Trece
«[Mefistófeles]. Todo lo que nace es digno de perecer».
GOETHE
La echo de menos. Tanto que a veces me duele el pecho, como si ese dolor pudiera acabar llevándome por delante.
Pero no puedo rendirme ahora, me dejó a cargo de su hermano y me toca cumplir la misión que me encomendó: la de cuidarle.
Aunque no es fácil acompañar a ese viejo senil, con todo el mal que me deseó, pero todo lo hago por ella.
A pesar de su edad, la de Maruca no fue una muerte repentina; no, lo suyo venía avisando, fue yéndose poco a poco, como los inviernos largos.
Y tampoco se puede decir que no viviera con plenitud; muchos disgustos tuvo, sí —más de los que merecía—, sobre todo por la muerte de Pecu, tan joven, pero también acabó sus días rodeada de alegrías, como ver al Uco-uco enamorado de la mujer de su vida y que de ese amor naciera su nieto.
Claro que hubiera querido verlo crecer, pero por lo menos llegó a conocerlo, llegó a cogerlo en brazos, a cantarle para que se durmiera, a acariciarle esas manitas.
Una pena que no lo disfrutara un poco más porque ella, sí que sí, hubiera sido una abuela de las buenas, de las de verdad…
La muerte no entiende de cuentos, llega cuando llega y ni los que la buscan saben cuándo vendrá.
Qué jodía. Siempre está ahí, rondando, como el badajo de los campanos que no deja de retinglar aunque parezca que no lo escuchas, de tan repetitivo que se vuelve.
Yo he visto muchas muertes en mi vida. Muchas.
Cuando uno anda desde mozo en el monti pronto aprende que aquí las cosas se terminan de golpe, sin aspavientos.
Una chota se cae por una torca y ahí se queda, esmochada , hasta que los buitres, que son los únicos capaces de llegar donde cayó, la hacen desaparecer; o un chotuco de corzo al que los lobos le hincan el diente, meneándolo por el sangraeru hasta que sucumbe; o un chon atravesado por las postas de un servidor; o una rámila bajo las garras del milano…
Pero no solo los animales. Aquí la muerte también se ceba con la poca gente que nos queda: que si don Tomás, el nonagenario cura del pueblo; que si Fuencisla, la panadera que nos acostumbró a escribir sobre la harina del mostrador por su sordomudez; o Titín, que se fue a vivir a la ciudad con su familia, llevándose a sus hijos, los únicos críos que quedaban en Suso.
Porque eso también es morir: desaparecer.
Cuando me despedí de ella, sin querer me vino a la mente la muerte de su padre, el Marquesón, cincuenta años atrás.
Esa sí que me dio que pensar. Un hombre que lo tenía todo: tierras, casas y más billetes de los que yo veré en diez vidas.
Y mira cómo acabó: muerto por los colmillos de una loba.
Ironías, dicen algunos, pero yo no sé si fue ironía o brujería.
La muerte no entiende de riquezas, no tiene lujos ni ceremonias.
Aquí entierras al que se va con la misma pala con la que cavaste la zanja, y al día siguiente sale el sol otra vez, mientras tú sigues bregando porque la vida no espera.
La muerte es una sombra, pero no da miedo, qué va, porque sabes que es parte del ciclo, como la deshoja al final del verano o el rosar en invierno.
Mi güelu siempre decía que hay que morir con las botas puestas, haciendo lo que te toca, sin moquiteos ni dramas, porque lo contrario sería como llorar por las flores: inútil.
Todavía, medio siglo después, ya viejo como soy, no he podido entender aquella muerte.
Cuando la Maruca vino a casa aquel fatídico día para darme la trágica noticia traía los ojos gastados de tanto llorar.
No dijo mucho al principio; se sentó en el banco de la entrada con las manos apretadas y, al cabo de un silencio, murmuró:
—No aguantó. Había perdido demasiada sangre…
Yo traté de consolarla, pasé horas a su lado, me volqué y ella agradeció mi compañía, mi consuelo, mi cariño…
Pero luego, aun sabiendo lo importante que era para Maruca, no quise acompañarla al intierru .
Preferí aislarme, cerré la casa, volví postigos y me encerré en mi cuarto como si de verdad pudiera ponerle el cerrojo a todo.
No lloré, simplemente me tumbé en la cama con la ropa puesta y dejé que el sueño me arrastrara.
No fue un sueño dulce ni reparador, fue más bien como una huida, como una fuga de esa fatiga que aquel surrealista accidente me había provocado.
Como si el cuerpo decidiera rendirse por unas horas, dejar de sostener la culpa, la confusión, todo eso que me estaba matando.
Recuerdo lo que soñé con una nitidez extraña: un bicho pequeño, nervioso, de ojos brillantes, se colaba en mi cuarto y empezaba a revolver los cajones, a sacar mis papeles, a cambiarlo todo de sitio.
Me desperté con la sensación de que alguien me había estado espiando por dentro.
