La idea de volver Nueve
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Nueve

«[Mefistófeles]. El tiempo es breve, el arte es largo» .

GOETHE

Cuando uno se hace viejo, no duele tanto el paso del tiempo como la forma en que se lleva lo vivido.

A estas alturas uno no busca entender nada, solo repasa sus recuerdos como quien hojea un libro propio, sabiendo que hay páginas que se supone que escribió, aunque no se reconozca en ellas…

Hoy ya soy solo un anciano que se sienta en el patio cuando cae la tarde, en silencio, mirando cómo juega ese chiquillo que me llama güelu entre los manzanos, con la misma risa que tuvo su padre cuando aún no sabía nada de la vida.

Al verlo me viene a la cabeza la pena que me da que mi Maruca no lo vaya a disfrutar.

Me enamoré de ella como se enamoran los tontos, sin medida y sin remedio.

Ahora ya no me quedan muchas certezas, salvo esa: que la he querido lo mejor que he sabido, aunque no fueron pocas las veces que me equivoqué y le hice daño.

El tiempo, qué cabrón…

Pero ya le tengo cogida la medida. Ya no me la lía, no.

Aunque por entonces sí, el tiempo se empeñaba en hundirme haciendo que cada día sin ella se me hiciera eterno.

Sin la Maruca. Entonces miraba atrás y parecía un soplo, un aire que pasó, visto y no visto.

¿Cómo podía ser que algo que siempre había pasado tan rápido se hubiera vuelto tan lento?

Qué cabrón. El tiempo. Era como si se riera de mí, como si le gustara verme sufrir.

El caso es que hubo épocas, cuando Maruca y yo empezábamos a salir ya más en serio, en que ella dejaba Suso para volver a la capital.

Entonces, su olor se esfumaba y sin él me volvía loco.

Después de aquella primera vez que hicimos el amor en el establo, se me metió su olor hasta el tuétano.

Porque entonces, cuando envolvía mis quesos en las hojas de castaño, el cabrón del tiempo había dejado aquella mesa de intenso hedor a moho impregnada con un solo olor, ese olor que lo vencía todo, el de ella, sí, ese olor a cuerpo desnudo que solo sale cuando uno ha querido de verdad; con las manos y con la boca, con todo.

Ese olor podía con todos los olores: los del silo, los del calostro, los del cuajo revenío , o incluso el de la moñiga de los jatos .

Y luego nada. Después de dejarlo ahí, el cabrón del tiempo se llevó su olor.

Y yo lo buscaba, ya lo creo que lo buscaba; me tiraba al suelo como un tasugo a buscarlo en cada esquina, pero ya no estaba, el tiempo me lo robó después de dármelo, para que me doliera.

A mí esa mujer me transformó. Mire: yo entonces nunca había mirado el paisaje, quiero decir, nunca lo había admirado.

¿Acaso estaba ahí para fijarse en él; que si el picurrelinchu en el abedul , que si el colorín por los escajos , que si las villerías en los montes o que si las enguilas en los ríos?

¡Cagatu! Yo no sabía admirar nada de eso; ni tampoco las brañas , ni los cielos, ni las cuevas con sus grutas.

Hostias, que por no apreciar no apreciaba ni la noche y las estrellas, salvo para saber cuándo había luna, y solo para irme de caza.

¿Para qué servía mirar el paisaje?, me preguntaba entonces.

Si siempre había estado ahí. ¿A dónde se iba a ir, que hacía falta contemplarlo?

A ninguna parte, ya se lo digo yo. Pero llegó la Maruca y me cambió; empecé a mirar el paisaje como si un día pudiera desaparecer, despedirse de donde había estado siempre.

Me esforzaba por guardar su imagen fija porque la moza me había enseñado a admirarlo, como si fuera a esfumarse como el humo del llar .

«Mira el verde del prado, Faustuco», o «escucha cómo suena el viento en los avellanos»…

Bobadas. Bobadas que ahí quedaron en mi cabeza por su culpa.

Porque desde entonces no pude mirarlos sin pensar en ella.

Antes el campo solo era campo, luego ella lo abarcó todo, y cada segundo que no estaba…

Ay, cada segundo era como una herida que no se cerraba nunca.

Porque no, no pasaba el día en que el reloj no se quedara tieso, congelado.

Tantas veces que lo miraba y no había dios que lo moviese .

Y yo seguía ahí, atrapado como un babarrión .

Aquel fue el verano de mi vida, ya lo creo que sí.

Desde entonces todo quedaría guardado en mi memoria, que tan solo es el cofre donde guardamos el tiempo, aunque perdamos la llave.

Recuerdo las verbenas por la Patrona, las fiestas con la Maruca donde estaba yo tan lleno de gozo que hasta bailaba.

