La idea de volver Diecisiete
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Diecisiete

«[Fausto]. ¿Qué podrás darme tú, pobre diablo? ¿Alguno de los tuyos ha llegado a comprender alguna vez las altas aspiraciones del espíritu humano?».

GOETHE

Hay veces que dudo si la vejez consigue enderezar el alma.

Uno quiere creer que el tiempo pone a cada cual en su sitio…

hasta que ve lo bien sentados que están algunos cabrones.

Miren al Susín, por ejemplo. Él no era de esos malos por torpeza o por accidente, él era malo por elección.

Porque hay gente que se envenena sola, y otra que, además, necesita salpicar.

Aunque no siempre es así, con los años he visto que no todo es tan claro como pensaba.

Que los malos no siempre lo son por gusto, y que nosotros, los que nos creemos tan buenos, tampoco lo somos tanto.

A veces es solo cuestión de en qué lado del cuento te toca estar.

Pensemos en la mentira, por ejemplo: nos pasamos la vida diciendo que es mala, que no hay que mentir, que la verdad siempre es mejor, pero luego vas viendo que no es tan fácil.

Porque hay mentiras que se dicen para no hacer daño, para sostener algo que, en el fondo, podría romperse sin que nada importante sucediera.

De hecho, hay mentiras que, si se cuentan bien, hacen menos daño que una verdad.

Y también están esas otras, las que uno se cuenta a sí mismo, las que te repites tantas veces que acaban siendo ciertas aunque no lo fueran al principio.

¿Acaso esas también son mentira? ¿O al final, si uno mismo se las cree, pasan a ser verdad?

Porque ¿qué es la verdad, al fin y al cabo?

Aunque nos guste decir que es clara como el agua de los regatus , pocas veces lo es.

La verdad depende de quién la cuente, de cómo la cuente y de quién la escuche.

Lo que para uno es cierto, para otro puede ser un engaño.

Y cuando algo se enreda en muchas versiones, ¿cuál es la verdadera?

Hay cosas que me han pasado en la vida que sé que ocurrieron, pero si alguien me preguntara por ellas, dudaría si fueron verdad.

No porque me olvide o porque quiera engañarme, sino porque las palabras se pueden retorcer y los recuerdos confundir, y porque hay que ser lo suficientemente humilde para entender que la realidad cambia según desde dónde se mire.

En el pueblo siempre ha habido quien sabe usar la lengua mejor que el dalle .

Gente con buena labia, sí, de esos que con cuatro palabras bien puestas te dan la vuelta a la realidad como a una hacina , y hacen que lo que ayer era blanco hoy parezca negro.

Se dice, se cuenta, se inventa… Como cuando empezaron a decir que el Gaspar, el de los dujos , vendía miel a mejor precio…

y luego se supo que la robaba del vecino, el muy cabrón.

O lo de Luisa, la roja, que decían que se había enredado con un mozo de Cabezón, y después fue que iba cada semana a cuidar a su hermana enferma que vivía por allí.

Cosas que se dicen, cosas que se retuercen…

Pero no todo es malicia. Porque mentir, lo que se dice mentir, a veces no es más que una forma de salvarse.

«No te fíes del que siempre dice verdá », decía mi güelu .

Porque el que nunca oculta nada, o no ha vivido lo suficiente, o no vive en este mundo.

Hasta el más honrado se ve, tarde o temprano, en la necesidad de callarse una parte, de envolver la verdad con algo de trapo.

No por engañar, sino por proteger. Porque hay verdades que duelen más de lo que arreglan, y en eso hay que ser sabio: no todo lo que se dice es cierto, pero tampoco lo cierto hace falta decirlo.

Yo nunca le mentí a la Maruca, o al menos eso me repetía a mí mismo.

Hablo de hace ya más de cuarenta años, cuando nuestra relación empezó a asentarse de verdad, cuando por fin dejamos de escondernos y empezamos a hacer vida de novios, como Dios manda.

Ahora, visto con la distancia que dan los años y, sobre todo, con la distancia que da su ausencia, no sé si aquella verdad que construimos juntos era tan firme como yo quería creer o si, en el fondo, cada uno se contaba su propia versión de lo que estábamos viviendo.

Lo cierto es que entonces todo parecía encaminado a una boda que yo casi ya acariciaba —llegué incluso a comprar el anillo, endeudándome más de lo sensato—.

La Maruca lo tenía claro y no se dejaba arrastrar por nada ni por nadie.

Pasó de ser la hija de un marqués a la novia de un quesero, de la capital al pueblo…

Y todo eso justo antes de que apareciera ella, la otra, la que lo torció todo.

Maruca me refinó sin que yo me diera cuenta.

El negocio de quesos creció: yo hacía el queso como lo había aprendido, con la misma paciencia, con el mismo rumiar, pero fue Maruca quien supo ver que no bastaba con hacerlo bien, que había que venderlo con cabeza.

Fue ella quien consiguió que nuestros quesos llegaran a Madrid, a tiendas donde la gente pagaba más solo porque tenían una historia detrás.

