La idea de volver Doce #2
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Doce #2

Volvimos al salón. La luz del mediodía entraba por las ventanas.

Hacía calor. Me paré a contemplar el techo recubierto de vigas de madera que dibujaban vetas donde se contaban las historias de los robles que un día fueron.

Cruzaban a gran altura, creando una sensación de amplitud pero también de calidez, me sentía como en una cabaña perdida en medio de la nada, en una cabaña de ricachón, como Kevin Costner en Yellowstone .

Me fijé en la biblioteca atestada de libros, toda una estantería de Faulkner, Roth y Steiner, como si estuvieran ahí solo para recordarme lo lejos que estaba de escribir algo remotamente parecido.

Nos sentamos en el sofá y Memphis agarró mi teléfono.

—Vamos, hazlo por mí. Pruébalo. Piensa que Omun es quien paga para que estemos aquí, en esta burbuja.

Sin darme cuenta me puso el teléfono en la cara para desbloquearlo con el reconocimiento facial. Luego saltó por encima del sofá como una niña y corrió para que no la atrapara.

—¡Eh! Eso no vale —me quejé con desgana.

—Mira qué rápido. Vas a la App Store y… —Sonrió cuando se dio cuenta de que ya lo había descargado—. ¡Pero si ya lo tienes! Esto sí que es una sorpresa… ¿Cómo no me habías dicho nada?

Entonces me acordé de aquella mañana, antes de nuestra primera «no cita», cuando me lo descargué para probarlo.

—Fue para tener algo de lo que hablar contigo aquella primera vez que quedamos…, pero nunca llegué a usarla. —Nos reímos. Estábamos recién casados y todo era tan fácil que parecía un juego. Después, Memphis se puso seria.

—¿Por qué no quieres ni siquiera probarlo?

—No lo sé…, siento que desvirtúa el proceso creativo.

No quiero que un avatar suplante a un personaje como Cabeza de Vaca.

—Lo dije medio en broma, medio en serio.

Ella se volvió hacia mí, interesada, sus ojos buscando los míos—.

No creo que me haga falta. Ya tengo una imagen clara de él, he leído todo lo que existe: sus diarios, todos los libros, conferencias…

; no necesito que una máquina me dé una versión maquillada de su historia.

Memphis sonrió.

—¿Desvirtúa? Hablar de Cabeza de Vaca no reduce la creatividad…, la multiplica.

—¿Y cómo haces eso? Lo de conseguir que parezca real la conversación… ¿Acaso has programado todos los matices de su personalidad en una caja negra?

Se inclinó hacia mí, casi divertida.

—No es una caja negra. Lo que hicimos fue enseñar al modelo a bucear en cualquier referencia histórica posible para predecir cómo actuaría ante cualquier pregunta.

Pero no solo eso, también es capaz de captar la voz que le dieron al personaje otros historiadores, novelistas, directores de cine…

Es una forma de lenguaje muy sofisticada.

—¿Cómo que una forma de lenguaje?

—Claro que sí. Los LLM son un lenguaje como otro cualquiera: como las matemáticas, como la música o como el inglés. Y como cualquier lenguaje, también son una enorme fuente de crear belleza.

—¿Me vas a vender que la inteligencia artificial es una forma de crear belleza?

Hubo un pequeño silencio. Entraba un sol de justicia por la ventana. Fue entonces cuando Memphis, sin que viniera a cuento, musitó:

—Brad siempre decía eso. Que el código que habíamos creado era la obra más revolucionaria y bella desde las cuevas de Altamira o la capilla Sixtina.

Me sorprendió el tono: suave, melancólico. No hablaba de un colega de trabajo, hablaba de alguien que había sido importante para ella.

—¿Brad?

Asintió, sin mirarme, quitándole importancia, pero sin esconder que era muy consciente de querer hablar de él conmigo.

—Sí. Él diseñó Omun. Al menos la arquitectura original.

Luego vine yo, claro, pero el núcleo sigue siendo suyo.

Tú todavía no lo entiendes, pero es una obra maestra.

Y él… un genio. Sí, también insoportable, pero tiene una forma de mirar el mundo…

distinta. Nunca quiso que Omun fuera una IA «que respondiera bien», sino una que nos cambiara como sociedad. Que nos hiciera mejores. Más bellos.

Entonces comprendí que para ella aquello no era solo una herramienta, ni una obra, ni una revolución. Era algo más importante: un duelo que, muy a mi pesar, aún no estaba resuelto. Me quedé en silencio esperando que siguiera. Entonces suspiró y volvió a la carga.

—En fin, solo quiero que te sientes frente a él, frente a Cabeza de Vaca. Pregúntale lo que nunca le has podido preguntar. Deja que te desafíe a ver cosas que quizás pasabas por alto. Luego ya decidirás si usas o no lo que descubras.