Diez #2
Dentro, la luz era tenue y su cuerpo desnudo era el de una mujer en forma.
Se acercó hasta quedar a un centímetro de mí, tan cerca que noté su aliento acelerarse.
Su piel desprendía un calor sofocante antes incluso de tocarla.
Cuando la acaricié, sentí cómo temblaba un poco.
La bese en el cuello, que olía a algo limpio, a piel recién enjabonada.
Pasé los dedos por su nuca y ella inclinó la cabeza hacia mi boca, ofreciéndose sutilmente.
La bese en los labios mientras bajaba la mano hacia su entrepierna.
Note los jadeos de su respiración acortarse.
La besé en la clavícula mientras seguía el recorrido del calor.
Memphis me dejó recorrerla, pero no tardó en apartarme y se puso encima de mí.
Cuando entré dentro de ella intuí un levísimo gemido, luego otro más claro, su respiración empezó a ser más y más fuerte a medida que se movía despacio.
Me sentí torpe, temía no dar la talla. Mis manos reconocían las curvas de su cuerpo hasta que se posaron finalmente en su cintura, acompañando su cadencioso movimiento.
Hubo un instante en que todo se redujo al roce de su vientre contra el mío, al latido compartido, a esa frontera donde ya no se sabe quién toca y quién es tocado.
Empezó a moverse más y más rápido, su respiración se aceleró, sus gemidos perdieron la vergüenza.
Cerré los ojos suplicando aguantar un poco más, solo un poco, intuía que ella debía de estar a punto.
Entonces gritó y yo me dejé llevar, gritando también.
La noté romperse en mis brazos mientras yo me rompía por dentro. Una ola de calor nos desbordó a ambos.
Después de hacer el amor nos quedamos tumbados en su cama, ella boca arriba y yo de costado, mirándonos fijamente mientras acariciaba su brazo.
Aquel era un momento de profundo sosiego y armonía.
Me miraba tan fijamente que pensé que no solo lo hacía seducida, había algo más.
Volví a beberme esa mirada y la guardé en mi memoria, como quien guarda una foto en la cartera.
—¿Qué pasa? —me preguntó sonriendo.
—Nada, te miro.
—¿Y qué ves?
—Una tía que me gusta.
—Esa es una frase muy peligrosa, Adrián.
Sonrío de nuevo, ahora con un guiño coqueto. Luego se levantó y descolgó una bata del armario que se acomodó mientras bajaba las escaleras. Desde abajo me preguntó:
—¿No te ha entrado hambre?
«La verdad es que no», pensé.
—Claro —mentí—. Me ducho y bajo enseguida.
—Tienes una toalla limpia colgada en el toallero. —Su voz sonaba remota desde la cocina.
Cuando bajé, Memphis me esperaba con una taza de té. Flipé al verla comiendo unos palos de apio, «qué pereza», me dije. Me senté y advertí en su semblante un gesto grave…
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
Cogió un palito y lo masticó despacio, clavándome sus luceros verdes. Aquella luz me descubrió que uno de sus iris era más azulado que el otro, completamente verde. Me pregunté si sería un efecto óptico.
— Déjame que te haga la pregunta otra vez…
—¿Qué pregunta?
—¿Qué quieres saber de mí, Adrián? No te voy a decir que no muerdo porque ya sabes que sí —bromeó.
—Bueno, si insistes… ¿Crees que tengo alguna posibilidad contigo?
—Ambos estamos casi desnudos en mi cocina, digamos que no vas mal…
—¿Y… Brad?
—Ya te lo he dicho…, eso se acabó. —Noté melancolía en su mirada.
—Eso es una magnífica noticia para mí.
Sonrió mínimamente, pero tampoco intuí demasiada emoción.
—Créeme, para mí también. Aunque Brad no está acostumbrado a que le dejen.
Me reí orgulloso de que hubiera sido ella quien rompiese lo que, en mi opinión, tan bajo la hacía caer. Apretó el gesto. Luego se hizo un silencio incómodo.