Yo veía todo eso con orgullo, no por el dinero, que nunca me importó, sino porque significaba que Maruca y yo estábamos construyendo algo juntos.

Pero, aunque lo que estaba construyendo con ella me hacía sentir que la vida tenía un sentido claro, yo seguía siendo yo.

No hay manera de domar del todo lo que uno es por dentro.

El hombre puede encontrar al amor de su vida, asentarse, prosperar, pero de alguna forma sigue siendo el mismo animal que pastorea en su propio instinto.

Y yo, sin buscarlo, sin entenderlo del todo, siempre acababa por encontrarme a Toña, la Lobera.

Durante mucho tiempo hice por evitarla, no por falta de ganas, sino por exceso de conciencia.

Sabía que si me descuidaba un poco iba a caer, así que trataba por todos los medios de no coincidir.

Pero ella tenía esa manera de aparecerse, de hacerse presente, como si supiera colocarse justo para cruzarse conmigo en los lugares más insospechados, amén de solitarios.

Yo no le hablaba ni hacía nada que pudiera dar pie a una conversación, y sin embargo acababa siempre en tensión cuando la veía.

Y es que, cuando los ojos se acostumbran a una figura, por muy prohibida que uno la tenga —o precisamente por estar prohibida—, es cuestión de tiempo que empiece a buscarla, incluso sin querer.

Así fue como volvimos a hablar. Al principio poco, luego más.

Las palabras fueron encontrando su hueco entre nosotros sin que yo me lo propusiera, y aunque me decía que aquello no era caer en la tentación, algo dentro de mí no terminaba de creerlo del todo, como cuando uno oye un ruido en el bosque y se dice a sí mismo que es el aire, aunque sepa que el aire no suena así.

Una tarde, mientras llevaba las vacas por el sendero que pasaba cerca de la cabañuca , la vi en la puerta con el morru torcido, como si le costara mantenerse en pie. No era de las que pedían ayuda ni de las que se dejaban ver en un momento de debilidad, así que supe que algo no iba bien.

—¿Qué te pasa? —pregunté, dejando el palu apoyado en la cerca.

—Nada.

Pero entonces intentó dar un paso y la vi morderse el labio, aguantando un dolor que no quería mostrar. Me acerqué antes de que pudiera protestar y vi su pantorrilla hinchada, amoragada .

—¿Qué hiciste?

—Nada. La traviesa de la cerca se me cayó y me pilló la pierna. —Entonces su rostro sí mostró el dolor que sentía.

—¿Te lo miraste?

—No necesito que me lo mire nadie.

—Tienes la pierna como un zapitu , claro que necesitas que te lo miren.

Suspiró. Sabía que yo no me iba a marchar así como así, y creo que, en el fondo, era lo que buscaba.

Los días siguientes me acerqué a ayudarla.

Hacía falta mover algunas estacas para terminar de arreglar el vallau , cuidar de sus animales y revisar los dujos , porque el último sur había tumbado dos.

Con la pierna como la tenía poco podía hacer sola.

Yo me decía que era solo ayuda, que no tenía nada de raro, y ella me dejaba hacer sin decir mucho, pero con la mirada más brillante, como si con esa excusa pudiera conseguir lo que quería.

Así empezó mi engaño, porque todo esto lo hacía a escondidas, claro.

En el pueblo ya se daba por hecho que yo estaba con Maruca y que, aunque todavía no fuera oficial, nos habíamos prometido…

Aun así, algo parecía haber cambiado para mí.

Me pasaba los días ayudando a Toña, la Lobera, que no se valía por sí misma, cada uno en lo suyo, pero compartiendo el espacio.

A veces hablábamos, otras no, pero en esa casa tan pequeña, en esa cabañuca tan acogedora, rodeado de todos aquellos libros con los que había crecido, algo se fue espesando entre nosotros.

Yo intentaba evitarlo, me iba a dar una vuelta por ahí para que no se me subiera la calentura a la cabeza e hiciera una tontería, hasta que un día, maldita la hora, algo me dio el empujón que me faltaba…

Fue justo volviendo de uno de esos paseos que me imponía para enfriar la sangre.

Volvía del monti en un día de lluvia cuando lo vi: ahí estaba el Susín, saliendo de la cabañuca como quien sale de misa, tranquilo, con las manos en los bolsillos y una sonrisilla tonta en la cara.

Dio dos pasos, se acomodó el cuello de la camisa y siguió camino abajo como si acabara de salir de un lugar que le hacía feliz.

No dije nada aquel día, pero la cosa me estuvo dando vueltas, hasta que al final, un par de tardes después, cuando le estaba preparando una infusión, se lo solté:

—Oye…, ¿qué hace Susín viniendo por aquí? ¿Es que ahora os tratáis?

Ella levantó las cejas, sin sorpresa, como si lo estuviera esperando.

—¿Y a ti qué más te da?

—Hombre…

Ella se rio y siguió removiendo la taza.

—¿Qué pasa? ¿Te ha dado celos de ese?

—Celos no. Curiosidad…

Ella se giró y me miró por encima del hombro, con esa mirada suya que parecía que se estaba burlando.