Veintitrés #2
Fue ella quien habló primero, con esa voz que tenía como de regato suave que arrastra fondo.
Pero lo que dijo ya no importaba tanto como lo que vino después, porque yo, en ese momento, entendí que hay silencios que no están vacíos, como los que quedan en las cañadas al pasar el pastor con su rebaño.
—Fausto, ¿te puedo hacer una pregunta?
No la miré. Seguí bajando por la cambera con cuidado porque el barro resbalaba entre las piedras planas.
—Claro, mujer.
—No quiero que te incomode…
—Pregunta lo que quieras, de verdad.
No se tomó ni un segundo para pensar cómo plantearme aquel tema, fue directa al grano.
—¿Cómo era Pecu?
¡ Cagatu ! Efectivamente, la pregunta era de las difíciles y se me quedó rondando, aunque yo a ella ya se la había escuchado en sus pensamientos varias veces aquella mañana.
—Es un tema difícil para todos, como te imaginas… ¿Qué quieres saber?
—Cualquier cosa. Adrián no cuenta demasiado. Cuando le pregunto me contesta con una naturalidad muy forzada, sin enfadarse, pero… siempre cambia de tema.
De nuevo se hizo el silencio, que parecía una respuesta en sí mismo.
—Eran muy distintos —dije al fin—. Como la luz y la niebla. A Adrián siempre le costó arrancar, lo pensaba todo mucho, se quedaba mirando las cosas como si necesitara permiso. Su hermano lo empujaba y le quitaba los miedos.
Seguimos caminando en silencio unos metros más dejando que el tema flotara en el aire.
Los rayos de sol se filtraban entre las ramas de las cagigas .
Escuché un arroyo y la invité a parar, como si necesitara reponerme un poco, aunque no era esa mi verdadera intención.
Memphis no dijo nada, solo sonrió. Se sentó con las piernas cruzadas, mirando el agua.
Yo me acomodé junto a ella, me quité la boina y la dejé sobre la piedra, como se hace cuando uno piensa quedarse un rato.
Olía a raíces y a hojarasca; y también a algo más, un olor raro, como de un mundo nuevo.
—¿Qué pasó realmente? ¿Cómo fue? —insistió, sin alzar la vista, jugando con una piedra plana como si esta le fuera a dar la respuesta.
Yo no respondí al momento. Me incliné, cogí un poco de agua y me la pasé por la nuca. Luego me sequé las manos en los pantalones.
—Fue un accidente —dije al fin, sin levantar la voz—. Iba muy rápido…, borracho…
Ella me miraba intensamente.
—¿Tú dónde estabas?
—En el coche con él. Ambos volamos juntos, pero yo aterricé vivo mientras que él subió al cielo.
Memphis me volvió a mirar.
—Qué horror. No quiero imaginar lo que supuso para ti… Para todos.
Me quedé un momento callado, recordando. El sonido del arroyo llenaba el silencio como un animal manso que se nos hubiera acostado al lado. No era una pregunta fácil, no por la pregunta en sí, sino por lo que removía.
—Fue duro, sí —dije al fin—. Ese chaval era mi norte, mi brújula: por él hubiera cogido un atajo aunque tuviera la certeza de que me llevaba directo al barranco.
Ella levantó la vista y me miró confusa.
—¿Eso es bueno o malo?
Me encogí de hombros. La noté todavía confusa, aunque siguió.
—¿Y Adrián? ¿Crees que lo ha superado?
Me llevé la boina a las rodillas, jugueteando con el rabillo.
—No lo sé. A veces uno no se perdona lo que ha perdido porque no acaba de entender del todo qué pasó.
Hubo un silencio largo. Ella bajó la mirada y, como si hablara con el agua, me dijo:
—¿Sabes que habla con frecuencia con él?
—¿Con quién?
—Con Pecu… Bueno, con su avatar.
—¿Y eso qué es?
—Una imagen que la tecnología es capaz de generar de él.
—¡Anda ya, mujer! Eso son bobadas. ¿Me estás diciendo que un cacharro puede imitar a mi Pecu?
—¿Quieres que te lo enseñe? No es él, claro…, pero igual te ayuda ver su imagen. A Adrián le ha hecho hablar de cosas que nunca pudo decirle. O eso creo…
—¡No! ¡Obviamente no quiero verlo! —Traté de no enfadarme—.
Mira, Mefis … Yo no estoy loco, y no me puedo creer que una imagen pueda suplantar a alguien a quien se ha querido tanto.
Cuando algo me ha faltado, lo he echado de menos, pero no he ido a buscarlo donde ya no está.
Cuando el Pecu se nos fue lo enterramos, con todo el dolor, secos de lágrimas, en silencio.
Pero ahora no voy a hacer como si pudiera hablar con él, porque eso no es consuelo, eso es desorden.
Ella se quedó en silencio y por un momento pensé que ahí acababa la conversación. Pero entonces dejó caer la piedra al agua con un ploc y, con voz queda, casi con la cadencia de una plegaria, dijo:
—Pero eso que tú llamas desorden… ¿no se parece un poco a lo que me contaste de la cueva?
A eso que viste… o creíste ver… A aquella figura que hablaba.
Ese trato que hiciste con algo que no sabías si era real o no.
¿Y si fuera lo mismo? ¿Y si todo esto —que podamos hablar con los muertos a través de una recreación— no fuera más que otra forma de superstición?
Otra manera de hacernos compañía en la oscuridad.
Como los mitos, como el ojáncanu , como los rezos de las abuelas en las iglesias.
A veces no creemos en lo que vemos, pero, aun así, seguimos necesitando creer.
Aunque nos dé miedo, aunque nos haga daño.
No respondí. No sabía qué decir. Porque la verdad —me di cuenta entonces— no solo se curva en los espejos de la cueva, sino también en los del silicio.