La idea de volver Diecinueve #2
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Diecinueve #2

Entonces sonrió, pero no fue una sonrisa cualquiera: medida, lenta, como si saliera de donde aún quedaban cosas sin cerrar.

Se le curvó la comisura del labio, los ojos le brillaron, no había alegría ni cortesía en su rostro.

Era como un china que abre una mínima grieta en el cristal, la señal de que, a pesar de que hubiera rehecho su vida, aunque llevara otro apellido y viviera en otro mundo, algo en ella aún me reconocía, algo en ella aún me echaba de menos.

Me miraba como quien mira algo que creyó olvidado y que de pronto vuelve, intacto.

Y yo lo vi. Lo vi claramente, como si en ese gesto se me revelara todo lo que podría venir.

Como si en ese gesto pudiese ver el futuro, el nuestro.

Pasó la mano por la panada de lana merina —esa mano blanca, fina, de las que saben hablar con las cosas con tan solo tocarlas— y la acarició como quien pasa los dedos por la tela de un vestido antiguo que huele a madre.

Luego se llevó uno de los quesos a la nariz y cerró los ojos.

No era solo el olor a leche reposada, a corteza húmeda o a cueva.

Era otra cosa… Era el recuerdo de aquella tarde que subimos de rececho con el Marquesón, la primera vez que hicimos el amor en un establo, los paseos hasta Peña Sagra.

Eran los helados en Campíos, el zumbido de los tábanos en verano, las katiuskas llenas de barro y el olor del llar .

Era eso —todo eso— lo que asomó detrás de aquel rostro. Y en ese instante, lo supe.

Sí, lo supe. Supe lo que escondía aquella sonrisa…

Era nostalgia.

Lo supe como sabe el cazador que la presa está cerca antes de verla, por el silencio repentino del monti , por el crujido seco de una rama lejana.

Como se siente en el aire la espera antes del disparo, cuando el dedo ya está en el gatillo pero aún no lo ha apretado.

Lo supe sin necesidad de verlo claro, sin que nadie me lo dijera.

Lo supe porque ya había estado allí antes, ya había recorrido aquel sendero, aquella cambera , y ahora la vida me ponía de nuevo en el mismo cruce.

Lo supe porque a Toña, la Lobera, nunca la quise.

Me había dejado llevar por ella como se deja llevar el fuego cuando encuentra viento seco a su favor.

Pero el fuego no da descanso, no se puede vivir en la puísa ni construir nada serio sobre brasas que nunca terminan de apagarse.

Toña era eso: puro deseo, un animal que no quiere ser domesticado.

Y yo, que creí entenderla, que creí que era suficiente con la pasión y la urgencia, terminé por darme cuenta de que aquello no era amor. Nunca lo fue.

Lo supe porque Maruca era mi destino, aunque llegar a ella significara volver a caminar sobre un terreno pisado y peligroso.

Aunque ahora estuviera con otro hombre, con una vida hecha, resuelta, y aunque yo estuviera condenado a fracasar, supe que tenía que intentarlo.

Cuando la vi bajando de aquel coche de lujo en la Casona, cuando la vi sonreír con aquella nostalgia, entendí que, por más que la historia nos hubiese llevado por caminos distintos, todavía quedaba algo entre nosotros, algo que no había desaparecido del todo.

Lo supe cuando volví a verla más a menudo.

Al principio sus visitas al pueblo fueron esporádicas, para ver las obras.

Luego fueron cada vez más frecuentes. Teníamos conversaciones de cortesía que solo rozaban la superficie.

Luego fui inventándome excusas más pícaras que me permitían estar con ella más tiempo: aproveché la obra de la Casona para ofrecerme a ayudar; mi negocio de los quesos, que ella había relanzado y que volvía a interesarle, incluso hice esfuerzos por que el Susín me mirara con otros ojos, aunque no conseguí que dejara de repudiarme.

Y así, poco a poco, como quien rastrea sin que la presa lo note, me fui acercando.

Lo supe cuando conocí a Bill. Sí, a su marido.

Porque para acercarme a ella me tenía que acercar a su marido, hacerme amigo de aquel pobre diablo.

Parecía un buen hombre, no tenía nada contra él.

Tenía ese aplomo de los que han nacido sin preocupaciones, de los que nunca han tenido que medir el precio de las cosas.

A pesar de ser un exitoso banquero americano, se fascinaba con el pueblo, con el monti , con los bichos de por aquí, con las historias que le contábamos.

Le gustaba la caza, aunque cazar era una cosa y disparar otra, le decía yo cuando se hacía el mondregote con su puntería.

Me recordaba al Marquesón, no por su pericia, sino por ese entusiasmo torpe, esa forma de admirar lo que nunca llegaría a entender del todo.

Yo lo acompañaba solo por seguir acercándome a la Maruca.

Era un entretenimiento, un juego que yo entendía mejor que él, un juego donde yo veía cosas que él nunca vería.

Lo supe cuando, un día que Bill no estaba, Maruca y yo salimos a caminar.

Teníamos la coartada de haber vuelto a ser amigos, solo amigos, era solo un inocente paseo, como cuando éramos mozos, como cuando nos conocíamos sin necesidad de hablarnos demasiado.

Me preguntó por mi vida. Incluso me preguntó por Toña, la Lobera…

Y entonces… le mentí. Ahora sí, le mentí: le dije que ahí estábamos, que me gustaba.

Pero qué casualidad, qué cosas tiene la vida, que aquella mentira la hizo ponerse celosa y acabamos en el refugio de Peña Sagra.

Y entonces lo supe más que nunca. Sí, lo supe cuando vi su mirada a la luz de la lumbre en aquella cabañuca .

Cuando se desnudó sin que yo se lo pidiera, como vengándose de alguien pero también huyendo de algo, como ansiosa, sin temor a estar haciendo algo malo, a serle infiel al tal Bill, ese marido que de repente se volvió solo un nombre, un papel firmado, un título vacío.

Se entregó con una urgencia rara, no de deseo, sino de otra cosa.

¿Y por qué? ¿Por qué volvió a mí después de aquellos años, después de haberme dejado, después de haber rehecho su vida?

¿Qué la empujó? ¿Qué fuerza nos lleva a cruzar otra vez el río que dejamos atrás?

¿Qué hay en uno mismo que insiste, que no se resigna, que busca lo que ya no necesita?

¿Es el amor? ¿Los celos? ¿La costumbre? ¿O es que, en el fondo, solo respondemos a los impulsos sin entender del todo por qué?

No tenía respuestas a aquellas preguntas, pero entendí que no las necesitaba. Que a veces lo irracional es lo único verdadero. Que hay decisiones que no vienen de la cabeza, ni del deber, ni del recuerdo, sino de otra cosa, algo con más peso, más intuitivo, más mágico.

La grieta que aquella sonrisa nostálgica había abierto ya no era solo una marca, había cruzado toda la superficie del cristal. Solo faltaba un toque, un roce mínimo y toda la vida que Maruca había construido lejos de mí se vendría abajo.

Como la espera antes del disparo. Como el momento en que la pieza, sin saberlo, ya está perdida.