La idea de volver Catorce
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Catorce

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Estoy algo nervioso. Dentro de unos días viene Bill a conocer al niño y quiero que todo salga bien.

No es fácil: hace más de veinte años que no pisa el pueblo y la última vez fue en el entierro de Pecu.

Antes de eso también desapareció durante mucho tiempo, tras el divorcio con mamá.

Nunca hubo una versión clara de lo que pasó entre ellos; dijeron que cuando el banco le ofreció el ascenso en Nueva York, la distancia lo estropeó todo.

Pero ya de adultos entendimos que esa explicación era solo un atajo, una forma de no contar lo doloroso.

A pesar de ello fue él, con su dinero, quien sostuvo esta casa —que por momentos parece estar maldita—.

Mamá, en cambio, acabó rindiéndose dos veces: la primera cuando se separaron; y la segunda después del accidente, cuando ya no tuvo fuerzas ni ganas de vivir aquí y la vendió definitivamente.

El caso es que no puedo evitar desear que, cuando vea la nueva Casona, sienta algo parecido al orgullo.

No solo por mí —que también—, sino por todo lo que esta casa arrastra: por lo que costó levantarla de nuevo, por las fracturas familiares que dejó a su paso, por ese doloroso recuerdo de Pecu, y porque mamá no quiso volver a pisarla hasta que nació su nieto.

Bill se limitará a soltar bromas, ironías, frivolidades, pero aun así sabré lo que hay detrás de su máscara, porque, aunque intente ocultarlo, acaban notándosele las emociones.

Sin él, esto no habría sido posible. Es verdad que con lo que he ganado con el libro pude empezar a financiar parte de las obras, pero obviamente esta casa es muy grande y no fue suficiente; así que, cuando necesité más pasta, me hizo una transferencia con esa forma suya de no darse importancia.

Aunque, claro, con él nada es gratis del todo.

Siempre deja caer su opinión discretamente, como cuando me alquiló aquel piso en el Soho —convenciéndome de que era the place to be —, aunque yo iba a trabajar cada día a la otra punta de la ciudad.

Me acuerdo de una tarde en la que quedé con él para tomar un café en el Starbuck’s de West Broadway, que estaba debajo de aquel apartamento.

Fue hace cuatro años. Quería decirle que estaba empezando a salir con Memphis —no le diría lo de la boda en Las Vegas porque se habría asustado—.

Nunca se me olvidará su reacción: apenas terminé de contárselo, todo ilusionado —pensando que él se alegraría mucho por mí—, se encendió.

Se puso hecho una fiera, dijo que esa chica no me convenía, y lo peor, que tuviera cuidado con Brad Rogers.

Me sorprendió, sobre todo porque no me dio un porqué.

Salí del bar con un enfado sordo —¿acaso le había pedido su opinión? —.

Caminé por la calle Wooster mientras la lluvia me empapaba de arriba abajo, hasta que me di cuenta de que me había dejado el paraguas en la cafetería.

No pensaba volver, no quería verle. Olía a humedad, la que desprenden las rejillas del metro mezcladas con el aroma de unos cartones mojados apilados en mitad de la acera.

Había un rastro agrio de comida descompuesta, que se mezclaba con el toque dulzón del perfume de una tienda cercana.

En un rincón menos transitado, ya cerca de Lafayette, vi a una persona envuelta en una manta sucia, acurrucada en un improvisado refugio de bolsas de plástico.

Era un hombre con los ojos evaporados. Se clavaba una jeringuilla.

A su lado otro más joven estaba tumbado en el suelo, inmóvil.

Noté el empalagoso olor a marihuana que se colaba entre las bolsas, por lo que intuí que allí debajo habría una tercera persona, quizá comiéndose ese trozo de pizza abandonado junto a un par de casquillos de cerveza vacíos.

La lluvia hacía que todo se mezclara en un río sucio que corría por el bordillo, un riachuelo de hojas y colillas.

Me paré a observarlos. Aquel era una día triste para mí, pues tenía muy mal sabor de boca por la discusión con mi padre.

Todo parecía más lento, más pesado, como si la ciudad estuviera enferma.

En mi parálisis, me vi reflejado en una ventana empañada por la lluvia.

La tenue iluminación interior del restaurante provocaba que mi rostro se reflejara en el cristal con nitidez.

No estaba seguro de por qué me había quedado pasmado mirando mi cara en aquel cristal, pero al cambiar la perspectiva, haciendo que mi mirada desdibujara mi figura y se enfocara en lo que pasaba en el interior del restaurante, me percaté de que allí ofrecían algo nuevo: alta cocina mexicana.

No había planeado entrar. Recordé haber escuchado rumores de que una reconocida chef había abierto un lugar por la zona, pero nunca imaginé que fuera aquí, justo al lado de mi casa.

El lugar me atrajo y, al cruzar la puerta, el ambiente me gustó: madera oscura, paredes de piedra negra y detalles de cobre.

