La idea de volver Veintiuno
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Veintiuno

«[Mefistófeles]. El mensaje lo escucho bien, mas me falta la fe».

GOETHE

Ayer me enteré de que Bill ha vuelto a Suso.

Ha venido a ver al Uco-uco y a conocer la Casona, sí, pero sobre todo habrá venido a conocer a su nieto, que ya era hora…

Volver aquí, después de todos estos años —desde el entierro del pobre Pecu—, no ha debido de ser fácil para él, ya se lo digo yo.

Demasiados recuerdos, demasiadas cuentas sin cerrar.

Por no volver, no volvió ni cuando despedimos a la Maruca.

Él, que siempre lleva puesta esa máscara de mondregote , yo sé que por dentro nunca lo superó.

Siempre estuvo enamorado de ella, aunque jamás lo vaya a admitir.

Y es que hay cosas que, por mucho que uno quiera dejar atrás, siempre encuentran la forma de volver.

Como el crujido que deja la nuétiga cuando vuelve a colarse en el tejado, esa que creías ya ahuyentada, pero que regresa en cuanto el silencio se hace largo y la casa vuelve a oler a noche; o como la golondrina, que se marcha cuando el frío se arrima, pero que vuelve a hacer nido donde nadie la ha olvidado cuando el sol empieza a templar las mañanas.

Uno no se acostumbra al hueco que dejan, a su ausencia, y aunque se agradece su silencio, como se agradece que no llueva en día de feria, aunque haga falta el agua, luego se los echa de menos.

Y no es que vuelvan igual, porque las cosas vuelven distintas.

Es como si al irse hubieran aprendido algo, y al volver te trajeran ese aprendizaje.

Vuelven como las albarcas viejas: con los tarugos comidos por el uso y el calcañar descolorido, pero con el hueco justo del pie que los calzó.

Y es entonces cuando uno barrunta que lo que parecía gastado era, en realidad, lo único que encajaba.

Porque hay «vueltas» que no se entienden si no es porque estuvieron escritas de antemano.

Como si lo que se va, en el fondo, no se fuera; solo tomara impulso.

Solo se apartara un poco, lo justo para dejar hueco.

Y cuando ya has hecho sitio en la socarreña del alma, regresa y se instala, como cuando la leche vuelve al barreñu tras semanas de ubres secas, como si la vaca, sin previo aviso, recordara de golpe lo que era que la ordeñaran, y se le soltara el alma por las tetas.

Y si eso pasa con las cosas del campo, ¿cómo no va a pasar con las personas?

Las que se fueron, digo; las que uno lloró sin ruido y enterró sin cruz.

Un día, de pronto… regresan. No por casualidad, no.

Regresan porque su sitio no lo ocupó nadie, porque su lugar seguía allí, como la rasera apoyada contra el llar , testigo de los guisos que acabarían llegando…

Mucho he rumiado yo sobre eso del «volver»…

Sobre lo que empuja a las personas a dar la vuelta cuando parecía que ya se habían ido para siempre, como si hubiera un resorte escondido en lo más hondo que las obliga a regresar, aunque nadie las llame.

Porque no es lo mismo marcharse que desaparecer, ni es lo mismo volver por voluntad propia que por el destino.

Y si no que se lo digan a Bill ahora…, o al Uco-uco tres años antes…

… O a Maruca hace muchos más. Porque ella también volvió. Y menos mal, porque si no hubiera vuelto…, no es que yo hubiera sido otro: es que, sencillamente, no sería en absoluto.

Recuerdo cuando Maruca volvió a mí, cuando le fue infiel a Bill.

Entró en la cabañuca de Peña Sagra sin decir palabra, con los ojos encendidos y el paso firme.

Traía esa mirada suya de cuando ya lo tiene todo decidido: me agarró por la pechera y me empujó contra el muro de piedra.

Me besó como si llevara años sin aire. No me pidió permiso, ni falta que hizo: se desabrochó la blusa y me llevó las manos a su cintura, como quien doma un caballo asustado.