Entonces me vino el nombre: trenti . Mi güelu me contaba historias de crío sobre ese duende travieso de por aquí, que entraba en las casas cuando nadie miraba y desordenaba sin motivo, solo para divertirse.
Decía que era imposible pillarlo: se escabullía como una lagaterna y lo movía todo de sitio.
Quizá era eso lo que sentía: que alguien o algo había entrado en mi cabeza y me había desordenado los pensamientos.
No solo los cajones del sueño, sino los compartimentos más profundos de la mente.
Porque el cabrón del trenti , además de revolver papeles, también me había sembrado los pensamientos de imágenes.
Aparecía Toña, la Lobera; estaba allí, como saliendo de la niebla, medio desnuda, o puede que lo estuviera del todo.
Yo la deseaba con una urgencia que me avergonzaba.
Todo era confuso. Quería tenerla, tocarla, hacerle cosas que jamás hubiera confesado, pero justo cuando estaba a punto de hacérselas —cuando ya no había marcha atrás—, un aullido cortó el momento y me despertó.
¿Un lobo? ¿Real? ¿Soñado? No lo sé. Me espabilé de golpe, con el cuerpo sudado y el corazón galopando.
Me senté en la cama, a oscuras, sin moverme.
Afuera no se oía nada. Solo me quedaba una pregunta que no sabía cómo enfrentar: ¿Qué quería decir todo aquello?
Por si no fuera suficiente, la siesta me dejó agotado, resacoso, como si hubiera bebido vino a frascas .
Por un instante pensé que todo seguía igual: que el Marquesón seguía vivo, allá en su casona, gruñendo, y que Maruca aún me miraba de reojo con ese aire de superioridad que tanto me confundía.
Pero entonces un golpe seco en el pecho me trajo de vuelta a la realidad.
Se apareció la imagen del ataque en mi cabeza: el animal ensañándose conmigo, con el viejo…
Yo soy un hombre de campo, no se me engaña, sé cómo piensa la loba.
No obedece a nadie más que a su hambre, a sus instintos.
Y aun así no se le ocurre meterse con dos hombres por mucha nieve y soledad que padezcan; va a lo fácil y es temerosa.
Y sin embargo, ahí estaban esos ojos brillando en la niebla, rodeándonos como si alguien los hubiera convocado. ¿Pero quién?
—¡ Cagatu ! —gruñí entre dientes.
No podía quitarme de la cabeza todo lo que había pasado.
Primero, aquel ojáncanu en la cueva, que cobró vida de la pintura y que me susurró lo de la loba, luego el sonido de aquella flauta de madera de saúco que me guio para escapar, y por último el sueño con el trenti …
Y lo peor es que en todos los casos, en medio del desorden, allí estaba ella: Toña, la Lobera.
Cavilé tratando de encontrar algún sentido entre tanta locura.
Por eso me decidí a ir a verla, a mirarla bien, con calma, a ver si en sus ojos o en su voz encontraba algo que me diera una pista.
Porque, aunque no quería admitirlo, empezaba a sospechar que aquella mujer sabía más de lo que parecía.
Emprendí el camino hacia la Braña de los Tejos.
Todavía no había albiao y el campo estaba oscuro, la luna apenas asomaba entre las nubes y los ruidos del monti eran constantes; ese crujir de quimas , esos golpes del viento…
Mi corazón latía con fuerza. ¿Qué le iba a preguntar?
No sabía si quería respuestas o si prefería quedarme con mis dudas.
Al llegar al claro el aire se volvió denso, como si el bosque mismo contuviera la respiración.
Allí estaba Toña, la Lobera, de pie junto a un viejo tejo retorcido. Me miró sin sorpresa.
—Fausto. —Por primera vez no me llamó Quesero—. Anda, pasa.
No le contesté. Miré fijamente sus ojos verdes mientras se clavaban en los míos, me temblaban las manos sobre el palu.
—¿Qué hiciste?
—¿Qué pregunta es esa? —Sus dedos jugaban distraídamente con una ramita de menta.
—¿Tuviste algo que ver?
—¡No seas crío! —me reprochó—. ¿ De verdad crees esas pamplinas que dicen sobre mí?
Había algo en ella que solía inquietarme, pero al escucharla no recordaba qué era.
No era su belleza, aunque sería necio negar que era una belleza inquietante…
Quizá era su forma de moverse, como si nunca estuviera completamente en este mundo, como si formara parte de la tierra misma, de las raíces que se enredan bajo nuestros pies.
Pero en ese momento ese aura se había evaporado, parecía extrañamente cercana.
—Quiero respuestas —le dije. Mi voz resonó más fuerte de lo que esperaba. Supongo que quería mostrarme firme, pero ella no parecía impresionada.
—¿Qué película te estás montando? ¿Crees que, porque los tontainas en el pueblo me llamen Lobera, los lobos pueden llegar a obedecerme? ¡No seas babarrión !