Catorce #2
Eso dijo. Nada más. Cerré la app en seco, como si pudiera encerrar otra vez lo que había salido de ella. Pero el tono con que lo dijo, como si me hubiera estado esperando, como si supiera lo que me pasaba, incluso algo que yo todavía no sabía, me dejó helado.
No pude dormirme hasta horas después. Tuve la sensación de que habían sido un par de minutos cuando me desperté sobresaltado.
La luz gris de la mañana entraba por las cortinas y cuando giré la cabeza hacia el lado de la cama de Memphis lo encontré vacío.
Me quedé mirando la almohada y el edredón intactos.
Por un instante pensé que quizás se había levantado temprano, pero el silencio del apartamento no parecía darme la razón.
No hice nada, solo me quedé tumbado con el corazón a mil.
Los minutos pasaron hasta que finalmente escuché el clic de la cerradura y ella cerró la puerta por dentro.
—¡Buenos días!
Su voz despreocupada llenaba la habitación mientras dejaba las llaves sobre la mesa del salón.
Me incorporé lentamente y la miré desde la cama.
Estaba perfecta, demasiado perfecta para alguien que se supone que había estado trabajando toda la noche.
Su cabello estaba recogido en un moño y llevaba una camiseta holgada y unos vaqueros.
—¿Dónde estabas? —le solté, más directo de lo que había planeado. No sabía cómo suavizar la pregunta sin que sonara como un reproche.
Ella levantó la vista como si mi tono la hubiera cogido por sorpresa.
—Ah… Pues estuve trabajando hasta las mil —respondió encogiéndose de hombros mientras se sentaba al borde de la cama—. Cuando terminé ya era muy tarde y no quería despertarte. Pensé que lo mejor era quedarme en mi casa.
Fruncí el ceño intentando procesar.
—¿Tu casa? —repetí—. ¿Desde cuándo duermes en tu casa? Hace meses que vives aquí.
—Ya, pero… aún la tengo, ¿no? —Intentaba sonar ingenua. Sus ojos evitaban los míos, algo que me puso aún más nervioso—. Todavía no he conseguido alquilarla y pensé que haría ruido y te acabaría despertando, con lo que te cuesta a ti dormirte luego. Además, me quedaba más cerca de la oficina.
—¿Hasta tan tarde estuviste? —De nuevo mi tono era de reproche. No podía evitarlo, algo en su explicación no encajaba.
—Sí, Adrián, trabajando. Ya sabes cómo son mis horarios a veces… —Pareció impacientarse, luego se levantó, como si quisiera cerrar la conversación allí mismo—. ¿Qué película te estás montando? No es para tanto…
—No es eso, Memphis. Es solo que… —Me detuve tratando de encontrar las palabras adecuadas, pero no las tenía. Me eché atrás. Temí abrir un melón que pudiera romper algo tan mágico como lo que habíamos tenido hasta entonces—. No estoy acostumbrado a que no estés aquí. Me pareció raro, eso es todo.
Ella suspiró. Luego sonrió y se acercó para darme un beso en la frente, un beso maternal que me irritó profundamente.
Tenía una sonrisa forzadamente tranquilizadora, como queriendo disipar mis dudas.
No lo logró. Algo en mí no quiso forzar la discusión todavía, quizá no estaba listo para escuchar lo que temía.
Aun así, algo debió de notar Memphis porque me propuso que saliéramos a comer, un plan que hacíamos con frecuencia y que nos daba un respiro.
Almorzábamos, nos tomábamos unas copas y terminábamos la tarde entre sábanas.
Igual sin saberlo, eso era lo que quería: olvidar.
Fuimos al Estela, en el Soho. Moderno, sobrio y con ingredientes cuidados, como a ella le gustaban.
Su plato favorito era la endivia con anchoa y de segundo se tomó un pescado al horno.
Luego nos entregamos al dry martini … Lo pasábamos bien.
Estaba graciosa contando sus chismes del trabajo.
Sí, justo le dio por hablar de quién se liaba con quién en el curro, con ese tono tan suyo, con algo de mala leche pero sin maldad.
Por momentos la veía como si la noche anterior nunca hubiera ocurrido y, sin embargo, ocurrió.
No me había vuelto loco. Una pena, porque de repente creí que todo volvía a encajar, que seguíamos siendo ese par de adictos que se despertaban los domingos con las piernas entrelazadas.
Conocía sus manías de memoria: que no le gustaba ducharse si no era con agua ardiendo, que odiaba dormir tapada pero no podía dormir sin sábanas, que siempre buscaba con la punta de los pies mis tobillos…
Yo la amaba. La amaba con admiración, con ternura, pero también, había que reconocerlo, con algo de miedo.
