La idea de volver Veinticuatro
84%

Veinticuatro

Me desperté con la mirada turbada. Me limpié las legañas restregándome con fuerza los ojos y mi primera imagen fue la de un rayo colándose por una ranura de la contraventana.

Las partículas de polvo en suspensión me trajeron a la mente una danza de diminutas estrellas atrapadas en mi habitación.

Era un momento de quietud, donde la luz revelaba la existencia de lo que normalmente pasaba desapercibido.

Era como si el tiempo se detuviera y el aire se llenara de recuerdos flotando suavemente.

Había magia y nostalgia, pero sobre todo había belleza, la que se esconde en lo cotidiano.

Sentía que algo no estaba bien. Parpadeé varias veces tratando de enfocar mejor mi visión, todavía medio dormido, intentando disipar la neblina, no ya la de mis legañas, sino la que cubría mis pensamientos.

Miré a mi derecha y ahí estaban los dos, madre e hijo, roncando. Había sido una noche terrible, no había pegado ojo. Fue el niño quien se despertó. Bajé yo para que su madre pudiera seguir durmiendo. Estaba enfadado, llorando a gritos, y cuando me vio entrar, pasó lo de siempre:

—¡Papá, no! ¡Papá, no! ¡Mamá!

No voy a mentir: no me dolía que dijera eso, pero sí me removía un poco.

En el fondo, no sabía si sentía pena, envidia o pura ternura.

Tal vez todo a la vez. Me habría gustado que, al verme, dijera: «Papá, sí» y se me echara al cuello.

Pero, bueno, no era así, ya llegaría mi momento con él.

El caso es que no dormí y que ahora necesitaba un café doble con urgencia.

Esa mañana tenía que recoger a Bill en el Casal del Castro.

Seguramente habría salido temprano a correr sus diez kilómetros por la costa, que con su edad tenía mucho mérito.

Después se habría dado un baño en el mar, le encantaba el agua fría por la mañana.

Yo, desvelado, me había pasado la noche preguntándome cómo estaría, cómo le sentaba volver a este sitio, a esta casa. Hoy almorzaríamos aquí, en la Casona.

¿Qué me estaba pasando? ¿Cómo era posible que, después de tantos años, después de estar instalado aquí con mi familia, este lugar siguiera teniendo ese poder sobre mí?

Tenía que reconocerlo, en realidad me alejé de aquí para escapar de los recuerdos, para construir una vida diferente, una vida lejos de las sombras que tuve que cargar en mis últimos tiempos en Suso, y sin embargo, aquí estaba de nuevo, atrapado en este laberinto.

¿Por qué diablos me sentía así ahora que había vuelto Bill?

¿Qué esperaba yo que encontrara aquí? ¿Acaso iba a estar siempre arrastrando el pasado a todas partes?

Al mirar a mi mujer y a mi hijo no pude evitar acordarme de cuando llegamos aquí Memphis y yo hace tres años.

Fue cuando todo empezó a cambiar para mí.

Aquella mañana amanecimos en el Casal del Castro.

Había una luz parecida a la de hoy. Los primeros rayos de sol se deslizaban sobre el horizonte, acariciando la tierra con su luz.

Ni siquiera Memphis se había despertado todavía.

De pronto me percaté de que tenía un ligero dolor de cabeza, o quizá no tan ligero.

Hice memoria. ¿Qué había hecho la noche anterior?

Se me daban muy mal los despertares con resaca, me costaba reconstruir lo que había pasado.

Se me vino a la mente la imagen de Elena. ¿De Elena? Sí, de Elena.

La tarde anterior, cuando dejé a Tío Fausto y a Memphis en la cueva, me fui a la Casona para ver los planos de la casa con Elena, para darles vueltas a las diferentes opciones de distribución, pensando qué piedras de la fachada habría que reemplazar…

Hasta ahí todo normal. Entonces me sorprendí al recordar que actué de manera un tanto forzada con ella, como si me esforzara por agradarle, lo cual probablemente le resultó extraño dado que mi actitud era en exceso impostada.

De pronto mi memoria me ofreció una reconstrucción nítida de lo que pasó, como vomitando un recuerdo que hubiera preferido ocultar. «Joder, no, qué horror», me dije a mí mismo. Fue después de la visita a la casa, sobre las seis y media, cuando estaba anocheciendo:

—¿Te apetece que nos tomemos algo?

Recuerdo no ser del todo dueño de mi voluntad cuando le dije aquello.

Ella no estaba sorprendida, me había dedicado casi dos horas de visita de obra y todo lo que hablamos era en términos puramente profesionales; que si el revoco, que si el dintel, que si el hastial…

Ella estaba extrañada, esperaba que nos pusiéramos al día, teníamos mucho guardado entre nosotros.

—Claro. ¿Dónde?

—¿En Cofiño?

Cofiño era el restaurante más conocido de Suso, un laberinto con olor a guiso, a piedra y a madera.

Era célebre por el cocido montañés, por la carne de vaca tudanca y por la simpatía de sus dueños, los hermanos Cofiño, gente de Suso de toda la vida que habían sabido convertir un pequeño negocio familiar en un restaurante de nivel sin perder la tradición y el buen gusto. Allá que nos fuimos.