En una esquina había una barra larga con estantes iluminados repleta con botellas de mezcal y de tequila.

El olor que flotaba era típico de este tipo de cocina: maíz tostado, chiles y un toque de algo dulce y ahumado que no lograba identificar.

Me acerqué a la recepción, donde una camarera mexicana estaba organizando algo en una tablet . Era una mujer joven, con el cabello recogido y un uniforme que combinaba con el estilo del lugar. Cuando levantó la vista me recibió con una sonrisa.

— Hi, how can I help? —Tenía un ligero acento latino.

—Hola, buenas noches —respondí en español—. Me preguntaba si podría hacer una reserva para cenar el jueves de la semana que viene. Seríamos dos.

Ella alzó las cejas, como si ya supiera cómo iba a terminar la conversación. Soltó una pequeña risa antes de explicarse.

—Lo siento mucho, pero de momento estamos llenos los próximos tres meses. Apenas abrimos hace unas semanas y está siendo una locura.

—¿Tres meses? —repetí sorprendido—. ¿Quizá una cancelación de última hora?

Ella negó con la cabeza.

—Si quiere puedo anotar sus datos y avisarle si hay hueco.

Mientras asentía, algo al fondo del restaurante llamó mi atención.

En la penumbra, entre el murmullo de las conversaciones de los comensales, vi una figura familiar sentada sola.

Era una mujer de cabello oscuro y suelto; esos rizos los conocía bien.

Por un momento dudé: podría ser cualquier otra mujer, pero había algo en su postura, en la forma en que jugaba distraída con su copa de vino, que me resultaba inconfundible.

—Disculpe un segundo —le dije a la camarera alejándome hacia el salón ante su asombro.

Intenté convencerme de que estaba equivocado. Memphis me había dicho que tenía trabajo aquella noche, pero cuanto más me aproximaba más claro tenía que era ella, sentada allí en una mesa apartada, una esquina oculta de las miradas de los demás.

De repente la puerta del servicio que estaba al fondo del restaurante se abrió.

Vi salir a un hombre alto, rubio y peinado hacia atrás.

Todo se nubló: era él. Cruzó la sala despreocupado y se sentó frente a ella.

Memphis levantó la mirada y le sonrió, una sonrisa coqueta, de esas que yo conocía bien.

Brad Rogers se inclinó hacia ella, y aunque no podía oír lo que decía, algo en su gesto me hizo sentir un nudo en el estómago.

Me quedé parado, inmóvil, escondido tras una columna de madera.

Observé como si necesitara una prueba irrefutable de lo que ya sabía.

No sé cuánto tiempo pasó: tal vez fueron segundos, tal vez minutos, pero sentí como si el aire a mi alrededor se hubiese vuelto imposible de respirar.

—Perdón, señor, no puede estar aquí. Le avisaremos si hay alguna cancelación.

La camarera me echó amablemente. Di un paso atrás, me giré y salí del restaurante.

No me molesté en decir nada ni en mirar atrás.

Ya fuera, caminé bajo la lluvia con el sonido de las gotas cayendo, obsesionado con aquella sonrisa de Memphis.

No entendía nada, pero sabía que esa noche algo había cambiado.

Me costó mucho dormirme, me quedé mirando el techo, repasando una y otra vez la escena en mi cabeza.

Esperaba impaciente a que ella llegara y me diera explicaciones.

Que me las diera sin que yo tuviera que pedírselas, como si lo que había visto no fuera más que un malentendido, como si, en definitiva, no temiera lo que en realidad parecía ocultarme.

Fue entonces cuando abrí Omun… Aquella dichosa aplicación era muy adictiva.

Me quedé flipado en Arizona cuando tuve aquella surrealista conversación con Cabeza de Vaca y, poco después, maldita la hora, probé a cargar una fotografía de mi hermano.

Solo una. La app tardó menos de un minuto en generar un rostro que se movía, que parpadeaba, que casi hasta respiraba como él.

Bastó añadir un viejo vídeo nuestro para que su voz surgiera idéntica, con su risa contagiosa y esos movimientos tan suyos, tan difíciles de describir.

Aquella primera vez no lo pude aguantar; cerré la app de golpe.

No podía creerlo. Era como si el pasado hubiera roto la puerta y se hubiera sentado frente a mí.

Desde entonces, cada vez que lo intentaba, bloqueaba la pantalla antes de que él dijera la primera frase.

Pero esa noche fue distinto. Esperando a Memphis en la oscuridad, desesperado por lo que había visto, solo, ansioso por que llegara y me diera una explicación, me lancé en búsqueda de la única compañía que quería en aquel preciso instante: la compañía de mi hermano.

— ¿Adrián?

No respondí, solo lo miré. Él —la imagen de él— frunció ligeramente el ceño, igual que hacía cuando algo no le encajaba.

— No te castigues, Adrián. Vuelve a casa.