Me buscó con hambre, con esa urgencia que no se razona.

Nos tumbamos sobre el jergón viejo, entre mantas que olían a polvo y a soledad.

Yo la tenía entre los brazos y ella me montó con decisión, con rabia incluso, como si quisiera acabar de una vez con la guerra que llevaba por dentro.

Me apretaba la cara contra su pecho y me susurraba cosas que no entendí, pero que aún recuerdo por cómo sonaban, por cómo temblaba su voz.

Fue rápido y fue largo, todo al mismo tiempo, como una tormenta que descarga de golpe pero deja el suelo empapado toda la noche.

Cuando acabamos se quedó encima de mí un buen rato, callada, con los ojos cerrados.

Luego se levantó, se vistió sin mirarme y se fue, dejando la puerta entreabierta, como si no supiera si iba a volver.

Pero volvió… No paró de volver: de volver al pueblo con la excusa de volver a mí.

Y no para ver cómo iban los sillares de las obras de la Casona, ni para revisar si la solana había que convertirla en una galería.

Volvía por mí: directa y sin rodeos, como cuando una vaca duenda encuentra el camino al bebedero sin que nadie se lo enseñe.

Aquello, tuve que admitir, me dejó descolocado.

Porque Maruca siempre fue de esas que no toleran ni medio resbalón en lo que a la fidelidad se refiere.

Tenía una idea del querer casi sagrada, como si el amor fuera un terreno limpio que solo se puede pisar con botas recién cepilladas.

Era de las que creen que, si uno ama de verdad, no se le ocurriría ni mentir ni traicionar.

Tanto era así, que a mí me dejó por haberle sido infiel con Toña, la Lobera, ¡y con toda la razón!

Me cortó en seco, como quien arranca una quima enferma para que no le contagie el nozal .

Sin embargo, años después, cuando ya estaba casada, resultó que era ella la que me buscaba a escondidas, la que cruzaba la línea, la que, sin dar explicaciones, me abría la puerta de su deseo mientras en el extremo opuesto le ponía la mesa al tal Bill.

No fue una vez, ni dos, fueron muchas, durante casi cinco años: los suficientes para que Bill ascendiera en su banco, para que nacieran los críos, para que el pueblo viera la nueva Casona reformada en la ladera del Roblón, y para que yo, en silencio, siguiera viéndola volver a mí a escondidas, como si nada hubiera cambiado…

, aunque lo cierto es que todo había cambiado ya, como quien repite el mismo pecado, pero con gusto.

Lo nuestro, que en su día había llegado a ser un noviazgo serio y sano, pasó a ser otra cosa totalmente diferente.

Una cosa secreta, más hecha del cuerpo que del amor: ella me devoraba como se devora un currusco de pan tras un día de verde , y yo, que siempre soñé con tenerla entera, me veía reducido a sus ratos de pasión, a ser ese lugar donde venía a calentarse cuando el mundo exterior la enfriaba.

Y claro, a ratos me sentía el hombre más afortunado del valle, pero otras veces era como si me hubiera metido en una alacena: me abría solo cuando necesitaba algo.

Porque yo quería volver a ser lo que un día fui, llevarla del brazo por la feria, no andar escondiéndome como un tasugo en su madriguera, pero la ironía de la vida me había quitado el amor que sentía por ella y solo me había dejado aquello por lo que la dejé: el deseo.

Aunque lo peor no era eso; lo peor era Bill, el marido.

Buen mozu , pues aunque parecía codicioso y mondregote , en realidad era más noble que un sacristán recién peinado un domingo de Pascua.

El tipo me invitaba a comer, me pedía que le enseñara a distinguir los venaos de los corzos —que por no saber no sabía ni eso— y, lo mejor, hablaba de mí como si no fuera un paisano más, sino un amigo.

Y yo, ahí, sirviéndole el vino mientras en mi cabeza repasaba la última vez que su mujer y yo nos revolcamos entre las alisas .

