La idea de volver Dieciocho
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Dieciocho

Llovía. En la autopista los limpiaparabrisas del coche no daban abasto.

Llegué al aeropuerto con el estómago encogido, como si me enfrentara a un examen, no por lo que me pudiera echar en cara, sino porque con Bill uno nunca sabe lo que le espera.

Aparqué en el parking del aeropuerto de Santander.

El agua repiqueteaba sobre el capó como un metrónomo.

Estaba saliendo del coche cuando sonó el teléfono.

—¿Dónde estás? —dijo sin decir hola. Su voz tenía ese tono autoritario.

—Acabo de aparcar. Estoy yendo a buscarte a la puerta de salidas.

—Pues ya estoy fuera —respondió, seco—. Dime dónde estás y voy.

Lo localicé enseguida. Estaba de pie junto a un paso de cebra, con una gabardina azul marino y debajo de una marquesina. Nos acercamos. Yo levanté los brazos para abrazarle, pero él me dio un par de palmadas en el hombro, como si con eso bastara.

—¡Qué horror, maldita lluvia! —soltó nada más subir al coche—. No ha cambiado nada este sitio.

No le respondí. Solo arranqué.

—Bueno…, cuéntame —dijo al cabo de un minuto, ya mirando por la ventanilla—. ¿Qué tal el niño? ¿A quién se parece?

—Tú dirás —respondí—. Has visto mil fotos…

—Es guapo —tenía sonrisa de abuelo orgulloso—. Thank God he got his mother’s genes…

Me miró entonces, como con ganas de pincharme. Hubo una pausa breve.

—Y ella… ¿cómo está? —preguntó sin decir su nombre.

—Bien.

—Hace años que no la veo. Menuda sorpresa cuando me lo contaste, ¿eh? Nunca lo hubiera dicho. Yo ya te veía…, no sé…, surfeando otras olas.

No supe qué responder. La forma en que lo dijo —con ese tono entre bromista y juicioso— me hizo apretar el volante con fuerza. Volvió a mirar por la ventanilla. Afuera la lluvia seguía cayendo.

—Venga, venga, que estoy de broma —siguió—. Creo que sin duda hiciste lo correcto. Ya lo sabes…

Fue justo entonces, mientras pronunciaba ese «ya lo sabes», cuando algo en mí se desajustó.

Como si esa frase, tan simple, tan dicha sin intención alguna, hubiera activado un interruptor en mi cabeza.

Recordé otra voz, en otro lugar. Recordé aquel día en Nueva York, hace algo más de tres años.

Fue ahí donde todo empezó a cambiar. Donde, sin darme cuenta, inicié el regreso a esta tierra.

Donde empecé a volver a ella, a la madre de mi hijo.

Donde me empezó a invadir la idea de volver.

Me había sentado en la última fila del auditorio.

No era la primera vez que veía a Memphis en un escenario hablando con esa seguridad, pero aquella vez fue distinto porque nuestra historia se interponía entre sus palabras y mi capacidad para escucharlas sin prejuicio.

Las luces se atenuaron y el panel comenzó. Tomó la palabra.

—Vivimos en una era en la que la tecnología nos obliga a cuestionar la naturaleza de la realidad.

—Su tono era firme—. Las simulaciones que pronto seremos capaces de crear serán tan avanzadas que deberíamos preguntarnos: ¿si existieran seres conscientes dentro de ellas, acaso no creerían que su mundo es tan real como el nuestro?

El moderador, un filósofo con una perilla muy cursi, sonrió levemente antes de responder.

—Esa es una idea que ha perseguido a la humanidad durante siglos. Desde Platón y su caverna hasta Descartes con su genio maligno, siempre hemos tenido la sospecha de que lo que percibimos como real podría ser una ilusión.

Memphis asintió con media sonrisa. El filósofo siguió.

—Lo que defiende mi colega —dijo señalando a Memphis con un leve movimiento de la mano— es una versión del argumento de la simulación de Nick Bostrom.

Como muchos de ustedes sabrán, Bostrom planteó que, si una civilización lo suficientemente avanzada puede crear simulaciones perfectas con conciencias autónomas, entonces, estadísticamente, es mucho más probable que nosotros seamos parte de una de esas simulaciones en lugar de estar en la realidad base.

Algunas personas en la audiencia asintieron, otras fruncieron el ceño. Memphis sonrió y se dispuso a matizarle.

—Así es —dijo—. Es una teoría, como dices, que he defendido activamente, aunque tengo que reconocer que últimamente también tengo mis dudas.

El filósofo sonrió levemente.

—¿Ah, sí?

—Sí, verás: llevo años trabajando con sistemas que simulan cosas cada vez más complejas —continuó—.