Porque cuando quieres de verdad, quieres también con miedo; miedo a que se acabara, a que ella pudiera mirar a otro como me miraba a mí, a que aquella risa, que creía única, pudiera repetirse con alguien más.
Y entonces recordé su mirada de la noche anterior.
—¿Y tú? —me preguntó mientras daba un sorbo a su copa—. Llevas toda la comida escuchándome, pero no me has contado nada.
Miré el techo unos segundos antes de responder. A pesar de la tensión de aquel día decidí soltarlo, como quien lanza una piedra al río sin saber qué profundidad tiene.
—Últimamente he estado… experimentando con Omun.
—¿Experimentando? —Alzó una ceja, divertida.
—Sí, bueno. —Me encogí de hombros—. Empecé probando con personajes ficticios, jugando un poco con sus voces, teniendo conversaciones un poco absurdas. Ya sabes, imagino que es lo que hacen muchos de vuestros usuarios. Luego… Luego se me ocurrió probar con gente más cercana.
Ella me miró, más seria ahora.
—¿Con quiénes?
—Bueno: contigo, por ejemplo, que tienes una gran huella digital y quería saber qué tal te copiaba tu propio avatar.
—¿Y me pilla el punto bien?
Nos reímos.
—También probé conmigo mismo, no te creas…
Luego respiré hondo para terminar de confesar.
—Y un día…, sin pensarlo mucho, cargué la foto de alguien que ya no está.
El silencio se instaló entre nosotros. Jamás hablaba de mi hermano con ella, y no porque no me hubiera preguntado, pero yo siempre evitaba esa conversación…
Bueno, no siempre: aquel día, el de nuestra primera «no cita», saqué el recurso de Pecu…
como si quisiera dar pena. Pero qué casualidad, ¿verdad?
Justo en aquel momento de dudas sobre su infidelidad también opté por esa sucia estrategia.
Memphis bajó la mirada un momento y luego habló con un tono medido, como si estuviera calibrando el impacto de sus palabras.
—Debes tener cuidado con cómo usas Omun para hablar con los muertos, Adrián. Puede parecer inofensivo, incluso terapéutico, pero también puede volverse… confuso. Muy confuso. ¿Entiendo que has intentado hablar con Pecu?
—Sí. No lo hice para reemplazarle, no estoy loco —dije rápido—. Solo quería entender, escucharme decirle algo, pero todavía no lo he conseguido.
Ella asintió lentamente, comprensiva.
—Tal vez… —dijo—. Tal vez sea como tener un espejo que te contesta, como hablar con alguien que te escucha, que no juzga. Y si es así, si hay algo que te está saliendo a través de hablar con él… Quizá también pueda servirte. Como un psicólogo digital.
—¿Crees que eso es sano?
—No lo sé —respondió—, no creo… Pero si lo haces conscientemente, con cautela, sabiendo que no es real, puede ayudarte a decir lo que todavía no sabes que necesitas decir.
Me quedé en silencio. No me consolaban sus palabras, pero por lo menos pareció que me daba permiso para experimentar.
La conversación se paró ahí, como si mis temores —y mis celos— se hubieran neutralizado a golpe de martini.
Al salir, después de varias copas, el sol se resguardaba, como si se hubiera cansado de calentar y se escondiera a fumar un cigarro a la vuelta de la esquina.
Caminábamos despacio, sin rumbo claro, entre escaparates que ya no nos decían nada después de haberlos visto tantas veces.
Le propuse desviar el camino hacia una tienda que me gustaba antes de irnos a casa.
Memphis no sospechó nada, simplemente me siguió, pero mi subconsciente le había tendido una trampa (y es posible que a mí también): por el camino pasamos por delante del restaurante mexicano.
—Mira, aquí abrieron un sitio nuevo —dije como si se me ocurriera por casualidad—. Me han hablado muy bien de él, pero es imposible reservar.
Ella giró la cabeza. La fachada era oscura, discreta, como esos lugares que solo conocen los iniciados. Dentro se veían las siluetas de los camareros a punto de empezar el servicio de la cena.
—¿Ah, sí? ¿Cómo sabes que es tan difícil reservar? —preguntó nerviosa.
—Bueno… —Me encogí de hombros—. Ayer cuando volvía a casa entré a reservar para traerte un día.
Memphis sonrió con cierta falsedad mientras su cabeza parecía calcular el impacto de algo imprevisto. Antes de que pudiera decir nada, añadí:
—Y mira qué curioso…
Ella me miró.
—¿Sí? —preguntó ya sin sonrisa.
—Me pareció ver cenando a Brad Rogers. Es posible que me equivocara, estaba muy oscuro.
Su expresión cambió. No se sobresaltó, no hizo ningún gesto brusco, pero su sonrisa se apagó. Tragó saliva y supe que acababa de empujar una ficha que haría caer el resto.