Veintidós
Aquella noche dormí mal. Podía ser culpa del niño, porque últimamente se despertaba con frecuencia, pero no, no era eso lo que me quitaba el sueño.
Lo que me tenía en vilo era saber que Bill había vuelto al pueblo, que dormía a pocos kilómetros de Suso.
Entendía de dónde venían mis nervios: para Bill, Suso era una herida que nunca supimos si había cerrado del todo; aquí perdió a sus hijos, al amor de su vida, la casa que restauró para darle gusto a su exmujer…
Y aunque nunca lo haya dicho en voz alta, sé que la idea de volver le remueve.
Eso, obviamente, me pone nervioso; porque su dolor es algo que también querría evitar.
En cualquier caso el insomnio no es nada nuevo para mí, pero hacía tiempo que no lo sufría.
Fue hace tres años. En aquel tiempo, el origen de mi dificultad para conciliar el sueño tenía una causa clara: me había enganchado a hablar con Pecu a través de Omun.
No con él, claro —él ya no estaba—, sino con su avatar.
Me volví un adicto. Al principio solo abría la app de vez en cuando, pero con el tiempo se me fue de las manos, empecé a usar el avatar de mi hermano para todo: comentaba con él la actualidad —quién ganaría el Balón de Oro, por ejemplo, o qué actriz estaba más buena…
—; le hablaba de Bill, de mamá, de Tío Fausto; incluso de mis dudas con Memphis, de mis inseguridades.
Le contaba cualquier cosa que se me pasara por la cabeza a la dichosa máquina.
Eso hizo que acabara despertándome por las noches solo para escucharle decir mi nombre, para verle parpadear en la pantalla, para sentir que estaba ahí, conmigo.
Pero, claro, no era él; era una máquina, una interfaz, un algoritmo que imitaba a mi hermano muerto.
Y eso —descubrí tarde— tenía un coste. Me generó una dependencia, dulce al principio, pero devastadora después.
Aunque lo importante es que logré salir.
Todo empezó cuando Memphis y yo llegamos a Suso desde Nueva York.
Una mañana de aquellos primeros días, cuando Memphis y yo todavía seguíamos instalados en el Casal del Castro, salimos de ruta con Tío Fausto para que enseñara a mi señora algunos sitios singulares de la zona.
A pesar de su edad imprimía un ritmo endiablado, y aunque Memphis estaba en forma, lo cierto es que nos dejaba a los dos atrás, y eso que no paraba de rajar.
Nos adentramos por el camino de la Fuentona, un sendero antiguo que serpenteaba desde Suso hasta las cuevas.
A medida que ascendíamos, el camino se unía con una vieja vereda usada en otros tiempos para las pequeñas explotaciones mineras que salpicaban las laderas del monte.
Los últimos metros eran empinados y desafiantes.
A nuestro alrededor el eucaliptal nos envolvía y al alcanzar cierta altura el paisaje cambiaba, cubriéndose de saúcos, de robles y de hayas, creando una sinfonía de verdes.
Una vez en el mirador, el pueblo se desplegaba a nuestros pies con sus casitas dispersas.
También podíamos ver la costa, los Picos de Europa y las estribaciones de los valles del Saja y del Nansa, majestuosos en la distancia.
—Mira la cocuca , Mefis. —Tío Fausto señaló una mariquita que se había posado en el dedo de Memphis.
—¿Cómo la has llamado?
—Por aquí les decimos de muchas formas: cocuca , catolinuca , el sanjuanín …
Ahora ya nadie habla distinto a los demás.
Decían los viejucos , y ahora lo digo yo, que si una cocuca recorriera del meñique al pulgar todos los dedos y justo después saliese volando, el mozu a quien rondas se iba a enamorar de ti.
—A Adrián ya lo tengo yo bien atado, Fausto. —Me miró bromeando y yo correspondí algo forzado. La mariquita salió volando sin pasar del primer dedo.
Después giré el rostro para observar el paisaje.
Este rincón de Cantabria, olvidado por las rutas turísticas, guardaba un verdor obstinado, casi testarudo.
Aquí, los prados y los bosques se abrazaban entre sí, a veces separados por antiguos morios de piedra que recordaban a la campiña inglesa, pero con un carácter y una nostalgia propios.
Por momentos me parecía que el monte estaba empeñado en hacerme recordar cómo jugaba en esos muros con mi hermano de niños: escalábamos esas piedras frías y firmes, sentía bajo mis manos los esponjosos musgos, y una vez coronados caminábamos por encima de ellos.
A veces Pecu y yo resbalábamos y caíamos en el pasto como si fuera un colchón.
Las cabañas de los pastores trashumantes, dispersas por el paisaje, eran nuestros castillos en los juegos de infancia.
Sus historias resonaban entonces en el silencio de los valles… Y hoy en los de mi memoria.
—Qué silencio hay aquí —dijo Memphis, deteniéndose un momento para mirar el valle—. Da hasta respeto.
—No es silencio —dijo Tío Fausto—. El monti no calla nunca, otra cosa es que sepáis escucharlo.
