La idea de volver Ocho #2
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Ocho #2

—Así es. Eran tiempos de exploración y de aventura, es lo que me parece más excitante de aquella época.

Entonces los valientes navegaban hacia lo desconocido en busca de nuevas tierras y tesoros.

Álvar Núñez Cabeza de Vaca fue uno de esos audaces exploradores y yo me he propuesto contar su historia.

—Suena apasionante… ¿Qué hizo?

—¿Has leído la Odisea ?

—No. Pero no me subestimes que la conozco, no soy tan inculta.

Arqueé las cejas cuestionando aquella afirmación a modo de guasa. Luego proseguí.

—Pues imagínate, año 1527: Cabeza de Vaca se embarca en una expedición hacia La Florida.

El viaje prometía ser una conquista gloriosa, pero pronto se convierte en una lucha desesperada por la supervivencia después de que una tempestad hiciera naufragar toda aquella flota.

La mayoría de los hombres perecen, pero Cabeza de Vaca, con su increíble determinación, sobrevive.

—Hablas como un profesor, ¿sabes?

Memphis comentó aquello con cierta coquetería mientras me miraba con curiosidad.

Claramente no me estaba prestando atención, más bien parecía observar mis gestos, mi forma de mirarla, la pasión con la que relataba todo aquello…

Pasaba de la historia, pero me consolaba que le interesara verme contarla; le interesaba yo, pensé, engreído de mí.

—Durante casi ocho años —proseguí mientras cogía mi copa para darle un sorbo—, él y unos pocos compañeros vagan por lo que hoy conocemos como el sur de los Estados Unidos.

¿Puedes imaginarlo? Viven entre tribus indígenas, aprenden sus lenguas y sus costumbres, y se convierten en curanderos y comerciantes.

No solo lucha por su vida, sino que también desarrolla una profunda comprensión y respeto por los pueblos nativos.

Sus relatos de aquellos años, recopilados en su libro Naufragios , son más que simples historias de supervivencia; son testamentos de la resistencia humana.

—La verdadera aventura está en el descubrimiento de lo desconocido y, en consecuencia, en el descubrimiento de uno mismo —me interrumpió con una profundidad forzada.

—Eso es muy bonito.

En realidad me pareció un comentario bastante cursi, como alguien que ha oído esa misma frase en un libro de autoayuda, pero no era el momento de ser sincero. Aun así le cogí el guante y volví al tema inicial.

—En realidad, interactuar con Omun también es una forma de descubrir lo desconocido… —indagué.

—No. —Era un «no» rotundo, pero me resultó incomprensiblemente erótico—. Es ilusionismo cognitivo, una sombra en una cueva, como mirar una imagen en una pantalla y pensar que hay alguien detrás.

Quise llevar la conversación a un terreno más íntimo, menos académico.

—Y dejando de lado las conversaciones con otras personas a través de la máquina, ¿no crees que podríamos conversar también con nosotros mismos? ¿Emprender esa expedición hacia dentro?

—No. —Otro «no», más suave pero igual de absoluto—. Si hablas con una IA diseñada para interactuar como tú, no estarás hablando contigo. Estarás interactuando con un patrón de ti, será una ilusión construida con tus residuos digitales… No es un diálogo, es un espejismo.

Ahora hablaba con una cadencia que sonaba más a panel de expertos que a una «no cita». Terminó su copa de un trago.

—El problema no es la tecnología —dijo—. El problema es el vacío.

—¿El vacío?

—Sí. La gente se ha desconectado tanto de sí misma que necesita que una máquina le diga quién es.

Mira todas esas aplicaciones que están tan de moda…

Estamos tan desesperados por estar validados, por encontrarle un sentido a todo, que cuando nos ponen delante un oráculo estadístico, lo tratamos como si fuera un dios.

—«El infierno son los otros» —añadí, bajando la voz, como no queriendo sonar demasiado pedante.

Memphis alzó las cejas.

—¿Cómo dices?

—Que el infierno no es un lugar —proseguí—, sino la mirada ajena cuando no te permite ser tú mismo.

Memphis asintió como si me entendiera.

—¿Te refieres a que estamos rodeados de gente juzgándonos todo el rato? Supongo que sí…, aunque a mí eso nunca me ha importado demasiado.

Negué con la cabeza, con cierta ternura, como si le hablara a alguien que casi lo entendía, pero no del todo.

—No es solo el juicio —dije—. Es algo más perverso: los otros te miran, te etiquetan y, si no tienes cuidado, acabas siendo lo que dicen que eres. Aunque no lo seas, te lo acabas creyendo. Y entonces dejas de ser libre.

Se hizo un silencio corto. Memphis bajó la mirada hacia su copa, dándole vueltas al vino.

—Eso sí que da miedo —murmuró.

—Ese es el infierno —concluí—. Cuando dejas que otros te definan, y tú mismo empiezas a vivir dentro de esa definición.

Me acomodé en la silla.

—Y lo inquietante —añadí— es que ahora esos «otros» ya no son solo personas, sino sistemas enteros mirándonos sin descanso.

Algoritmos que creen saber quién eres, qué quieres, qué vas a elegir.

No te conocen, en realidad, pero te fijan igual.

Y si te dejas, acabas siendo el personaje que ellos han calculado.

Memphis apoyó el codo en la mesa, más atenta.

—¿Y eso te preocupa?

—Me preocupa que la IA acabe siendo el mayor de esos infiernos —dije—.

No porque sea malvada, sino porque su mirada no descansa.

Ni siente ni olvida. En mi tierra, las anjanas te guían si te pierdes en el monte, y los ojáncanos te acechan desde la oscuridad.

La IA puede ser las dos cosas a la vez: la que te ofrece un camino…

y la que te empuja, sin que lo notes, a convertirte en la peor versión de ti mismo.

Bebí un sorbo, sin apartar la vista.

—Ese es el riesgo —concluí—. No que piense por nosotros, sino que aceptemos que decida lo que somos.

—¿ Anjanas ? ¿ Ojáncanos ? No tengo ni idea de lo que me estás contando, pero me parece fascinante. —Levantó la cabeza divertida, como si por fin la hubiera sacado del ciclo eterno de las conferencias.

—Son los cuentos que se cuentan a los críos en mi pueblo. —La miré con descaro y me lancé a dar el siguiente paso—. Oye, ¿no tienes hambre? Si voy a explicarte la mitología cántabra necesito algo de tiempo. Podemos cenar.