—¿Cómo acabaste con él?
Me arrepentí. Ya me había advertido que no quería hablar de su exnovio conmigo.
Ni yo de él con ella, en realidad. A veces, llenar el silencio de palabras me surge como una necesidad de quebrar el vacío.
Las palabras tienen el poder de darle color y vida a la monotonía, pero la mudez no es ofensiva, no tiene que ser destruida porque sí.
Es más, te puede meter en un lío hacerlo, como a mí ahora.
—¿Qué te interesa saber sobre Brad?
—Perdón, no quería preguntarte por él…
—No me importa. Es un hombre que genera interés.
Esperé unos instantes, dándole espacio para continuar.
—Brad es… —Hizo una pausa, como si buscara las palabras exactas—. Brad es un niño que necesita mucho protagonismo. Lo que se le da bien es la tecnología, eso es indiscutible, pero lo que realmente le fascina es el espectáculo. No puede evitar convertir cada avance tecnológico en un sermón.
Se inclinó ligeramente sobre la mesa, girando la taza de té entre los dedos.
—Si lo escuchas hablar el tiempo suficiente, acabas convencido de que está a punto de llevar a la humanidad al próximo estadio evolutivo, o al fin del mundo, según el día. Pero en la intimidad… —Sonrió con un aire de ironía—. En la intimidad sigue siendo un niño.
—¿Cómo os conocisteis?
—En el MIT. Vino al Media Lab a conocer el grupo de investigación Personal Robots que entonces yo dirigía.
Cuando me vio, creo que se quedó un poco sorprendido pues esperaba encontrar a otro tipo de mujer…
« Less sexy », fue su comentario. Me hacía muchas preguntas sobre las tecnologías que allí diseñábamos, cuestionaba todo con cierta soberbia, como queriendo pillarme en un renuncio.
Al día siguiente me llamó la chief talent officer de OmunAI y me hizo una oferta para ser chief researcher de la empresa.
Cuando vi la cifra que me ofrecían, me mareé…
, no pude rechazarla. A partir de entonces me empezó a agasajar: flores, regalos, invitaciones…
Sin duda me sentía incómoda, casi acosada, pero también extrañamente atraída.
Un día me llevó en el avión de Adam —rápidamente entendí que se refería a Adam Brighton, el billonario presidente y mayor accionista de OmunAI— al concierto de Taylor Swift, me puso la excusa de una reunión de trabajo urgente, todo para sorprenderme.
Acabamos cenando… En fin. —Bebió un sorbo de té como para aclararse la garganta—.
Al final caí en sus brazos, nos liamos y empezamos a salir.
Imagino lo que debes de pensar de mí… Aunque te diré que durante este año y pico he llegado a estar enamorada, no solo del personaje, también de la persona, pero eso ya se ha acabado…
Me he dado cuenta de quién es él y de quién soy yo.
Obviamente, me sentí tentado a hacer la pregunta: «Y quién es él?
», pero me abstuve movido por una extraña intuición que me recorrió la mente como un chispazo.
¿De qué me serviría saber quién era Brad Rogers?
Lo cierto es que lo era todo. Aun así, ni con su poder había evitado perderla, y por el contrario yo acababa de hacer el amor con su ex, no me hacía falta nada más.
Empezaba a tener lo único suyo que me interesaba.
—No debe de estar muy acostumbrado a perder. —Aquello fue lo único que se me ocurrió.
—No se trata de ganar o perder; teníamos algo especial y se acabó, ya está.
En una relación haces un pacto, pero las personas tenemos derecho a cambiar.
No pienses que no le fui fiel, pero yo estaba confusa y aquella cena contigo en el Indochine me reveló que ya no sentía nada.
Él, por su parte, no sentía nada por nadie… salvo por mí. Eso me angustiaba.
—«No conseguirás conmover otros corazones si del corazón nada te sale».
—Me gusta esa cita, ¿de quién es?