La idea de volver Quince #2
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Quince #2

Yo la miraba sin saber bien qué decir. ¿Cómo imaginarse a esa chavala en la capital, con los bares llenos de humo y toda esa música alternativa, con lo montuna y solitaria que se volvió? Me abstuve de hacerle aquella pregunta, aunque bien que me intrigaba.

—¿Y cómo haces para seguir escuchando esa música aquí? No creo que los vendan…

Soltó una risa corta.

—No los que me interesan. Pero tengo un amigo allí que de vez en cuando me manda cosas. Me cojo el cuatro latas y me planto en la oficina de correos de Santander cuando me llegan.

Se hizo un silencio breve. Entonces cambió de tema, provocadora.

—¿Y con la Maruca qué? Parece que has conseguido lo que querías, ¿eh?

No esperaba ni su pregunta ni su vacile.

—Ahí ando.

La Toña olió sangre y no desaprovechó la oportunidad, menuda era ella para competir por un hombre.

—¿Ahí andas? Lo que te pasa es que no te enciende como tú querrías. A veces lo que deseamos no es lo que nos hace bien… Pero, dime, ¿quién ha venido al mundo a portarse bien?

Los dos nos reímos, yo sin querer. La miré. Ella bajó la vista y siguió comiendo. Luego siguió con su juego:

—¿Ya te conté cómo me merodea su hermano? ¿El Susín? Me lo encuentro allí donde voy: cuando voy al mercadillo a vender la miel, cuando llego a casa por la noche, en el bar… No me habla, tan solo se queda mirando, tratando de esbozar una sonrisa forzada, a la que jamás respondo.

—Anda, pues ahí tienes alguien que te dé un meneo de vez en cuando… —bromeé.

—Ese fofo no sabría ni por dónde empezar. Apuesto a que no ha estado con una mujer en su vida. —Le reí la gracia, divertido—. Aunque esos son los peores: los retorcidos que se lo montan contigo en su imaginación, aunque se convenzan de que tú eres la imagen que ellos se hacen de ti…

La conversación siguió, pero la tensión estaba ahí: en la manera en que nuestras miradas se encontraban y se esquivaban, en la forma en que su mano rozó la mía sin querer cuando fui a coger la borona …

Cuando terminamos de comer nos quedamos un rato en silencio.

Solo se oía el chiscar del fuego y la música del tocadiscos, que ahora era más melódica y tranquila que la anterior —el Serrat, me dijo—.

Me miró y sin pensarlo demasiado se acercó.

Fue un movimiento lento, casi torpe, como si ninguno de los dos supiera exactamente qué estábamos haciendo.

Se lanzó y nuestros labios se encontraron, apenas un roce al principio.

No fue un beso apasionado ni desesperado, sino uno de esos besos que parecen una pregunta.

Antes de que pudiera ir a más me aparté suavemente, sin brusquedad.

—El que tiene que dar el primer paso soy yo, no al revés —intervine.

—Qué más dará.

Me quedé en silencio. No era rechazo lo que había en mi rostro, sino algo más complejo. Algo que por supuesto no entendía, como si yo no supiera que en este juego al que ella intentaba jugar conmigo no había reglas, pero quizá sí podía haber consecuencias.

—No es que no me gustes, pero yo estoy enamorado de la Maruca y tú tienes el cuerpo lleno de trampas.

No supe qué más decir. Se hizo otro silencio, este más largo y en el fondo mucho más incómodo. Finalmente me levanté, agarré mi chaqueta y me la puse con calma.

—Tengo que hacer cosas.

Toña me miró y después de un instante asintió con una sonrisa.

—Claro.

Y se quedó allí, como si supiera que la historia no acababa con mi marcha, como si esperara el siguiente capítulo.

Salí de la cabaña con la sensación de que algo había cambiado.

El aire olía a lumbre y a hojas secas, la luna ya empezaba a asomar sobre las montañas.

Bajé la cambera con paso tranquilo, sintiendo todavía el calor de sus labios en mi boca.

Me reconfortaba pensar que, aunque el beso hubiera durado un instante, fui yo quien se apartó, quien puso esa distancia que, hasta entonces, siempre había existido entre nosotros.

Pero justo cuando creía que todo podía calmarse, llegó lo otro.

Durante un tiempo no supe quién había ido por ahí con el cuento…

Me llegó que alguien decía que me había visto merodeando por la Braña de los Tejos, y al poco se corrió la historia de que entraba y salía de la cabañuca .

Al principio pensé que habría sido algún pastor, o un chiquillo con ganas de inventar.

No le di demasiada importancia. Pero luego, cuando la noticia llegó a oídos de Maruca y me miró con esa mezcla de rabia y decepción, supe que alguien había querido hacer daño.

Y empecé a darle vueltas. ¿Quién podía saber que yo andaba por allí?

¿Quién tenía interés en decírselo justo a ella?

No tardé en llegar a la conclusión. El pobre Susín pensaba que tenía muchas cosas contra mí, pero en realidad lo único que sentía en aquel momento eran celos.

Pensaba que la Lobera no quería nada con él porque estaba enamorada de mí, cuando en realidad, de no haber existido yo, esa mujer no lo hubiera tocado ni con un palu.

En cualquier caso, encontró en ese despecho la excusa perfecta para hacerme daño.

Poco después Maruca vino a casa nerviosa.

—Susín me ha dicho que subes mucho donde la Lobera.

Lo dijo con una mezcla rara de pena y de celos, como si quisiera protegerme pero al mismo tiempo algo dentro de ella se removiera con rabia.

—Bobadas…

—Deberías dejar de verla. Esa mujer tiene algo feo detrás…

No le pregunté qué era eso tan feo… No hacía falta. En un sitio como Suso, cuando alguien dice que una mujer tiene un pasado feo suele referirse a lo de siempre: que fue libre, que no pidió permiso.

—Eso son chismes de pueblo. Esa mujer es como otra cualquiera.

Maruca me miró con una intensidad que no le había visto en meses.

—¿Como otra cualquiera o como una que te gusta?

Me quedé callado un momento porque en realidad no sabía la respuesta.

—No digas tonterías . A mí me gustas tú, Maruca. ¿Estamos juntos, no?

—Sí. Por eso: si quieres estar conmigo no quiero que vuelvas a ver a esa mujer. O ella o yo. ¿Me has entendido?