—Pues yo no oigo nada —contesté respirando como si llevara el corazón en la garganta. Tenía que volver al gimnasio, me dije a mí mismo.
—Claro, Uco-uco…, si vas bufando como un venao en berrea, ¿qué vas a oír? —soltó, irónico. Me encogí de hombros.
Pronto llegamos a la cueva del Llobu. La boca era grande y de forma ovalada, flanqueada por paredes rocosas de tonos grisáceos y marrones.
De sus grietas emergía algún helecho, como si la piedra, en su quietud milenaria, hubiese decidido acoger algo de vida.
A su alrededor, una enredadera de campanitas moradas se desplegaba trepando, dejando caer sus flores en cascada, pequeñas trompetas de color púrpura que destacaban sobre el gris de la piedra, añadiendo un toque de magia.
De niños, la cueva no era simplemente una cueva.
Para la mayoría de la gente era solo un agujero en la roca con pinturas viejísimas que algún día vinieron a mirar unos arqueólogos con linternas y botas de goma, pero para Pecu y para mí, el Llobu era un mundo.
Un mundo que Tío Fausto nos había narrado desde antes incluso de traernos.
La primera vez que bajamos a verla —tendríamos, no sé, seis o siete años— yo ya sentía que conocía sus rincones como si fueran una habitación más de mi casa, porque Tío Fausto nos había contado en mil cuentos cada recoveco.
Decía que algunas de aquellas pinturas rupestres —bisontes, ciervos, manos en negativo— no habían sido dibujadas, sino convocadas.
Que los trogloditas que allí vivieron habían logrado abrir una grieta entre este mundo y otra realidad diferente a la nuestra, una realidad desconocida, mágica, donde las cosas tenían más alma pero menos escrúpulos.
Nos decía que él mismo, de joven, había pasado días enteros allí dentro, acompañado solo por el goteo del agua y por las pinturas que lo miraban desde las paredes.
Aseguraba que, en algunas madrugadas, las figuras se habían movido, que dejaban de ser estáticas, que las lanzas llegaban a clavarse en los bisontes. Decía incluso que le hablaban.
Por un instante viajé a aquella época, a mi juventud, casi podía escuchar a Tío Fausto explicándonos algunos dibujos:
—Mirad estas tres ciervas que entrecruzan sus cabezas —decía el viejo.
—¿Y estos qué son? —le preguntaba.
—Pues aquí en negro tienes una cabra, y estos son cinco caballos. ¿Y veis esto de aquí?
Pecu y yo nos acercamos intentando descifrar una forma que parecía la de un monstruo peludo, como si tuviera un solo ojo. Tío Fausto se quedó un poco más atrás, apoyado en su clásico palu , dejando que la piedra hablara primero.
—Ay, esa figura… —siguió—. Muchos dicen que no es nada, que es la deformación que las gotas hicieron de otro dibujo… Pero no, ese bicho tiene un nombre.
—¿Y qué es? No soy capaz de reconocerlo —preguntó Pecu.
—Normal —dijo sin disimular su respeto—. Eso es un ojáncanu .
Hizo una pausa dejando que se hiciera ese silencio que solo hay bajo tierra. Pecu contenía la risa como podía: los ojáncanus eran monstruos que aparecían en los cuentos infantiles de la tierruca y él ya no creía en esas bobadas. Yo mientras, algo más joven, me moría de miedo.
—Sí, sí —proseguía muy serio—. Una vez, hace muchos años, cuando tuve un problema…, vine. Y esa figura —señaló la pintura— me habló, y me propuso un pacto.
Entonces Pecu se partió de risa y yo le imité, aunque no me hacía ninguna gracia lo que estaba escuchando.
—Pensad lo que queráis —dijo con un tono firme—, pero es la verdad.
Lo que pasa es que a los chicos como vosotros, que os crían con la idea de que las verdades solo están en los libros y solo las cuentan los maestros, ya no hay quien os haga entender lo trascendental, lo misterioso y lo mágico.
Sí, sí…, os perdéis una parte importante de la realidad.
Pecu se reía siempre de él. Yo no, yo me lo creía todo, me fascinaba.
Era literatura y filosofía en estado puro.
Quizá por eso, aunque fue más tarde cuando estudié a Platón y su caverna, nunca conseguí separar del todo aquella cueva, la del Llobu, de la de aquel filósofo griego.
Para mí, el mito de la caverna de Platón nunca fue solo una alegoría sobre la ignorancia, no se trataba tanto de lo que desconocíamos, sino del espejismo de creer que ya lo entendíamos todo.
Esa caverna de la que Platón nos quería sacar —con sus prisioneros encadenados observando sombras en la pared— me pareció siempre una imagen bastante precisa de lo que pasaba allá abajo, en el Llobu: juegos de luces, sombras y formas imprecisas que Tío Fausto confundía con certezas.
Un lugar donde la verdad no se encontraba, sino que se intuía, como en la filosofía, como en una buena novela, o como en la vida…