Doce
Volver a Suso fue como mirar de frente, por fin, a una vida que había estado esperándome y a la que yo le di la espalda por miedo.
Sí, por miedo. La Casona, que he restaurado con mimo —y con más voluntad que dinero—, se ha convertido en mi refugio, pero también en una forma de aprender oficios que nunca me imaginé practicando.
Está claro que no hubiera sido capaz de hacer toda esta obra solo, pero lo que no estaba tan claro es que fuera capaz de ser un albañil más: he aprendido a mezclar la cal, a lijar las maderas, a picar las piedras…
Y para alguien como yo, que nunca había hecho nada con las manos —que siempre ha sido una rata de biblioteca—, eso supone toda una exploración vital.
También he escrito durante estos años en Suso.
De hecho, es lo único que hago ahora; cogí una excedencia de la universidad y tengo la suerte —una suerte casi absurda— de poder ganarme la vida escribiendo.
Todo gracias a aquel libro sobre Cabeza de Vaca, La idea de volver , que tanto éxito ha tenido en Estados Unidos; encontró su sitio entre las dos Américas: la profunda, que añoraba sus raíces y vio en Álvar Núñez a un héroe; y la liberal, que por el contrario celebró el giro místico del conquistador y su respeto por las culturas indígenas.
El caso es que mis días en Suso transcurren tranquilos, entre libros y paseos, entre el sonido del agua en los castaños y el llanto intermitente del niño.
No hay cafés a toda prisa, ni reuniones hasta las mil, ni esa necesidad por la hiperproductividad que respirábamos en Nueva York.
Aquí todo va más lento, hasta el reloj parece cansado.
Y sin embargo, a veces me acuerdo. Me acuerdo del otro Adrián, del que subía y bajaba en metro por la Gran Manzana, del que se creía que ser feliz era tachar cosas de una lista, del que bebía más de la cuenta y gastaba lo que no tenía tirando de la tarjeta de crédito de Bill.
Me acuerdo, por ejemplo, de aquel viaje a Arizona.
Sí, aquel viaje fue el que por fin me hizo empezar a escribir el ensayo sobre el conquistador al que tantas vueltas le había dado, aunque sobre todo fue el primer viaje que Memphis y yo hicimos juntos.
Un lugar de una belleza salvaje, pero cubierto por una capa de cartón piedra que lo volvía casi irreal.
Estábamos allí, en realidad, por el gusto de gastar, por la falsa felicidad que da comprar experiencias empaquetadas como si fueran realmente experiencias vitales.
Era una dopamina cara. Una felicidad de catálogo, con habitaciones a mil euros, masajes prohibitivos y vinos sin sentido.
Pero en el fondo algo en ese gasto exagerado olía a fracaso.
A no saber quiénes éramos —y a no querer esperar a averiguarlo—.
Lo nuestro empezó sin que nos diéramos cuenta, como esas tormentas que no tienen importancia al principio, pero que de pronto te calan hasta los huesos.
Nos volvimos uno. Dejamos atrás las citas esporádicas y los mensajes a deshoras para pasar a compartir cada instante, como si el tiempo fuera algo que pudiera agotarse.
Durante meses todo giró en torno a nosotros, no había nada que no la incluyera.
Me acostumbré a la forma en que ella invadió mi armario con su ropa, a su manera de quedarse dormida en el sofá viendo la tele —y a lo difícil que era despertarla luego—, a cómo me hacía sentir, pues a pesar de su caótico trabajo, yo era el centro de algo para ella.
Un día cualquiera me sugirió que nos fuéramos de viaje.
—¿A dónde? —pregunté.
—No sé. ¡A cualquier parte! Decide tú… —respondió impulsiva—. Presupuesto ilimitado.
Así que lo planifiqué todo. Pensé en un recorrido por el sur de Estados Unidos, una ruta que me sirviera de inspiración.
Decidí seguir los pasos de Cabeza de Vaca.
Lo que no planifiqué fue lo que pasó en Las Vegas, en nuestra primera parada.
Era una cita que no podíamos eludir: un concierto de Luis Miguel, una cena en é by José Andrés, después el Absinthe, en Caesars Palace…
No sé quién lo propuso: tal vez fue ella, riéndose mientras apostábamos en el casino, o tal vez yo, nublado por el mezcal y por no querer que ese momento acabara nunca.
Bastó con mirarnos y tener la certeza de que había que entrar en aquel sitio: Little White Wedding Chapel, decía el letrero con luces de neón.
Era como si lleváramos toda la vida preparándonos para ese instante.
De repente apareció un imitador de Elvis y…
Sí. Nos casó en menos de media hora. Firmamos los papeles entre carcajadas, con la absurda convicción de que no había en el mundo dos personas que encajaran mejor en ese preciso momento.
Para pasar nuestro viaje de novios —y nuestra resaca—, decidimos irnos a un rancho con hotel de lujo en Arizona.