Y cuanto más avanzan, más evidente resulta que podemos imitar casi cualquier cosa…

, salvo su origen. —Hubo un leve murmullo en la sala—.

Podemos recrear comportamientos, anticipar decisiones, incluso generar algo que se parece mucho a nuestra conciencia…

—Hizo una pausa—. Pero siempre hay algo que no funciona, un agujero que distorsiona el plano teórico de su puesta en práctica.

—¿Un límite técnico? —preguntó el filósofo.

Memphis negó suavemente.

—No exactamente. Es más bien… —buscó la palabra— la falta de un origen claro.

Todo lo que simulamos parte de algo previo.

De datos, de modelos, de historias ya vividas…

Pero nunca empieza de verdad. —Algunas personas dejaron de tomar notas—.

La hipótesis de Bostrom asume que, si podemos simular suficiente complejidad, por probabilidad, nuestra realidad es una simulación.

Pero, últimamente, me ha dado por pensar que cuanto más afinamos la simulación, más dependemos de aquello que estamos imitando.

—Entonces, ¿crees que una simulación nunca podría ser indistinguible de la realidad? —preguntó él.

Memphis se encogió ligeramente de hombros.

—Creo que, si lo fuera, no sería porque hemos replicado la realidad…, sino porque ya no sabríamos reconocerla. —Silencio—. Y eso me parece una pregunta más interesante —concluyó—. No si estamos dentro de una simulación…, sino si todavía sabemos distinguir lo real de lo que solo lo parece.

Un murmullo recorrió el auditorio. Había escuchado su conferencia escondido entre el público y lo que dijo no me sorprendió: aquella era su voz de siempre, segura, provocadora, casi hipnótica.

Habíamos tenido infinidad de conversaciones sobre la teoría de la simulación.

Ella sostenía que la conciencia podía replicarse, que bastaba con tener más capacidad algorítmica, que todo era una cuestión de probabilidades.

Yo, en cambio, defendía que había algo intransferible en la experiencia humana, algo que ninguna máquina podría copiar.

Yo era el escéptico, ella la visionaria.

Aquel día, sin embargo, mientras la escuchaba desde la penumbra de la última fila, me pareció distinta: era como si, por primera vez, no estuviera intentando llegar más lejos, sino ver de dónde venía.

En cualquier caso, lo que más me sorprendió fue el mensaje del día anterior pidiéndome que nos viéramos. Pensé en nosotros, en lo que habíamos sido. Pensé en las realidades que había construido en mi cabeza sobre lo que podríamos haber sido. Sobre lo que podíamos llegar a ser.

—Te agradezco que hayas venido.

Habíamos quedado en Le Monde, el restaurante donde todo empezó.

Tenía el mismo aroma a granos recién molidos, la misma luz entrando por los ventanales, el mismo murmullo…

La única diferencia es que nos estábamos tomando un café en vez de un chablis, y que no había rastro de tensión sexual entre nosotros.

Además, algo me desconcertaba: seguramente sería la pérdida de confianza, porque de alguna forma no era la misma Memphis de siempre.

Me miró como esperando que respondiera. Me refugié en un sorbo de café para quedarme en silencio, sabía que era mejor dejar que hablara ella.

—He estado pensando mucho en todo esto —continuó—. En ti, en mí, en… lo que ha pasado.

Se detuvo un instante. Prosiguió.

—Me equivoqué contigo, Adrián.

No me conmovió.

—¿En qué sentido?

Ella suspiró y apoyó la espalda contra la silla, mirando por la ventana, como si en el exterior estuviera la respuesta que no quería darme directamente.

—Necesito irme.

Fruncí el ceño.

—¿Irte? ¿A dónde?

Su mirada volvió a mí.

—No lo sé. Lejos de aquí.

—No te entiendo, Memphis.

—Lejos de Nueva York.

Estaba flipando. Memphis no se iba de los sitios; había construido su carrera en aquella ciudad. ¿A qué venía todo aquello? Ella sonrió, una sonrisa forzada.

—A veces es necesario desaparecer —dijo.

—¿Y tu trabajo?

Memphis miró su taza.

—Voy a dejarlo.

Me puso un poco nervioso, aunque por dentro sentí esperanza.

—¿Por qué?

—Porque no quiero seguir.

Me impacienté. ¿Para qué me había citado realmente?

—¿Tiene algo que ver con Brad Rogers?

Empezaba a tener la impresión de que me estaba haciendo perder el tiempo.

—Bueno, son muchas cosas… Pero sí, también tiene que ver con él…

—Hubo una pausa leve—. Nunca te lo conté del todo.