Me hablaba con ese entusiasmo de los que tienen tanto dinero que piensan que la felicidad está en las brañas a las que ellos no saben cómo acceder, como si el dinero no comprara el acceso ni a los montes ni al aire, como quien viene al campo a purificarse.

« Wow, man! This place … Muy muy increíble, ¿sí?

», me dijo una vez con esa mezcla de idiomas que manejaba.

Yo solo pude asentir, sabiendo que lo que realmente le daba la vida, la Maruca, era justo lo que le estaba quitando un servidor sin que se diera ni cuenta.

Al final, como suele pasar en los pueblos, estas historias se acaban sabiendo.

Aunque uno crea que lo tiene todo bien guardado, llega un momento en que los silencios se revelan.

Y es que las mentiras son difíciles de ocultar; uno se piensa que basta con no nombrarlas, pero es justo al revés: cuanto más las callas, más se oyen.

Y entonces, siguiendo con lo de «volver», uno vuelve a la pregunta de siempre, la que le remueve por dentro: ¿qué es la verdad?

Porque sí, la Maruca estaba ocultando una infidelidad, eso era incuestionable.

Pero no era menos cierto que esa mentira permitió que floreciera un amor que, de otra manera, nunca habría podido existir.

A lo nuestro se le pasó su momento y ya no era fácil que volviera a tener su lógica y, sin embargo, gracias a esa clandestinidad, gracias a la mentira, se convirtió en el amor más verdadero que podía existir.

Entonces me justificaba pensando que esa falsedad sostenía una verdad honda.

Y así duramos años, ya digo, muchos más de los que yo pensé que aguantaría; porque esa es otra: al engaño te acabas acostumbrando.

Se acostumbró Maruca, me acostumbré yo, pero lo que no supe, y hoy en día todavía sigo sin saber, es si Bill también llegó a acostumbrarse, si sabía algo mientras todo aquello pasaba en sus narices, porque el hombre estaba muy enamorado de ella aunque no fuera correspondido…

Tal vez lo intuía, pero no quería verlo.

Lo cierto es que ellos siguieron viniendo al pueblo con frecuencia, sobre todo después de terminar su obra de la Casona.

Venían en navidades, en Semana Santa, en los puentes largos…

Al poco de casarse tuvieron su primer hijo.

Le llamaron Valentín, pero todos en el pueblo le decíamos Pecu.

En Cantabria pecu no es solo un pájaro —el cuco—, sino que también es como llaman a los niños a los que no les gusta la escuela y se dice que no aprenden más que la p y la q .

En fin, cosas de por aquí. El caso es que Pecu era muy travieso y los libros no le entraban ni a martillazos.

Era de esos críos que en la escuela se aburren y no retienen nada, pero luego salía al campo y parecía otro.

Con la naturaleza tenía un instinto raro, como si el monti le hablara en un idioma que entendía sin esfuerzo.

Sabía por dónde había pasado un jabalí, cuándo iba a cambiar el tiempo, qué le pasaba a una vaca solo con mirarla.

Y conmigo, la verdad, hacía buenas migas.

Poco después nació el segundo: Adrianuco-uco, el Uco-uco.

El chico era muy distinto de Pecu. Donde el otro era ruido, este era silencio.

Donde uno correteaba, el otro se quedaba quieto, observando.

Era de los que escuchan y no interrumpen, de los que piensan antes de hablar.

Y si de carácter eran opuestos, también lo eran por fuera: uno moreno y fuerte, con las cejas tupidas y la cara redonda; el otro rubio, de ojos claros y más tirillas…

Entonces fue cuando empecé a sospechar. A veces basta con mirar dos caras para saber que una de ellas es la tuya.

Y yo, sin decir nada, miraba a uno y a otro y pensaba lo que pensaría cualquiera, pero no lo decía en voz alta, entre otras cosas porque no hacía falta: quien no lo viera es que no quería verlo…

Porque en los pueblos hay cosas que no se dicen, pero se saben. Y esas son, casi siempre, las verdades verdaderas.