La idea de volver Veintitrés
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Veintitrés

«[Fausto]. He estudiado, ¡ay!, filosofía,

jurisprudencia, medicina

y también, por desgracia, teología.

Todo ello en profundidad extrema

y con enconado esfuerzo...

Y aquí me veo, pobre loco,

sin saber más que al principio».

GOETHE

Yo tuve la suerte de conocer a un sabio.

No de esos de escuela ni de biblioteca con polvo, sino de los que tienen la sabiduría metida en los huesos, como el olor del estiércol pegado a las albarcas.

Le decíamos Tío Toño, el Moñigo, y bien puesto estaba el mote.

Siempre andaba entre bardales y escajos con un libro escondido bajo la faja, como si fuera pecado querer entender algo más que el clima o el precio de la res.

A veces le veía recostado contra una piedra, con el libro abierto y el dalle olvidado en la yerba, leyendo bajito, como quien reza por dentro.

Decía que los libros eran como los manantiales, que al principio parecen poca cosa, pero, cuando pruebas su agua, te sacian la sed.

—Los de ahora saben mucho y comprenden poco —solía decir—. Quieren conocerlo todo y no sentir nada, y no se dan cuenta de que sentir es una forma de saber.

Y tenía razón, porque el sabio de hoy viene con datos y palabras que no huelen a humo, ni a borona , ni a sudor.

Saben poner nombre a las cosas, pero se han olvidado de olerlas: pueden decirte cuántos litros llueve en abril, pero no reconocer el color del celaje cuando viene tormenta; saben que existen estrellas que murieron hace siglos, pero no entienden por qué duele tanto el silencio cuando uno se queda mirándolas.

Y, sin embargo… Sin embargo hay algo que los une.

Algo que no cambia aunque cambien los nombres y las ropas y los tiempos.

La insatisfacción. Ese no saber estar del todo conforme, ese rumiar interno que hace que uno se pase la vida buscando: más ciencia o más sentido, más datos o más calma, más futuro o más raíces.

Al final, todos —el sabio moderno y el sabio antiguo— somos pastores de la misma cabaña inquieta.

Por eso Tío Toño, el Moñigo, aunque viviera de espaldas al mundo de fuera, al mundo moderno, sabía mirar al que venía de lejos sin desprecio.

Porque sabía que el que viene de otro lado hasta aquí también viene buscando.

Y el que busca, aunque se equivoque, ya se ha salvado un poco.

Aquella fue una lección que aprendí de él y trato de aplicarla cuando puedo.

Como ahora, que veo a Bill volviendo al pueblo a ver a su hijo, a conocer al crío, a conocer a la mujer del Uco-uco, a la que apenas ha visto aunque tan alrededor la haya tenido siempre.

Y me pregunto si, de alguna forma, puedo serle útil por aquí, por muy difícil que sea para él.

Ya me pasó una vez con la Mefis , que de entrada me parecía rara, con muchos aires, como de otro mundo, pero luego me acordé de la importancia de respetar: porque también tiene mérito, y mucho, venir a este rincón perdido de Cantabria a buscar algo: a buscarse a sí misma, en su caso, o más bien, a perderse a sí misma. Eso ya merece respeto.

Recuerdo aquella mañana cuando subimos al Llobu con el Uco-uco y la Mefis .

La luz se colaba entre las alisas como si buscara abrirnos camino.

Él se detuvo justo en la boca de la cueva, como quien se planta ante un abismo que ya conoce.

Nos miró con esa mezcla de pena y orgullo que tienen los que han visto más de lo que quisieran.

No quiso entrar. Desde aquella vez que se quedó atrapado dentro con su hermano, con el pobre Pecu, algo en él se torció.

No fue solo la claustrofobia, no. Fue otra cosa, una pena de esas que se te meten entre los huesos y no sabes ya si la traes de dentro o te la sembró el mundo.

Y eso que yo traté de explicárselo: que aquella cueva no era una trampa, ni una prisión, ni un recuerdo amargo.

Que aquella cueva, el Llobu, también le había parido a él, como me parió a mí.

Que allí dentro, entre los regatos de agua vieja y las sombras, uno se encuentra a sí mismo si sabe buscar.

Pero no quiso verlo. O no supo. O le daba miedo nombrar lo que ya había enterrado. Aun así lo intenté:

—Venga, anímate esta vez, entra con nosotros.

—Ya sabes que no puedo, Tío Fausto —respondió avergonzado—. Pero Memphis está deseando que se la enseñes.

—No hay que tenerle miedo al sitio donde uno fue niño.

Pero el Uco-uco no contestó. Se quedó un rato mirando la entrada, como si esperara que saliera alguien —o algo— a pedirle perdón. Luego se apartó con respeto y nos dejó pasar.

Desde que llegó a Suso, Mefis me había dejado con una sensación difícil de explicar, como cuando metes la mano en un río helado: no te quema, pero te cambia el pulso.

