La idea de volver Dieciséis
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Dieciséis

Vaya otoño… No para de llover.

El día que murió Pecu también llovía. Y también el día que me llamó el médico para decirme que mamá ya no iba a aguantar más…

No sé qué tiene la lluvia que nos remueve por dentro, que nos cubre con ese velo de nostalgia, que nos empuja a recordar…

Al fin y al cabo, no es más que agua cayendo del cielo —agua que, por cierto, suele ser motivo de alegría—.

Sin embargo, a mí me entristece, siempre me ha pasado.

Lo curioso es que, sabiéndolo, decidí volver a vivir a mi tierra: el lugar donde más llueve de España.

Aunque decir que lo decidí sería exagerar; fue el amor quien tomó esa decisión por mí —mi mujer, para ser exactos—.

No tuve muchas opciones —y tampoco, siendo honesto, las busqué—.

A veces me pregunto si de verdad vivimos la vida que elegimos o simplemente la que nos toca.

La respuesta parece bastante obvia —la que nos toca—, pero eso encierra algo más profundo: no solo no vivimos la vida que queremos, sino que muchas veces vivimos la vida de otro; la de alguien cercano, como un familiar, por ejemplo.

Aun así, no identificándome con la vida que me tocó —o que otro eligió para mí—, no puedo más que reconocerme como una persona plenamente feliz.

Sigue lloviendo. Y sigo notando, por ende, cierta nostalgia.

Supongo que es normal: por un lado, mi padre llegará la semana que viene, cosa que me causa cierta ansiedad —injusta, no lo niego—; y por otro, de forma un poco más general, mi vida se ha convertido en una especie de tobogán emocional.

A ver, hace poco perdí a mi madre, mi hijo está a punto de cumplir dos años, y mi mujer es una pieza clave de mi vida que hasta hace nada parecía un imposible.

A todo eso se suma la casa; y no una cualquiera, sino la casa de mi infancia, esa que di por perdida cuando mamá la vendió, y que hoy —contra todo pronóstico— habito.

Con semejante coctelera no voy a exigirles demasiado a mis emociones.

Con el tiempo no es que las cosas duelan menos, es que duelen distinto, ya no me arrastran como antes.

Ahora ni la muerte de una madre es capaz de doblarme, ni siquiera la duda sobre qué tipo de padre seré con mi hijo…

Son golpes que, ahora, uno afronta con mucho respeto, miedo incluso, pero con madurez y cierto sosiego.

En cambio, de joven —no hace tanto—, cualquier sacudida me parecía un enorme fracaso: una bronca con mi hermano, un reproche tonto a mamá, o incluso dejarlo con una novia, bastaban para dejarme temblando…

Aunque de esto último, en realidad, tampoco es que tenga mucha experiencia.

Fueron solo dos mis desamores: una…, bueno, hoy es la madre de mi hijo —aunque en aquel entonces no era ni siquiera mi novia—; y la otra…

la otra fue algo muy distinto, algo que dejó una marca profunda.

No hace tanto tiempo de la primera vez que Memphis y yo lo dejamos.

También llovía aquel día —cómo no—. Así es, Nueva York estaba envuelta en un gris denso, como si la ciudad hubiera decidido ahogarse en su propio reflejo.

La lluvia tenía paciencia, las gotas golpeaban los cristales con un ritmo monótono.

Memphis y yo lo dejamos justo antes de venir a Suso.

No porque quisiera, en realidad, sino porque no quedó más remedio.

Después de aquella conversación, después de mirarla a los ojos y ver que ni siquiera supo qué decirme, entendí que algo se había roto entre nosotros.

No hubo gritos, no hubo lágrimas ni portazos, no fue un incendio que arrasara con todo en cuestión de segundos.

Fue peor que todo eso: una llama que se apagó hasta que no quedó más que ceniza.

Y no fue solo porque cenara con Brad Rogers, ni porque me lo ocultara, sino por cómo me habló: entre la calma y la indiferencia. Sin rabia, sin excusas.

—No lo entenderías —me dijo.

Su voz era serena y firme, condescendiente incluso.

Como si esas palabras bastasen para que aguantáramos todo lo que se estaba derrumbando.

Pero no bastaban. Por mucho que intentara agarrarme a lo que quedaba, al final dejé de confiar, y sin confianza nuestra historia no tenía cómo sostenerse.

Porque en realidad no fue la mentira, ni tampoco la ausencia de una explicación: lo que realmente me mató fue su indiferencia.

No me importaba cómo cambió mi forma de mirarla al descubrirla con otro, lo único que me importaba era que no me diera una respuesta, algo a lo que aferrarme, algo que me hiciera creer que nuestra historia aún tenía sentido.

Bueno, en realidad no fue solo la indiferencia, también me mataron los celos.

Es decir, yo nunca me había creído merecedor de semejante mujer.

