La idea de volver Once
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Once

«[Fausto]. ¿Quién osará decir: creo en Dios?

¿Quién puede decir: no creo en Él?

Vuelve a sonar en mi pecho,

oh, tú, llena y poderosa emoción,

que tú me envuelves, cielos, y elevas».

GOETHE

¿Y los padres del mundo? ¿Acaso ya nadie cree en las fuerzas invisibles?

La fe, hoy en día, ya no es algo de lo que la gente quiera hablar —y no hablo de rezar, hablo de creer en algo más que en uno mismo—.

La han cambiado por otros códigos: el bienestar, el éxito, el dinero…

Sobre todo, el dinero. Y lo curioso es que lo existencial está más presente que nunca, incluso por encima de estos mantras, pero la gente ya no se permite creer en lo que no se ve, aunque sigan buscando darle un sentido a todo esto.

Porque, aunque el mundo moderno corra muy deprisa, en realidad seguimos siendo los mismos: criaturas que necesitan creer en algo, aunque no sepamos bien en qué.

Cuando el Uco-uco llegó de Nueva York hace tres años, venía cargado de esa filosofía del mundo moderno, como si hubiera incubado una fiebre: la de la prisa, la de arrollar sin respetar, la de hablar mucho y escuchar poco, la de creerse especial…

Es, sin duda, una enfermedad rara esta de la modernidad, pero muy extendida.

Ahora, por suerte, ya se le ve algo distinto, como si empezara a entender que hay códigos que uno tiene que aprender sin necesidad de correr, sino quedándose un poco quieto, con humildad.

Y lo mejor es que ya no se le nota tan seguro de sí mismo como al principio, empieza a tener dudas, y eso, para mí, es buena señal.

Porque al final todos andamos con dudas —los que creemos y los que no—, y solo el que duda de verdad empieza a entender algo.

A veces me da por pensar que, en realidad, los dioses no son más que un cuento que hace que todos entendamos mejor este mundo tan difícil de explicar.

Pienso —con muchas dudas— que les hacemos la existencia mucho más comprensible a nuestros críos si conseguimos que digieran la realidad a través de los dioses.

Aunque otras veces también pienso que esa «realidad» es tan absurda, tan disparatada, que quizá sea un cuento en sí misma, uno narrado por un personaje al que podemos llamar Diosa y que mueve los hilos de todos nosotros como si fuéramos un rebaño, y ella nuestra pastora.

¿Qué sería de nosotros, que no tenemos respuesta a tantas preguntas fundamentales, si no creyéramos que hay una mano que mueve los hilos de nuestra incomprensión?

Lo que sí puedo asegurar es que, si somos personajes de un cuento, si toda esta vida es una simulación narrada por alguien —o algo—, nuestro narrador no anda pasando una buena temporada, pues nuestra existencia no es que sea muy llevadera…

Quizás esté sembrando tantas dificultades precisamente con la intención de que valoremos la vida que nos da, para que nos sintamos motivados a añudar los cabos sueltos que va dejando y que hacen de nuestra vida —por momentos— una auténtica carga.

Y si eso fuera así —quizás también—, pretenda que, a través de sobreponerse a esas cargas, seamos capaces de encontrar cierto sentido a todo esto.

No solo sentido, sino sobre todo sosiego, eso que en su forma más conocida —y banal— podemos llamar felicidad.

Aunque ya puestos, y para rizar el rizo del todo, si de verdad creyéramos que alguien mueve los hilos de lo que nosotros percibimos como real, ¿no sería ese alguien un cuento que nosotros nos estaríamos contando para explicar una realidad que no tiene por qué tener ninguna explicación?

Y si eso fuera así, entonces todos seríamos cuentos dentro de cuentos en una espiral infinita.

Y fue precisamente esa espiral infinita la que un día acabó por despertarme y hacerme ver que, «en realidad», todos éramos, irremediablemente, personajes que formaban parte de un cuento, uno que no siempre empieza con «érase una vez», pero que nos lleva igualmente por camberas que no elegimos.

Y si no me creen, escuchen.

Les voy a contar lo que me tocó vivir cuando mi señora, entonces una joven, me rompió el corazón por culpa de su hermano Susín, que manipuló a su padre y me alejó de ella porque yo no le parecía suficiente.

Porque lo que pasó entonces con el marqués de la Sierragorda bien pudo ser una fábula, o una pesadilla…

o lo que acaba pasando cuando al amor se le mete lo mágico por dentro y uno, por no perderlo, se atreve a pactar con lo que no entiende, y acaba pagando un precio que no sabía que pagaría.

Habían pasado ya dos estíos sin que pudiera conseguir que la Maruca se acercara de nuevo a mí, y estaba tan desesperado por recuperarla que un día decidí hacer algo que solo una persona desolada, o tarumba, sería capaz de hacer: me subí a la cueva del Llobu, la que me parió, y me encerré allí a reconciliarme con las fuerzas que nos dan la vida.

