La idea de volver Diez
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Diez

A veces uno consigue lo que quiere. Y es raro, porque no es fácil acostumbrarse a que los deseos de pronto se cumplan.

Eso me ha pasado con la Casona. Sé muy bien cómo lo he conseguido, pero lo cierto es que ahora esta casa es mía, aunque durante años solo fue un recuerdo, una postal ajada de mi infancia que para siempre dejaría atrás cuando mi madre decidió venderla.

Pero ahora aquí estoy, rodeado de paredes que reconocen mi voz, y aunque ahora cuidan de mi mujer y de mi hijo, sin duda he recuperado algo que creía perdido; no solo las escaleras de madera, las piedras o las vigas del techo, sino algo más importante: la noción del hogar, la idea de volver sin que me duela.

Y aun así, no me siento del todo en paz.

Porque conseguir lo que uno quiere no es sinónimo de felicidad —o al menos no siempre—.

Sí, al principio hay una alegría fugaz, pero pronto llega el vértigo; porque lo que ahora se tiene hay que sostenerlo y cuidarlo para que no se caiga, para que no se rompa.

Y si se rompe, ¿qué queda? ¿Quién eres tú cuando pierdes lo que tanto te costó alcanzar?

Quizá por eso no termino de soltar el aire.

Quizá por eso, esta casa me da tanto como me exige.

Como si me pusiera a prueba. Y esa sensación —esa mezcla de gratitud y de miedo— no es nueva: ya me ha pasado antes, me ha pasado muchas veces.

Recuerdo, por ejemplo, cuando Memphis y yo volvimos a vernos tras nuestra «no cita».

Todo empezó después de aquella primera espantada de Memphis en el Indochine.

Había pasado casi un mes hasta que la volví a ver, y eso que le había escrito varias veces mensajes por Instagram y por WhatsApp, pero nunca contestaba a pesar de leerlos con bastante rapidez.

Fue cuando ya había perdido toda esperanza, un día que volvía de tomar un café, cuando de repente la vi salir del Science Center.

Iba vestida con una elegancia sobria, llevaba una blusa de color blanco de manga larga, y su cabello, rizado y voluminoso, caía sobre un escote en forma de V que enmarcaba ese atractivo tan mediterráneo.

Apenas se advertía una leve capa de maquillaje que realzaba ese aire de confianza en el que siempre se escondía.

Me dirigí a ella y me planté delante sin decir nada, ni siquiera sonreí.

Ella sí, sonrió ampliamente, una sonrisa franca que manifestaba menos sorpresa de la que hubiera imaginado.

Al revés, parecía como si hubiera estado esperando encontrarme, ilusionada por verme de nuevo, ajena a todo lo que había pasado: a su desbandada en el Indochine, o a los mensajes leídos y no contestados a los que tantas vueltas había dado.

—Estás muy guapo. —Me extrañó su desparpajo tras nuestro último desencuentro.

—¿Nos tomamos un café? —contesté directo y sin rodeos, viniéndome arriba.

—Son más de las doce… Igual podemos picar algo.

Y así fue como nos fuimos dando un paseo para almorzar improvisadamente en Le Monde, donde me conocían y no tendría problema para conseguir una mesa.

Mientras caminábamos hablamos de cosas banales: le pregunté qué había venido a hacer a Columbia, mi universidad, y me dijo que estaba trabajando con un investigador del Science Centre; me preguntó por el libro y por mis clases.

Luego se hizo el silencio; fueron unos minutos eternos e incómodos hasta que por fin llegamos al restaurante.

Nos sentamos en la terraza, ella dejó el abrigo con gesto serio sobre el respaldo de la silla.

Mientras se sentaba pensé que era la persona más segura que había conocido, y cuando la vi cruzar las piernas y recogerse el pelo con una mano —un gesto inocente si no fuera por el modo en que me clavó sus ojos mientras lo hacía—, confirmé aquel pensamiento y añadí que era además una mujer coqueta y provocadora.

—¿Por qué me has evitado todo este tiempo? —Fui así, directo al grano, quizá hasta irrespetuoso, aun a riesgo de asustarla.

—¿Estás muy enfadado conmigo? —preguntó.

—No sé si enfadado es la palabra. Confuso, quizá.

—Brad y yo ya lo habíamos dejado —dijo de pronto—, aunque todavía no estaba preparada. Pero no te voy a aburrir con eso, no he venido a hablar de mi exnovio, y menos contigo.

—¿Entonces, de qué quieres hablar?

—No lo sé —respondió—. De ti, de mí… De cómo me miraste aquella noche, de por qué me sigues mirando así…

No supe qué responder, me limité a sostenerle la mirada, consciente ahora de que efectivamente era bastante forzada.

—¿Igual quieres explicarme por qué me besaste y luego saliste corriendo? —solté.

—Para eso necesito algo de vino. ¿Eres capaz de impresionarme con uno bueno? Yo soy de blanco, no te líes.

