Quince
«[Fausto]. Dos almas, ¡ay!, habitan en mi pecho;
una quiere separarse de la otra».
GOETHE
Hay cosas que no se sabe cuándo empiezan.
Un día todo parece en su sitio, como siempre estuvo.
Te levantas y haces la misma rutina, caminas por las mismas camberas , saludas a los mismos paisanos, y te convences de que la vida va en la misma dirección, sin cambios bruscos.
Pero luego, de repente, te percatas de que algo ha cambiado.
No se sabe bien qué es, como cuando el viento gira y sabes que va a llover aunque el cielo esté limpio.
No hay un momento claro en que ocurra, no hay un aviso, ni un trueno, solo te das cuenta cuando ya te estás calando.
Es un detalle pequeño al principio, porque los cambios empiezan en silencio, como la nieve que se posa en el monti sin hacer ruido, hasta que un día despiertas y todo está cubierto.
Así es, crees que todo sigue igual, hasta que miras a tu alrededor y reparas en que el paisaje ya no es el mismo.
Y para entonces, ya no hay vuelta atrás.
Yo nunca me vi cuidando de nadie, la verdad, y mucho menos del Susín.
Si me lo llegan a decir hace veinte años, me río en su cara.
Y mírenme ahora: cada mañana lo levanto, le quito el pijama —a veces con bronca—, lo siento en la banqueta del baño y le echo agua tibia por la espalda, despacio, como si no pesara lo que pesa todo lo que no se ha dicho entre nosotros.
Le lavo las axilas, los pies, la entrepierna, el trasero…
y luego le seco bien detrás de las orejas, como se hace con los niños o con los viejos que ya no se manejan.
No siempre me reconoce, a veces me llama por el nombre de su padre, a veces por el de Pecu, a veces por el mío.
El pobre tiene demencia senil y yo veo cómo se va yendo, día a día, como una vela que parece que aún alumbra, pero ya solo humea.
Y lo peor de todo no es eso, lo peor es que me duele verle así, porque por mucho que me las haya hecho pasar canutas, al final ya es lo único que me une a mi señora; pues fue ella quien, como última voluntad, me puso aquí, a su lado, abrazándole cada mañana para que no se caiga en la ducha.
Quién lo diría, pero los cambios son así: imprevisibles.
En lo que va de una vida, uno se acuerda de los cambios que ha vivido, que poco a poco acaban siendo muchos y muy profundos.
Me recuerdo de los primeros años de noviazgo con la Maruca, de cómo esa mujer me cambió la vida, como el abrigo de las pellizas o el calor del llar al alzarse desde el rozao y prender la madera del abedul.
Después de la muerte de su padre, la Maruca encontró en mí un refugio.
Yo fui ese lugar seguro al que pudo agarrarse cuando todo se le vino abajo.
Nuestra relación se consolidó, por fin la tenía a mi lado, como siempre había querido: como mi novia, sin tapujos ni medias tintas.
Siempre estábamos juntos. Paseábamos por la majada vieja, esa que ahora está comida por los escajos .
Hablábamos de tener una cabaña donde viviríamos juntos cuando nos casáramos, que ella insistía en que fuera pronto.
Decía bobadas como que quería criar gallinas y tener un huerto que yo trabajaría con el azadón y ella con la trente.
Maruca soñaba con un hogar con olor a pan recién sacado del horno de leña…
Me recuerdo de las tonás que cantábamos por los seles , cuando íbamos con los mozos a entresacar las ramas de los sarzos de varas, de los que todavía conservo alguna.
Me recuerdo del día que nos cayó la nieve hasta las corvas y ella, en vez de quejarse, se puso a bailar en medio del camino, haciendo que los mastines que cuidaban de un rebaño cercano vinieran al trote a todo ladrar, al compás del sonido de sus carlancas .
Me recuerdo de las veces que me buscaba para darme un cache rápido, como quien roba un fruto que nace en el árbol del vecino.
Nos juramos amor cuando le regalé una navaja con un puño de madera de tejo, que tallé yo mismo una noche de luna.
Me recuerdo de los versos que grabábamos con la punta de la navaja en la corteza de los nozales , o de los abedules, o de los salcis .
Quien tuviera curiosidad por leer el monti se encontraría todo un poemario que la Maruca y yo tallamos para celebrar nuestro amor.
Hoy, cuando cierro los ojos, me recuerdo de todo aquello: del sonido del carburu encendido, de su risa entre las jelechas y de las ganas que teníamos de comernos el mundo, con sus veredas, sus cumbres picudas y sus lomas hacia las majadas…
Y sin embargo —aunque me duela—, en aquel mundo idílico que ni yo mismo, un soñador, pude llegar a imaginar, había algo que no terminaba de encajar del todo.
Como si por mucho que hubiera perseguido a la Maruca durante tanto tiempo, y por muy feliz que me hiciera, cuando por fin la había conseguido, no todo era perfecto entre nosotros.