Si la orquesta tocaba Los pajaritos , yo animaba la pista y ella deslumbraba con aquel vestido de flores, y si tocaba El clavel que tú me diste , me la apretaba a la cintura, panceaos , mientras me cantaba al oído: «En un corazón tan chico, no pueden caber dos almas».

Aquel año, además de ser el que me enamoré de Maruca, fue en el que murió Franco, con lo que las fiestas fueron muy sonadas.

Además, recuerdo que gané dos de las modalidades del deporte que practicamos en el valle: el de andar y el de rayar el palu.

El primero divirtió mucho a la chica porque consistía en dar saltos sobre un palancu de avellano, a ver cuánto era uno capaz de avanzar.

Pero con el segundo, el de rayar el palu , fue con el que conseguí conquistarla, cuando me vio tumbado sin tocar el suelo solo sujeto al palo por un brazo, a pulso.

Tenía que bajar hasta rozar el suelo, pero apoyándome solo con la punta de los pies, y luego estirar el brazo libre para hacer una marca lo más lejos posible, recuperando la posición vertical sirviéndome solo de la fuerza del brazo, que mantenía todo el peso del cuerpo en el palancu . De trapecista.

En las fiestas del pueblo las calles estaban llenas de bullicio: el estruendo del tambor y la pandereta en la plaza, los mozos jugando a los bolos, los viejos sentados en el banco con su orujo.

Maruca y yo nos dejamos llevar por la marea del mercadillo, deteniéndonos en los puestos donde el olor a chorizo recién asado se mezclaba con el dulzor de los sobaos y el toque avinagrado de los encurtidos.

—Vamos a por miel —me dijo.

Tiró de mi brazo hacia un puesto que parecía tener una buena variedad, y de repente me la encontré de sopetón. Habían pasado años, pero no había duda, era ella. En aquella época la llamaban la Lobera, aunque su nombre era Toña.

—Esta es de brezo y esta de castaño —señaló Toña, la Lobera, a Maruca—. A ver cuál os gusta más.

—Hombre, Toña… —dije al ver que no me reconocía—. ¿Ya no te acuerdas de los paisanos de la infancia o qué?

—Anda, Quesero… Claro que sí. ¿Cómo te va?

No me gustó que no me llamara por mi nombre.

¿Acaso yo la llamé Lobera? No dije nada, solo la observé: era la misma de antes y a la vez no lo era, seguía teniendo esa mirada de quien sabe algo que los demás ignoran.

Tal vez los rumores eran solo rumores, o tal vez había algo en ellos.

En el pueblo llevaban tiempo hablando de ella, pero casi nadie podía decir que supiera qué hacía.

Decían que vivía en el monti , en una cabaña perdida, que incluso andaba rodeada de lobos, por eso lo de Lobera.

También contaban que había aprendido cosas raras en la universidad, y aún más raras cuando se fue a Madrid para convertirse en doctora de la naturaleza, que el nombre técnico no sé cuál es.

¿Y para qué tanto doctorado si al final ha acabado viviendo sola en la montaña y vendiendo miel en los días de mercado?

Rumores, rumores… Cuánto se dice en los pueblos, ¿verdad?

Gustan mucho los chismes, las mentiras que se van quedando de tanto repetirse.

Toña, la Lobera, era una moza unos años mayor que yo.

Cuatro o cinco, no sé, nunca me fijé mucho en eso…

En los pueblos, como hay tan pocos jóvenes, al final te acabas juntando con quien hay, aunque te separen las primaveras.

Y aunque yo fuera de menor edad, cuando se fue del pueblo a estudiar a la universidad ya compartíamos muchas cosas.

Era rara, sí. Pero de esas rarezas que te intrigan, no que te espantan.

Le gustaban los libros, como a mí —gracias a Tío Toño, el Moñigo, que me los pasaba a escondidas como si fueran golosinas—.

No tardó en empezar a dejarme algunos, casi siempre de cosas políticas: Marx, Bakunin, Sartre…

; nombres que a mí me sonaban a bronca, a revolución y a sermón.

Decía que estaban prohibidos y que se los pasaban desde Francia o desde México, en ediciones que olían un poco a viejo y a miedo.

A mí, la verdad, aquello me interesaba poco.

Yo siempre fui más de historias, de personajes, de mundos que no se parecieran al mío.

Por suerte, también tenía algunas novelas que sí me enganchaban: El camino , de Delibes, o Pedro Páramo , de Rulfo, o varias de Hemingway…

Yo no sabía bien de dónde los sacaba y ella nunca me lo contó del todo, como si quisiera proteger a alguien, o a sí misma.

Luego los comentábamos como si lo entendiéramos todo, aunque yo muchas veces solo me fijaba en cómo le brillaban los ojos cuando hablaba.

Y con eso, sin darnos cuenta, nos hicimos amigos.

Amigos con derecho a roce, que yo con trece ya tenía lo que había que tener.

Vamos, que si una moza se me arrimaba con intención, no me pillaba en mantillas.