La idea de volver Nueve #2
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Nueve #2

Porque Toña, la Lobera, también era eso: la chica con la que uno sacaba el humo cuando el fuego por dentro ya no le dejaba respirar.

No había que decir mucho porque se dejaba hacer como si entendiera que el deseo no siempre necesita una explicación.

Muchos la señalaban por bardaliega , pero ella no se inmutaba: era de las que mandaban en su propio cuerpo y no pedían permiso.

Era un poco lianta, eso sí… Y lista, lista como un demonio con gafas.

Sabía más de lo que parecía y lo usaba para moverse por encima de todos sin que nadie se diera cuenta.

Con ella todo era fácil, rápido y sin carga, pero también tenía algo de trampa: uno salía de su cama más revuelto que cuando entró.

Volví de aquella distracción cuando Maruca cogió un tarro y le dio la vuelta.

—Qué color más bonito tiene…

—Y el sabor es mejor —le contestó Toña.

Compramos un tarro de miel de castaño y seguimos nuestro camino.

De aquel verano también recuerdo los paseos con la Maruca.

Qué paseos. Subíamos al Cornón con frecuencia: nos levantábamos temprano, con el rosar aún en los prados y el aire fresco que cortaba la piel.

La Maruca llevaba una mochila pequeña, dentro un cacho queso y otro de chorizo, y el vino lo ponía yo.

Siempre decía que no necesitábamos mucho más y no le faltaba razón.

Empezábamos el camino desde el valle y mientras subíamos yo no paraba de señalar plantas, pájaros y bichos, y mientras ella, sin prestarme atención, me interrumpía descifrando las formas de las nubes.

Qué bobadas. Y cuánto llegaron a gustarme aquellas bobadas.

El sendero era pindio , pero ella no se quejaba.

Era fuerte, la Maruca, aunque no lo pareciera con esa figura tan delicada.

A veces me paraba y le tendía la mano en los tramos difíciles, no porque lo necesitara, sino porque aprovechaba cada oportunidad para tocar su piel, su mano pequeña en la mía, la suya tan suave y la mía tan áspera.

Cuando llegábamos a los primeros miradores nos quedábamos quietucos , mirando el paisaje, ese paisaje que yo no entendía como ella.

El valle se extendía bajo nuestros pies, verde y brillante.

Las cabañas parecían diminutas desde allí arriba y el río serpenteaba entre los prados.

—Es hermoso —decía ella, con los ojos llenos de luz.

—Hermosa tú —le contestaba embobado.

Poco rato estábamos allá arriba porque ambos sabíamos lo que venía al descender: la cabaña vacía de Peña Sagra, que nos esperaba a los pies de la sierra. Esas cabañas no eran de nadie en realidad, tan solo de los pastores necesitados de refugio.

Allí encendíamos la lumbre, descorchábamos el vino y nos dedicábamos a lo nuestro.

Llegábamos tímidos y sobre todo fríos porque, aunque fuera veranu , aquel monti estaba a más de mil setecientos metros.

Pero enseguida nos calentábamos el uno al otro; los besos ansiosos y adolescentes daban paso a tocamientos.

Al principio la Maruca se ponía digna y se me quejaba cuando la tocaba por encima de la ropa: «Eh, las manos quietas, que soy una señorita».

Pero pronto acababa tocándole un pecho por dentro y de ahí a poseerla del todo no pasaban ni cinco minutos.

Había noches que estábamos tan a gusto que nos quedábamos dormidos allí mismo, al calor del llar y del temblor de nuestros cuerpos aun encendidos.

En esas citas salíamos de madrugada para que la Maruca llegara antes de que amaneciera su padre, el Marquesón. Era un viejo holgazán que no se despertaba jamás antes de las diez, con lo que no era fácil que la pillara…

Pero un día la pilló, vaya si la pilló —bueno, no exactamente él: más bien su hermano—.

Fue una madrugada cuando todo empezó a torcerse.

La Maruca llegó a casa tarde, casi al amanecer.

Habíamos pasado la noche en la cabaña de Peña Sagra, tumbados sobre la manta hablando de lo que haríamos cuando el verano se acabara.

Ella decía que quería ver mundo y me pedía que me fuese con ella, aunque luego volviéramos aquí a vivir.

Y yo, como tonto, le prometía que sí, que iría, aunque no tenía ni idea de cómo lo haría.

Con aquella conversación se nos fue la hora.

Cuando la Maruca llegó a su casa el Susín estaba despierto; no sé si porque ya sospechaba, pero la estaba esperando en la cocina.

—¿Dónde has estado? —le soltó con esa voz que hacía temblar hasta las paredes.

Yo escuchaba escondido debajo de la ventana.

Ella tartamudeó algo sobre unas amigas, pero el Susín no era un mozo fácil de engañar.

No la creyó, eso estaba claro, y al día siguiente empezó a husmear; preguntaba por el pueblo con esa manera suya de mirar a los ojos y de sacar la verdad de quien tuviera delante.

Nadie quería meterse en problemas, pero bastó un paisano despistado para que soltara algo como: «¿La Maruca?

Pues ayer la vi en el río con Faustuco, el Quesero». Desde ese momento, todo cambió.

No sé qué le dolió más al Marquesón cuando su hijo Susín se chivó: que su hija le mintiera, o que fuera yo, un humilde montañés, el que anduviera detrás de ella.

Siempre me había mirado por encima del hombro, como si hacer queso y cuidar vacas fuera poca cosa.

¡Qué sabrá él! A partir de entonces, la Maruca ya no podía dar un paso sin que el Susín anduviera husmeando.

Ya nunca salía y, cuando lo hacía, siempre la acompañaba él.

Yo intentaba encontrarme con ella, claro que sí: la esperaba en el Pisgu o en la Cuestuca…

En fin, en los lugares donde solíamos encontrarnos, pero ella no llegaba.

Y cuando al fin la vi, días después, me dijo que no podía seguir.

Estaba asustada y lo entendí. Me agarró la mano y solo alcanzó a decir: «Algún día te buscaré».

Pero los ojos ya no le brillaban como antes, no, y yo intuí que aquello era el final.

Desde entonces, el verano se volvió gris y los días largos y vacíos.

No es que dejara de verla para siempre. Venía de vez en cuando, con su hermano vigilante.

Pero ya no era la misma. En aquella época pensaba que se había olvidado de mí, y no solo porque no la dejaran verme, sino por ella misma.

Parecía que se había hecho de ciudad, aunque para ser sincero tampoco había dejado de serlo nunca.

Que si su ropa fina, que si sus palabras que yo ni entendía…

Solo una vez, ya en el verano del año siguiente, conseguí verla, y solo fue un mosto.

Un mosto que duró lo que dura un mosto. Un mosto en la plaza del pueblo, a la vista de todos, como si a su hermano y a su padre ya no les importara que la vieran conmigo por la sencilla razón de que a ella ya no le importaba yo.

Y así comenzó mi guerra contra el tiempo.

Comenzó porque ella ya estaba lejos, muy lejos de mí, y la tenía que recuperar.

Era mi misión. Aliarme con el tiempo y recuperarla, aunque este se pusiera terco.

La miraba y pensaba: «Esta me enseñó lo que era vivir, pero también me enseñó a morir un poco».

Porque era eso. Me dejó esa forma de ver las cosas, esa forma de querer, pero también esa forma de echar de menos que no se curaba con nada.

Y mucho menos lo curaba el tiempo.

Qué cabrón.

El tiempo.