Era una presencia que no se podía ignorar, y justo por eso, por lo que despertaba, me costaba más aún soltar palabra.

Además, nunca me gustó hablar mucho allí dentro, en la cueva, ni siquiera cuando venía con paleontólogos de esos que se creen que lo entienden todo, con sus cuadernillos, sus linternas y sus gafas de pasta.

La cueva del Llobu no era para contar; era para callar, para escuchar.

Mefis entró detrás de mí. Hablar no hablaba, pero se la oía pensar.

Ella pisaba el suelo húmedo asustando a la cueva, como si estuviera caminando sobre la espalda de algo vivo que se erizaba con sus pasos, como si llevara dentro una energía que la cueva no entendía, algo que la hacía estar alerta.

Seguí en silencio hasta que le mostré las manos en negativo pintadas por los trogloditas.

Yo la observaba, le explicaba lo que quería decir todo aquello mientras ella callaba.

Por un momento pensé que tal vez estaba sintiendo lo mismo que yo sentía de niño, cuando entendí que en esa cueva no había solo memoria, que lo que había allí dentro no era arte, ni dioses, ni ciencia: era gente insatisfecha buscando no desaparecer. Éramos nosotros. Ella y yo. Todos.

Lo que nunca supe es que aquella cueva no solo guardaba el pasado, también parecía custodiar el futuro.

Porque de pronto entendí que yo, con mis botas cubiertas de la mierda de los jatos y mis creencias paganas y pueblerinas, había llegado a mi final sin saberlo.

No era un final con pena, sino uno sereno, como el de una vela que ya ha alumbrado lo suficiente.

Lo entendí como el fin de un hombre hambriento de sentido: el que quiso más, el que deseó lo que no debía, el que creyó que el amor podía ganarse por insistencia.

Allí, en el vientre del Llobu, el vientre que me parió, ese hombre se me fue cayendo del cuerpo.

Y, por el contrario, verla allí, con su pelo rizado y sus ojos verdes, en medio de ese útero de piedra, me hizo sentir que yo también estaba frente a algo que no entendía.

No sé si era admiración, deseo, miedo o todo junto.

Solo sé que allí ella era como un animal que no tenía nombre en mi lengua ni criatura mitológica a la que pudiera compararla.

Era una presencia sin clasificación, sin linaje.

Era una pregunta. Una grieta. Y yo, viejo como soy, me quedé quieto, sintiéndome crío otra vez.

Sin saber si quería salir de la cueva… o quedarme allí para siempre.

No podía dejar de mirarla. La miraba observar la piedra como si hubiera descubierto una figura nueva en esas paredes, una pintura que después de toda una vida yo jamás fui capaz de descifrar.

Entonces lo entendí: ella era el principio de otra forma de estar en el mundo.

No buscaba ningún dios, tan solo buscaba su forma de encajar, una búsqueda noble, bondadosa y humilde.

Sí, lo que más me sorprendió fue esa humildad que, de repente, veía por primera vez en ella, pues siempre recelé como si fuera una amenaza.

Pero ahora no: ahora la miraba deslizar las yemas de los dedos por el pigmento como quien reconoce una piel antigua, una historia que no ha vivido pero que de algún modo le pertenece.

Y yo, que tantas veces había entrado allí con la boca apretada por lo sagrado, por su belleza, no fui capaz de decirle que no lo hiciera, no fui capaz de prohibírselo, como si fuera ella quien las pintó veinte o treinta mil años atrás, como si, sin decir una palabra, hubiera comprendido lo que yo tardé una vida en no entender del todo.

Lo peor es que al saber que alguien, por fin, lo entendía, se vino abajo el mito: eran manos humanas creando una realidad humana.

Entonces lo supe: seguíamos igual de solos, igual de perdidos.

Ella era una nueva especie de ser humano, no sabía si buena o mala; lo que sí sabía es que era una figura de nuevo hambrienta por descifrar.

Y yo, sin celos, sin pena, sin envidia, vi lo que pasaría desde allí dentro: vi que todo iba a cambiar, aunque en lo fundamental nada cambiaría.

Porque si la cueva era un vientre, yo fui su última criatura vieja, y Mefis , con sus ojos verdes, fue la primera criatura nueva.

Así entendí que a veces la cueva no solo guarda…

, sino que devuelve. Y ese día me guardó a mí… vacío… Y la devolvió a ella… llena.

Salimos del Llobu entornando los ojos que venían de la sombra y no sabían qué hacer con tanta luz.

El aire olía a tierra, a hoja mojada y a piedra polvorienta después de la lluvia.

El camino se dejaba pisar bajo las raíces retorcidas de los nozales , mientras un miruello cantaba desde algún bardal con voz de quien no teme nada.

Andábamos sin prisa, Memphis por delante y yo por detrás, como si cada uno viniera deshaciendo a su manera lo que había sentido allá dentro: como cuando uno se despierta de un sueño muy largo y sabe que ha visto algo importante, pero no recuerda qué es.