Trece #2
No supe qué responder al principio. En realidad todo aquello era una locura.
¿Un ojáncanu en la cueva? ¿Un trenti en mitad de la noche?
Venga ya, me dije. Pero cuanto más lo negaba, más me parecía que el mundo había empezado a hablar en un idioma que no entendía.
Era más fácil tratar de explicar todo a través de ella —pensar que era su culpa, que sabía algo— que enfrentar la posibilidad de que, tal vez, me estaba volviendo loco.
Ella se acercó un poco más y pude sentir el calor de su cuerpo en aquel frío de la tarde.
Mi voz cambió, se hizo más baja, más íntima.
—¿Entonces, no tuviste nada que ver?
—Mira, ha sido una desgracia, sí… Pero tampoco vamos a fingir que el lobo se ha vuelto loco de repente.
Cuando los vi atacar pensé: «¿Un ataque?
¿Aquí?». Llevo años con ellos, Fausto. Años.
He dormido al raso oliendo su aliento, he fotografiado a esos animales a dos metros, escribí un puto doctorado sobre manadas ibéricas, así que algo sé.
Pero, claro…, luego lo piensas bien y empiezas a entender cosas.
La mula… Tierna, quieta y fácil para un día de hambre, de esos que cortan las tripas.
Y la loba alfa… ¿Sabías que estaba a punto de parir?
Porque yo sí, llevo semanas siguiéndola.
Así que imagínatelos: nerviosos, con crías en camino y un par de pisaverdes con escopeta y pésima puntería.
Normal que saltaran. Yo también mordería si alguien se me acerca con una barriga así.
Se me quedó cara de tonto. Sí sabía que andaba la loba encamada por allí, pero jamás se les ocurría atacar, salvo que esos días no hubieran tenido nada que llevarse a la boca, y claro, la mula era todo un cebo.
De lo que seguro no tenía ni idea es de que estaba a punto de tener gazapus .
Si eso era cierto, el ataque no tenía por qué ser tan raro. Volví a insistir.
—¿Entonces?
—Déjame aclararte algo, Fausto: no soy una bruja, es más, te garantizo que las brujas no existen. Es ridículo que lo dudes. Ay, la gente de los pueblos…
—Pero ¿qué has hecho durante todo el tiempo que te fuiste? ¿Y por qué decidiste volver?
—Cuando me fui de este pueblo lo odiaba con todas mis fuerzas.
Me tenía atragantado el olor a moñiga , las miradas de reojo, las paisanas repitiendo siempre las mismas penas, como si no hubiera nada más allá del valle.
Me esforcé por sacar buenas notas, porque sabía que era la única forma de salir.
Me dieron una beca para ir a la Universidad de Santander, y luego otra para hacer el doctorado en Madrid.
Fui para allá convencida de que desde allí podría ser más útil en la lucha contra Franco.
Y algo hicimos, sí. Me dieron de hostias los grises más veces de las que quiero recordar, sobre todo en la facultad, pero aguanté…
Y ahora que ese dictador ya está bien enterrado, he vuelto.
Volví porque ya no soportaba el ruido de la ciudad, por no hablar del tráfico, de esa manía de correr para todo, de querer ser algo sin saber muy bien el qué.
Me asustó pensar que yo pudiera acabar igual.
Así que me largué antes de que me contagiara.
Se detuvo, bajó la mirada un segundo y esbozó media sonrisa.
—No me mires así, tú sabías que yo me iba a ir de aquí, ¿o no?
Era la más aplicada del pueblo, la única que quería leer algo más que los carteles del bar.
Me acuerdo cuando te prestaba libros… Eras un chaval.
Guapo, un poco joven para mí entonces, pero ¿qué son cinco años de nada?
Me hacías gracia y te dejaba aprovechar para meterme mano.
Pero no te culpo, me gustaba lo que me hacías.
Me lanzó una mirada fugaz. Después, siguió:
—Volví, sí. Pero no al pueblo, el pueblo lo sigo odiando.
Volví al monte, que es distinto. Aquí arriba las cosas no fingen ser lo que no son.
Me llaman Lobera, claro, pero eso es porque temen un modo de vida que no esté sometido al yugo social.
No me entienden. Al principio me jodía el mote, pero con el tiempo le cogí el gusto, me da libertad.
