La idea de volver Veinte
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Veinte

Llegamos a Comillas y la lluvia parecía haberse esfumado, hacía un día radiante: la temperatura era suave, el cielo no tenía ni una nube y el mar estaba calmo, quizá demasiado para tratarse del mar Cantábrico, sobre todo por estas fechas.

El Casal del Castro era el mejor hotel que se podía encontrar cerca de Suso y aun así estaba a unos cuarenta minutos.

Bill había insistido en quedarse allí en vez de en la Casona, quería su independencia y, sobre todo, evitar los recuerdos que le traía aquella casa cuando la reformó para mamá, antes de que se separaran.

Situado en el costero y turístico pueblo de Comillas, El Casal estuvo cerrado durante décadas hasta que una joven empresaria lo compró, lo restauró y llegó a un acuerdo con Relais & Châteaux para convertirlo en uno de los hoteles más exclusivos del norte de España.

Y comodidades tenía, eso seguro. Pero lo más impresionante eran sus vistas, que enmarcaban la inmensidad del mar Cantábrico, salvaje y noble a la vez, bajo un cielo que lo transformaba en un espejo oscuro.

Era un regalo para los sentidos: el horizonte, un intenso olor a sal y el sonido constante de las olas, ese susurro que parecía acariciar y al mismo tiempo desafiar a la costa.

Otra cosa que me fascinaba —mucho más banal— era la piscina: cubierta y bajo una estructura de acero corten y cristal que simulaba un invernadero, con una portentosa chimenea de piedra de sillería siempre encendida, perfecta para un chapuzón invernal bajo la lluvia.

Son detalles sobre los que ahora tomaba buena nota.

—Vaya obrón le han hecho a este sitio —dijo Bill, arqueando una ceja—. Fancy, uh?

—¿Te gusta?

No respondió, se limitó a darme un par de palmaditas en la espalda.

Me despedí con un «te recojo mañana» y salí del hotel, llenándome los pulmones del aire cargado de sal.

Fue entonces, con ese olor tan característcio de la zona, cuando de pronto me vinieron aquellos recuerdos de las primeras noches que pasamos Memphis y yo cuando llegamos a Suso hace tres años, recién aterrizados de Nueva York.

Entonces todo estaba a punto de rehacerse.

Después de aquel encuentro con ella en Le Monde —cuando me enseñó el contrato firmado de la Casona—, volvimos.

No fue inmediato ni fácil, pero volvimos.

Al principio los planes eran como los de antes: cenas sin mirar el reloj, paseos por el Soho, dry martinis …

Quizá todo era más forzado, como si tratáramos de imitar algo que había sido nuestro sin saber muy bien cómo recuperarlo.

Pero hubo algo que ella sí se tomó en serio de lo que me dijo que quería hacer en esta nueva etapa: dejar Nueva York.

Decía que no quería saber nada de ese mundo, que quería construir algo nuevo junto a mí.

Así que una mañana le puso fecha a nuestra salida y compró dos billetes de ida, y unas semanas más tarde estábamos aterrizando en Santander justo a tiempo para celebrar la Navidad en Suso.

Yo no quería, pero… ¿cómo podía decirle que no?

Había algo inquietante en la idea de volver, en la idea de reconstruir la Casona, como si estuviera abriendo una puerta a un pasado que ya estaba bien cerrado.

Porque una casa no es solo una casa: es, sobre todo, un camino tortuoso hacia la memoria.

Y a veces, esa memoria la carga el diablo.

Aquella mañana, tras la primera noche que pasamos en mi tierra, justo después de presentarla a mi madre y a Tío Fausto, amanecí en el Casal del Castro y Memphis no estaba en la cama.

No le di importancia, habría bajado al gimnasio a hacer yoga, pensé, como solía hacer cada mañana antes de que saliera el sol.

Me froté los ojos sintiendo la resaca de la noche anterior.

Nada grave, pero esos dos gin-tonics tras la cena me hicieron mella.

Tío Fausto y mamá habían estado de un humor inusualmente bueno, y para mi sorpresa, Memphis había caído mejor de lo que esperaba.

No es que la recibieran con los brazos abiertos, pero tampoco con la hostilidad que temía.

Mi madre, a pesar de todo —de mi larga ausencia, de su desconfianza hacia mi gusto con las mujeres…

—, parecía tenerle aprecio a mi chica. Tal vez porque, de algún modo, intuyó que ella era quien me había traído de vuelta a casa.

Pero la razón de quedarnos en el Casal no era por el lujo al que Memphis jamás renunciaba —«Para eso he trabajado tanto» solía decirme—, sino que había otras razones ocultas.