Quizá porque tampoco sabía muy bien por dónde empezar.

Brad era muchas cosas. Era brillante, eso no lo voy a negar.

Brillante y generoso, hasta encantador. Pero todo eso…

lo usaba. Sabía cuándo darlo y cuándo quitarlo.

Y cuando te lo quitaba, te sentías… pequeña.

En cierta forma, le tenía miedo, aunque tardé mucho en reconocérmelo.

Yo quería creer que igual exageraba, de verdad, pero con el tiempo entendí que vivir así no era amor…

Escucharla no me hizo ablandarme.

—Además, llegaste tú. Al principio eras solo una distracción: un español guapo, inocente y de pueblo… Pero luego no… —Se inclinó hacia mí, los ojos acuosos—. Luego te has convertido en la principal razón por la que quiero irme.

Sentí una punzada en el pecho.

—¿Quieres huir de mí?

—No. Quiero huir contigo.

Me quedé mirándola, tratando de encontrar una grieta en su expresión. Memphis nunca había sido alguien que se alejara, siempre había una estrategia detrás. Debió notar mi desconcierto porque cambió de tema mientras me estudiaba con una mirada más afilada.

—No has dicho nada de la conferencia.

Tomé otro sorbo de café.

—¿Me viste? Traté por todos los medios de ocultarme.

—¿Cómo no verte, Adrián?

No reaccioné.

—Me sorprendió verte dudar sobre la teoría de la simulación —dije.

Ella ladeó la cabeza con esa expresión que usaba cuando estaba a punto de desmontar un argumento.

—Si tuviera pruebas de que vivimos en una simulación, de que lo que creemos real no lo es, seguramente todo sería más fácil entre nosotros.

Lo pensé un segundo.

—No es así… Somos nosotros quienes decidimos qué es fácil y qué es difícil. Lo único que conocemos es nuestra realidad, y esa es la única que de verdad me importa.

Memphis apoyó el codo en la mesa, estudiándome.

—¿Y qué pasa si alguien conoce otra verdad y decide ocultárnosla?

—Eso ya pasa en nuestro mundo sin necesidad de simulaciones —repliqué.

Ella sonrió.

—¿Entonces, crees que no importa la verdad?

Negué con la cabeza.

—Creo que importa lo que hacemos con ella.

Memphis se quedó en silencio. Luego bajó la vista y jugó con la cucharilla, como si estuviera formulando la pregunta en su mente antes de soltarla. Levantó la vista y, como si se estuviera disculpando, dijo:

—Si las reglas del mundo no fueran exactamente como las conocemos… Si todo esto pudiera reescribirse de otra manera, ¿no crees que la historia de tu hermano habría sido diferente?

Sentí presión en el pecho.

—¿Qué quieres de mí, Memphis? —Mi voz sonó inquisitiva y muy enfadada, a cuento de qué se sacaba a mi hermano ahora de la chistera.

Ella levantó la vista y me sostuvo la mirada.

—Nada que no quieras darme.

—¿Me has pedido que viniera solo para remover mis fantasmas?

—No. Te he pedido que vinieras porque te necesito.

Memphis se agachó ligeramente, sacó un sobre de su bolso y, con una calma casi estudiada, lo abrió.

El papel dentro tenía una textura gruesa.

Cuando lo deslizó sobre la mesa frente a mí noté de inmediato el sello en relieve, la tipografía oficial, y lo que más me llamó la atención: el papel de aguas con ese fondo ondulado.

Lo había visto muchas veces en España, en documentos oficiales, en escrituras de propiedad.

Era un contrato notarial. Lo giré lentamente y leí el encabezado: «Contrato de compraventa».

Mi vista recorrió el documento y de repente me faltó el aire. Había comprado la Casona.

—Es un regalo que, desde que nos casamos en Las Vegas, siempre pensé para los dos —dijo, deslizando el contrato hacia mí—, pero entre las negociaciones y el papeleo no había tenido tiempo de dártelo.

Me acuerdo de aquella noche, después de la boda…

Qué borrachera… —Se rio guiñándome un ojo—.

Me hablaste de tu casa de la infancia, de las aventuras con tu hermano en ella.

Creí que te haría ilusión. Quizá sea una forma de construir nuestra realidad juntos.

Me quedé mirando el papel sin tocarlo, sin saber siquiera si quería hacerlo.

Las palabras de Memphis sonaban perfectamente calculadas.

Y entonces lo entendí: no importaba lo que ella dijera, lo que yo respondiera o lo que intentáramos hacer diferente.

Siempre volveríamos a este mismo punto. Era como si nuestra historia estuviera escrita de antemano.

Un patrón. Un bucle.

Una simulación.