Once #2
Se volvió a reír con una risa exagerada, como si le divirtiera verme muerto de miedo.
—¿Siempre te ríes así? —pregunté cambiando de tema.
—Solo cuando alguien me hace gracia.
Nos quedamos unos segundos en silencio. Luego ella se cruzó de brazos, ladeando la cabeza.
—Hacía tiempo que no venías por aquí. ¿Quieres que te deje algún libro como cuando eras un mozo? Con aquella excusa lo pasábamos bien…
Todavía estaba temblando por lo que vi en la cueva y esta bruja parecía querer tirarme los trastos.
—Qué recuerdos… —contesté sin esquivar la provocación—. Aprendí mucho contigo, pero no, ya no me interesan tus libros. Ni lo otro…
—¿Te has vuelto un hombre serio?
—Siempre lo fui.
—Ja, ja. Cuando hace algún tiempo te veía de la mano de la Maruca me hice a la idea de que por fin te habían enlazao . Pero ya me enteré de que no, que tu amada se alejó de ti. Así que estás libre de nuevo… ¿Seguro que no quieres pasar, Quesero?
Le sostuve la mirada, mochu .
Antes de que pudiera contestar, un grito quebró el silencio del valle.
—¡Socorro! ¡Socorro!
Eran gritos de auxilio, que parecían salir de las entrañas del monti .
Nos miramos sin decir palabra, diluyendo la tensión que me había producido la cueva y la que ella se empeñaba en generar entre nosotros.
Nos dispusimos a ver qué pasaba y echamos a andar monte arriba.
No tardamos mucho, diez minutos tal vez, pero el sendero se hizo más largo por la inquietud que nos iba calando.
La pluya empezaba a arrastrarse por las cajigas y el silencio del bosque se rompía por las voces que pedían auxilio con desesperación.
Cuando llegamos al bosque del Sejo ya nos temíamos lo peor.
Allí estaba la Lola, la mula vieja de Tío Toño, el Moñigo, tendida en el suelo como una piedra.
Muerta. La reconocí enseguida por la marca blanca en su grupa.
A su lado, medio deshechos de miedo, el marqués de la Sierragorda con su rifle, y su hijo Susín con el rostro más blanco que la escarcha.
De repente, el viento nos trajo aullidos de entre los riscos, luego fue un gruñido. Era ronco y profundo, como el sonido de una pesadilla.
—La puta loba… —dije agarrando el palu con fuerza.
—Hay que irse —replicó Toña mientras se volteaba.
Pero yo no podía dejarlos a su suerte, y eso que odiaba a aquellos dos hombres con todas mis fuerzas. Me acerqué hasta donde estaban y de pronto vi a las bestias: eran cinco, no, seis… Grandes, con los ojos brillando como carbones encendidos. Nos habían rodeado.
—¡Señor marqués, dispare! —grité.
El Marquesón se volteó a mirarme sorprendido por mi aparición y levantó el rifle, pero sus manos temblaban tanto que falló.
El disparo resonó entre los riscos, pero los lobos ni se inmutaron.
Fue como si supieran que aquel hombre no era peligroso para ellos.
Sus belfos amenazantes entonces atacaron: el primero saltó directo hacia el viejo, y sin pensar me puse delante para defenderle.
Sentí el peso del animal sobre mí, sus colmillos clavándose en mi brazo, arrancándome la carne de un zarpazo.
Me las arreglé para golpearlo con el palu y hacerlo retroceder, pero una loba ya había alcanzado al viejo.
Lo vi caer al suelo, gritando, mientras la bestia se ensañaba con su pierna.
Y en mitad de aquella tragedia, de repente, escuché un sonido lejano: era como una melodía que venía a protegerme.
No sé si fue real, pero yo la oí. El sonido podía distinguirlo con los ojos cerrados: se trataba de la melodía de una flauta, la flauta del musgoso , ese personaje de los cuentos de por aquí que salvaba del peligro con su música.
Esos cuentos me recordaban a mi infancia, a esas flautas de rama de saúco que tallábamos con la navaja.
Me recordaban a mi güelu , al chiflar rojo de la piedra de lumbre, al movimiento de la gubia en sus manos.
Y esa música —la que entonces escuchaba allí, entre la sangre y la sombra, entre el gruñir de los lobos atacándonos— era la misma. O eso quise creer…
Me recompuse. No sé cómo lo hice, pero logré espantar a la loba con gritos y palos antes de que dejara la pierna del viejo para ensañarse con su pescuezu .
Estaba fuera de mí. El resto de la manada la siguió como si de pronto todos sintieran miedo, como si algo más grande que yo les hubiese mandado parar.
Y cuando se fueron, el monti quedó en un silencio pesado.
Me acerqué al Marquesón, que estaba tirado en el suelo, con la cara pálida como la luna llena sobre los prados nevados, temblando.
—Fausto… —me dijo con un hilo de voz—. Ayúdame.
Miré al Susín, que estaba subido en un árbol con los pantalones meaus .
Ni siquiera le pedí ayuda para cargar a su padre, y eso que yo tenía el brazo herido y el cuerpo hecho polvo.
El marqués de la Sierragorda tenía una herida en la pierna que no paraba de sangrar a borbotones.
Le hice un torniquete y perdió el conocimiento.
Odiaba a ese hombre, pero no quería que muriera, y menos allí conmigo y con el hijo delante.
Duró semanas el Marquesón ingresado en un hospital de Santander, aunque no fue vida lo que tuvo.
La pierna se le gangrenó y ni los mejores médicos lograron hacer nada.
Yo fui a verle un día porque él lo pidió y, cuando le vi postrado en su cama, antes de que la muerte se lo llevara, me agarró la mano con fuerza y me dijo:
—Perdóname. He sido un necio contigo.
No supe qué decir, solo asentí.
Tras su muerte no podía parar de pensar en el ojáncanu ; me asustaba pensar que aquella sombra en la cueva había sido real.
No sé qué era aquello, ni a qué mundo pertenecía, pero sé que no fue un sueño ni una alucinación.
Fue otra cosa: una aparición, una advertencia.
Un trato que quizá yo no entendí del todo, pero que acepté igualmente.
Y ahora no sé si lo que vino después era casualidad o castigo.
Me gustaba pensar que fui yo el que hizo lo que tenía que hacer, que fui yo el que intentó salvarle, pero hay días en los que siento que lo que ocurrió ya estaba escrito antes de que yo supiera leer.
Desde entonces empecé a mirar a los de arriba con otros ojos.
Ya no como figuras lejanas de un cuento, sino como presencias muy reales, caprichosas como la helada y esquivas como la rámila .
Empecé a notar sus señales en el crujido del fresno, en el vuelo torcido del arrendajo, en el retemblar de la piedra suelta en la bota…
Entonces, por fin, entendí que todo aquello no podía ser solo un accidente, que también era un cuento.
Uno de esos cuentos que parecen narrados para asustar a los niños, uno de esos cuentos de los que se cuentan alrededor del llar , de los que a veces se cantan con una flauta de rama de saúco de fondo.
Porque si no fueran ciertos los cuentos, ¿cómo íbamos a entender lo que no se puede explicar?