Aquello parecía una orden y no iba yo a desacatarla.

Me estiré con un borgoña, un chablis. No entendía demasiado, la verdad, pero recuerdo que Bill lo pedía a veces y jamás se equivocaba.

Seguimos con una conversación divertida y poco trascendente, decíamos chorradas y los dos nos reíamos sin parar, una risa tonta y nerviosa, a veces hasta absurda.

Parecíamos adolescentes. No había terminado su pescado cuando le dio un sorbo a su copa pretendidamente largo, mirándome fijamente.

—¿Qué? —pregunté.

—¿Qué quieres saber de mí, Adrián? —La pregunta se me quedó clavada, pues no entendí a qué se refería exactamente. Decidí volver a donde lo dejamos.

—Quiero saber por qué me besaste.

—Lo cierto es que me apeteció, aunque no tenía pensado salir corriendo después, si es lo que crees.

Más bien todo lo contrario. Y… quizá no debería contarte esto porque vas a reírte de mí, pero aquella noche necesitaba escapar de todo…

, liarme con alguien pero que no significara nada, una persona irrelevante.

Incluso me compré ropa interior absurdamente cara solo por el placer de sentirme distinta, especial.

Como si eso bastara para huir de lo que no quería pensar. Tú fuiste mi víctima…

Tragué saliva, nervioso, tratando de que no se me notara que el corazón se me iba a salir por la boca. Ella continuó.

—Es, por cierto, la misma ropa interior que llevo hoy. ¿Casualidad? No sé, de alguna forma sabía que hoy te vería…

—¿Ahora eres adivina?

—Ya te dije que soy una bruja del siglo XXI . Esta mañana me levanté y decidí que quería volver a ver a aquel chico que me miraba como lo hiciste tú aquella noche.

Me reí, nervioso. Su voz tenía algo cálido y peligroso a la vez.

—¿Y cómo te miro?

—Como si tuvieras miedo de acostarte conmigo y ganas al mismo tiempo. Me parece adorable. Eres de los que creen que pueden controlar las cosas, que si todo está bien ordenado, todo saldrá según lo planeado. Pero la vida no va de eso…

—¿Ah, no? ¿Y de qué va?

Se inclinó hacia adelante. Sentí su rodilla rozarme bajo la mesa.

—De dejarse llevar —dijo mirándome como si me animara a hacer una locura—. ¿Nos vamos?

—¿A dónde?

—A mi casa, bobo.

El Uber no tardó en llegar ni un minuto, un Cadillac Escalade mastodóntico de los que tanto se ven por Manhattan.

Lo conducía un pakistaní muy simpático que nos empezó a hablar sin parar, haciendo todo tipo de comentarios sobre los políticos de la ciudad, particularmente puntilloso sobre el «alcalde fiestero», como se refirió a Eric Adams, el entonces alcalde de Nueva York.

De repente, Memphis me cogió de la mano.

Por fin llegamos a Washington Square , a un edificio recientemente reformado .

—¿Vives aquí? —pregunté.

No dijo nada. Nos montamos en uno de esos ascensores que solo te permiten marcar el piso con una llave. Cuando se cerró la puerta mecánica, me besó; fue un beso ansioso, algo violento quizá, como desesperado. Yo correspondí un poco impostado, aunque incuestionablemente exultante.

Llegamos a la quinta planta y la puerta mecánica se abrió directamente al piso.

El espacio era enorme, imponía. Los techos eran altos y la decoración moderna y minimalista.

Frente a mí, un gigante ventanal que iba de suelo a techo enmarcaba una vista espectacular de la ciudad.

A través del cristal se podía ver el Washington Square Park con sus frondosos árboles, como llenando con naturaleza un pequeño espacio en medio de la jungla urbana.

En el centro del parque aparecía el emblemático arco de mármol que se erigía extraño en la ciudad, con personas paseando tranquilamente alrededor de la mítica fuente que tanto me recordaba a la serie Friends , lanzando chorros de agua que brillaban bajo la luz del sol.

De fondo los edificios de la ciudad se alzaban en una mezcla ecléctica de arquitectura art déco y contemporánea, con el icónico Empire State destacándose en la distancia, su aguja tocando el cielo azul.

Me volteé tras la parálisis que me produjo aquella vista y allí la encontré de nuevo. Memphis me miraba como expectante, «ahora mandas tú», me pareció leer en su mente, suficiente iniciativa había tenido ella ya en aquel cortejo tan improvisado.

La apreté contra mí agarrándola por el cinturón, que desabroché casi al tiempo que el botón del pantalón.

Después, la miré fijamente mientras acariciaba su mejilla con el pulgar, y continué por la senda de la garganta hasta llegar al pecho, dibujando con el mismo dedo la frontera que marcaba el escote de su blusa.

Desabroché los botones y se quedó con el torso desnudo —me mintió, no llevaba ropa interior, advertí excitado—.

Luego me cogió de la mano y me llevó a su habitación subiendo unas elegantes escaleras sin barandilla.