorrieron mi espalda.
Yo apenas me atrevía a tocarla, como si no fuera digno de ella.
Luego empezó a marcar el ritmo. Lento, sereno, como un conjuro que llevaba repitiéndose a sí misma desde que desaparecí.
No estaba buscando el placer, eso le daba igual, buscaba volver a habitar mi piel como entonces, tratando de comprobar si dentro de ese hombre que la había olvidado, seguía quedando algo que la recordara.
Intenté hablar, decir algo, pero me puso un dedo en los labios para que me callara.
Que no rompiera el momento con palabras.
No era solo sexo, pensé. Era memoria, era reparación.
Y por un momento, mientras la veía moverse sobre mí, pensé que tal vez, solo tal vez, podíamos volver a mirarnos como una vez lo hicimos.
No había duda: la noche anterior la había cagado —recordé esa mañana con Memphis a mi lado— y mi mundo, ese que empezaba a construir al tiempo que rehacía los cimientos de la Casona, se había puesto en grave peligro.
Me sentía mal. Miré a Memphis dormir: su cuerpo estaba inclinado hacia un lado, medio tapada por unas sábanas arremolinadas en torno a sus formas, su cabello estaba suelto y esparcido sobre la almohada, y sus labios, entreabiertos en una sonrisa casi imperceptible, respiraban en un ritmo constante, cada inhalación levantando suavemente su pecho.
Había una fuerza en aquella fragilidad, una sensación de que en ese instante el mundo entero podría detenerse para no perturbar su descanso.
Tras aquel desliz de la noche anterior, todo podría acabarse.
Para siempre. Estaba convencido de que Elena no querría continuar siendo nuestra arquitecta, y entonces llegarían las preguntas de Memphis.
Era seguro que tendría que darle explicaciones.
O no, tal vez Elena iría a hablar con ella directamente, de mujer a mujer.
Después, Memphis vendría a echármelo en cara, cargada de desconcierto, de rabia y, lo peor, de razón.
No tardaría en volver a Nueva York tras la segura discusión.
Aspiré disfrutando del olor de aquella cama, del cuarto en su conjunto, ese olor a piel, a sábanas limpias pero ya usadas, el olor caduco de las cremas de Memphis…
Aspiré despidiéndome de todos esos olores tan propios pero que se acababan de transformar, de pronto, en tan ajenos.
La sentí moverse, primero solo las piernas, luego el resto del cuerpo.
Se volteó, seguía echada de costado, pero ahora de frente a mí.
Tenía los ojos cerrados aunque con una leve ranura abierta casi inapreciable, oculta por sus pestañas.
Sonrió. Luego la ranura se cerró y la que se abrió fue su boca.
—¿Qué haces despierto? —Hablaba susurrando, es posible que hasta soñando.
—Me desvelé —respondí tratando de que mis palabras estuvieran desconectadas de mis pensamientos.
—¿Estás bien? —Abrió los ojos y se desvaneció mi propósito.
«Claro que no, no estoy bien», pensé.
—Por supuesto, cariño —mentí—. Duérmete.
Se incorporó y me dio un beso, como si ya no fuera a dormir más.
—Madre mía, qué tarde llegaste ayer.
—Sí…, perdón por no avisarte, me encontré con un amigo de la infancia. ¿Tú qué tal?
—Regular. Algo me sentó mal, tengo el estómago muy revuelto. He vomitado varias veces.
—Vaya. No te oí. ¿Te traigo algo?
—No. Ya estoy mejor. —Se incorporó—. No sabes qué conversación tan buena tuve con Fausto.
Aquello me sorprendió.
—¿Qué te contó? —disimulé.
—Hablamos de Pecu, de tu familia, de ti… No esperaba que fuera a ser tan transparente conmigo.
—Miedo me da.
—Solo hubo una cosa que me desconcertó…
Sentí frío.
—¿Qué?
—Siempre pensé que Bill y él no se llevarían bien, sin duda son opuestos, pero siente verdadero respeto por tu padre.