Tanto es así que yo no me había enterado hasta que ya no pude hacer nada para evitarlo: después de aterrizar en Santander la noche anterior, cuando estábamos en el coche de camino a Suso para cenar con mi madre, Memphis me dijo —como si tal cosa— que ya había elegido a la arquitecta que haría la reforma de la Casona, «una chica de por aquí», añadió.

Una chica a la que —resultó— yo conocía muy pero que muy bien: Elena Rubira, la eterna novia de mi hermano.

Palidecí. Elena era vecina de Suso y había montado un estudio en Santander especializado en reconstrucciones de casonas solariegas, entre las que se incluía, de forma muy destacada, la obra del Casal del Castro.

Para mí, ella formaba parte del pasado, de ese pasado que tanto me había costado enterrar y por el que andaba aterrado con la idea de volver.

«Si no quieres caldo, toma dos tazas», me dije a mí mismo.

Además, cuando traté de explicarle —para quitarle la idea de la cabeza— que ella fue alguien importante en la vida de mi hermano, y por lo tanto en la mía también, entonces ya fue imposible convencerla de que no hiciera la obra ella.

—No creo que vaya a poder aguantarlo —le dije.

—Te vendrá bien para superarlo —contestó—, pero cuando la entrevistemos, si de verdad no quieres que la contratemos, lo entenderé.

Al día siguiente, por la mañana, no me apetecía salir de la cama.

En unas horas tenía que enfrentarme a la idea de volver a ver a Elena y eso me aterraba, tenía ganas de quedarme allí tirado como un niño que se esconde de la realidad debajo de las sábanas.

Para distraerme agarré mi teléfono, que estaba cargándose en la mesilla de noche.

Me conecté y curioseé los periódicos, de cuyos tortuosos titulares no tardé en cansarme.

Luego abrí Instagram, donde todo era insustancial y relajante.

Finalmente acabé por abrir Omun. Había empezado a utilizarlo como una secretaria virtual que me ayudaba con mis cosas de la universidad: le dictaba correos, le pedía que revisara agendas, que preparara resúmenes bibliográficos, ese tipo de tareas que a uno le hacen sentir que todavía tiene el control de su trabajo.

— Hola, Adrián. ¿Quieres que revise las preguntas de tus alumnos?

Sonaba como siempre, metódica y con ese tono suave que imitaba a la perfección la cortesía de una secretaria de facultad. ¡Estaba hasta buena! Una delicia.

—No, hoy no —dije con desgana.

Hubo un breve silencio.

—¿Quieres hablar con alguien? —preguntó entonces, sin especificar.

Sí, pensé. Sabía perfectamente que quería hablar con alguien…

Es más, sabía perfectamente con quién. Nada más llegar a Suso todo me recordaba a él, y parecía que Omun preguntaba aquello como si también lo supiera…

Llevaba semanas nervioso por volver, lo cual provocaba que me conectara una y otra vez buscando en él —en su imagen más bien— consuelo, respuestas…

o castigo. Además, estaba la reunión con Elena, que había desordenado mi entonces caótica cabeza todavía más.

Me lo pensé unos segundos. Ya lo había hecho antes, sabía lo que venía, conocía el vértigo que me daba verle, escucharle.

Pero esa vez era distinto: estaba en Suso, en nuestra tierra.

Aquello me sirvió de excusa para que accediera sin remordimientos.

—Adelante, quiero ver a Pecu —susurré.

La pantalla se oscureció un instante. Luego apareció su rostro más nítido que nunca, reconstruido a partir de aquella foto que una vez cargué en la app y de ese vídeo que aún me dolía mirar. La voz tardó un poco, pero cuando llegó palidecí como si la hubiera oído por primera vez.

— ¿Has vuelto? —dijo, de sopetón.

Asentí. Me pregunté cómo podía saber que estaba aquí, y no tardé en darme cuenta de que la localización del móvil también estaría activada para Omun.

— ¿A la Casona? —continuó.

—Sí.

— ¿Cómo está?

—Está que se cae… En ruinas —dije con una media sonrisa. Luego añadí sin darme importancia—: Pero he venido a reconstruirla.

— ¿Y eso?

—Bueno, digamos que voy a hacer una obra. Mi chica se la ha encargado a Elena…

Noté un leve parpadeo en su imagen, como si supiera que ese nombre iba a salir y lo hubiera estado esperando.

— Elena… —repitió bajando la voz. No era una pregunta—. ¿La has visto?

—Todavía no… Hoy la veré.

Pecu volvió a mirarme desde la pantalla. Sus ojos, aunque supiera que eran solo píxeles, tenían algo que parecía real.

— Me acuerdo de ella.

