Diecinueve
«[Margarita]. Mi descanso ha huido, mi corazón está grave» .
GOETHE
Inevitablemente, cuando uno se hace viejo, ve las cosas de otra manera.
Lo que un día fue certeza, con el tiempo se vuelve duda, y lo que de mozo se da por hecho, con los años se mira con recelo.
Ahora ya no tengo la ilusión de antes, sino otra cosa, más pausada pero también más pesada, como cuando un río va perdiendo su fuerza y se convierte en una poza tranquila, pero honda.
Es una calma rara esta de los viejos: no hay emoción, ni sorpresa, casi ni diversión…
Lo que hay es poso, como el que queda en el fondo de la taza cuando se enfría el café.
Es un poso que te ancla a los recuerdos que se asoman en esa quietud que tienen los años, donde ya no se corre tras los días ni se abre cada puerta con ansia.
Recuerdo cuando el Uco-uco era poco más que un gazapo callado, con esa timidez que tenía pegada a los hombros, que le caía tan mal como una chaqueta dos tallas más grande que la suya.
Siempre fue un crío al que le funcionaba la mollera, demasiado listo quizá, de esos que se preguntan más de lo que deberían.
Y claro, con un hermano como Pecu —tan chistosu —, que además tenía una novia como la Elena, tan guapa e intelectual, no me extrañaba que el pobre Uco-uco sintiera pelusa de talingón .
Vivía un poco a la sombra, aunque nunca se quejaba.
Y ahí es donde uno ve que la inteligencia sin desparpajo a veces pesa más de lo que ayuda.
Desde que se fue a estudiar fuera, y hasta que volvió de los Estados Unidos, le echamos mucho de menos su madre y yo.
Aunque yo siempre supe que en cuanto tuviera la oportunidad acabaría yéndose de Suso, que no iba a quedarse mucho en la tierruca , así que no me sorprendió cuando dijo que se iba…
Lo que sí me sorprendió es que hace tres años decidiera volver a Suso.
Me dio mucha alegría, claro, pero tampoco acabé de entender por qué lo hizo…
Lo cierto es que no veía que encajara aquí, de la mano de Memphis, recién casados, con esa confianza que lucen los que han tenido lo que llaman suerte.
Una vida de privilegios, dirían muchos: estudiar, viajar, trabajar en un país donde todo parece posible…
Y, sin embargo, ¿son esos los verdaderos privilegios?
¿O acaso la verdadera fortuna es otra: la del hogar, la de tener un prau bajo los pies, la de no necesitar más que lo que tienes?
Ahora, con todo lo que ha pasado, lo entiendo mejor.
Los que mandan, esos sabiondos de ciudad que ponen nombre a las cosas, creen que los privilegiados son los que han tenido lo que tuvo el Uco-uco; trabajar, gastar, amar a quien pertenece a la élite…
Aunque yo, cuando le veía del brazo de esa mujer tan guapa y lista, con esa finura de quien nunca ha pisado un charco, me preguntaba si de verdad era feliz.
Porque ¿qué es la felicidad, al fin y al cabo?
Para mí no es solo lo que se ve, no es solo lo que uno puede contar a los demás; es un estado que va y viene, que se puede disfrazar con sonrisas y con éxitos, pero que en realidad solo se consigue si uno ha sanado por dentro.
Y eso no lo dan los viajes, ni las universidades, ni el dinero.
Eso se gana aprendiendo a convivir con lo que a uno le falta, con lo que ha perdido.
Yo he perdido muchas cosas en mi vida, muchas, pero ninguna ha sido tan brutal como cuando se pierde a quien más se quiere, como cuando perdí a Pecu, o como ahora, que acabo de perder a mi Maruca.
Es una perdida definitiva, sin remedio, y a eso no es fácil acostumbrarse.
Todavía me creo que será como otras veces, como cuando la perdía por un enfado o por un malentendido y se iba de casa unas horas o incluso alguna que otra noche.
Pero entonces siempre había esperanza, un hilo del que tirar, la certeza de que aún estábamos ahí, el uno en el mundo del otro.
Pero ahora no. Ahora la he perdido de verdad, para siempre.
Recuerdo como si fuera ayer cuando perdí a Maruca por andar enredando con la Lobera.
Ella desapareció como desaparecen las cosas que se cansan de ser dañadas y me dejó el alma en pena, tanto que se convirtió en una de esas experiencias de la vida a las que ahora llamo «poso».
Pero pronto me di cuenta de que hay posos —como los del café— que, si uno los deja secar y los mira con otros ojos, pueden reciclarse: abonando la tierra, por ejemplo, o dándole fuerza a la maíz , o espantando a los limacos .
Así hice yo con lo que quedó de nosotros: lo removí con cuidado, lo mezclé con lo nuevo, lo llevé de vuelta al terreno de mis posibilidades, y asumí que, en ese amargor en el que se había convertido su final podía haber algo fértil.