—Coño, Uco-uco. Cuánto tiempo. —Jose, uno de los hermanos dueños del restaurante, me saludó al vernos entrar.

—Hola, Jose, te veo en forma —bromeé.

—Como pa no.

—¿El gimnasio?

—¡Qué dices, hombre! Aquí movemos las vacas a pata, cargamos las pacas y cortamos la leña… Nuestro gimnasio es nuestra vida. Venga, ¿qué va a ser?

Nos sentamos en una mesa junto a la ventana con vistas a la plaza iluminada por las farolas de Navidad. No había nadie a esa hora. La luz era baja y le pedí a Jose que nos pusiera música, cosa que le sorprendió… y también a Elena.

Empecé con una cerveza, como para calentar motores.

Me notaba ansioso. Elena hablaba con soltura, profesional, aunque con ese encanto que me recordaba a otros tiempos.

No era tan guapa como llegó a ser. Recordaba bien ese lunar junto al labio, grande y redondo, que se comprimía cuando sonreía, lo cual sucedía a menudo.

También me aceleré al ver tan de cerca sus ojos azules, con ese atractivo y esa nobleza, una bondad un poco soporífera, en realidad.

Se había vuelto una paisana resultona, muy segura de sí misma.

No había sabido nada de ella en años, creo que nunca se recompuso… Me la imaginé soltera… y facilona.

De repente me vine arriba. En un intento por impresionar, o por que la conversación empezara a ser algo más desinhibida, ordené el primer chupito.

—¡Jose! —Levanté la voz para que me escuchara al otro lado de la barra—. ¿Seguís haciendo aquel licor de orujo? ¿Quieres uno, Elena?

Sonreí con más confianza de la que realmente sentía. Ella me miró, arqueando una ceja.

—No, gracias. Te acompaño con un vino si quieres.

Tenía que romper el hielo con algo y volví sin querer al tema de la Casona, aunque no era esa mi intención.

—No quiero que la casa se convierta en un museo. —Giré el vaso entre los dedos y me dispuse a beber.

El primer trago bajó quemando mi garganta, sentí que un ardor me subía por el pecho. Elena no respondió enseguida, miró a través de la ventana empañada.

—No lo será —respondió, molesta por que insistiera en evitar la verdadera conversación que teníamos pendiente—. No puede ser algo completamente nuevo, hay que dejar que respire lo que fue. No te preocupes, que conozco bien la casa, a tu familia… y a ti. Sobre todo a ti.

Asentí captando su reproche. Di otro trago al chupito y pensé que el pasado también tenía esa quemadura que tardaba en subir.

—¿Y tú? —pregunté entonces—. ¿Cómo estás? Después de todo este tiempo…

Ella se giró hacia mí. «Por fin», la escuché pensar.

—Estoy bien. La vida… Obras, planos y todos los planes que puedo. Supongo que eso es estar bien.

Hizo una pausa. Luego bajó la mirada y añadió:

—A veces me da la sensación de que va a entrar por la puerta…

No dijo su nombre, no hacía falta.

—¿Te sigues acordando?

—Cómo no hacerlo…

Escuché atentamente aquella frase y entendí que seguiría.

—Hay algo que me sigue reconcomiendo —continuó, en voz más baja—. Ya sabes, lo del accidente. Sé que fue una imprudencia, que iba muy rápido, que dio positivo… Pero Pecu conducía bien. Muy bien. Y esa carretera se la conocía como la palma de la mano.

Me quedé mirándola, en silencio.

—No estoy diciendo que fuera intencionado, ¿vale?

No lo estoy diciendo. Solo que… Siempre me ha costado creer que no supiera lo que hacía.

Esa noche íbamos a hablar de lo nuestro…

, ya sabes… Pero me canceló en el último momento.

Estaba muy nervioso, enfadado incluso. Me dijo que no podía más, como si ya se hubiera enterado.

Se detuvo.

—¿Tú crees que…? —pregunté.

—No lo sé, joder. Me hablaba como si presintiera algo. Nunca lo he dicho en voz alta, pero a veces… no puedo evitar pensarlo. No sé, si no hubiera pasado, si hubiéramos aguantado un poco más, igual no se hubiera salido en esa curva.

—No podía saber nada, Elena —susurré.

—No sé… —dijo, mirando a otro lado—. Y no saberlo con certeza es casi igual de duro.

Se quedó mirando el vino sin probarlo, yo aproveché para rematar mi vaso de orujo y pedir otro. Entonces me miró ceremoniosa:

—Dime la verdad, Adrián. ¿Por qué has vuelto? ¿Por qué me habéis pedido que os haga la obra? Sabes de sobra que todo esto me hace daño y que, por suerte, no me van mal las cosas.

Me encogí de hombros, no iba a entrar al trapo. Busqué una salida fácil, aun sabiendo que mentía.

—Porque eres la mejor.

—Hablo en serio. Me he pensado mucho si era buena idea coger vuestra obra, volver a verte, todo me iba a recordar a aquel tiempo tan jodido: a tu hermano, a ti, a lo que le ocultábamos…

y, sobre todo, a lo que pudimos haberle dicho a tiempo, pero no hicimos.

En fin… —Se reconvino como si tuviera la cabeza hecha un lío—.

Ya han pasado veinte años, joder, he conseguido por fin rehacer mi vida y de repente apareces así como así. No es justo.