Si piensan que soy una bruja, mejor: así no se acercan.
Lo único que echo un poco de menos es que alguien me pegue un meneo de vez en cuando…
Y no me faltan candidatos, no te vayas a creer, que tengo al Susín merodeándome día sí día no con cualquier excusa.
Pero ese pisaverde no me gusta. Si fueras tú, otro gallo cantaría.
Le reí la broma, que no era tal. Luego la miré sin saber qué decir. Todo lo que pensaba que sabía sobre ella se había dado la vuelta como un trillo mal puesto en la tierra.
—¿Y por qué me cuentas esto? —rompí mi silencio.
La Lobera sonrió, pero esta vez no hubo amargura en su gesto, solo una sinceridad que me dejó clavado al suelo.
—Muy sencillo: eres la única persona que me lo ha preguntado. Porque tú, Fausto, quizá también seas diferente. Quizá también seas un poco como el lobo y como yo; fuerte pero solitario, siempre buscando algo que no puedes tener. Y tal vez… tal vez sea hora de que dejes de buscar.
Esas palabras me golpearon. A partir de aquella conversación todo cambió.
Toña, la Lobera, dejó de ser esa sombra a la que había aprendido a evitar para convertirse en alguien a quien buscaba, alguien que, a pesar de que me costara admitirlo, me empezaba a atraer.
Hacía esfuerzos por pastar mis vacas cerca de la Braña de los Tejos, cerca de ella.
Una vez que me vio llegar, vino hacia mí con esa forma suya de caminar, como si pisara la tierra con respeto, sin querer molestarla.
Me propuso ir a ver los escañetus de una osa recién parida.
Y fui, claro. No vimos a la osa, pero yo no podía dejar de mirarla a ella; cómo respiraba al subir la varga , su cuello húmedo, sus labios secos, las manos firmes sujetando la cámara.
Mientras el sol se escondía detrás de los Picos de Europa me quedé callado, notando cómo se me tensaban las tripas.
Uno no es de hojalata y aquella mujer me despertaba el cuerpo.
Y eso no se razona. Eso se siente, aunque te queme por dentro.
Pero por otro lado, la Maruca y yo empezamos a vernos otra vez, era algo que no podíamos evitar: nos cruzábamos en el pueblo, en la tienda, en la plaza, y luego ya quedábamos algún día a tomar una cerveza en la taberna de Eladio.
A veces hablábamos de tonterías, como de mis vacas, por ejemplo, y otras de cosas más serias, como cuando ella me contaba los líos que se traía desde que murió el Marquesón: que si los papeles, que si las deudas, que si la Casona se venía abajo.
Yo escuchaba, claro que sí. No tengo ciencia para los dineros, pero tenía hombro, y se lo ofrecía con gusto.
Yo no era ciego, ni sordo… Empecé a notar que ella me miraba distinto, con ese mirar que no se improvisa, ese que arrastra la memoria.
No era amistad, no era costumbre, ni era solo gratitud por haberme enfrentado cuando su padre cayó.
Era otra cosa. Una ternura pasada que volvía a abrirse paso entre nosotros.
Y yo lo sentía: sentía que Maruca, sin decirlo, sin buscarlo siquiera, se estaba volviendo a enamorar de mí, y aquello, que era lo que más había buscado —que ella volviera a mí por amor y no por revelarse contra quien se lo prohibió—, ahora de repente me desconcertaba.
Porque justo entonces, cuando por fin parecía que el destino se estaba enderechando con el amor de mi vida, se enturbiaba por la aparición de Toña, la Lobera.
Y así pasaron los meses, con la cabeza partida en dos.
De la Maruca seguía enamorado, ya lo creo.
La quería para mí, para siempre. Pero por otro lado acababa de descubrir a Toña, la Lobera —o ella me había puesto en su diana, más bien—.
Ella no me enseñaba otra forma de ver el mundo, no sentía la emoción de pasar días enteros hablando de cualquier cosa, lo que hacía era despertarme el deseo.
Con una sola mirada me desordenaba el juicio, con una palabra me encendía.
No hablábamos demasiado, no hacía falta, bastaba su manera de estar, de moverse. Era una tentación.
Yo no sabía lo que estaba construyendo con ninguna de las dos, pero lo que sí sabía era que la Maruca me ataba al corazón y Toña, la Lobera, al vientre…