La idea de volver Veintidós #2
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Veintidós #2

Mucho después entendí que mi amor por los libros había empezado allí, en aquellas tardes largas de invierno pegado al fuego escuchando a Tío Fausto contarnos mitologías domésticas.

Él era, en cierto modo, mi pequeño Platón montañés.

Un guía que no me llevaba hacia la luz exterior, sino hacia un mundo interior igual de vasto, poblado de animales que hablaban, monstruos y hadas que ejercían el bien y el mal, o duendes que simplemente hacían travesuras…

Su cueva no era la Ítaca de Ulises, ese destino final tras un viaje de regreso, sino más bien lo contrario: un punto de partida, como en la caverna de Platón, una recreación pobre del mundo donde las sombras daban paso, a veces —solo a veces—, a la realidad.

Allí, la imaginación se convertía en formas, y estas en un conocimiento mágico: el único capaz de hacernos enfrentar la absoluta certeza de nuestra ignorancia.

Memphis y tío Fausto se colaron en la cueva por una verja que estaba candada.

Hacía años que ya no dejaban entrar turistas, pero a él le habían dado una copia de la llave, pues fue un guía de excepción de los paleontólogos que la exploraron.

Me quedé mirándolos desaparecer. Tras aquella puerta de metal las galerías se extendían como venas a través de la roca, revelando un laberinto esculpido por la erosión.

Estalactitas, estalagmitas, columnas, coladas, banderas…

adornaban los espacios colgando del techo y surgiendo del suelo en una danza petrificada de minerales.

De la primera sala surgían algunos corredores más íntimos y bajos.

Me imaginé la silueta de Memphis caminando inclinada, absorta por la falta de luz, al igual que por la atmósfera, húmeda, densa y cargada.

Tras aquella oscura primera impresión, me imaginé a tío Fausto iluminando la pared donde todo parecía cobrar vida.

Señalaría sin apenas alterarse los famosos bisontes, dibujando con su dedo el trazo de los animales para que Memphis reconociera su figura, incluyendo lo que la propia grieta hacía por completar la grupa de uno de los animales.

Después Tío Fausto le indicaría las otras formas que emergían: caballos, ciervos y felinos cobraban vida a través de trazos de carbón vegetal y pigmentos rojos.

Yo, sin embargo, no los seguí. Me quedé fuera.

No porque no supiera lo que me esperaba dentro, sino precisamente porque lo sabía demasiado bien.

Lo cierto es que hacía años que no podía entrar en una cueva.

La razón venía de lejos: una vez, de críos, Pecu y yo nos perdimos dentro del Llobu.

Habíamos entrado jugando, sin avisar a nadie, y el laberinto de la cueva, que tenía más de veinte kilómetros de pasadizos imposibles de descifrar, nos tragó como si fuéramos hormigas.

No encontrábamos la salida y al caer la noche no nos quedó otra que quedarnos dentro.

Dormimos allí, tiritando de frío y de miedo, acurrucados el uno contra el otro.

Yo no podía respirar bien, tenía ataques de ansiedad, de esos que te encogen el pecho como si te metieran en un cubo de agua.

Pecu me cuidó, me calmó como pudo, me tapó con su chaqueta y no dejó de hablarme todo el tiempo diciéndome que saldríamos, que solo teníamos que volver sobre nuestros pasos hasta encontrar la salida.

Pero yo estaba en otro sitio. No sé si por el miedo, por la falta de oxígeno o por las historias que nos contaba el Tío Fausto, pero empecé a ver cosas.

Sombras que se movían, figuras que se desprendían de las paredes y se desplazaban…

Entonces lo oí: una voz profunda, primitiva, que salía de la piedra.

Provenía de una figura pintada en la pared, una mancha con forma de gigante que cobró vida cuando la enfoqué con la linterna.

En ese momento me habló. Sí, el ojáncanu me habló.

Y lo peor no fue oírlo, sino entender lo que me decía.

—Cuando desaparece el cuco, se deshace el nudo.

Tuve que pasar por varios psicólogos para superar aquello.

Me explicaron que lo que había visto no era más que una alucinación, un síntoma pasajero de un proceso traumático, algo perfectamente común, según ellos.

Me lo dijeron con la condescendencia de quien no tiene ninguna duda sobre lo que has visto, pero sin tener ni idea en realidad.

Ellos no sabían lo que yo había sentido allí abajo, en el vientre de la cueva, cuando aquel ser me susurró como si conociera mi nombre desde siempre.

Desde entonces, no puedo meterme en espacios cerrados sin que me tiemble el alma.

Volví de aquellos tortuosos recuerdos y miré el reloj, se me hacía tarde. Había quedado con Elena para ver el proyecto en la Casona y no quería retrasarme.

Me di la vuelta y emprendí el camino hacia el pueblo.

Mientras descendía no podía contener una extraña sensación que me recorría el cuerpo, más profunda que la de simplemente abandonar la cueva, aquella milenaria cueva que no solo había sido cuna del origen del saber humano, sino también de mi propio origen, del de mis recuerdos.

Tenía un sentimiento como de separarme inconscientemente de mí mismo para acercarme más a otra persona, a una que de alguna forma habitaba dentro de mí desde hacía tiempo, si bien ya una vez la había dejado atrás.

Sentía que ya no era yo, aunque quizá nunca lo fui, o por lo menos todavía no lo había sido.