No era para mí. Siempre supe que Memphis jugaba en otra liga y nunca terminé de entender por qué me escogió.

Venía de salir con Brad Rogers, que parecía diseñado por el mundo moderno para ganarlo todo; inteligente, carismático y arrogante…

Había logrado hacer de su empresa y de sí mismo un referente.

Era de esos que no dudan, como si lo tuviera todo a su favor.

Yo, en cambio, era un profesor de historia que investigaba y que daba algunas clases en la universidad, que además vivía en un piso de alquiler que pagaba su padre…

En fin, nada que ver. A mí me gustaba observar, pensar las cosas dos veces.

Ella decía que era precisamente eso lo que le gustaba de mí, pero yo no podía evitar compararme con el otro…

¿Cómo no hacerlo? A veces, cuando hablaba de su vida anterior, cuando mencionaba de pasada a Brad Rogers, había un brillo distinto en su mirada que me generaba un enorme recelo.

No sé si era melancolía, pero me bastaba para saber que él seguía en su cabeza.

Y eso, por más que lo intenté, nunca dejé de sentirlo.

A veces me pregunto si de verdad estuve enamorado de Memphis, o si, en realidad, lo que me sedujo de ella fue la posibilidad de conquistarla.

Nunca he sido una persona especialmente ambiciosa —no al menos en lo profesional—, pero hay algo en el reto, en marcarse un objetivo difícil, que me pone.

Una especie de chute de adrenalina, no sé si es dopamina o simplemente orgullo, pero sin duda es algo que en su momento sentí.

Y Memphis era todo eso: un reto, una aspiración…

Una bruja del siglo XXI , como decía ella de sí misma.

Quizá por ese enigma que irradiaba, me lancé: por lo que representaba acercarse a su mundo.

Lo curioso es que yo reconocía en mí mismo un problema a la hora de que me gustara una chica; me solía obsesionar con ellas, las trataba como a una conquista, como un premio.

Solo una vez me enamoré de verdad: sencilla, guapa, de pueblo y con carácter.

Lo irónico es que cuando de joven perdí la cabeza por ella, aquello era simplemente imposible.

Salía con otro… Claramente había un patrón: lo que me pasaba es que no me ponía el amor, sino el reto.

Ya me lo decía Pecu: «Si no sales a pescar, no llores si no comes merluza».

Era la típica frase de mi hermano, una de esas salidas que yo tanto le envidiaba, sobre todo cuando hablábamos de tías.

Siempre me animaba a lanzarme, a no pensar tanto.

«Hazlo y ya veremos», solía decirme, con ese desparpajo suyo que a mí me faltaba por completo.

El pobre Pecu… Su sombra era muy alargada para mí. Los buenos recuerdos que tenía de él por desgracia se convertían en garabatos cuando se me aparecía de repente la imagen de la noche en que todo ocurrió, la de aquella fatídica noche en que apareció la pareja de la Guardia Civil en casa de mamá…

Lo recuerdo a menudo, no consigo que se me vaya: los golpes atropellados en la puerta, mi tío Susín levantándose para ver quién llamaba así, el silencio cuando entraron los picoletos …

No alcanzaba a verlos al principio, solo escuchaba el murmullo de sus voces bajas, tristes y contenidas, como si estuvieran sosteniendo algo demasiado pesado.

Luego observé a mi madre, pálida, dirigirse hacia la puerta.

No debería haberlo hecho. Si se hubiera quedado sentada, si hubiera seguido mirando su taza de café, quizá las cosas habrían tardado un poco más en derrumbarse.

Pero se levantó.

Y entonces vi las caras. Los dos guardias civiles con las gorras entre las manos y el gesto tenso, como si el peso de la noticia que traían también los aplastara a ellos.

No escuché la primera frase, no hacía falta.

Algo en la forma en que mi madre se llevó la mano a la boca, en la rigidez repentina del cuerpo de mi tío, me dio a entender que lo que venía iba a cambiarlo todo.

—Ha habido un accidente —dijo uno.

Mi madre ya estaba temblando.

—Un coche… en la carretera del puerto…

La voz del guardia se volvió lejana. Mi corazón ya sabía lo que venía, aunque mi cabeza se negaba a creerlo.

—Conducía Pecu —prosiguió el otro guardia—. Fausto también iba en el coche.

El suelo bajo mis pies desapareció. No recuerdo qué hice: creo que no me moví, casi ni respiré. Lo único que recuerdo es que mi madre soltó un grito, un gemido más bien, como si el dolor le hubiera atravesado el pecho. Tío Susín apretó los puños.

—Fausto está muy grave.

Y entonces se hizo el silencio.

—Por el chico no han podido hacer nada.

Un silencio roto por la respiración entrecortada de mi madre, por el sonido de su cuerpo cayendo sobre la silla, por el pitido insoportable en mis oídos…

—¡Pecu! ¡Pecu! —gritó.

