La idea de volver Diecisiete #2
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Diecisiete #2

—Pues sí, viene a veces. No hace gran cosa, me trae algún detalle, algún dulce, conversa. Es de los que saben de todo y cuenta las historias bien. Sabe de lo mío y de cualquier chorrada. Tiene gracia tu cuñado… Quién lo iba a decir.

—«Tiene gracia», dice…

—Y sabe escuchar —añadió, acercándose—. A veces una mujer agradece eso, ¿sabes? Que la escuchen.

—Lo que quiere es enredar.

—¿Por qué tengo la impresión de que quieres ser protagonista de todas las historias? A Susín le gusto, eso es todo.

Me lo dijo así, sin despeinarse.

—¿Y a ti? —le solté—. ¿También te gusta?

Ella se dio la vuelta muy despacio. Tenía la boca medio sonriente, pero los ojos no. Los ojos estaban clavados en los míos, provocadores, como si estuviera midiéndome.

—A veces está bien sentirse deseada —dijo—. Aunque sea por quien no toca.

Sentí que la sangre se me agolpaba en la cabeza. Tenía una sensación rara, como la punzada que a uno le da cuando nota que está a punto de hacer una tontería…

—¿Y eso haces? ¿Buscar que te deseen?…

Ella dio un paso hacia mí. Entonces supe que si daba un paso más, no me iba a poder contener.

—¿Te molesta? —preguntó.

No respondí, pero la pregunta me llevó a dar el paso que quería evitar. Ella se quedó quieta, pero me sostuvo la mirada provocadora. Me quedé tan cerca que podía olerle el aliento.

—Lo que me molesta —le susurré— es que le hayas dejado hacerse ilusiones. Que se crea alguien que no es, que nunca llegará a ser.

—¿Y tú? —me dijo—. ¿Tú quién te crees que eres?

Entonces fue ella quien se acercó. Nuestros labios estaban separados apenas por un centímetro.

Aun así no hubo un beso todavía, solo subió la mano para rozarme los labios con los dedos, luego fue bajando hasta llegar al pecho, como quien tantea una fruta para ver si está madura.

Y ahí, en ese gesto tan sencillo, no pude aguantarlo más.

El beso llegó como llega la lumbre al rastrojo seco: primero con un calor suave que deja mucho humo y luego con una llama que se extiende descontrolada.

No lo pensé, solo entendí que aquello se me había ido de las manos y ya no podía hacer nada, ya estábamos en el momento inevitable en que dejamos de resistirnos.

Nos devoramos. Sin dulzura y sin cuidado, como si los dos hubiéramos estado esperando demasiado tiempo para llegar a ese instante.

Sus uñas me arañaron la espalda, mi boca la buscó con hambre.

Nos quitamos la ropa con torpeza, con rabia, con la certeza de que aquello no podía parar.

Hicimos el amor en el suelo de la cabaña, al calor del llar , con el crepitar de la leña como testigo.

Fue salvaje, primario, de esos encuentros que te marcan porque no están planeados.

Después, el silencio.

Toña, la Lobera, no dijo nada. Yo tampoco.

Nos quedamos allí, con la piel aún ardiendo, esnugaos , sabiendo que, después de aquella noche, ya no había vuelta atrás.

Durante meses fuimos puro fuego. Nos volvimos adictos el uno al otro, con esa necesidad febril que no se piensa, solo se siente.

No hacía falta buscar excusas, siempre había algo que arreglar: un tronco que cortar, un morio que reforzar…

Y mientras más tiempo pasaba allí, más me alejaba de Maruca. Primero fue sutil, pequeños cambios que apenas se notaban. Pasaba menos tiempo con ella, tenía la cabeza en otra parte cuando me hablaba, es posible que hasta oliera diferente. Pero Maruca no era tonta; inocente, quizá…

Un día Maruca me sentó en la Casona, con cara seria. No dijo nada al principio, pero la distancia entre nosotros se hizo evidente. Luego, sin rodeos, me soltó lo que ya tenía en la cabeza desde hacía tiempo:

—Quiero que me cuentes la verdad.

Yo me quedé en silencio y entonces pensé por primera vez en esa pregunta que tanto me perseguiría: ¿qué era la verdad? No podía mentirle. No a ella. No a la mujer que había hecho tanto por mí, que me había dado un lugar en su mundo.

Así que se lo conté.

Sí, sí…, fue un cisco. Hubo gritos y reproches.

Maruca ya me había advertido del peligro de la Lobera, como ella seguía llamándola.

Pero, sobre todo, lo que vi en su cara fue decepción.

No solo porque la hubiera traicionado, sino porque, en el fondo, ella también se había creído la historia de que lo nuestro estaba escrito. Tanto que me dijo algo que me atravesó:

—Me iba a casar contigo y tú de picos pardos…

Pocas semanas después se marchó del pueblo , se fue a Madrid con el Susín. No hubo despedida porque, a pesar de todo, estaba enamorada de mí, y si me hubiera acercado a despedirme no se hubiera ido nunca.

Ya ven… La verdad y la mentira no están tan lejos.

Pensamos que una es luz y la otra sombra, pero a veces se mezclan hasta ser indistinguibles.

Yo le dije la verdad a Maruca, pero eso no hizo que se quedara.

O quizá sí. No sé si fue mi confesión lo que la alejó o si, en realidad, ella ya sabía que, aunque se fuera, ya nunca podría alejarse de mí.

La verdad no empieza cuando se confiesa, sino cuando empieza a pudrirse el aire.