Porque lo mejor es enemigo de lo bueno. Nos sobraba amor, pero nos faltaba otra cosa menos importante aunque igual de necesaria: el fuego y la urgencia.
¿Y por qué? ¿Por qué no era capaz de encenderme con mi novia como antes de que muriera su padre?
Si la Maruca era la mujer que más me gustaba, la única que me ha mirado como si fuera mejor de lo que soy.
Yo la quería con todo el cuerpo, pero ese cuerpo, no sabía por qué, ya no se excitaba con ella, le faltaba vigor, como quien quiere algo que ya es suyo.
No era falta de amor, no señor…, era otra cosa.
Era falta de capricho. Como si el deseo se hubiera ido a esconder al monti …
Y fue entonces, justo entonces, cuando Toña, la Lobera, a la que había evitado desde que me di cuenta de que podía llegar a gustarme tras la visita que le hice cuando murió el Marquesón, coincidiendo —no por casualidad— con los primeros años de mi noviazgo con Maruca, empezó a tirar de mí como si me llevara atado por dentro.
No lo busqué. Yo me decía que iba a pastar cerca de la Braña de los Tejos porque el verde era mejor: más tierno, más fresco…
, pero era todo mentira. Iba por ella. Era el cuerpo el que decidía, no la cabeza.
Y por más que me engañara, ya estaba perdido.
Un día cualquiera, sin muchas ceremonias, fue ella quien me abrió la puerta de su cabaña.
No dijo nada. Solo me hizo un gesto con la cabeza, como quien invita a cruzar un umbral del que no se vuelve.
Y yo entré. Entré como entra el ganado a la cuadra cuando huele la alfalfa. Desde entonces, todo cambió.
—Fausto, pasa, anda. He preparado un pucheru y yo sola no voy a poder con él —me dijo.
Y claro, yo acepté. La cabaña de Toña era un revoltijo de cosas que no encajaban en el monti pero que, de alguna manera, encajaban con ella.
Había libros por todas partes: apilados en estanterías torcidas, sobre la mesa, en el suelo…
, muchos con cubiertas extranjeras o forrados con papel de estraza, como si los acabara de comprar.
Yo conocía varios de esos títulos, reconocí las portadas de algunos de mis autores preferidos: Manuel Llano, Pereda, Unamuno…
Había mapas arrugados, cuadernos con dibujos de plantas y esqueletos de pájaros, papeles con letras escritas a lápiz, y fotos en blanco y negro desperdigadas entre tazas de café frío y ceniceros repletos de Celtas sin boquilla.
En una esquina zumbaba una minicadena de marca japonesa, con dos casetes y un tocadiscos.
Los altavoces eran grandes como perolas de leche.
Olía a papel viejo y a madera húmeda, sí, pero también a perfume caro, uno de esos que no se conseguían en las droguerías del valle.
Me imaginé que una mujer tan solitaria tendría también sus caprichos, su vanidad.
Entonces la vi: una pieza de esas de lencería que no sabría ni qué nombre ponerle, estaba encima de la mesa del escritorio, suelta, como olvidada.
Era negra y de encaje, como las que solo salían en las revistas extranjeras o en alguna película de destape de las que proyectaban los jueves por la noche en Torrelavega, pues ya no había censor.
Toña la agarró con desgana y la empujó debajo de un libro de botánica sin darle importancia, como si no fuera nada.
Pero para mí fue una llamarada. Allí dentro no mandaba ni Dios, ni el cura, ni el comandante del puesto. Solo ella.
El fuego del llar crepitaba y sobre la mesa de madera había un cuenco de cirizu con el pucheru humeante.
Se notaba que no tenía mucha mano para la cocina: el caldo estaba aguado y la carne dura como si fuera un tacón de albarca.
Pero yo comí sin decir nada, porque lo importante no era el pucheru , sino el momento.
—¿Te gusta esta música? —pregunté.
—Claro, si no, no la escucharía. ¿Y a ti?
Me encogí de hombros.
—A mí me gusta lo que me pongan. No soy de andar comprando discos.
—Qué básico —se burló.
—A ver, no todos hemos vivido por ahí en la ciudad.
—A mí me gusta desde la universidad —respondió ella con esa media sonrisa que siempre me hacía sentir que guardaba un secreto—. Allí se traficaba con los vinilos de las bandas de moda, cuanto menos conocidas y más lejanas, más cotizadas.
Se reclinó en la silla y miró hacia la ventana, como si pudiera ver aquellos años a través del cristal.
—Luego me fui a Madrid —continuó—. No tengo un buen recuerdo de aquellos años, aunque había una energía extraña, como si todo el mundo anduviera buscando algo.
Lo mejor eran los conciertos, a los que iba cada vez que podía.
Vi a Leño en un garito de Malasaña, a Burning en la sala Sol, y una vez, casi por casualidad, a Moris en un descampado de Vallecas, con medio público drogado y la policía rondando por los alrededores. Era otro mundo.