¿Y por qué?, se preguntarán…

Pues lo que me hizo cruzar esa línea no fue la curiosidad, ni tampoco la fe; fue la desesperación.

Maruca se me escurría entre los dedos y yo, que había esperado años por ella, no soportaba la idea de perderla justo cuando la había tenido tan cerca.

En aquella época no tenía creencias muy arraigadas, desde luego no creía como creo ahora, aun así me agarré al murear viejo como un jato a la ubre de su madre.

No por convicción, sino por hambre. Hambre de que algo cambiara, de que alguien —fuera quien fuese— me diera una respuesta, una solución, una salida.

Era como esos que van a que les echen las cartas a una de esas brujas que todo se lo inventan, no porque crean en su videncia, sino porque el presente se les está cayendo encima y cualquier cosa parece mejor que quedarse quieto.

No sé qué pensaba que iba a encontrar en la cueva que me parió, en la del Llobu: ¿un hechizo que la trajera de vuelta a mí como por arte de magia?

¿Un conjuro de esos que se murmuran en verso mirando a santo Toribio?

… Yo había bajado muchas veces allí cuando el mundo se me hacía cuesta arriba; no para esconderme, sino para eso que algunos llaman rezar y otros meditar, pero que en realidad es callar para entenderse a uno mismo.

Allí dentro me sentaba a escuchar las voces de mi cabeza, pero en aquella ocasión fue distinto: no fui a pensar ni a escuchar…

, fui a suplicar. Como quien ya no busca respuestas, solo que alguien —o algo— le oiga lo despechado que se siente por dentro.

Cuando llegué a la entrada me encontré con un silencio espeso, de esos que solo rompen los campanus de las vacas a lo lejos.

Entré en aquel túnel desesperado y bajé por un pasillo estrecho apoyándome en esas paredes que sudaban, como se baja al vientre de algo vivo.

El aire húmedo se me metía por los pulmones y me los empapaba.

Entonces me senté en una piedra frente a aquella pintura rupestre, ante la que solía confesarme como si se tratara de la estampa de una Virgen.

Era una pintura borrosa que tomaba una forma temible: la de un ojáncanu .

El dibujo estaba enterrado en la piedra, sus trazos, de miles de años de antigüedad, parecían apenas manchas, sombras que iban formando su figura a medida que le miraba.

Obviamente una pintura rupestre no se mueve, y sin embargo, algo en ella empezaba a despertarse dentro del dibujo: el contorno de una boca llena de dientes, la curva de un brazo peludo; y sobre todo ese ojo único, redondo y hundido en la frente, que brillaba, y que como por arte de magia empezaba a pestañear.

Me asusté al verle cobrar vida, y entonces, sin sonido, sin gesto, se intentó comunicar conmigo.

No sé si habló, quizá no, pero lo que fuera que quiso decir, lo entendí:

—Donde habita la loba, se deshace el nudo.

No era una amenaza, era otra cosa. Una advertencia, quizás, o un pacto que acababa de cerrar sin darme cuenta y que ahora me tocaba respetar.

El caso es que cuando uno ve a una pintura rupestre hablar, por muy milenaria que sea, lo primero que piensa es que se ha vuelto loco, pero inmediatamente después se caga de miedo y sale de allí a toda hostia.

Me eché al monti y corrí tan rápido como pude, pero ni el campo me trajo sosiego.

Los escajos no eran abrigo, eran garra, las jelechas parecían lenguas que cuchicheaban, y las mayuetas trasmutaron en golosinas venenosas.

Nada parecía en su sitio, como cuando el ganado se calla de golpe y uno sabe que algo se ha roto en la calma del valle.

El alma, cuando siente estas cosas, no se apacigua: se encoge.

Bajé hacia el pueblo huyendo por los caminos, desorientado.

Cuando llegué a la Braña de los Tejos me paré para recuperar el aliento, tratando de entender qué acababa de pasar.

Me senté en un banco de piedra allí colocado para los papardos que necesitaban descanso en sus paseos.

Tenía la respiración entrecortada, sudaba…

De repente, me la encontré. Allí estaba ella, en pie junto al tronco retorcido de un viejo tejo, joven y flaca, con la piel pálida y unos ojos verdes que parecían sacados de la misma noche.

Por alguna razón, verla me dio una sensación de paz, quizá por ver a una persona tras aquella incursión en un mundo que no podía ser real, o quizá porque ella misma era parte de ese mundo, pero por lo menos era alguien conocido para mí, alguien a quien poder preguntar qué acababa de pasar.

La contemplé fijamente: Toña, la Lobera, era guapa.

Muy guapa. Me miró sin asombro, como si me estuviera esperando desde hacía años.

—Vaya, Quesero… ¿A dónde vas tan corriendo? ¿Has venido a perderte?

Entonces se descojonó, no entendí del todo por qué. Luego se sentó a mi lado y me observó, como si se percatara de mi cara de susto.

—¿Estás bien? —preguntó serena, como si, inexplicablemente, supiera lo que me había pasado.

—Sí… Creo que sí —mentí temeroso.

—Pues estás pálido…