Todo era salvajemente real, menos nosotros.
Parecíamos dos intrusos disfrazados de cowboys en un paisaje que no nos pertenecía.
¿Por qué habíamos terminado allí? Porque eso es lo que haces cuando tienes más dinero que tiempo: compras un pedazo de vida que no es tuya.
Contemplábamos el campo desde la terraza de nuestra ostentosa cabaña de madera, con un gran jardín de flores de colores vivarachos que rodeaban una excéntrica piscina.
De vez en cuando un ciervo de cola blanca asomaba entre los robles o los cedros, mientras los arrendajos llenaban el silencio con sus cantos, emitiendo un ronco y áspero crac, que solía tornarse muy estridente en situaciones de alarma.
Las ardillas correteaban por los troncos y, en la distancia, algún coyote lanzaba su aullido solitario, recordándonos lo ajenos que éramos a ese mundo.
Tan ajenos que cuando salíamos a montar los caballos Mustang que criaban, lo hacíamos en fila india y con casco, despojados de nuestros recién estrenados sombreros Stetson, que al fin y al cabo era lo único que nos hacía mantener viva la ilusión de ser algo más que turistas con mucho dinero.
Todo era idílico. Falsamente idílico. Una realidad artificial.
Pero, a pesar de aquel sentimiento de no pertenecer, a nosotros nos merecía sobradamente la pena.
Quizá por esa burbuja de lujo prefabricado —o a pesar de ella—, lo cierto es que a Memphis se la veía feliz.
Sí, estaba siempre pegada a su teléfono o a su laptop , trabajaba muchas horas al día, pero no le importaba.
Cuando se desconectaba, se lanzaba de cabeza a la fantasía, rompiendo todas las barreras del ridículo con una intensidad que me dejaba perplejo.
Como cuando se coló en la clase de pintura para niños del hotel solo porque quería «recordar cómo se pintaba con las manos» y acabó con témpera hasta en las cejas, o cuando se empeñó en aprender las canciones del rodeo local —con acento sureño incluido— y luego me obligó a hacer un dueto con ella en el karaoke del bar, mientras todos nos miraban como si viniéramos de otro planeta.
¿Y yo? Yo me dedicaba a no hacer nada. En realidad elegí aquella ruta épica pensando que me inspiraría para escribir, pero la verdad es que me pasaba el día evitando mi teclado.
Leía mis escritos una y otra vez, pero no avanzaba, y ese estancamiento empezó a pudrirlo todo.
Terminé odiando mis palabras, odiando todo lo que me rodeaba.
Lectura, escritura, incluso las escasas interacciones con mis estudiantes, con los que todavía mantenía abierta la vía de las tutorías online .
Me convertí en un fantasma que paseaba por los valles, levantando más peso del que acostumbraba en el gimnasio y comiendo en exceso…
Lo peor es que me empezaba a gustar ser ese hombre inútil, ese adorno que solo estaba ahí para lucir bien en la vitrina de Memphis.
Un día, mientras me entretenía en el salón, Memphis apareció de repente, como siempre, con esa energía arrolladora.
—¿Qué haces?
—Nada, aquí… escribiendo —mentí.
—Perdón, no quería molestarte.
—En realidad estoy atascado. Tengo el síndrome ese famoso…, el de la página en blanco.
—Vaya… Quizás un paseo te despeje un poco.
Me hizo gracia. La pobre trabajaba tanto que no sabía que ya casi me había recorrido cada recoveco de la finca.
—Solo si te apuntas…
—No seas malo… Ya sabes que no puedo, me queda un buen rato. —Puso esa cara de pena tan sensual antes de besarme para disculparse del todo. Luego dio un giro inesperado—. Otra cosa que podrías hacer para inspirarte es pedirle ayuda a Omun.
Lo soltó como quien lanza una bomba, yéndose luego a la cocina para refugiarse con la excusa de hacerse un café.
—¿A Omun? ¡Qué horror!
—¿Qué has dicho?
Respondió desde la cocina con la cafetera haciendo un ruido insoportable. Me levanté, hablar en la distancia no iba a funcionar.
—Que tu «maquinita» es diabólica, no quiero que contamine mi «voz»— lo dije arrastrando las palabras como si realmente tuviera una «voz» que valiera la pena proteger.
La vi calentar la leche y me dio una envidia casi infantil. Cuando se dio la vuelta para buscar algo en la nevera le robé su café.
—¡Eh! ¡Que es mío!
—Parece que ya no… —respondí con una sonrisa traviesa.
—Deberías probarlo.
—Estoy en ello. —Di un sorbo ordinario y se rio.
— Omun , tonto… Podría ayudarte a arrancar, a tener conversaciones con el protagonista de tu historia… ¿Quieres?
—No, de verdad. Hay barreras que no quiero cruzar.