Ocho #3
Bajó la mirada un segundo como calculando las consecuencias de decir que sí. Luego me clavó los ojos.
—Claro. —Sonrió—. Así ya puedes decir que tuviste una cita con una bruja del siglo XXI .
Entonces le ofrecí mi mano para bajar del taburete donde se sentaba.
Al cogerla, el tacto de su piel me paralizó por una milésima de segundo .
Se me vinieron a la cabeza aquellos versos de Quevedo: «Es hielo abrasador, es fuego helado, / es herida que duele y no se siente ».
Intenté prolongar el contacto mientras me acercaba al maître , aquel era un trayecto breve que separaba el bar del restaurante, pero ella la apartó con la excusa de teclear algo en su móvil, cosa que no había hecho en el tiempo que llevábamos conversando.
—¿Cómo conseguiste una mesa tan rápido? Suele ser imposible… —Entendí la pregunta como una forma de romper la incomodidad de mi roce.
—Conozco al dueño —mentí, altanero de nuevo.
Luego nos sentamos. A pesar de que sus mesas estaban demasiado pegadas unas a otras, como en los bistrós franceses, siempre me gustó el Indochine porque mantenía el sabor de un restaurante sin pretensión, aunque llevaba siglos de moda.
Ambos nos refugiamos en mirar la carta porque nos habíamos quedado un poco fríos; creo que yo no me esperaba que ella accediera a sentarse a cenar en aquella extraña «no cita», y ella, bueno, digamos que ella tampoco lo esperaba, por eso los dos estábamos incómodos.
El camarero se abalanzó sobre nosotros para que fuéramos pidiendo, como si tuviera prisa.
Yo pedí el pollo vietnamita sin pensarlo mucho. Memphis, sin mirar la carta, dijo:
—¿La ensalada Portobello lleva nightshades ?
—¿Perdón? —respondió el camarero, desconcertado.
—Pimientos, tomates, berenjenas…
—No, no lleva nada de eso.
—Perfecto —asintió ella—. Entonces la ensalada, pero sin el aliño. Con un poco de aceite de sésamo, si tienen.
El camarero asintió con resignación.
—¿Cuidas mucho tu alimentación? —pregunté.
—Más o menos: nada de gluten, nada de lácteos y nada que altere mi nivel de histaminas o que dispare mi inflamación.
—Suena muy esclavo…
—Lo es. —Sonrió—. También hago ayunos intermitentes de veinticuatro horas con cierta frecuencia. Además medito una hora al día, normalmente cuando me levanto, en torno a las cinco de la mañana.
Qué horror, pensé. Después, me la imaginé colgada boca abajo en una hamaca de tela japonesa.
—Y tengo un terapeuta que me enseña a hablar con mis órganos… —prosiguió.
Ahí ya no me pude contener y solté una sonora carcajada.
—¿Con tus órganos?
—Sí. El hígado tiene muchas cosas que decir si sabes escucharlo.
—Tengo miedo de preguntarle al mío.
Ahora la que se rio fue ella, dándose un respiro. Me gustó que supiera reírse de sí misma…
—¿Y de dónde eres tú? —me preguntó.
— Tengo pasaporte americano por Bill… Aunque soy de cerca de Santander, de un pueblo en las montañas, se llama Suso.
Un día tendrías que venir. —La miré buscando en su rostro un mínimo gesto de asentir, pero nada—.
Mi madre y su marido viven allí. Él es como mi padre, me cuidó desde que Bill se vino a vivir a Nueva York, cuando se separó de mi madre…
—¿No tienes hermanos?
—Sí, Pecu… Murió hace unos años, un accidente de coche.
—¿Qué me dices? ¡Qué horror! Tan joven…
Noté su gesto suavizarse y su mirada se enterneció mientras sus cejas se arqueaban levemente.
Esa conexión me produjo una pequeña descarga y mi corazón se puso a mil.
¿Acaso no era consciente de lo que acababa de hacer?
Había utilizado la muerte de mi hermano para que me mirara de otra forma…
Espero que no le importara a él, allá donde estuviera.
—Perdón, no quería sacar ese tema. —Me victimicé un poco aprovechando que ella me escuchaba con interés.
—Entiendo que será difícil para ti, podemos hablar de otra cosa si prefieres. —La noté encogerse y cambió elegantemente de tema aprovechando que llegó la comida y dos copas—. ¿Entonces, qué? ¿Me vas a contar la mitología de tu tierra?
Me arranqué a explicarle las leyendas de Cantabria, eso y cualquier otra cosa que se me cruzara por la cabeza. No podía parar de hablar, estaba pletórico y ella se reía casi por cualquier cosa que dijera. Sus ojos, brillantes y profundos, se posaban sobre los míos con una fuerza magnética.
Todo iba a pedir de boca hasta que —maldita la hora— ella recibió una llamada de teléfono. Alcancé a leer en su pantalla Brad R. Se quedó en silencio mirando el móvil hasta que me cazó a mí mirándolo también. Lo colgó y le dio la vuelta.
—¿Todo bien? —Apoyé los codos en la mesa y me incliné levemente hacia ella.
Ahora su mirada había transformado el brillo en cierta acuosidad.
No entendía qué pasaba, o tal vez sí. Para empeorar las cosas cogí su mano, solo un gesto, nada más.
Me la quitó de inmediato y como un resorte se levantó, cogió su bolso y se quedó mirando al suelo delante de mí, sin decir ni una sola palabra.
Entonces se me acercó y me dio un beso en los labios, corto e inesperado.
Después se marchó.