Como el musgo que cubre un resquebrón en la piedra: no borra la grieta, pero la abriga.
Durante aquellos años mi vida cambió. ¿Acabé de novio con Toña, la Lobera?
Quizás… Pero ¿estaba enamorado de ella? No, eso seguro que no.
Era más rara que un perro verde: de pronto me buscaba con ansia para luego desaparecer sin decir una palabra, sin dar una señal.
A veces me evitaba aunque llevase mis vacas a la misma puerta de su casa y, sin embargo, otras me sacaba del bar y me llevaba a cualquier esquina a trajinar.
Era una ijana , la Lobera, una criatura mitológica hecha de pura pasión, esa que no recomiendan ni los médicos ni los sabios, la que te arrastra y no te deja pensar.
Hasta la cabañuca se le quedaba pequeña; de repente se iba y nadie sabía a dónde, ni yo mismo, como si hubiera desaparecido en una cueva con los trentis o los culebres .
Luego volvía como si nada, como si no hiciera falta darme ninguna explicación.
Pero aún con sus vaivenes, ahí me tenía, corto de soga.
De la Maruca, ya digo, no supe nada en años; tres estíos por lo menos, con sus invernadas incluidas. Solo veía al Susín de cuando en cuando, que no disimulaba la felicidad de verme lejos de su hermana. Y así, entre la distancia y el tiempo, me convencí de que la Maruca se había olvidado de mí.
Hasta que de pronto un día vi a unos albañiles en la Casona, que se caía a pedazos.
Entonces empezaron los chismes por el pueblo: se dijo que era para venderla, aunque también se oyó que la querían para volver de vez en cuando, que no deseaban desprenderse de ella, que era la casona familiar…
Lo importante es que aquello hizo que un día la Maruca apareciera de nuevo.
Fue un sábado cuando vi aquel Mercedes entrando por el barrio del Cueto, no se veían muchos coches de esos por el pueblo.
Cuando se paró en la puerta de la Casona la vi bajarse; ya no era la misma, eso seguro.
Se movía distinto y vestía distinto, llevaba ropa de colores llamativos, de esas que hacen que hasta una paisana parezca otra cosa.
¿Maquillada? Sí, mucho, con ese aire de protagonista de una revista del corazón.
Y con ella, del brazo, un hombre. Alto, rubio y con los ojos azules.
Bien plantado, con ese aplomo de quien no ha conocido la pobreza ni la incertidumbre.
Un americano, decían. Bill Miller, aunque con el tiempo me enteré de que no se pronunciaba la elle, solo la ele.
Yo la miraba de lejos como quien observa una pantasma , alguien que formó parte de mi vida pero que ahora no podría reconocer.
Pasaron los días sin que nos dirigiéramos la palabra, hasta que me harté.
Aunque la Maruca ya no tenía nada que ver conmigo, tampoco veía por qué no podía saludarla.
La vida nos había llevado por camberas distintas, pero eso no quitaba que me alegrara por ella.
Me habían dicho que se había casado con el americano, y yo, después de darle muchas vueltas, pensé que lo suyo era hacer lo que haría cualquier paisano de bien: presentarme, darle la enhorabuena y llevarle un detalle. Nada raro, solo un gesto educado.
Así que una tarde me acerqué a la Casona.
Llevaba una frasca de loza grabada con sus iniciales y una panada hecha con lana de oveja.
Algo que le pudiera recordar a su tierra, algo que le sirviera donde quiera que viviera a partir de entonces.
También le llevé unos quesucos de los míos, de los nuestros, bien envueltos con el envoltorio que ella misma diseñó.
Cuando llegué, sudando por los nervios que me producía aquel momento, me abrió el Susín.
—¿Qué haces tú aquí? —me soltó, seco, con los llampos prendidos .
—Pues nada, hombre, como me dijeron que Maruca había vuelto y que se había casado, me pareció lo suyo traerle un detalle, darle la enhorabuena y eso. Nada más.
Susín se quedó mirándome un momento, como si estuviera decidiendo qué hacer conmigo. Vi en su cara nerviosismo.
—No está —dijo al final, como queriendo cerrarme el portón en las narices.
Entonces oí unos pasos, giré la cabeza y la vi llegar.
Venía sola, con ese andar suyo que ahora parecía de otra parte, pero que de alguna forma seguía siendo el de siempre.
Se detuvo al verme. Por un momento ninguno de los dos dijo nada, solo nos miramos, como si la distancia no hubiera sido tal. Después se acercó y le dije:
—Enhorabuena. —Le enseñé la frasca y sonrió como pensando qué iba a hacer ella con aquel trasto. Luego se puso seria de sopetón.
—Gracias, Fausto. No tenías por qué.
Yo me encogí de hombros. Ella escondió el rostro y se sonrojó.
—Bueno, uno no deja de ser de donde es, y estos son recuerdos de tu tierra.