Doce #3
Seguía incrédulo, pero empezaba a estar enormemente tentado por conocer lo que ella había calificado como bello.
Yo amaba la belleza, y me gustaba que me retaran a reconocerla en nuevas formas, fueran estas tan desafiantes como fuesen.
Y no era solo eso, había algo más. Una inquietud más profunda, casi enfermiza: la necesidad de adentrarme en la catedral que Brad Rogers había levantado junto a ella.
Sabía que si cruzaba ese umbral, ya no habría marcha atrás.
Lo que descubriría ahí dentro tal vez me fascinaría…
, pero también corría el riesgo de destruirme.
Porque no hay nada que mine tanto la autoestima como asomarse al lugar exacto donde tu rival ha sido un dios.
—¿Entonces, solo es hablar? —pregunté.
—Así es. Una conversación entre Cabeza de Vaca y tú, Omun solo será un fantasma en la habitación.
—Está bien.
Volvió a coger mi teléfono, que había dejado sobre la mesa, y me lo enchufó de nuevo en la cara para desbloquearlo; lo hizo con un desparpajo que me hizo gracia.
Luego tecleó un par de cosas que no alcancé a ver y me mostró una aplicación que parecía estar cargándose.
En apenas segundos apareció la figura digital de Cabeza de Vaca en un fondo casi oscuro.
Me pregunté cómo habría dado con aquella imagen que se aparecía ante mí, pues no se conservaba ningún retrato suyo, por lo que no había podido beber de ninguna referencia sobre cómo era.
Tenía un aspecto de hombre desgastado por la intemperie, la piel morena y los ojos opacos.
Entonces me miró. Sí, Cabeza de Vaca —o su avatar— clavó sus ojos en los míos, como atravesando la pantalla del móvil.
—Parece magia —solté.
—¿Por qué te crees que trabajo tanto? —respondió orgullosa.
—¿Pero ese rostro se lo ha inventado Omun? No hay retratos suyos…
—No exactamente. Responde a descripciones físicas suyas y a otras de personas de la época que vivieron cosas parecidas. Se llaman datos sintéticos. Es un modelo probabilístico…
—¿Y eso qué significa?
—Técnicamente son datos generados artificialmente para entrenar algoritmos cuando no tienes información suficiente o cuando quieres evitar sesgos. En este caso, combinamos rasgos de descripciones, retratos de otros que estuvieron junto a él y registros biométricos incompletos.
—¿Y en cristiano?
—Es como reconstruir una cara a partir de lo que sabes y de lo que imaginas, todo usando la lógica.
Si tienes media cara de una foto, una descripción que dice «tenía la mandíbula marcada» y muchas imágenes de hombres de esa época con vidas similares…
Omun crea una versión coherente, aunque no sea exacta.
Como un retrato robot que piensa por sí solo.
Entonces la imagen del conquistador se dirigió hacia mí y comenzó a hablar:
— ¿Venís a buscar la salvación en la tierra de los muertos?
Me abrumó. Se me hizo un nudo en la garganta. Miré de reojo a Memphis y luego me aclaré la voz.
—Eh… —No me salían las palabras—. Solo quiero entender por qué cruzó el continente. Qué le hizo seguir adelante.
— ¿Entender? ¿Deseáis que os explique tal cuestión únicamente con palabras? Las palabras mueren en la arena del tiempo. Pero adelante, preguntad.
Vacilé.
—¿Fue supervivencia, o fue… algo más?
Cabeza de Vaca sonrió amargamente.
— Cuando uno sufre las penurias que un servidor ha sufrido, descubre que no hay nada por lo que merezca la pena sobrevivir.
—¿Entonces?
—Fue una idea.
—¿Sobrevivió solo por una idea?
—No sobreviví «por» una idea, sino «gracias» a ella: a la idea de volver.
No hay cosa más poderosa que una idea cuando echa raíz cuando se trueca en obsesión.
Puede sostener al hombre cuando el cuerpo desfallece, puede empujarle cuando ya no queda esperanza.
Este pecador no deseaba volver a lugar cierto, ni a persona alguna que hubiese dejado atrás; tan solo ansiaba la figura confusa del regreso, el saber qué se ocultaba tras el próximo desierto, tras el horizonte venidero.
Ansiaba saber en quién se había convertido una vez vuelto. Me condené a caminar.
Me quedé pensando, satisfecho con lo que aquella máquina escupía.
—Pero entonces…, ¿uno elige su idea… o es la idea la que lo elige a uno?
Cabeza de Vaca me miró con una calma helada.
— Las ideas verdaderas no se eligen, se revelan.
Hay pensamientos que no nacen en nosotros, sino que despiertan.
Creemos haberlos descubierto, pero en realidad nos estaban aguardando, silenciosos, desde mucho antes de que supiéramos darles nombre.
No llegan de fuera: emergen. Y cuando lo hacen, uno no siente el vértigo del hallazgo, sino la extraña sensación del reconocimiento.
La pantalla parpadeó, como si fuera a perder la conexión. Luego siguió.
— Consideraos a vos mismo… Decid: ¿qué causa os trajo hasta aquí? ¿Qué os movió a permitir que una máquina diese voz a los muertos?
El silencio entre nosotros pesó más que las palabras.
—Yo no quería… —dije al fin.
— Claro que sí. Lo hicisteis por la culpa que os carcome por dentro. Es un combustible más silencioso que la ambición, pero más voraz.
—Ansío conocer la verdad detrás de las cosas.
— ¿Y qué haréis cuando la sepáis? —preguntó, inclinándose hacia adelante— . ¿Qué haréis si resulta que no os pertenece? ¿Si no podéis redimirla ni destruirla, solo cargarla?
No respondí.
El avatar sonrió como si hubiese ganado algo.
— Caminaréis, moriréis de hambre, resistiréis… Como hice yo. Hasta que la tierra os devuelva lo que nunca supisteis pedir.