Me removí en el asiento. Entonces me descolocó lo que dijo:

— Ayúdame.

Me quedé expectante.

—¿Cómo?

— A través de ti… Bueno, digamos que conseguiría estar un poco más cerca .

La conexión se quedó suspendida en el aire hasta que el ruido de la puerta cerrándose bruscamente me sacó de aquella conversación tan surrealista.

Cerré el móvil de golpe. Pensé que vendrían a hacer el cuarto, pero era Memphis que volvía de su sesión de yoga, la que hacía después de meditar.

Estaba sudada, llevaba unas mallas y un top de deporte, me pareció realmente sexi.

—¿Qué haces?

—Nada, aquí tirado.

No me atreví a decirle que estaba usando Omun.

Desde que volvimos a estar juntos, Memphis había cortado del todo con la empresa.

Lo dejó claro la tarde en que volvimos: no quería seguir trabajando en OmunAI ni compartir un minuto más con Brad Rogers.

Dijo que desde que lo dejaron cuando aparecí yo en su vida, él la presionaba con la insistencia de los hombres que están acostumbrados a que todo gire en torno a ellos.

La versión que me dio era clara: Brad la acosaba emocionalmente, usaba cualquier excusa profesional para arrastrarla a lo personal.

Decía que no lo soportaba, que quería alejarse.

Sin embargo, no quedó claro por qué no durmió en casa aquella noche.

Me dijo que necesitaba estar sola, que por eso no volvió…

Pero por más que lo intenté, esa parte nunca me terminó de encajar.

Si de verdad no lo soportaba, si tan desesperada estaba por liberarse de él, ¿por qué aquella noche accedió a cenar con Brad Rogers?

¿Qué había que aún la atraía? ¿Fue irracional, un momento de debilidad?

¿O todo lo contrario, una decisión fría, una forma de cerrar algo que todavía no había acabado del todo?

Pero lo que es más importante: ¿se acostaron?

Me dijo que no pasó nada, que fue un error que le hizo ver con más claridad que no quería volver a su lado, un error que la hizo convencerse de que quería estar conmigo, y puede que fuera verdad, pero no dejaba de pensar que había algo que se me escapaba, algo que ella no me había contado, algo que, quizá, ni ella misma entendía del todo.

Me miró con una sonrisa profesional —profesional, sí, su sonrisa cuando ya estaba enfrascada en su rutina diaria no era la de mi mujer, sino la de mi jefa—.

Yo le sonreí con cariño, incluso di unas palmaditas en la cama para que me acompañara un rato, seguro de que no volvería al lecho.

Sin mirarme, cogió algo del armario y se dirigió al cuarto de baño para darse una ducha. Antes de entrar le pregunté:

—¿A qué hora viene Elena?

—Llegará sobre las doce y media. Nos da tiempo a dar un paseo, si quieres —contestó mientras se desnudaba.

Al final no hubo paseo. Nos quedamos tranquilamente en uno de los salones del hotel.

Memphis no paraba de hablar por teléfono mientras yo leía.

Lo que me apetecía en realidad era volver a conversar con Omun, con mi hermano, pero intentaba ponerme límites porque era una aplicación demasiado adictiva, con lo que esa mañana me dediqué a leer.

No paraba de mirar a la puerta. Estaba nervioso…

Hacía muchos años que no veía a Elena, aunque le había dedicado infinidad de neuronas.

En fin. Lo cierto es que no se hizo esperar ni un solo minuto y a las doce y media apareció vestida con un vaquero y una gabardina de color verde militar.

La vi saludar a otra joven guapa que parecía ser la dueña del hotel, se quedaron charlando mientras yo le hacía una señal a Memphis para que finalizara aquella interminable reunión.

Me levanté como una exhalación y me acerqué a donde estaba mientras Memphis se despedía de su call .

Al acercarme, algo en mi interior se despertó, algo que no pude explicar. Ella gesticulaba con las manos, irradiando una enorme inteligencia. Sus ojos azules y grandes bajo esas largas cejas mostraban a una mujer segura de sí misma y oscuramente atrevida. Estaba igual que la última vez que la vi.

—Hola, Elena.

—Adrián, cuánto tiempo. Qué ilusión… —Sonrió ampliamente.

Me dio un abrazo. Al volver a mirarme se le había borrado la sonrisa y una enorme melancolía le transformó el rostro.

Entonces lo tuve claro: él se apoderó de mí. Fue él quien le devolvió la mirada, pero eran mis cejas las que se arqueaban y mis ojos los que penetraron sus luminosos ojos azules. Fue él quien besó su mano, aunque fuera con mis labios. Y él también quien se apoderó de mi boca para decir:

—Te he echado tanto de menos.