No. No podía ser.

Se le fue el coche en una curva, dijeron.

Pecu siempre iba a toda hostia por las carreteras de curvas, como si fuera un piloto de rally —decía que un día ganaría el de Torrelavega—.

Esa manía que tenía de hacer siempre lo que quería, de salirse siempre con la suya, escapándose de los líos en los que se metía con una sonrisa vacilona y un «Tranqui, enano, todo controlado».

Pero esa vez no, esa vez no hubo escapatoria, no hubo carcajada final.

Solo la carretera, la noche y un golpe seco contra el vacío.

Me quedé allí, quieto, viendo cómo mi madre se derrumbaba y mi tío Susín trataba de consolarla con temblores en la mandíbula.

Yo no lloré, no pude. Solo sentí un frío en el pecho, como si algo se hubiera congelado en ese preciso instante.

Aquel día, mirando la lluvia caer desde mi habitación del Soho, sentí un vacío parecido.

Me enfadé al compararlo, aunque el estómago se me encogía de una forma que me recordaba a aquella vez, con esa sensación de que algo faltaba, de que algo había desaparecido.

No había guardias civiles, ni llantos, ni cotilleos en el pueblo que se callaban cuando pasaba por delante.

Solo estaba yo, en pijama, sentado en el borde de la cama mirando el móvil obsesivamente como si ahí pudiera encontrar alguna respuesta.

Desde que se fue me había pasado la vida intentando entender su ausencia.

La de Pecu era definitiva, daba vértigo.

Volví a sentirme ridículo al comparar aquella tragedia con la que entonces sentí por perder a Memphis, pues esta era solo un borrón, algo que todavía no tenía claro si era solo fruto de ese amor tan platónico que sentía al comienzo de las relaciones.

¿La había perdido? Sí. Pero ¿realmente se puede perder a alguien que decide marcharse?

Aunque no lo hubiera confesado, estaba seguro de que me había puesto los cuernos.

Además, no había habido dramatismos, no parecía tener la más mínima intención de volver.

Y tal vez eso era lo que más dolía, que no hubiera una cicatriz.

Tenía la sensación de que su desaparición no había dejado un vacío, sino solo la incómoda certeza de que nunca estuvo realmente ahí.

Y, sin embargo, estábamos casados. El matrimonio en Las Vegas había sido un acto atropellado, impulsivo, infantil…

Casi una broma. Fue tan repentino que entonces, todavía meses después de que firmáramos el documento borrachos, ni siquiera se lo había contado a nadie: ni a mi madre, ni a Tío Fausto, ni a Bill…

En realidad trataba de no contármelo demasiado a mí mismo.

No es que lo negara, de hecho me hacía mucha ilusión, pero cada vez que tenía la oportunidad de decirlo, simplemente no lo hacía.

Tal vez porque sabía que una vez que lo dijera, la palabra «matrimonio» adquiriría su peso real, y yo tenía una concepción demasiado arraigada del compromiso como para ignorarlo.

Crecí en un mundo donde casarse significaba dar un paso irreversible.

Quizá tenía que ver con mis padres: mamá y Bill también estuvieron casados, aunque hablar de su matrimonio siempre fue complicado en casa.

Oficialmente se habían separado porque él se fue a vivir a Nueva York por trabajo.

Era la historia que nos contaron a mi hermano y a mí, y nosotros no nos molestamos en discutirla demasiado.

Pero incluso de niño noté que las historias que se cuentan, esas oficiales, no coinciden siempre con la verdad.

Esas miradas entre mamá y Tío Fausto, por ejemplo…

Nunca pregunté directamente, pero siempre tuve la sensación de que Bill no solo se había ido, sino que también había querido irse.

Nueva York fue una excusa perfecta para desaparecer, y para que mamá lo dejara ir.

El caso es que nunca supe con certeza qué fue lo que realmente rompió su matrimonio, y tal vez no importaba, pero fue precisamente eso lo que me hizo crecer entendiendo que el compromiso, si se tomaba, debía tomarse de verdad.

Por eso, quizá, me costaba asumir que Memphis y yo habíamos cruzado esa línea sin pensarlo demasiado. Que el matrimonio había sido algo fugaz, un capricho, un juego. Pero aun así, algo dentro de mí seguía resistiéndose a aceptarlo.

Qué claras se ven las cosas con el tiempo, ¿verdad?

Aquel mal trago fue hace ya cuatro años, y mírame ahora.

Entonces me sentía el tipo más desgraciado del mundo y hoy lo veo casi con ternura.

Recuerdo que aquella noche, mientras la resignación se me instalaba por dentro, pasó algo inesperado: el teléfono vibró.

Un mensaje.

De Memphis.

—¿Nos vemos?